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   Futuro del Psicoanálisis

Falsos amigos... ¿Autodestrucción del psicoanálisis?
  Por Jean  Allouch
   
 
Dios protégeme de mis amigos que de mis enemigos yo me encargo”

Llaman a su puerta, usted abre. Le piden entrar, usted acepta. Hay algo muy importante que comunicarle, usted escucha. Han venido a anunciarle que usted está en peligro de muerte, usted no lo sabía. Por eso nada está jugado: he aquí que luego de ese inesperado diagnóstico le proponen una medicina. Usted ahora lo sabe, esa persona que se apresta a dejar el lugar para ir a hacer visitas similares, quiere su bien. En latín velle bonum alicui. Usted no es el primero ni el último a quien esta fórmula despierta cierta desconfianza. Si usted necesita un médico lo llama. ¿Pero aquí? Usted no pidió nada. Usted duda “hay gato encerrado” (il y a anguilla sous roche) ¿Pero qué? (Il y a anguille sous roche… Hay algo escondido, algo está claro, una perfidia se prepara).

Mostraré aquí que La autodestrucción del movimiento psicoanalítico obra firmada por Sebastián Dupont, presenta como remarcable que él se empeña en realizar lo que pretende describir, ninguna otra cosa que la destrucción del psicoanálisis. La anguila es una víbora.

Este psicoanálisis que se considera que se autodestruye, el autor pretende ofrecerle el camino de su salud. La proposición no es nueva, reconduce y prolonga la de Marcel Gauchet1, quien por otro lado publica la obra en la colección asociada a la revista Le Débat, de la que es redactor en jefe.

Eso que se autodestruye es desde el título denominado “movimiento” y calificado “psicoanalítico”. Era de rigor que el autor diese una definición al respecto, que llega en efecto, aunque tardíamente en el libro, luego de que el término ha sido ya muy usado. Se tratará de una “noción que puede recubrir varias realidades”. ¿Tal entidad reconocida como “vaga” por el mismo autor, puede autodestruirse? ¿Podemos atribuirle alguna existencia? ¿O qué modalidad de existencia?

Estas “realidades” son tres y sus contornos no son menos imprecisos: una corporación profesional, una orientación terapéutica, una orientación teórica. La llamada corporación, por otro lado reconocida como “no institucionalizada”, vería su población extendida por los psiquiatras, psicólogos (que se dicen “practicantes de orientación psicoanalítica”, [POP pág. 18], preferimos hace mucho tiempo llamarlos PIP, el humor, el sexo, acuden también a la cita2), educadores, enfermeras, filósofos, intelectuales y enseñantes. ¿Se puede entonces en esas condiciones, decir “un” este “conjunto heterogéneo e informal” (Pag. 19)? Y la misma pregunta se plantea a propósito de las orientaciones terapéuticas y teóricas que el autor luego de haberlas declarado “una” no las define. En fin, tres “uno” que no lo son, harán un “uno” que no está en condiciones de reenviar a una unidad. Tal sería entonces ese “movimiento” que se considera autodestructivo.

Dejamos pasar aquí el señalamiento de Jacques Derrida que calificaba al psicoanálisis en adelante de plural, indicando así que no era más articulable un enunciado que haría mención al psicoanálisis. Como dejamos de lado el hecho de que Lacan definía en términos precisos lo que él llamó “discurso psicoanalítico”, el que se ve aquí transformado en algo impalpable y difuso:

“No se tratará entonces de analizar en detalle las obras y los conceptos de los autores más advertidos sino de tratar de aprehender este objeto más impalpable, más difuso, que es el “discurso psicoanalítico”3.
No se podría mejor separar todo lo que ha sido y es todavía lo más vivo del análisis: las tomas de posiciones, los compromisos, las tensiones, los debates a los que ha dado y da lugar4, como si todo esto, obras, conceptos, autores no contuviera ninguna verdadera apuesta. No, se hablará de “psicoanálisis en general” y se invita a los psicoanalistas a hacer lo mismo, de lo contrario, se los amenaza: “su psicoanálisis será abandonado sobre la pendiente de la destrucción, por la dilatación y la fragmentación” (pág.27). Lo general sería el remedio. No solamente “tenga cuidado” [gare a vous] sino una orden: “cuádrese” [gardé á vous] 5

Se dará a ese general particularmente como instrumento, proponen, un consejo del Orden que echaría el ojo sobre el conjunto de los practicantes, al fin reagrupados para el mayor beneficio de cada uno y de todos aquellos llamados de ahora en más “usuarios” (pág. 166) –en suma como en los trenes o los transportes públicos, o “usuarios” viene a veces en el lugar de “viajeros”... y de “enfermo” en el hospital–. La proposición no es nueva. Puede ser esclarecido por lo que pasa en Canadá, donde existe esa institución en nombre del interés general de “profesionales” y “usuarios” con el derecho de exigir protección y garantía. (¿El amor de transferencia deberá desplegarse en adelante bajo garantía? ¿Cuál?) Usted es psicoterapeuta canadiense y recibe un paciente (no se dice analizante) que se divorcia. La parte adversa lo convoca al tribunal y usted está obligado de ir a testimoniar sobre los arcanos de la vida de su paciente. Otro caso también canadiense: puede suceder no importa cuándo, que un delegado del consejo del Orden desembarque en vuestro consultorio y exija ver vuestros legajos que le han insistido tener. En una palabra, nada de secreto profesional. ¿Queremos esto? En un tiempo que se pretende de transparencia, el análisis presenta esto de precioso, ofrecer a cualquiera un lugar de palabra donde, al igual que en el confesionario, está desde el principio establecido que nada saldrá de allí. Se me permitirá elegir (o más bien me lo permitirán más si tal Consejo estuviera establecido), la posición de Lacan y no solamente la suya o de los lacanianos:

”De sus vidas que desde hace cerca de cuatro septenarios, escucho confesarse delante de mí, no soy nada para pesar el mérito. Y uno de los fines del silencio que constituye la regla de mi escucha, es justamente el de callar el amor. No traicionaría entonces sus secretos triviales y únicos (sans pareil)”.6
Ese Consejo de Orden se duplica con otra instancia, no jurídica, universitaria, “un lugar de discusión común (otra vez el “un”) donde las diferentes escuelas se juntarían para confrontar sus teorías y mejor aún “participar en la elaboración de una teoría común” (pág. 71 y 77). ¿Se pondrá al objeto a, a votación para decidir si encuentra lugar o no en esta teoría común?
Esta proposición que podemos decir que es hasta ingenua si no fuera que la intención que cubre, reposa sobre una apreciación desvalorizante si no despreciativa de lo que llamamos “escuela”. Así se habla más bien de capilla de “querellas de capillas” declaradas “ilusorias” (pág. 71). ¿Sí? ¿La querella Freud/Jung no sería más que una querella de capilla, no contendría ninguna apuesta fuerte?

¿Sería igual que aquella que opuso Lacan a la IPA? o ¿Ana Freud/ Melanie Klein? ¿O la de Erich Fromm (que fue miembro de la Escuela de Frankfurt) con el Instituto de Chicago? ¿No hay nada de real involucrado?
Manifiestamente el autor no se tomó el tiempo de informarse sobre qué es una escuela. Él que tanto aconseja, nos permitirá aconsejarle la lectura de Pierre Hadot. Allí aprendería que su proposición de una Federación de Escuelas donde sería elaborada una teoría común a todas y entonces a cada una, no tiene más sentido que lo que consistiría en querer reunir a los pitagóricos, los epicúreos, los cínicos, los escépticos, los neo-platónicos, etc. (también escuelas), pidiéndoles que elaboren una teoría común. No se ve que el pensamiento ganaría sea lo que sea, endosado las vestimentas del alma bella para deplorar esas discusiones, esos debates, esos clivajes finalmente zanjados por una ruptura y que solo una visión de derrumbe denomina “dispersión” y sin alcance.

Lejos de debilitar las ideas, como es avanzado en la página 70, la escuela, cuando no se trata solamente de un nombre que se le atribuye, contribuye a su desarrollo, incluso a su invención. He mencionado la Escuela Frankfurt, más próxima históricamente, la fundada por Lacan y algunas otras ¿Hubieran tenido lugar los impensables avances teóricos, sin ellas? Como también la problematización del análisis didáctico, reconfigurado por Lacan y por –y con– la École freudienne y cuestionado por la vía de un dispositivo llamado “pase”. Se percibe como Sébastian Dupont se desembaraza de la escuela como de una mala hierba por lo que no se toma el tiempo de mirar lo que se lee bajo su pluma (pág. 149), que el pase “consiste para el candidato en presentar ante un jurado las enseñanzas sacadas de su cura personal”, cuando una lectura, incluso cursiva de la “Proposición” de Lacan permite saber que el candidato no tiene precisamente ningún encuentro frontal con su jurado. Los debates, las cuestiones de escuela no son tomadas en cuenta en tanto que, como si esto fuera de suyo, se dice que el sujeto no es otra cosa que una sub-categoría del individuo. “El individuo” (el sujeto), leemos particularmente en las páginas 87, 91 y 92. Como si la oposición entre el indivs y el sujeto dividido no fuera radical. Y es el individuo, que en el futuro y no menos imaginaria teoría común, será llamado a ocupar el primer lugar.

¿Qué podrá realizar este pensamiento común salvador, sino cepillar las asperezas, los hallazgos en todo lo que tienen de desarreglo? Ya tenemos aquí varias apreciaciones. Así la indicación de Lacan según la cual la regla ética es “no ceder sobre su deseo” es recibida como concerniente al individuo “recentrado sobre él mismo”, “inmanente”, cuidadoso de “sus proyectos personales” (Pag 92). No se ha leído el “su” que vale como genitivo más objetivo que subjetivo.
Sébastian Dupont podrá retrucar que él tiene el derecho de no interesarse ni por las escuelas, ni por los maestros7, ni por las obras inminentes ni por la agitada historia del análisis. Lo que le reconocemos gustosos. No quedará entonces más que al encarar su objeto, el movimiento psicoanalítico (tal como él lo define), quien le proveyó el material a partir del cual se permite presentar inadmisibles proposiciones. ¿Qué material?

Detendré acá esta lista que terminará por cansar al lector. Se habrá comprendido que es Sébastian Dupont quien enuncia las posiciones, palabras, sentimientos etc., que él atribuye a todos esos “algunos” “ciertos”, los cuales no nombrados particularmente son todos salvo ciertos. ¿Pero esta ausencia de referencias precisas le otorga total libertad de acción para fabricar qué? Un rumor. La alusión sirve al rumor.
Una de sus remarcables características es la alusión. A lo largo de muy numerosas páginas más, uno no cuenta más, tal es la insistencia de los “algunos” que en la gran mayoría de casos no son de otra manera designados. “Algunos parecen haber...”, “algunos que se ofuscan...”, “algunos consideran...”, “algunos pretenden...”, “para algunos analistas...”, “algunos psicoanalistas parecen...”, “algunos psicoanalistas dan a ver...”, a lo que conviene agregar, los “numerosos psicoanalistas hoy ven...”, “numerosos psicoanalistas conceptualizan...”, “numerosos psicoanalistas sostienen...”, o más simplemente, “los psicoanalistas”..”, “esos psicoanalistas...” así como los “algunos grupos..”, “algunas escuelas...” y “Ciertos medios analíticos...”. Detendré acá esta lista que terminará por cansar al lector.
Se habrá comprendido que es Sébastian Dupont quien enuncia las posiciones, palabras, sentimientos etc., que él atribuye a todos esos “algunos”, “ciertos”, los cuales no nombrados particularmente son todos salvo ciertos8. ¿Pero esta ausencia de referencias precisas le otorga total libertad de acción para fabricar qué? Un rumor. La alusión sirve al rumor.

Un tal procedimiento podría fabricar otros mil rumores no menos posibles, incluso verosímiles. Ha conducido por ejemplo a Didier Eribon a declarar “fascista” al psicoanálisis. De los 6.000 analistas inventariados que vienen a suplementar las “decenas de millares de practicantes de orientación psicoanalítica” (pág. 33), entonces, en un número cercano a 26.000, ¿cuántos son los “algunos” “ciertos”, que acreditarían el rumor Dupont?

Y uno se asombra que Marcel Gauchet haya publicado una obra cuya metodología es tan (para decirlo de un modo gentíl) vacilante. Lejos de aportar agua para su molino, esa metodología lo desierta. ¿O bien hay que pensar que al perjudicarlo revela su inanidad? Él también merece el nombre de “falso amigo” del psicoanálisis.
Habiéndose proclamado “simpatizante del psicoanálisis” y a ese título se otorga la carga, nada menos que de resolver sus dificultades y entonces se emplea en “proteger” a los psicoanalistas de sus “falsos amigos” (pág. 54) Uno se lo podría agradecer si no fuera por un cierto grano de arena: es en este grupo de falsos amigos que con esta obra él se inscribe-. (Faux amis. Son palabras parecidas en su forma, de dos lenguas diferentes pero que difieren en su sentido).


Traducción: Graciela Graham [gracielagraham@gmail.com]

1. Expliqué en “Anthropotropisme”, en psicoanálisis y transmisión. Homenaje a Conrad Stein París, Etudes freudiennes ed. enero 2012. Y en jeanallouch.com sección Intervenciones.
2. Mettre ici une note pour expliquer le jeu de mots en français: une “psychothérapie d’inspiration psychanalytique” se disait “PIP”, homophone de “pipe”, mot vulgaire pour designer une fellation.
3. Sébastian Dupont, L´autodestruction du mouvement pshychanalytique. París Gallimard 2004, p. 25.
4. Aún hoy eso displace al autor que deplora que los analistas se ignoren. Testimonia de ello la obra de Lawrence Khan El psicoanalista apático y el paciente posmoderno. París, Ed. de l’Olivier 2004.
5. Mettre ici une note pour expliquer le jeu de mots sur “general”: d’une part la généralité, d’autre part le personage de la hiérarchie militaire qui ordonne à ses troupes rassemblées en rangs de se mettre au garde à vous.
6. Jacques Lacan; El triunfo de la religión, precedido del Discurso a los católicos, París Seuil.
7. “Los brillantes avances de la sociología habrían superado a Freud. Él oponía el individuo a la sociedad, encaraba el autocontrol como un signo de “sumisión al orden social” (itálicas del autor) mientras que los sociólogos del siglo XX dejaron de lado ese antagonismo, las dos entidades son al contrario consustanciales y se enriquecen mutuamente” (pág. 93-98), Vayan entonces a anunciar esta buena noticia a las decenas de millares de gente que en las prisiones, en las calles, en los hospitales psiquiátricos, a los que se suicidan, que se drogan, que viven en la miseria y a muchos otros todavía. Ha sido necesario para introducir en Freud esa oposición individuo/sociedad (Freud es de todas maneras más sutil y más complejo) silenciosamente deformar su definición de principio de placer en provecho de esto “Yo quiero todo, todo rápido y todo solo” ¿Hay necesidad de precisar que el principio del placer, es decir de reducción de tensiones, no tiene nada que ver con “querer todo”?
8. Il y a un jeu de mots en français sur “certain” qui renvoie d’une part à quelques-uns, d’autre part à la certitude.
 
 
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