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Observaciones e hipótesis sobre la reactualización de tatuajes y piercings
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
La piel encubre la singularidad de cada persona. Por lo cual desde tiempos lejanos –y más allá de contingencias meteorológicas– es el lugar en que vestidos, maquillajes, tatuajes, joyas, peinados, calzados; recubriéndola, dan a ver algo que representa a la vez singularidad, y pertenencia étnica o simplemente a comunidades que no llegan a constituir etnias.
También es el asiento básico de caricias, maltratos y otras acciones que expresan ternuras, goces y hasta torturas. A veces sádicamente ejercidas, otras, exigidas desde algún goce masoquista.
La piel y sus agujeros son sensores-pantallas, que paradojalmente muestran con lo que se la y los cubre, pasiones íntimas y blasones subjetivos.

La explosión demográfica del siglo XX y lo que va del XXI, especialmente concentrada en grandes urbes sembradas de torres de departamentos tipo palomares y vehículos, sumada a la planetarización de la televisión, Internet y las comunicaciones en general, tras la apariencia de ampliar vínculos sociales, borra las imágenes y los nombres de cada uno. El vecino ya no atrae nuestra mirada, menos nuestra acción, fuera de reacciones violentas por diferencias que irritan por suponer que él goza a costa de quien se siente perjudicado. Dicho vecino recibe también, el desplazamiento de otras irritaciones producidas por insatisfacciones diversas que el trajinar cotidiano acarrea.
Hace un tiempo que tatuajes y piercings han ido retomando un lugar que parcialmente habían perdido con el desarrollo de la civilización. Digo parcialmente, porque no debemos olvidar que por lo menos aros, maquillajes, y modas de vestuario, nunca dejaron de estar. ¿Las de ahora, muestran algo sobre el momento actual de la Cultura y cómo él incide en la subjetividad?

En primer lugar, indican ansiedad por hacerse ver y gozar, atrayendo miradas y dolores sobre los lugares más erogenizados, la piel y sus agujeros.
En el periódico Clarín del día de reyes del recién iniciado 2007 (6 de enero) salió una crónica a la que le pusieron por título: “Más de mil chicos se hacen piercings o tatuajes en Mar del Plata”. El cronista Fernando Soriano, fue desgranando en ella, una serie de observaciones muy interesantes para analizar que indicaré entre comillas. El tatuador… “le explica a Matías, de Junín, que el líquido rojizo que saldrá de entre sus poros teñidos de negro es completamente normal. ‘No te vas a morir’, delante de un calco que advierte ‘no llorar’. Matías 23 años, no lo hace pero está nervioso. Mira al revés el ‘Mar’ en su pecho irritado y lampiño. ‘Va a decir Mariela, por mi hija recién nacida’, cuenta.” Matías no aparece como un solo nombre propio, excluido el apellido, aparece Junín su pueblo de origen insertándolo en una cadena comunal y generacional. Ya no es cualquier Matías. Además es el que recientemente ha sido padre. ¿Cuánto de amor por la criatura y de amor propio reforzado por ese nacimiento, que da prueba ante los demás y sí mismo de que verdaderamente funciona como hombre con genitales capaces de procrear en el cuerpo de su mujer, quedará estampado en su pecho que ha ido a gozar a ese Mar que le da sus primeras letras al nombre de su primogénita? ¿Y cuánto se representa en los dolores que sufre su piel inflamada, de los que está dispuesto a atravesar para que esa niña lo ame y lo desee como padre? Será capaz, por lo menos en su fantasía, hasta de enfrentar peligros de muerte como los que les sugiere la broma del tatuador subrayada por el cartel que incita a no llorar. A no ser maricón, diría la jerga callejera. En ese tatuaje se están concentrando los ideales fálicos de Matías. Toda su disposición a dar pruebas de ellos. Y para ser el dueño sufriente de esa escena y de ese producto, le paga cuarenta pesos al empleado que le hace el tatuaje. Por un rato el masoquista, será dueño del sádico que deberá trabajar para él. Todo sea, por el amor y el deseo de la hija, y por mostrarle al mundo que él es macho y se la banca.

“Casi vine a Mar del Plata a tatuarme” dice sin temor a los prejuicios Analía, –15 años– de General Alvear, Buenos Aires. “Ella pidió imprimir en su espalda, cerca de la cola, un dibujo tribal con su inicial y la de su novio”. “El deseo de tatuarse era tan fuerte que fue casi la única causa de su viaje a Mar del Plata” ¿Pero era esencialmente ése, el deseo que la llevó a la “Ciudad Feliz”? O fue un deseo de detener el tiempo en ese momento que le entregó la cola a su novio. No podemos saber si fue el primero, pero sí seguramente que se contó entre los primeros. Y en ese instante, para su deseo, seguramente el único. La vida con sus meandros probablemente desmentirá dicha objetalidad del deseo, pero algo de él quedará grabado en su cola. Cualquier otro hombre que goce de ella y la haga gozar, sabrá que no fue el primero. Que ella es una mujer de experiencia y que ninguno podrá suponer haber sido el único. Es un tatuaje que también proclama su libertad ante los ojos de todos aquellos que en los tiempos venideros sepan de sus encantos. Así somos de paradojales mujeres y hombres, a la vez que deseamos ser únicos, deseamos ser de “gente de experiencia”. A la vez que deseamos detener el tiempo en un instante, ya nos estamos preparando para muchos más por venir.

Este tipo de operaciones sobre el cuerpo no tiene ninguna relación con razones de la conciencia. Sólo sabe de razones inconscientes. Eso facilita entender que: “La fiebre es tal que aun cuando los mismos tatuadores recomiendan no hacérselos en verano, los negocios se llenan”. Lo que no pueden advertir los que comentan eso, es que aumentan en verano, porque es la estación en que más se muestran las pieles propias. En consecuencia, los mensajes que desde sus coberturas se quieren emitir hacia otros buscan atraer miradas mediante tatuajes.

Referido a los piercings observa: “Los lugares más comunes son las cejas, los labios y la lengua /…/ o el que se hizo Luciana, el ombligo. ‘No duele tanto y es lindo’ dice de su segunda perforación: la otra está en el labio” El periodista no lo dice, pero sabemos que otros lugares para colgar piercings suelen ser los labios mayores del genital femenino y las cercanías del ano. Son marcas en zonas erógenas, pero además factores de dificultad y dolor al momento de los juegos sexuales. Vuelve a hacerse presente el dolor como una condición de posibilidad del goce y de mostración a otros de la disposición al riesgo y al sacrificio, en pro de la ejecución de deseos y de sostenimiento de amores.

Finalmente, no deja de tener interés saber cuáles son los tatuajes más solicitados. 1) Los nombres. Como decía antes, si son los propios, le dicen a las miradas de los demás lo único que cada quien tiene seguro. Si son del amor del momento, proclaman su enamoramiento. Si son el de algún ídolo, su deseo de identificarse a la vez que apoyar al mismo. 2) Escorpiones e iguanas. Enuncian su deseo de ser tan temido y admirado como esos bichos antidiluvianos. Inconscientemente trasmiten que está en su naturaleza no poder resistirse a la tentación de transitar el mal aunque eso le traiga el mal a sí mismo. Más ambigua y descreídamente lo proclaman quienes se hacen tatuar plantas de marihuana. Enuncian que nada hay más deseado por ellos que gozar, al precio que sea, aún el de la propia vida. De manera parecida lo exhibe esa “mujer que pidió le tatúen el miembro sexual masculino en su espalda”. Parece estar diciendo: me gusta tanto, que me resigné a cargarlo toda mi vida sobre mis espaldas.

Distinto es el valor de tatuajes de “retratos de padres, madres, hijos o abuelos vivos o ya fallecidos”. Cuando representan a vivos, hacen presente el cariño del tatuado por esos seres queridos y su gusto por tenerlos presentes a su mirada y a la de los demás, en cada instante en que lo deseen. Cuando representan a muertos, hacen presente la capacidad del significante, en estas ocasiones inscripto como imágenes, de hacer presente, la “cosa” perdida. Evidencian una de las formas del trabajo de duelo, por la pérdida de un ser amado.
 
 
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