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   Colaboración

Psicoanálisis con adolescentes.
  Adolescencia: el entre-dos-muertes
   
  Por Norma Gentili
   
 
Hubo un momento, en Buenos Aires, alrededor de los ‘90, en el cual un sector de la comunidad psicoanalítica se pronunciaba lacónicamente: “la adolescencia no está en Freud”, cancelando toda “posibilidad seria” de que se pudiera hablar del psicoanálisis con adolescentes, que paralelamente “se practicaba”.

El mercado, ese fascinante fascineroso, cubrió con un manto de silencio aquella frase solemne y proliferaron “teorías contenedoras” para que “nuestros adolescentes” pudieran analizarse.
No voy a tomar a la pubertad sino que me interesa pensar en las operaciones, la lógica y los avatares propios de la misma. La pubertad como origen, como “batuque pulsional”. Una metamorfosis, un cuerpo que se transforma poniendo en jaque a toda estructura. Se trata del advenimiento del deseo, de las inscripciones en lo simbólico que por la vía de lo imaginario se producirán en lo real. La pubertad impone una reedición del estadío del espejo.
“La pubertad implica dos transformaciones: subordinación de todos los orígenes de excitación sexual bajo la primacía de las zonas genitales, y el proceso del hallazgo de objeto”. La pubertad implica un nuevo fin sexual: la descarga de los productos genitales acompañados de un intenso placer.

“Durante el período de transición marchan inconexos, pero unos junto a otros, los procesos evolutivos somáticos y psíquicos, hasta que con la aparición de una intensa erótica psíquica, que produce la inervación de los genitales, queda constituida la unidad de la función erótica”. La modificación del principio del placer y la sublimación son ejes de ese trabajo de Freud en el que también dice: “A causa de la relación antagónica existente entre la civilización y el libre desarrollo de la sexualidad, relación cuyas consecuencias podemos perseguir hasta estratos muy profundos de la conformación de nuestra vida, la forma en que se haya desarrollado la vida sexual del niño entrañará máxima importancia para su existencia ulterior en las civilizaciones y capas sociales superiores y será indiferente en las más bajas”.

En el seminario La ética del psicoanálisis, Lacan viene hablando de Das Ding, el Principio del Placer y la sublimación y se detiene en el amor cortés. Dice, entre otras cosas, que lo sorprendente es que haya surgido en una época cuyas coordenadas históricas no responden a una promoción o liberación de la mujer. Llama al amor cortés: artificio, organización artificial, artificiosa del significante como tal.
El amor cortés es una moral y una erótica. No es nada nuevo para nosotros que el significante funda lo real y que la vida o la naturaleza imitan al arte. El significante se lanza y produce efectos, crea, transforma, instituye, funda.
Phillipe Ariés da cuenta de que es a partir de un momento histórico que empiezan a haber significates para nombrar a los niños, antes hay “gente” de 4 años pero no nombre para eso, luego no existían. El complejo de Edipo y la metamorfosis de la pubertad existen a partir de Freud. La adolescencia “se arma” con Lacan.

En las fotos color sepia de principios de siglo se pueden ver a las muchachas de 16 años con bebes en sus brazos. Las nenas pasaban de niñas a madres. Y los varones, escasamente considerados en lo pospuberal, eran jóvenes poetas o colegiales.
La adolescencia es lo que va de la muerte del padre al asesinato del padre, al crimen de Hamlet del que habla Lacan.
La adolescencia podría ser un tiempo de realización de la segunda muerte. Es uno de los tiempos del Sujeto (del deseo) en el que se tramita un pasaje del enunciado a la enunciación.
Reedición del complejo de Edipo pero no el mismo cuerpo, implican una puesta a prueba del Principio del Placer como Freud lo plantea en “El Malestar en la Cultura”, viraje del goce a la prohibición, nuevas renuncias, nuevos destinos pulsionales, un “Más allá del principio del placer”.

Para poder pensar esto tenemos que hacer el esfuerzo de no pensar a la estructura como algo estático y coagulado, es lo que está por advenir, porvenir.
La adolescencia es un tiempo en el cual ciertas letras deben pasar al discurso. En verdad se trata de otras letras, la w del Hombre de los Lobos como ejemplo de letra, pero como estoy tratando de ceñir un campo difícil y resistido prefiero cuestiones “más concretas” y conocidas por todos.

Desde un punto de vista jurídico a partir de cierta edad las personas dejan de ser inimputables, impunes, para pasar a ser imputables ante la ley.
A partir de cierta edad cronológica, las personas pueden adquirir bienes a su nombre y firmar escritos legales. Esa edad es una letra a advenir, una cifra, algo que carece de significación. Si un muchacho de menos de 18 años atropella a una persona manejando un automóvil, el imputado es su papá. A partir de esa “cifra”, el padre, el autor: es él. Para esto “se prepara”, a esto se anticipa, se construye, se estructura, se reimaginariza.
Algo irrumpe en la pubertad, y en lo que llamamos adolescencia, comienza un tiempo del sujeto; ese tiempo es el de un cambio en la posición subjetiva.

La adolescencia es el período que hay entre el asesinato del padre y la repetición del origen, o la construcción del pasado en una creación fantasmática.
En la adolescencia el niño deja de ser el que mira para comenzar a ser actor. Freud nos enseña que el sujeto elabora retroactivamente los acontecimientos del pasado y que esta elaboración otorga sentido, eficacia o poder patógeno. Hay reorganización y reinscripción. La retroacción freudiana está referida a lo que no pudo integrarse plenamente en un contexto significativo en el momento de ser vivido; estas elaboraciones son desencadenadas, por ejemplo, por una maduración orgánica con la cual se pueden alcanzar nuevos tipos de significaciones.

La evolución de la sexualidad, por el desfasaje cronológico que implica en el ser humano, favorece la retroacción.
Con Freud: todo adolescente guarda huellas mnémicas que sólo pueden ser comprendidas por él, al aparecer las sensaciones propiamente sexuales.

Lacan toma a Heidegger y su Ser para la Muerte. El Ser para la Muerte, el entre-dos y la segunda muerte son los ejes con los que realiza la lectura de Antígona, y la interpretación trágica en el seminario de La ética del psicoanálisis (allí la adolescencia entiendo está presente en los comentarios de Kauffmann, atravesando el texto).
Heidegger plantea la temática de la existencia auténtica y de la existencia inauténtica.

La existencia inauténtica es la existencia del hombre común, la existencia banal, la existencia del hombre que está dominado por la complacencia, que gusta de lo que todos gustan, habla lo que todos hablan, quiere lo que todos quieren. No es la suma de todos sino un individuo cualquiera, sus rechazos, sus negativas obedecen al mismo sentido (el sentido común).
En esa existencia inauténtica nadie es responsable, porque este individuo es nadie. Un hombre masa, un hombre inauténtico. La inautenticidad se define frente a la acción y frente a la muerte. Este hombre escapa a la decisión, esto le falta porque escapa a la angustia.

La existencia auténtica implica decisión. Es la del hombre que resuelve, que afronta la muerte, la idea de la muerte, este es el fundamento de la autenticidad.
El Ser para la Muerte consiste en que la vida del hombre, no puede basarse en la espera de la muerte. La vida es una refutación de la idea de la muerte.
Lacan llama entre-dos, entre-dos-muertes, al espacio entre la muerte fundante del padre y su asesinato, advenimiento a la enunciación de “él no lo sabía”. De ese deviene la responsabilidad, la autoría.
Si el Hombre de las Ratas veía desnuda a la mujer de sus sueños, su padre (que estaba muerto) moriría. ¿Estaba muerto o no estaba muerto?
¿El cartero llama dos veces? ¿Es una segunda oportunidad? No, Para nada. La segunda muerte es una operación.

Primera muerte: la que está en la constitución de cualquier sujeto (el Otro está barrado, es a partir de una falta en el Otro que se constituye el inconsciente mismo, la castración, un borde pasa la nada que lo precede.
Luego, de acuerdo a esto el complejo de Edipo y su posición ante la ley, primero hay una nada, luego: nada del cuerpo de tu madre para ti.
Segunda muerte: la del asesinato del padre, que es la operación por la cual cada uno hace propia su relación con la muerte (Antigona) y la imposibilidad de ser padre. Imposibilidad discursiva, de dejar de hablar como hijo.

El advenimiento de la segunda muerte: La segunda muerte se lee en Sade, después de que la muerte está cumplida. Es esa que la tradición humana, siempre ha tenido presente viendo allí el término de los sufrimientos. Sufrimiento más allá de la muerte indefinidamente sostenida sobre la tradición de los infiernos, la perpetuidad del sufrimiento. En Sade está presente en la perpetuidad de los sufrimientos que infringe a sus víctimas. Dice Lacan: “Cualquiera sea, pues el alcance de esta imaginación metapsicológica de la pulsión de muerte y aunque el hecho de haberla forjado esté fundado o no, la cuestión, por el sólo hecho de haber sido planteada para nosotros, se articula bajo la siguiente forma: ¿Cómo el hombre, es decir un viviente, puede acceder a conocer ese instinto de muerte? “Es simple: por la virtud del significante. Es en el significante y en la medida en que él articula una cadena significante, que él puede palpar que puede faltar en la cadena de lo que él es”. “Esto es –sigue siendo más adelante– lo que trato de hacerles reconocer bajo la forma de lo bello, la función de lo bello, lo que nos indica el lugar de la relación del hombre con su propia muerte”.
“Por lo bello no se entiende lo bello ideal, a partir de la pintura holandesa podemos darnos cuenta de que no importa qué objeto pueda ser el significante en cuestión, ese por el cual viene a vibrar ese reflejo, ese espejismo, ese brillo, más o menos insostenible que se llama lo bello”.

En relación con esta pintura holandesa: es verdaderamente la naturaleza muerta la que a la vez nos muestra y nos oculta lo que en ella amenaza de desanudamiento, de descomposición, que ella presentifica para nosotros como bello como función de una relación temporal. La cuestión de lo bello, en la medida en que hace entrar la cuestión del Ideal sólo puede encontrarse en un pasaje, en el límite, esto es: en la medida en que “la forma del cuerpo se presenta como la envoltura de todos los fantasmas posibles del deseo humano” es en la medida en que en esta forma, forma exterior del cuerpo está forzosamente envuelto todo aquello que de las flores del deseo puede ser contenido en un cierto vaso del cual estamos tratando de fijar las paredes.
Es en relación con la forma del cuerpo, con la imagen como se ha articulado la función del narcisismo. “En este mismo lugar, ese mismo soporte, esta imagen, esta sombra que representa la sombra del cuerpo, esa misma imagen la que hace barrera a la otra cosa que está más allá” y que no es sólo esa relación con la segunda muerte, con el hombre en tanto que el lenguaje exige de él, el dar cuanta de lo que él no es.
Entre la primera muerte fundante de la estructura y la segunda: significante del deseo, se sitúa en entre-dos-muertes. Es un tiempo lógico al que la pospubertad o adolescencia se abre.
Para que comprendamos este entre-dos, de advenimiento de la segunda muerte Lacan propone la función del deyecto. En la adolescencia se trata del cuerpo como deyecto.

Porque dice que quiere ser entendido da un ejemplo, el que analiza Heidegger, los zapatos del cuadro de Van Gogh, aclarando que si no nos sirve tenemos otro. Yo tomé otro: después de la muerte de su madre, un hijo encuentra las pelucas de una muerta, la dentadura postiza de un muerto, la pierna ortopédica de un muerto. Esto presentifica el deyecto. Lo que cubre el vacío, cuando el vació está, es el velo y hace al vacío soportable, enmascara el horror, pero cuando el vacío no está, porque el cadáver no es eso, eso que lo cubría, presentificación de ese más allá de la muerte, ese relieve que justamente carece de la función de lo bello y que es lo que Freud denomina lo siniestro.
Lo siniestro freudiano podría ser una vía para seguir pensando y la sublimación que está absolutamente en el centro de la cuestión, pero que yo preferí no tomar aquí.
Psicoanálisis con adolescentes, un obstáculo para la práctica. Habría cuestiones como la transferencia y la demanda en relación a las cuáles hay que hacer algunas consideraciones particulares para delimitar el campo.
Quedan pendientes.
 
 
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