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   Futuro del Psicoanálisis

Futuro con vergüenza o futuro des-vergonzado
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 
No digo nada nuevo si propongo que, lo que suponemos como futuro, obligatoriamente remite a un presente. Aunque barnizado por los conceptos freudianos (inconsciente, Edipo, neurosis, castración, denegación, etc.) este presente no es, ni mucho menos, el del reinado del psicoanálisis; no sólo porque la industria farmacéutica modela, dirige, propicia y comanda las “terapias” cuyo eje es un consumo paroxístico de lo que produce, también por las “terapias alternativas” (¿alternativas a qué?) apelantes a terminología freudiana para proponer flores, piedras, dietas o entelequias varias con las que lograr una –imposible– “armonía” con un cosmos (orden) cada vez más desordenado. Facebook –un no-lugar donde el sujeto dice y muestra casi todo de sí mismo– no deja de ser otro poderoso competidor que, además, es gratis.

Agreguemos a la cuestión del “futuro del psicoanálisis” la previa de “el futuro”. ¿Hay futuro? La respuesta no es simple. Escribo esto mientras en mi provincia lluvias torrenciales nunca vistas destruyen todo. ¿Causas? Obvias: el “viejo truco” de un cambio climático provocado por la voracidad mercantil que no sólo no es regulada sino auspiciada por funcionarios corruptos o desidiosos. Fukuyima sigue lanzando radiactividad al océano, la Amazonia cada vez es menos verde y hay focos de guerras atroces por donde se busque y mire. Claro que, un mundo conformado de este modo, no es sorpresa para el psicoanálisis. Freud desplegó esta cuestión –abierta en 1908 con “La nerviosidad moderna y la moral sexual”– en “El malestar en la cultura” (1929) concluyendo en que, las exigencias del sistema económico, no hacen sino retroalimentar y reforzar las pulsiones que deberían declinar en el “humano civilizado”. Exigencias que pueden terminar produciendo la desmezcla pulsional, retroalimentación de la pulsión de muerte que, no sólo aniquila el deseo del sujeto y engorda el goce, sino que pone en peligro a la cultura y al lazo social.

Ahora bien ¿cómo afectan estas problemáticas al psicoanálisis y a su porvenir? No creo que vandalismo tal suponga la caída del psicoanálisis –como tantos “libros negros” auspician y festejan–, en todo caso, será preciso reinventar el psicoanálisis atendiendo a estos tiempos de renovados malestares en nuestra cultura.
Digo reinventar al psicoanálisis y la posición del psicoanalista, pero sin sacar los pies del plato de sus fundamentos teórico-clínicos.

El neo-capitalismo impone un estilo de goce propio de la época, el goce solitario y semi-autista que prescinde del vínculo con el semejante y sólo arma soledades yuxtapuestas, o pseudo lazos, lazos líquidos –Z. Baumann dixit– pues el neo-capitalismo lo intenta todo para derrumbar los lazos sólidos, pues, precisamente, son los lazos sólidos –esos que se construyen cuando se comparte en las calles la pelea por una vida mejor... o por la vida misma– los que lo ponen en peligro. En suma, su sobrevivencia implica la imposición de lo que sonará como un seriado oxímoron: un individualista y colectivizado goce globalizado.
Digo que es un seriado oxímoron porque, por un lado, individualismo colisiona con colectivismo; sin embargo, ambos extremos se tocan: sólo se puede consumir usufructuando del goce individual (el goce no hace lazo social), pero, al mismo tiempo, usufructuando de un colectivo que homogeniza un rasgo: los buenos consumidores, los felices consumidores, siempre en contienda con el prójimo-el rival que puede comprar la mejor casa, auto, smartphone o reloj-celular, obtener el mejor cuerpo, modelar la mejor pareja, recibir el mejor regalo por haber consumido tanto y sobrepasar al competidor: ¡¡obtener más raudamente la dicha!! A su vez, también es un oxímoron hablar de goce globalizado. Pero es que en ese oxímoron reside el más allá del principio del placer y la compulsión al consumo desbocado que hace que el goce del individuo se incluya en una colectivización. Todo lo cual nos advierte que, individualismo y colectivización no son sino modos de goces que imponen la desubjetivación, la caída del deseo y el ocaso del sujeto del inconsciente.

¿Es esto nuevo? ¿Es una excrecencia del neoliberalismo, un producto de Internet o de la extensión del Imperio Americano –o Chino–? Veamos el siguiente párrafo: “Porque la propiedad privada aísla a cada cual dentro de su tosca individualidad y cada uno abriga, sin embargo, el mismo interés que su vecino, tenemos que un capitalista se enfrenta a otro como su enemigo, un terrateniente al otro y un obrero a otro obrero. En esta hostilidad entre intereses iguales, precisamente por razón de su igualdad, culmina la inmoralidad del orden humano actual: esta culminación es la competencia (...) nadie que se vea arrastrado a la lucha de la competencia puede salir a flote en ella sin poner a contribución hasta el máximo sus energías, renunciando a todo fin verdaderamente humano”.

Lo escribió Federico Engels –a fines de 1843– en el Esbozo de crítica de la economía política. Cierto es que, hay una diferencia esencial entre una teoría marxista que atribuye todas las salvajadas a una estructura productiva determinada y una teoría psicoanalítica para la cual esas salvajadas son intrínsecas a la subjetividad se trate de la formación económico-social que sea. Para prueba del aserto freudiano están los fallidos intentos del “socialismo real” –incluida la China actual– por construir un “hombre nuevo” –¿sin goce?– que ya no sería lobo de otro hombre. Los “lobos” están vivitos y coleando, más vivos que nunca y equipados con tecnología de punta para mejor manipular y programar a los lobitos.

¿Cuál es, entonces, el futuro del psicoanálisis en un planeta ganado por ese individualista y colectivizado goce globalizado? Persistir en aquella definición de Lacan a los estudiantes de Vincennes (1969) sobre su enseñanza: “no hago demasiado, pero sí lo justo para hacerlos avergonzar”.

No el psicoanálisis, sino los psicoanalistas hemos de decidir si permaneceremos fieles al legado freudiano de una teoría y práctica que desnuda el Malestar y, por tanto, tiene un lugar junto a los que en todo el planeta “resisten” al capitalismo depredador (planteen o no una instancia superadora), al sistema que nos quiere consumidores pasivos de cuanta chuchería produzca; o bien constituiremos una dependencia más del “Ministerio de la Felicidad” orwelliano, tan consolador, intrascendente e inofensivo como las “terapias alternativas” o las “autoayudas” varias. La máxima contribución del psicoanálisis a los que resisten es continuar siendo “la peste”, no, dejar de serla. En esa dirección, el psicoanálisis es –a más de 100 años de su aparición– “un arma cargada de futuro”. Su “bala de plata” sigue siendo la palabra que, aunque intencionalmente opacada por las imágenes –la mayoría insustanciales o decididamente tontas– alimenta y sostiene la subjetividad.

¿Para “curar” a la cultura? Obvio que no. Pero que el malestar en la cultura sea incurable no implica sumarse al bando que por interés, ignorancia o llana estupidez pretende ahondar la brecha entre los que tienen casi todo y los que tienen casi nada. El malestar es incurable, pero las deudas públicas pueden ser reestructuradas, los salarios pueden ser mejores, la salud, la educación y la vivienda pueden ser accesibles a todos; caso contrario “el malestar en la cultura” no es sino una versión “cool” del cínico y reaccionario “pobres habrá siempre”.

Bastión contra la “medicalización” de la sociedad, subversivo serial de cuanta supuesta panacea inventan los poderes fácticos para acallar los reclamos, inquisidor tenaz de los meandros de la subjetividad, ese será su futuro, como fue su pasado y es su presente y aunque constituyan legión los que quieran “amansarlo”, convertirlo en un engranaje más del neocapitalismo triturador siempre producirá, al menos uno, que nos haga avergonzar.
 
 
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