Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Conceptos fundamentales del psicoanálisis

El decir analizante
  Por Luciano Lutereau
   
 
Uno de los problemas habituales en el inicio del tratamiento, para el practicante que recién comienza a familiarizarse con el psicoanálisis, consiste en abandonar el prejuicio del “sujeto de la reflexión”.
Este prejuicio práctico puede formularse de un modo sencillo: los indicadores del análisis se encontrarían en lo que el paciente dice acerca de lo que le pasa. De este modo, se advierte que una premisa implícita de reflexividad se pone de manifiesto, toda vez que estos indicadores se exponen a través de cláusulas del estilo “Entonces me di cuenta…”, o bien “Ahora veo que esto se relaciona con aquello…”, junto a otras expresiones que recogen lo que en sentido corriente se llama “implicación subjetiva”. He aquí una confusión frecuente, la de ubicar la división del sujeto en “auto-percepciones” del yo.
Este prejuicio suele ser habitual en los comienzos de la práctica, dado que el practicante todavía no conoce (más allá de la teoría) indicadores específicos del cumplimiento de la asociación libre. Por lo tanto, tácitamente apunta a basar su confianza en el psicoanálisis en que el paciente se reconozca en aquello que le pasa. Sin embargo, por esta vía se hace de la localización subjetiva una rectificación yoica. Esta es una cuestión que Lacan subrayaba (en una de las últimas clases del Seminario 10), cuando sostenía que la implicación que propicia el análisis apunta al decir, y no tanto al síntoma. Dicho de otro modo, si este último no cobra un radical extrañamiento (que permite introducir la pregunta por la causa), el análisis es imposible.

En última instancia, la orientación lacaniana es convergente con la propuesta de Freud, cuando éste afirmaba que el inicio del tratamiento consiste en familiarizar al paciente con un “modo de hablar” diferente al de la conversación ordinaria. En el habla de todos los días se cumplen dos requisitos básicos: por un lado, es esperable que haya un hilo conductor en las comunicaciones; por otro lado, una correlación entre el enunciado y la enunciación; es decir, que lo dicho responda a la posición desde la cual se dice. Este puente lo realiza el narcisismo, en la medida en que quien habla se reconoce en lo que dice, cuestión que muchas veces los pacientes acentúan cuando afirman: “Esto te lo digo como que me llamo X”, o bien “Vos sabés que yo…”. Por esta vía, entonces, el que habla confirma su propia imagen de sí a través de sus enunciados.

Ahora bien, el inicio del tratamiento analítico se fundamenta en modificar este modo de hablar espontáneo y transmutarlo en un tipo de decir (que llamaremos “analizante”) que, en lugar de reconocerse en la reflexión, presenta otro tipo de indicadores, principalmente asociados a la sorpresa. Así, por ejemplo, es corriente que aquel que durante la semana pensó que iba a contar en análisis una determinada secuencia termina hablando de otra cosa y dice: “No imaginé que iba a hablar de esto”, o bien, ante la aparición repentina de una idea extravagante, sostiene: “Esto que voy a de decir es una pavada” o “Nunca pensé que diría…”. Por lo tanto, puede notarse cómo el decir analizante corta el lazo narcisista que une el enunciado y la enunciación en la vida cotidiana, en la cual aquella implica un saber sobre sí y las motivaciones propias.

Este último punto es particularmente importante no sólo para pensar de forma abstracta la operación de rectificación del sujeto (que, a partir de lo anterior, puede notarse que no es otra cosa que hacer cumplir la regla asociativa), sino para delimitar coordenadas típicas en la obsesión y la histeria.

Es habitual que el obsesivo juegue la ficción de que se está analizado. Desde un punto de vista descriptivo y exterior hace la mímesis del analizante perfecto. Se implica en lo que le pasa (a eso lo predispone su ser de “autorreproche”) y busca conmover al analista diciendo cosas del estilo “Ahora me permito…”, con el propósito de instituir falsos actos, con los cuales seduce al analista (haciéndole creer que el análisis avanza) y confirma su posición irremediable de héroe; cuando detrás de esta escena no hay más que un control estricto de lo que dice, de los tiempos de la sesión e incluso un cálculo de los cortes.
En este punto, ¿cómo analizar al obsesivo cuando el resguardo narcisista tiene un lugar tan significativo? En primer lugar, cabría tener presente que la herida narcisista no es la división subjetiva. Suele ser un extravío apresurado el de aquellos analistas que dirigen sus intervenciones a que el obsesivo reconozca que algo “debe” perder, porque “no todo se puede”. Esta orientación no haría más que instalar la tensión agresiva y la competencia imaginaria. ¿Quién es el analista para prescribir un fin a los actos? Esto sería confundir la castración con la frustración de la omnipotencia, para lo cual no hace falta un análisis sino un poco de vereda y esquina. En todo caso, a un obsesivo se lo analiza sin forzar al yo al conflicto (por ejemplo, Freud no duda en decirle al Hombre de las Ratas que es alguien joven e inteligente que podrá sacar muy buenos frutos de su análisis), porque donde la obsesión se desencadena no es en la elección futura, sino en la que ya se jugó y está en la causa de la neurosis. El obsesivo no es quien no puede actuar, sino quien actuó y por eso enfermó. Antes que empujarlo a perder, se trata de producir la sorpresa de que aquello que busca retener ya está perdido.

Algo semejante, aunque en sentido contrario, podría decirse de la histeria. En este último tipo clínico suele ser vano el intento de rectificación, dado que el yo histérico es un ser de identificación, siempre está en otra parte (en una amiga, su pareja, etc.). Muchos practicantes suelen quejarse de este aspecto, dado que el paciente habla de todos “menos de él (o ella)”. Y, por lo tanto, se trata de producir ese ser que, como dijimos al comienzo, no sería otro que el sujeto de la reflexión. Eso tranquilizaría al practicante, pero no produciría el inicio del tratamiento. Lo maravilloso del psicoanálisis, en cambio, es que bien puede analizarse a alguien a pesar de su yo, porque el indicador analítico es la regla fundamental y la concepción de que los demás operadores clínicos (síntoma, transferencia, interpretación) son resultados de su cumplimiento. El analista escucha a la histérica con el síntoma en el bolsillo, menos para enrostrárselo al paciente (en una especie de “Tú eres eso”) como para atender a la causa psíquica que las asociaciones promueven. En este aspecto, el trabajo freudiano sobre la afonía de Dora sigue siendo magistral: a partir de lo que la joven dice sobre las enfermedades del padre, la prima y la señora K., Freud reconstruye que ese síntoma está dirigido a expresar el amor por el señor K. Toda la secuencia acontece sin que Dora se reconozca en lo que dice, a expensas de hablar de cuestiones que serían importantes sólo en apariencia.
Luego de estas aclaraciones sobre el inicio del tratamiento en la histeria y la obsesión, como un modo de enfatizar la necesaria puesta en cuestión del sujeto reflexivo, para dar lugar al verdadero principio analítico, que es familiarizarse con la regla fundamental, su cumplimiento y los efectos que produce, cabe alcanzar una conclusión provisoria: volver a pensar la neurosis como un modo de hablar, cuya causa está referida al acto. No obstante, para dar cuenta de este aspecto es preciso volver a pensar este último, cuyo reverso es el síntoma. Aquí cobran su máximo valor las palabras de Freud sobre el refugio en la enfermedad, cuya otra cara es la afirmación de que el neurótico elige su neurosis.
______________________
Luciano Lutereau es Doctor en Filosofía y Magister en Psicoanálisis por la Universidad de Buenos Aires, donde trabaja como docente e investigador. Profesor Titular, Asociado y Adjunto en UCES. Miembro del Foro Analítico del Río de La Plata. Autor de diversos libros, entre ellos: Histeria y obsesión. Introducción a la clínica de las neurosis, Buenos Aires, Letra Viva, 2014.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 194 | enero 2016 | Del sujeto (al objeto) del deseo 
» Imago Agenda Nº 192 | octubre 2015 | Amor y deseo (en las neurosis) 
» Imago Agenda Nº 191 | septiembre 2015 | ¡Hacete hombre! 
» Imago Agenda Nº 190 | abril 2015 | El post-lacaniano 
» Imago Agenda Nº 188 | enero 2015 | ¿Cuándo juega un niño? 
» Imago Agenda Nº 186 | noviembre 2014 | Las pasiones tristes  Del síntoma al lazo social
» Imago Agenda Nº 184 | septiembre 2014 | El padre sagrado: pánico, muerte y duelo 
» Imago Agenda Nº 181 | junio 2014 | ¿Por qué seguir leyendo a Freud?  Los usos del caso clínico (segunda parte)
» Imago Agenda Nº 179 | marzo 2014 | Deseo del analista y abstinencia (tercera parte) 
» Imago Agenda Nº 177 | diciembre 2013 | Deseo del analista y abstinencia (primera parte) 
» Imago Agenda Nº 175 | octubre 2013 | El juego de la pulsión 
» Imago Agenda Nº 175 | octubre 2013 | De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. Una lectura al pie de la letra 
» Imago Agenda Nº 174 | septiembre 2013 | ¿Qué es el acting out? 
» Imago Agenda Nº 173 | agosto 2013 | ¿Qué es el síntoma? 
» Imago Agenda Nº 172 | julio 2013 | ¿Qué es la rectificación subjetiva? 
» Imago Agenda Nº 171 | junio 2013 | ¿Qué importa quién escribe?  Acerca de Lapsus Calami. Revista de Psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 171 | junio 2013 | ¿Qué es la angustia en psicoanálisis? 
» Imago Agenda Nº 170 | mayo 2013 | ¿Qué es el deseo del analista? 
» Imago Agenda Nº 168 | marzo 2013 | La voz en off, de Nicolás Cerruti 
» Imago Agenda Nº 167 | enero 2013 | ¿De qué hablamos cuando hablamos de juego? 
» Imago Agenda Nº 166 | diciembre 2012 | Todos los juegos el juego  Comentario del libro Un psicoanálisis jugado. El juego como dispositivo en el abordaje terapéutico con niños de Marcela Altschul, Buenos Aires, Letra Viva, 2012, 230 páginas
» Imago Agenda Nº 165 | noviembre 2012 | De qué hablábamos cuando hablamos de amor  Una conversación con Gérard Pommier
» Imago Agenda Nº 164 | octubre 2012 | Los que triunfan al fracasar 
» Imago Agenda Nº 164 | octubre 2012 | Detrás del espejo   Una conversación en torno a la película Cornelia frente al espejo del director Daniel Rosenfeld
» Imago Agenda Nº 162 | agosto 2012 | Ver lo invisible  Seis reflexiones en torno al último desarrollo de Guillermo Mac
» Imago Agenda Nº 156 | diciembre 2011 | La locura, pasión de lo imaginario  Reseña de Las locuras según Lacan, de Pablo Muñoz (Letra Viva, 2011
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | ¿Cómo amar a una mujer? La “perversión” de la joven homosexual de Freud 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | ¿Sujeto supuesto al trauma?  Comentario de Lo indecible. Clínica con lo traumático, de G. Insua y colab. Buenos Aires, Letra Viva, 2013
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | ¿Cómo se analiza un perverso?  

 

 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com