Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Colaboración

Sobre “La lucha” de Hitler: ¿Por qué “el judío”
  Por Darío Rabinovich
   
 
Esta pregunta representa un cuestionamiento axiomático en todo abordaje biográfico de Hitler. Lo mismo hubiéramos preguntado de tratarse de “pelirrojos”, “calvos”, “abogados” o, parafraseando a Borges, “los que acaban de romper el jarrón1. Cualquier significante que hubiera ocupado ese lugar en la cosmovisión de Hitler habría sonado tan arbitrario como lo fue “el judío”. A decir verdad, Hitler también odiaba a los abogados, tanto como a los comunistas, los negros, gitanos y muchos otros. Sin embargo, es el mismo Fhürer quien en Mi lucha afirma que, entre su estadía en Viena y su regreso a Múnich después de la Primera Guerra Mundial, se dio cuenta que era “el judío” –y ningún otro– el núcleo de todos los males que podían acontecerle a la raza aria alemana: “Analizando los orígenes del desastre alemán, resalta como causa principal y definitiva el desconocimiento que se tuvo del problema racial y, ante todo, del problema judío” (Hitler, A; Mi lucha, Chile, Ediciones Trasandinas, 2001; p.244).

Cuando en sus escritos (“Mi Lucha” y “Raza y Destino”), o en sus discursos, se refiere a esto, lo hace fuera del registro de la creencia. Es decir, para Hitler no se trataba de suponer que los judíos podían perjudicar de tal o cual manera al Estado alemán. En Hitler, este rol central del judío se vivenciaba como una verdad, una certeza de tal magnitud que partiendo de ese principio le era posible explicar, no solo el presente de Alemania, sino la historia del mundo. Decía en Mi lucha: “(la decadencia del pueblo alemán) había comenzado hacía mucho tiempo, pero la lucha contra la endemia reinante fracasó (…) se confundían los síntomas con la causa misma (el judío), y como esta última no se conocía, o no se quería conocer, la lucha contra el marxismo obraba cual terapéutica de un curandero charlatán”. (Ibíd. p.120)

Así, los judíos habían sido los causantes de la derrota alemana en la Primera Guerra –a través de las movilizaciones comunistas y boicots financieros a nivel local y global (siendo al mismo tiempo bolcheviques y dueños de la bolsa)–; también habían sido quienes pergeñaron la revolución de 1789 (en un intento de amotinar la burguesía corrompida por ellos en contra de la aristocracia); también habían sido los causantes de las hambrunas y de las enfermedades de trasmisión sexual como el sífilis, etc.

Con el correr de los años es posible observar cómo “el judío” se fue replicando más y más hasta aparecer detrás de todo. Desde detrás de la caída del imperio prusiano hasta detrás de su imposibilidad de ingresar a la carrera de Bellas Artes: “Otro grave cargo pesó sobre los judíos cuando me di cuenta de sus manejos en la prensa, el arte, la literatura y el teatro (…) Era la peste, una peste moral, peor que la devastadora epidemia de 1348” (Ibíd. p.49) “Judío” era el “negociante desalmado, calculador, venal y desvergonzado de ese tráfico irritante de vicios, en la escoria de la gran urbe. Pero también judíos eran los dirigentes del partido socialdemócrata.” (Ibíd. p.51).
El judío” era un S1, que a modo sintomático, se había multiplicado y reaparecía en todos los resquicios de la visión de Hitler: “…todos eran judíos. Siempre era un judío” (Ibíd. p.52); “Una vez que adquiera bastante fuerza para prescindir de tal disfraz (disfraz que usan los judíos para infiltrarse en otros pueblos), dejará caer el velo y se descubrirá aquello que los no judíos no querían ver ni creer: el judío”. (Ibíd. p.228).

Si resalta entre todos algún adjetivo calificativo para “el judío” en Hitler, éste es “veneno”. El judío era un veneno que al infiltrarse en diferentes Estados, cómo “parásito en cuerpos huéspedes”, iniciaba un proceso de descomposición que culminaba con la pérdida de la “unidad racial” propia de cada nación. Por eso es que en algunos discursos él mismo solía compararse con Robert Koch: mientras éste había logrado aislar la causa de la tuberculosis, Hitler había descubierto al judío como la causa de las enfermedades de la nación. En palabras del propio Hitler: “En todos los momentos críticos en que el ser racialmente unificado toma la decisión correcta, es decir, unificada, el racialmente dividido (el judío) cae en la incertidumbre, lo que hace que tome medidas a medias” (Ibíd., p.291). De esta forma, la percepción de Hitler sobre “el judío” implicaba algún tipo de elemento que podía hospedarse en cualquiera. No sólo mediante las relaciones sexuales entre un judío y una aria (o viceversa), sino mediante intercambios comerciales o de cualquier tipo. En última instancia, la existencia del judío implicaba la posibilidad de la pérdida de la unidad narcisista aria; “el judío” era el agente de la pérdida de la pureza, el nombre de la barra de la división subjetiva.
Lacan, en diferentes momentos de su enseñanza, hizo hincapié en la distinción entre el “Uno” de la excepción, y aquella unidad imaginaria propia del yo. Sobre este segundo punto, Freud ya había dejado en claro que el análisis sólo debía ocuparse de la separación de cada uno de los elementos traídos por el paciente, pero que con respecto a la síntesis, el rol del analista no era necesario ya que el yo lo hacía por cuenta propia. El yo tiende al mantenimiento de la unidad especular, sus mecanismos defensivos se encargan de excluir todo elemento discordante. Así es como las marcas más propias del sujeto, aquellas que implican la incompletud del Otro (s ), quedan reprimidas –o forcluídas– del campo yoico.
Sobre el “Uno de la excepción”, es conceptualizado por Lacan en las fórmulas de la sexuación a partir del padre de la horda de Freud. En la formulación lógica del planteo de Lacan, ese “Uno” es el que le dice NO a la función fálica, NO al ingreso en el campo del sentido y del saber. Es decir, se trata de una marca que, por estar profundamente reprimida del campo de la conciencia, opera como punto límite entre el campo Real del Goce y el campo simbólico; un agujero en el entramado imaginario.

De esta forma, mientras el “uno” imaginario del yo se rige por la unidad especular, en la que su función es la de ser el falo que completa la entereza del Otro; el “Uno” de la excepción es el registro de la imposibilidad estructural de dicha completud.
Decíamos que en las racionalizaciones de Hitler, el judío ocupaba múltiples lugares. Con sólo elegir al azar alguna página de Mein Kampf se puede verificar el carácter delirante de dichas racionalizaciones. Éstas parecieran representar diferentes vías que encuentra el autor para dar cuenta del lugar que ese significante “judío” ocupaba, ya no en la historia alemana o mundial, sino que puede interpretarse como la forma en que este significante operaba en su propia subjetividad.

De esta forma, podemos postular que “Judío” era, en terminología freudiana, un representante representacional de la presencia del agujero real que da cuenta de lo insoportable para el yo: la división subjetiva. En tanto representante representacional no nos referimos sino al significante asemántico que, excluido del campo del sentido, ordena y organiza el campo simbólico. El “uno” que Lacan teoriza, supone aquella primera inscripción simbólica sobre la que reposa la función del Nombre del Padre. Es el elemento que, fijado al borde real del campo pulsional, inicia la cadena de la repetición, encontrándolo, por ejemplo, en el carozo del síntoma.
Pero si lo pensamos a Hitler como un psicótico paranoico, como efectivamente hacemos, las coordenadas estructurales no se pueden apoyar sobre la función del Nombre del Padre.

En la psicosis, el Significante del Nombre del Padre, al ser forcluído, rechazado por completo de la estructura, no existe. No hay tal operador de la ley del lenguaje. Por lo tanto, aquella función que en la neurosis implica el retorno de lo reprimido a través de las formaciones del inconsciente, en la psicosis podrá aparecer en lo real, ofreciéndose al sujeto como un significante –S1– que polarice las significaciones, enlazando de esta manera el goce.
Y esto es precisamente lo que entendemos que sucedió en el dictador alemán: Hitler atravesó un período de gestación, descrito por él mismo en Mein Kampf, en las páginas que se refieren al período de su adolescencia en que vagabundeó por las calles de Viena, luego de la muerte de su madre. En aquel tiempo intentaba vivir de pequeñas postales pintadas por él y que trataba de vender en las plazas y bares. Dormía en albergues para los “sin techo”, casi no comía y hablaba sin parar sobre el pasado y futuro de Alemania y –obviamente– sobre el “problema judío”. Al iniciarse la guerra, e ingresar al ordenamiento que el ejército alemán le proveyó, pudo pausar el progreso de su enfermedad. Recién durante su estadía en el Hospital de Pasewalk, donde lo internaron por una ceguera (sobre la que no hay acuerdo entre historiadores en cuanto a su causación), se enteró que Alemania se había rendido y perdido así la guerra. Allí, cuenta el propio Hitler, tuvo un ataque de furia, y, luego de una especie de epifanía (algunos autores lo llaman “estupor alucinatorio”), suceden dos hechos centrales y determinantes para la historia del mundo: primero “entendió” que el judío era el carozo central de los problemas alemanes. Y en segunda instancia decidió dedicarse a la política: “Con los judíos no caben compromisos; para tratar con ellos, no hay sino un “si” o un “no” rotundos; ¡Había decidido dedicarme a la política!” (Ibíd., p.156).

De esta forma puede interpretarse que en aquel momento se produce una especie de anudamiento sinthomático en el que, aquel significante ordenador del campo de la realidad hitleriana, queda instituido en el lugar vacante de la estructura y, en base a hablar de ello (algunos estudios demuestran que cerca del 85% de sus discursos versaban en algún momento, si es que no era el tema central, sobre la cuestión judía) edifica su carrera política. Así describe Hitler su sorpresa luego de uno de los primeros discursos pronunciados en la sede del DAP 2: “Tenía de repente la oportunidad de hablar delante de un auditorio mayor, y aquello que ya antiguamente, sin saber, aceptaba por puro sentimiento, se realizó: YO SABÍA HABLAR!.” (Ibíd. p.163)

Hablar del judío le permitió desplegar su habilidad oratoria (cosa que él mismo reconoce haber desarrollado desde su infancia), ser escuchado, ser nombrado entre círculos crecientes de la sociedad y volver a instalarse en el lazo social. De esta forma, aquel significante fue la pata ortopédica que suturó el agujero en lo simbólico dejado por la forclusión del Nombre del Padre, y el acto de hablar del judío, fue el sinthome que re-anudó su estructura.
Tal es la importancia que Hitler le dio a la oratoria, que le dedica un apartado completo en Mein Kampf. Allí no sólo cuenta de su relación con la palabra hablada (de la cual afirma haberse hecho experto en dos años), sino que revela lo que él entiende que es lo importante en dicha tarea. Así explica que a las masas se les debe hablar de una manera sencilla y con slogans fáciles de repetir; en cambio, los discursos llenos de argumentaciones permiten que se pierda el razonamiento a través de las “falsas interpretaciones”.

La estructura del lenguaje supone desde el vamos la posibilidad del malentendido, o en otras palabras puede decirse que el malentendido es estructural. No hay nada en el lenguaje que garantice el sentido de las palabras. En última instancia podría decirse que la comunicación humana está basada en un acto de fe, en la creencia en que la verdad puede ser transportada en el mensaje. El sentido de una palabra está dado –por un lado– por la ubicación que lleva dentro de la oración. Y por otro lado, a nivel discursivo, el sentido recae en el receptor del mensaje. A propósito de esto, Lacan comenta el chiste en el que un judío le dice a otro: “voy a Cracovia”- “¿Y por qué me decís que vas a Cracovia? ¿Acaso quieres que yo piense que vas a otro lado?”. En este caso hay, en el receptor, una sospecha sobre la intencionalidad del discurso del otro, percibe un mensaje “entrelíneas” e interpreta, en este caso particular, un sentido contrario al enunciado.

Siendo el Nombre del padre el operador que da cuenta del sin-sentido del significante, esta posibilidad de “jugar” con las palabras como lo hace el poeta, está vedada en la psicosis. Por esto es que Lacan hacía hincapié en el hecho de que Schreber era escritor, pero no poeta; carecía de la posibilidad de ordenar las palabras en base a un criterio distinto que el prosaico.
Lo mismo puede decirse de Hitler. Su escritura es tan rígida, sus adjetivaciones tan austeras, que dejan traslucir un intento de eliminar cualquier posible interpretación del texto –distinta de lo que él mismo creía pretender otorgar–.
En este punto es donde pareciera que algo de la raíz de su odio contra “el judío” se deja percibir. Hitler ubica en “el judío” aquel punto de sin-sentido de las palabras: “Había empezado a entender las estrategias verbales del pueblo judío cuya principal preocupación es ocultar, o por lo menos disfrazar, sus pensamientos. Su objetivo real no está expuesto en las palabras, sino oculto en las entrelíneas.” (Ibíd. p.54). Esas “entrelíneas” parecen ser la sospecha –siempre insoportable– de la existencia de un más allá del sentido. Desde el chiste en Freud hasta las conceptualizaciones sobre “la interpretación” en Lacan, se puede entender que en la “entrelínea” reside el sujeto presto a emerger con la ruptura del sentido.

A partir de lo desarrollado hasta aquí resulta imposible dilucidar cómo fue que “el judío” quedó atado al lugar de representante de ese más allá. Pero lo que parece quedar claro es que eliminando al judío Hitler se garantizaba la erradicación definitiva de la naturaleza última del lenguaje: el malentendido, las entrelíneas, lo enigmático, etc.
_______________
1. Borges, J.L; El idioma analítico de John Wilkins.
2. Partido de los trabajadores al que se afilia y luego trasforma en el NSDAP (Partido nacional socialista de los trabajadores).
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



 

 
» AEAPG
Agenda de Seminarios a Distancia 2019  Comienzan en Agosto
 
» Centro Dos
Conferencias de los martes  martes 20:30 - entrada libre y gratuita
 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» La Tercera
Seminarios y actividades 2019  Sábados, 10:30 - 14:00 hs. salvo donde se indica
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
Seminarios Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  Segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Seminario 8 de Jacques Lacan  Segundo cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com