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   Futuro del Psicoanálisis

El futuro del psicoanálisis: la formación de analistas
  Por Mónica Vorchheimer
   
 
¿Cae acaso sobre las preocupaciones en torno al futuro del psicoanálisis la sombra de una amenaza sobre su fin? Hanna Segal1, entrada ya en años, advertía que a su juicio, las admoniciones sobre el fin del psicoanálisis contenían una herencia del pensamiento bíblico-religioso con el cual no se sentía identificada; en cambio, ella prefería reformular el problema en términos de qué nos es posible hacer para mejorar las herramientas para alcanzar nuestros fines y obtener una mejor comprensión.

El futuro del psicoanálisis depende entonces de que seamos capaces de pensar un psicoanálisis para el futuro, trampa del lenguaje para proyectar hacia adelante lo que son inquietudes acerca de su presente. Pero no quiero colocar la lente en el remanido tema de un psicoanálisis “actual”, o de los pacientes “actuales” o la psicoapatología “actual”. Prefiero hacer mío un alegato por cierta inactualidad, título provocativo de un trabajo de M. Horenstein2, en el cual propone la necesidad de aggiornarnos para conservar la inactualidad constitutiva del psicoanálisis que nos hace ubicarnos marginalmente respecto a la cultura de época y de la ciencia oficial sin por eso hacer oídos sordos a lo que otras disciplinas tienen para decir, pero evitando el facilismo del asimilacionismo. Algo de esto, entiendo, está en el espíritu de la letra de Segal cuando habla de mejorar nuestras “herramientas”.

Quiero entrar al tema que me interesa destacar de la mano de Freud, quien en 1914, en Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico escribió: “Yo juzgaba necesaria la forma de una asociación oficial porque temía el abuso de que sería objeto el psicoanálisis tan pronto como alcanzase popularidad. Entonces se requeriría de un centro capaz de emitir esta declaración: ‘El análisis nada tiene que ver con todo ese disparate, eso no es el psicoanálisis’ ”3. De este modo, quedó soldado el tema de la(s) institución(es) psicoanalítica(s) y el futuro del psicoanálisis, por cuanto toda institución psicoanalítica mantiene vigente esta aspiración de separar la paja del trigo y con ella fija, entre otras, sus políticas de formación.

Recordemos de paso, que toda institución aspira a autoperpetuarse, y para no morir en el intento debe reinventarse, pensarse a sí misma, revisar sus enunciados de fundamento (P. Aulagnier 19774) y sus pactos denegativos (R. Kaes 19765). Debemos estar atentos a los efectos que produce la necesidad de que los analistas, para serlo, se organicen en instituciones cuyo lazo social los sujeta bajo transferencia y mantener un examen permanente acerca de qué de nuestras instituciones actúa simultáneamente en contra de la naturaleza misma de la práctica psicoanalítica en tanto experiencia del inconsciente. No anestesiar los efectos de represión o desmentida a los que la institucionalización conduce es una advertencia de la que es necesario estar alertas, a fin de evitar encandilamientos narcisistas y una cosmovisión ilusoria y totalizadora que sedimente en una cristalización axiomática.

Por ello, es de destacar lo que viene ocurriendo hace tiempo ya en la institución originaria fundada por Freud, la IPA. Desde hace unos años (2007) la Asociación Psicoanalítica Internacional, en un acto de sinceramiento respecto de la diversidad de prácticas formativas que tienen lugar dentro de sus Institutos de formación ha reconocido y aceptado la existencia de los así llamados tres modelos formativos: el modelo Eitingon establecido en 1925, y los así llamados modelos Francés y Uruguayo. Todos ellos sostienen la necesidad del trípode formativo –análisis del analista, supervisión de casos y seminarios de formación– aunque cada uno los articula de manera idiosincrática y postulando que constituyen requisitos mínimos para su admisión y calificación como formativos.


Es interesante notar las preocupaciones reflejadas en el documento de 20076 que junto a subrayar la filosofía de una inmersión intensiva durante la formación (training) se plantea interesantes preguntas: ¿El reconocimiento de más de un modelo de formación ha abierto la puerta para la adición de uno, dos o muchos otros modelos? ¿Sería posible determinar si el producto de diferentes modelos produce diferentes analistas y-o diferentes psicoanálisis?

Como lo señala el documento, el conflicto cercano a la superficie “parece entre dos metas mayores: por un lado, la institución apunta a salvaguardar la cualidad e integridad del legado freudiano; por el otro, necesita asegurar la continuidad de su vitalidad y supervivencia amenazada por momentos por fuerzas económicas y demográficas (envejecimiento de la membresía, o la declinación del atractivo de la formación y el tratamiento analítico)” […] “La resolución de este conflicto dependerá en gran medida de la cualidad de Psicoanálisis que la IPA opte por proteger, y esto dependerá inevitablemente de lo que se haga en el área de la formación y educación de la próxima generación de analistas” (S. Erlich 2007).

La discusión acerca de los modelos formativos que ha iniciado la IPA, o cualquier reflexión sobre la praxis que se alinee en esta meta, implica, en el sentido propuesto por Agamben7 una estrategia de profanación del dispositivo (formativo) para restituir lo sagrado al “libre uso de los hombres”, trayendo a la luz ese “ingobernable” que es a la vez el punto de origen y el punto de partida de toda política.
Ya nos lo decía Bleger (1967)8: “la totalidad de lo que debe ser abarcado con el concepto de praxis no se limita a la teoría psicoanalítica y a la práctica ejercida con la técnica psicoanalítica, sino que se debe entender que en la praxis de toda disciplina intervienen otros aspectos que generalmente tienden a ser excluidos. Me refiero a la teoría y la práctica involucradas en la forma como se enseña, como se aprende en psicoanálisis.
Podríamos resumir todos estos aspectos de la praxis con el término ‘institucionalización’, incluyendo así todo lo que se refiere a la organización del psicoanálisis tanto como a la de los psicoanalistas; todo esto corresponde también a la práctica del psicoanálisis e involucra como toda práctica una teoría
.”
Aun cuando sabemos de la heterogeneidad que se reúne –¿o aglomera?– bajo el término praxis del Psicoanálisis, ninguna institución que se precie de psicoanalítica puede abstenerse, al preguntarse por su porvenir, de interrogarse sobre sus políticas de formación: qué subjetividad analítica –qué analistas y qué prácticas– se produce por efecto de los dispositivos formativos que diseña; qué grado de congruencia existe entre su modo de concebir el psicoanálisis y la transmisión de la que es heredero responsable; de qué manera aquello que se afirma de manera explícita acerca de cómo se comprende la teoría y la práctica del psicoanálisis hoy, se espeja de manera adecuada en la organización de nuestras instituciones; o por el contrario, en qué medida nuestras instituciones cuestionan las teorías explícitas que tenemos acerca del psicoanálisis9.

El modo en que las contribuciones teóricas del psicoanálisis han enriquecido la crítica literaria, el arte contemporáneo, la educación, la salud mental o el pensamiento social, no está hoy en cuestión como lo está la práctica terapéutica, vale decir, el aspecto profesional del psicoanálisis. Lejos de adoptar una posición paranoide-defensiva, recojamos el guante y aprovechemos el desafío para intentar desprendernos de cualquier concepción que nos ubique a los psicoanalistas como parte de un linaje, con toda la penumbra asociativa que dicho término conlleva en relación a pureza, ideales, mandatos, superioridad, competitividad e identificaciones; todos términos que impregnan el lazo social que constituye la proliferación de instituciones psicoanalíticas con funcionamientos de tipo parroquial, que bien vale la pena revisar como expresión de la economía política del psicoanálisis.

El futuro del psicoanálisis o el psicoanálisis del futuro, a través de sus instituciones, deberá proseguir su misión como resistencia en los márgenes, conservando su especificidad. Para ello, la formación de los jóvenes analistas deberá equiparlos con las herramientas necesarias para desarrollar el coraje de analizar, que no es sino el coraje de militar en la verdad (del inconsciente), en la singularidad subjetivante contra toda adaptación homogeneizadora, sin apelar a los alivios engañosos con los que nos bombardea la propaganda de la época. Aquí cobra todo su espesor la ética de la posición depresiva acuñada por Melanie Klein, como aquella configuración emocional que para quien la experimenta le demanda una responsabilización creciente por su mundo interno, por la sexualidad infantil de deseos libidinales y agresivos de la vida pulsional que colorea la fantasía inconsciente, no menos que por la consideración respetuosamente benévola hacia los otros en tanto semejantes.

La extraordinaria invención del trípode como dispositivo para la formación de analistas es el mayor garante del futuro del psicoanálisis como praxis, siempre y cuando éste pueda ser pensado y repensado en sus efectos, sin fanatismos dogmáticos tan ajenos al psicoanálisis mismo. El presente y el porvenir demandan jerarquizar la lectura de los textos como lo propuso Calvino, como esos textos que nunca terminan de decir; para ello, es necesario no hacerles decir sino escuchar sus silencios como nichos para la creatividad de sus lectores, abiertos a una transmisión desacralizada e inspiradora, relegando la actualidad a la categoría de ruido de fondo pero al mismo tiempo sin prescindir de él. Así, evitaremos la sobrevaloración del saber teórico, muchas veces enciclopedista, para rejerarquizar la experiencia analítica como el corazón desde el que nacen y se desarrollan las verdaderas convicciones sobre la ubicuidad de los conceptos fundamentales: inconsciente, resistencia, sexualidad, transferencia.
Y no es ocioso recordar que la experiencia del inconsciente proviene tanto del análisis personal del analista como de la supervisión de casos, siempre que ésta respete la naturaleza de su práctica: una escucha atenta al inconsciente del analista y no sólo del analizando, libre de cualquier pretensión de adoctrinamiento.

Me disculpo entonces por concluir esta reflexión con lo que podría ser una tautología: a mi modo de ver, el futuro del psicoanálisis o el psicoanálisis del futuro, es el presente de sus instituciones a través de la transmisión, concebida como ejercicio de la formación de sus analistas. Las políticas de formación son no sólo un modo de describir el estado de situación del psicoanálisis actual sino también la forma de responsabilizarse por su futuro cuya incerteza no es sino la llama que mantiene encendida la curiosidad puesta al servicio de la artesanía de su praxis clínica y teórica.
_____________________
1. Hanna Segal, “Yesterday, Today and Tomorrow “– The New Library of Psychoanalysis, Londres, Cap. 13.
2. Horenstein, Mariano: La saludable peste del psicoanálisis [apcweb.com.ar]
3. “There should be some headquarters whose business it would be to declare: ‘All this nonsense is nothing to do with analysis; this is not psycho-analysis.’” (Freud, 1914, On the History of the Psycho-Analytic Movement, SE 14:43).
4. Aulagnier Piera, 1975, La violencia de la interpretación, Amorrortu, Buenos Aires, 1977.
5. Kaës René, 1976, El pacto denegativo en los conjuntos trans-subjetivos, Lo negativo, Amorrortu, Buenos Aires, 1991.
6. www.ipa.org.uk Background of the Three Models – S. Erlich.
7. Agamben, G. “Qué es un dispositivo” – Sociológica (2011) año 26 -número 73- pág 249-264.
8. Bleger, J. Psicoanálisis del encuadre psicoanalítico (1967)- cap. 6 en Simbiosis y ambigüedad, Buenos Aires, Paidós.
9. Estos y otros interrogantes animan la discusión que venimos llevando en los últimos simposios de APdeBA junto a C. Barredo, M. Cardenal y J. C. Scillama.
 
 
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