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   Colaboración

Escribir: decir la imposibilidad
  Por Carlos Paola
   
 
Llega un día / dice, en que la mano percibe los límites de la página / y siente que las sombras de las letras que escribe / saltan del papel”.
Roberto Juarroz

No hacemos otra cosa que escribir. Para presentar en jornadas y reuniones de miembros. Para publicar artículos y libros. También, para comentar textos de otros.
Entonces, una vez más: ¿Qué es para un analista escribir?1 ¿Cuál es la función de estos escritos en la experiencia analítica? ¿Hay una ética de la escritura?
Así, recostado en la cama y la “net” apoyada sobre mis rodillas, enhebrando unas cuantas palabras para leer ante ustedes, me pregunto, en primer lugar, por los límites y las sombras del texto que voy escribiendo.
La condición de lo escrito es que se sustenta con un discurso, dice Lacan en “Encore”. Todo lo que está escrito, dice también, parte del hecho de que será siempre imposible escribir como tal la relación sexual.
Que se sustente con un discurso, habla del escrito como un acontecimiento discursivo que, por lo tanto, tiene dirección: desde dónde y para quién se escribe.

A su vez, que haya lo escrito y, también, lo imposible de escribir, me permiten suponer dos modalidades, no excluyentes, en la escritura de nuestros textos.
Una modalidad es la vía del sentido, que viene generado por la articulación de la cadena significante (S1/S2). Articulación que, sabemos, está sostenida por el discurso del amo, y ubica al objeto a en el lugar de la producción, aunque también, en el lugar del desecho.2
En esta vía hay escritos que van desde la producción de un sentido nuevo, hasta la mera ilustración de las propias concepciones. Desde la teorización sobre esos efectos que producimos, hasta las mostraciones donde la vertiente más imaginaria del sentido convoca sólo a la fascinación y al prestigio personal.

Desde esta perspectiva, entonces, un escrito presentado al público, es un objeto, un producto. Puede ser incorporado, retenido, expulsado. Puede generar inihibición o enamoramiento.
Pero puede también alcanzar la transmisión o generar lectores que lo signifiquen. Y, en el mejor de los casos, ante la imposibilidad de escribirlo todo, llamar a otros escritos.
Porque hay otra modalidad: la de intentar decir lo que, de todos modos, es imposible. Y si bien, al escribir, nunca se puede prescindir de la articulación significante y los sentidos que ella genera, esta vía trata de producir la imposibilidad en el escrito mismo. Esta otra modalidad, y estoy citando un texto de Rodríguez Ponte sobre la creación en el arte3, es la que a veces alcanza la literatura.
Decía Borges en “Las murallas y los libros”: “La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético”.

Siguiendo a Borges, entonces, no sólo se trata de una inminencia imposible de revelar, sino también, de la proximidad de decir lo indecible, de insinuarlo, de bordearlo con esas palabras que se van inventando al escribir.
Sabemos que lo imposible no cesa de no escribirse, y es la demostración misma de lo que no se puede escribir. Pero es sólo por medio del escribir que es posible, al menos por un instante, “abrir lo real”. Agujero que, en el acto mismo de la escritura, también se cierra. Por lo que será necesario volver a escribir, cada vez.

No se trata de hablar, / ni tampoco de callar, decía Juarroz, / se trata de abrir algo / entre la palabra y el silencio. Y decía también: Si hay una palabra ligada al hecho poético, es la palabra despertar.
Si pasamos nuestro tiempo en soñar, y el despertar es lo real bajo su aspecto de lo imposible, tal vez despertar sea el instante de advertir que se sueña.
Y, en esta inminencia, en esta aproximación a lo real, en esta apertura que es el despertar, la escritura no sabe lo que escribe. Porque no es con el saber que se bordea y se hace borde, sino con el no-saber de ese saber-hacer de la invención.

Escribir. No puedo. Nadie puede. Hay que decirlo: no se puede. Y se escribe”, decía Marguerite Duras en Escribir. “Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada. (...) Y agregaba después Duras: “La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. (…) Si se supiera algo de lo que se va a escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena”.
Entonces, para que valga la pena, para que el analista sea al menos dos al teorizar, el escribir debe apuntar a lo real, a lo inefable, a lo indecible. Y en eso consiste, precisamente, la ética de nuestra escritura.
Como decía el querido maestro en su artículo sobre la creación en el arte: “La máxima de nuestra ética (máxima imposible), es que aquello de lo que no se puede hablar (el padre, la muerte, el sexo), hay que decirlo. (…) Para que esta imposibilidad se produzca como tal, allí donde es esperada en el discurso, [cada vez].”

Mientras releo lo escrito, siento dolor en la espalda, cansancio en la vista y el pulso que se acelera. Y no sé muy bien por qué, esta vez necesito incluir el cuerpo en el relato.
Para no saturar, descarto otros autores de mis preferidos que también hablan de escribir. Y me invade una pena que, espero, me pueda valer.
Me pregunto, entonces, si este texto habrá sido una aproximación a la dimensión ética de la escritura.


______________
1. Claudia Pérez, “Escrito y escritura”, artículo presentado en las Jornadas Aniversario “30 años de Escuela (1974-2004)”, Escuela Freudiana de Buenos Aires, Julio de 2004.
2. Sergio Rodríguez y Laura Lueiro, “Laberintos de la escritura en psicoanálisis”, Imago Agenda, http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1396.
3. Ricardo Rodríguez Ponte, Intervención en la mesa redonda “La creación del arte”, EFBA, Junio 1988, http://www.efbaires.com.ar/files/texts/TextoOnline_413.pdf.
 
 
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