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   Futuro del Psicoanálisis

El post-lacaniano
  Por Luciano Lutereau
   
 
En una carta fechada el 17 de noviembre de 1952, Winnicott escribía a Klein las siguientes palabras: “Lo primero que deseo decirle es que puedo advertir lo molesto que resulta, cuando algo se desarrolla en mí por mi crecimiento y mi experiencia analítica, que mi deseo sea el de expresarlo en mi propio lenguaje. Es molesto porque yo supongo que todo el mundo quiere hacer lo mismo cuando sabemos que en una sociedad científica uno de los objetivos es encontrar un lenguaje común. Sin embargo, este lenguaje debe mantenerse vivo, ya que no hay nada peor que un lenguaje muerto”. A pesar de la diferencia del contexto y la distancia temporal, después de 50 años, esta breve epístola refleja diversos aspectos de nuestra situación actual respecto del psicoanálisis lacaniano.

El regreso de los ideales. Uno de los problemas del psicoanálisis de nuestro tiempo es el modo en que ciertas idealizaciones han vuelto a encontrar lugar en su seno. Por ejemplo, la idealización de lo que debe ser el acto analítico, al que se suele concebir como una especie de acto magistral en manos de una función anónima, llamada “el analista”; o bien ciertos lineamientos que prescriben la dirección del tratamiento en función de fines exteriores, tal como ocurre en diversas publicaciones que elogian el goce femenino y, para el caso, proponen que el análisis de una histérica debería feminizarla...

En cualquiera de los dos casos, el problema es el mismo: los psicoanalistas de nuestro tiempo domesticamos la transmisión, al servicio de lo que el psicoanálisis “debe” ser; mientras que los que escriben y comentan aspectos de su propia práctica son apenas unos pocos. Y en los casos en que esto ocurre, ya no encontramos historiales como los de Freud (o informes precisos como los que publicaban los posfreudianos, por lo general, para dar cuenta de un obstáculo). Los lacanianos nos hemos vuelto tan parcos como eruditos, con la redacción de viñetas, micro-recortes de tratamientos, ¡escribimos una clínica de 140 caracteres!, cuando no desconfiamos incluso de que el psicoanálisis pueda transmitirse a través de exponer la propia práctica. Nos importa mucho más entender a Lacan, conocer la publicación de un último seminario y un concepto específico (como el de sinthome) que regresar a lo más básico, al único principio de la cura analítica, el cumplimiento de la asociación libre: mientras que en los últimos años han proliferado incontables libros sobre la topología de nudos, no se escribió ni uno solo sobre la regla fundamental del psicoanálisis.

Lo obvio y lo obtuso. Por lo tanto, el problema más acuciante del psicoanálisis de nuestro tiempo es haber caído en la obviedad. Y si algo refrenda esta condición es la creciente “vigilancia epistémica” que se verifica en muchos textos, que cuidan el vocabulario al punto de que importa mucho más hablar en términos “correctos” que expresar una idea. La saturación de reglas de formación de enunciados comanda la producción escrita del psicoanálisis; y, como sostienen quienes se dedican a la filosofía de la ciencia, esta situación es propia de las disciplinas en decadencia. No obstante, no quisiera realizar un enjuiciamiento del psicoanálisis, que podría ser extemporáneo o ingenuo, si no incluyera la posición del crítico en cuestión. Es algo más que un análisis del psicoanálisis como dispositivo de construcción de textos lo que se pone en juego en este punto.

Sostengo que el psicoanálisis ha recaído en idealizaciones, pero ¿no sería una idealización la que quisiera un psicoanálisis “purificado” de estos tropiezos? Al notar este aspecto, la consideración de estas líneas toma una dirección mucho más certera: el psicoanálisis es subversivo si es capaz de pensar su propia condición de posibilidad. No se habla de ningún colega en estas páginas, sino de ese principiante que somos todos cuando intentamos aproximarnos a una práctica que necesariamente nos excluye en el modo en que se efectúa, para que esos efectos sean recuperados como causa del pensar imposible que es lo propio del psicoanálisis. Dicho de otro modo, no hay expertos en psicoanálisis; y es a muchos textos que en nuestros días se proponen el pensamiento “políticamente correcto” que cabría recordarles el oxímoron que esa pretensión supone.

Pensamiento psicoanalítico. El pensar comienza con el defecto. Lo que singulariza un pensamiento es el acto incómodo de tomar posición. Esta misma idea es notable desde las Meditaciones metafísicas de Descartes, quien hacía de la duda algo más que un “no saber”: la duda cartesiana es un modo de la voluntad, no del entendimiento. Descartes elige dudar, y a través de esta destitución corrobora su división constitutiva. Lo mismo vale para Kant, cuya concepción del conocimiento queda consagrada a la determinación positiva de la objetividad, hasta que la razón puede independizarse para pensar esa potencia infinita que se advierte en la libertad.

Pensar no es comprender, ni encontrar seguridad en las ideas, tampoco es entender a Freud o Lacan, sino estar advertido de lo imposible del conocimiento teórico; menos para resignarse o asumir una actitud escéptica, que para transformar esa marca singular –cada quien sintomatiza su relación con el saber de forma diferente, según su propia “teoría sexual infantil”– en causa de enseñanza y transmisión. En cierta medida, Heidegger estaba al tanto de esta cuestión cuando afirmaba lo siguiente: “Lo que permanece en un pensar es el camino. Y los caminos del pensamiento resguardan en ellos este secreto: podemos ir por ellos caminando hacia adelante como hacia atrás; más aún, el caminar que retrocede, sólo él, nos lleva hacia adelante”.
Lacan para todo uso. El apartado anterior conduce a una consideración específica. Pablo Muñoz suele decir que en psicoanálisis es conveniente argumentar “contra”. Coincido con su punto de vista, ya que ambos compartimos la idea de que no se trata de dar razones contra otra persona, sino contra el psicoanálisis mismo. Ésta podría ser una definición de clínica psicoanalítica, de la que se espera que sea menos una confirmación del saber de la teoría que un modo de extender su frontera hacia lo que defrauda la intuición común.

Por eso es otro problema de nuestro tiempo que, entre psicoanalistas lacanianos, estemos más preocupados por delimitar el sentido originario de ese significante vacío “Jacques Lacan” (ya sea porque acusamos a otros de extraviados, porque proponemos que hay un ultimísimo, o bien un Lacan distinto al que pensábamos…) que por demostrar la potencia de su uso. Si el nombre Lacan no produce efectos, ya no tendrá sentido seguir llamándonos lacanianos. No hay una forma correcta o adecuada de ser lacaniano, sino que –como afirmaba Deleuze– hay modos interesantes (y otros cobardes, porque lo opuesto del interés es la neutralidad) de reclamar esta enseñanza.

La actitud nostálgica que investiga la vida personal de Lacan y sus textos como si fueran material de archivo; el preciosismo de las traducciones (que olvida que el psicoanálisis en Argentina se habla con galicismos y errores gramaticales, que surge de los malentendidos de las malas versiones de los seminarios de Lacan, que la verdad permite la inexactitud); toda actitud que presupone cerrar el círculo de un “nosotros, los lacanianos”, como suele ocurrir en ese método ruin de argumentar que se inicia con estos términos: “Un error muy frecuente entre los psicoanalistas…” (como si el psicoanálisis existiera más allá de los psicoanalistas); cualquiera de estas posiciones adolece de mala fe, porque disfraza un interés bajo el manto de una causa abstracta, al hacer del psicoanálisis una idea platónica.

Radicalizar el psicoanálisis. Hace un tiempo me tocó vivir una anécdota divertida. Ante un auditorio de jóvenes en formación desarrollaba la hipótesis de que la noción de “estructuras clínicas” me parece un prejuicio sustancialista y psicopatológico (en el sentido clasificatorio)… cuando fui agradablemente interpelado por los oyentes: ¡no podía ser que tocara la distinción psicosis, neurosis, perversión! Respondí que ni siquiera me creo original en ese planteo, aunque agregué que mi posición apuntaba más bien a ubicar no tanto una crítica a las estructuras, sino a la suposición de su existencia, en el punto en que esta decisión es un prejuicio metafísico que no se puede justificar con la práctica del psicoanálisis. Dicho de otro modo, exponía que me preocupaba la diversidad (y cantidad) de presupuestos ontológicos no interrogados que suele hipotecar la enseñanza del psicoanálisis… ¡Y el efecto fue más estrepitoso! Me dijeron que si hacía filosofía entonces me estaba alejando del psicoanálisis, y durante un buen rato escuché con alegría las diversas imputaciones que me hicieron. Hasta que perdí el sentido del humor y les comenté una preocupación que suelo sentir en diferentes lugares: me aburre hablar con colegas que necesitan deslindar el psicoanálisis de otras disciplinas.

En este punto, cabe una aclaración: no me refiero al hecho corriente de vincular el psicoanálisis con cualquier cosa (Budismo Zen, Poesía China, etc.), en función del estudio de las referencias de Lacan –en el sentido dogmático que invita a hacer un curso sobre cualquier referencia lacaniana–. Por lo tanto, no hablo del estudio filosófico para estudiar los motivos por los cuales Lacan pudo decir que “Platón era lacaniano”; sino que entiendo la filosofía como un método de interrogación sistemática de los compromisos irreflexivos y espontáneos que se dan en la formación de todo enunciado.1 De este modo, la filosofía no es una práctica ajena al psicoanálisis, sino que considero que es otro nombre del psicoanálisis cuando se trata de radicalizarlo y esclarecer sus condiciones de posibilidad.
La pregunta que me importa respecto del futuro del psicoanálisis –tema de este número de Imago Agenda– no es “¿Cómo será el psicoanálisis del mañana?”, sino “¿Cómo es posible el psicoanálisis tal como se practica hoy en día?”.

Retorno a Masotta. Quisiera concluir este escrito coyuntural con otra referencia histórica. Este año se cumplen 50 años de la publicación de un texto fundacional del psicoanálisis lacaniano en Argentina: “Jacques Lacan o el inconsciente en los fundamentos de la filosofía”, de Oscar Masotta.2
Durante años, Masotta fue la entrada en el psicoanálisis y la formación de muchos psicoanalistas. Carlos Kuri, en su libro Ensayo de las razones –en colaboración con Juan Ritvo–, precisa su legado en términos perfectos: “Llevó adelante una enseñanza que produjo lectores más que discípulos”.3 Todavía nos queda ensayar un retorno a Masotta. Su método de lectura, reflejado en sus libros, continúa ofreciendo destellos. Era un lector extraordinario. En nuestros días, por lo tanto, la cuestión no radica tanto en preguntar quién vendrá después de Lacan –no es este tipo de futuro el que apremia– como en interrogar si todavía podremos seguir leyéndolo, desde dónde y con qué fines.
________________
1. En este punto, mi concepción de la filosofía es convergente también con la de Wittgenstein, en la medida en que entiendo esta disciplina como un modo de disolver pseudo-problemas (antes que de resolverlos u ofrecer respuestas enfáticas).
2. El año pasado, desde una investigación que dirijo en UCES hemos impulsado una traducción al francés de este texto, que se publicó luego –gracias a la iniciativa de Erik Porge– en el número 38 de la revista Psychanalyse (ERES) con una nota preliminar de G.-F. Duportail y Agustín Kripper.
3. No sería vano recordar aquí unas palabras sobre Masotta, dichas por Lamborghini en 1974: “En Buenos Aires, hay alguien que, palabra por palabra, piensa. Escribe. Enseña –tras el aire de la máscara, que cambia siempre– su propia doctrina”.
 
 
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