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   El silencio en psicoanálisis

El silencio como índice de lo real
  Por Marcelo Mazzuca
   
 
Son muchos los músicos que opinan que su quehacer no solo consiste en el arte de combinar los sonidos (creando así melodías y armonías), sino también en el de combinar silencios. Incluso la poesía, en la cual el tratamiento del sentido es parte esencial de su quehacer, hace uso del silencio en las pausas, los ritmos y las escansiones de un texto que solo adquiere todo su valor y potencia en la medida en que es pronunciado.
De modo semejante, el psicoanalista hace uso de la relación entre sonido y sentido en el tratamiento que da a las producciones de su analizante, en una práctica cuyo norte u objetivo es la reducción del padecimiento del síntoma.
Para el caso de la cura psicoanalítica, Lacan designó invariablemente ese norte a partir de la referencia al registro de lo real. Lo real, dijo tempranamente, se experimenta siempre como “golpe” o como “choque”, es del orden de lo que se escapa, y puede definirse como “la totalidad o el instante que se desvanece1. Ahora bien, cuando se trata de la comunicación analítica, agrega Lacan, aquello contra lo que choca la palabra analizante es habitualmente el “silencio del analista2.

Pero entonces, ¿por qué considerar ese silencio como lo real interesado en la comunicación analítica? Ese pequeño traumatismo en que consiste el “choque” del analizante con el silencio del analista, ¿es siempre del orden de lo real?
Si admitimos lo que la experiencia cotidiana nos enseña, es decir, que el silencio como tal puede participar de cada uno de los tres registros de los que se sostiene la realidad del ser hablante, ¿cómo y cuándo el silencio, como respuesta, logra hacer presente el real del que se trata en el análisis? Evidentemente, la respuesta depende del caso por caso. No obstante, pueden distinguirse variedades del silencio en relación a los registros.

En primer lugar, advertimos los efectos que un silencio puede producir en el registro imaginario, en el plano de la relación de conocimiento. En esos casos el silencio, que no es meramente un no-sonido, puede hacer oscilar la significación de una a otra de las personas que participan de la situación analítica. Esa suerte de movimiento libidinal del silencio puede llegar a sobrecargar al analista, haciendo de su persona el representante imaginado de un saber que de ese modo queda reducido a un conocimiento. En la medida en que la no respuesta en la que consiste el silencio quede tomada en dicha especularidad narcisista, el sentido se promueve bajo la suposición de la sabiduría y la completud del otro. En síntesis, se trata de un silencio que a veces es promovido por la figura esteriotipada del “analista lacaniano”, y que en términos generales no conviene al análisis.

En segundo lugar, el silencio puede adquirir un estatuto simbólico y situarse en el plano de la relación inconsciente. Esto sucede en la medida en que la no respuesta es al mismo tiempo una respuesta Una participación, no menos activa, de aquella dimensión del Otro que se constituye como “oyente”. Forma parte, junto con la puntuación y el corte, de su “poder discrecional”. En ese caso vale como una palabra no pronunciada, pero no por eso desprovista de efectos. Tras lo no dicho, en el plano del decir, puede dar lugar al sentido bajo la forma de una enunciación enigmática. El enigma, recordaba habitualmente Lacan, es “el colmo del sentido”. Por eso, aún el silencio puede producir un efecto de interpretación.

Vemos, entonces, que dentro del terreno mismo del sentido (establecido por la intersección del registro de lo imaginario y el registro de lo simbólico) el silencio puede tener al menos dos derivaciones. Puede fijarse en una significación estática o puede promover un movimiento de la palabra analizante que llegue hasta la interpretación.
Pero además, y es allí donde la dimensión ética se presenta en su mayor plenitud, el silencio puede intervenir en la dimensión de lo real. Es el plano de la clínica psicoanalítica propiamente dicha: una voz que puede hacer surgir, en la contingencia de un encuentro, lo imposible de decir. En ese caso, se trata de la presencia de un objeto que interviene por fuera del campo del sentido, pero no por ello fuera del campo del deseo. Incluso, es más bien el objeto que lo causa, y donde puede situarse el real interesado en la experiencia analítica.

Continuando el esfuerzo por situar esa dimensión de lo real, Lacan la definió unos años después como aquello que “vuelve siempre al mismo lugar”3, introduciendo la referencia más precisa a la experiencia de la “repetición”; y años más tarde la abordó desde la lógica, para designarla bajo la categoría de lo “imposible”. De allí construyó la definición de la clínica psicoanalítica que puede servir de apoyo para delimitar mejor esa causa silente que intenta dar una medida de lo real: “la clínica psicoanalítica es lo real en tanto imposible de soportar”, dijo Lacan en 1975, agregando que el inconsciente es la huella y el camino (por el saber que constituye), y destacando el deber ético de repudiar todo aquello que tiene que ver con la relación de conocimiento. Una definición de tres eslabones, elaborada con la herramienta de la distinción de los tres registros, en donde pueden insertarse las variantes del silencio a las que hemos hecho mención. Concluyamos, pues, subrayando algunas observaciones sobre el estatuto y la función que cumple en la práctica analítica esta suerte de variante del silencio “en lo real”.

Una primera observación, tiene que ver con la relación entre el sentido y lo real. Conviene destacar que lo real es imposible de decir, que está fuera del sentido, pero que no es externo a la experiencia analítica, y tampoco alcanza con decir que es algo puramente exterior al sentido. Más bien, en la experiencia del análisis, como afirma Lacan en distintos momentos y de diferentes maneras, lo real es “lo expulsado del sentido”, es decir, uno de sus efectos. Primero el trabajo con el sentido, vía la interpretación (“la interpretación es sentido”, afirma Lacan, “y va en contra de la significación oracular”), y luego lo real. Primero el trabajo analizante, vía la asociación libre, luego el silencio del analista. Después, puede suceder que el silencio quede ubicado en primer término y asuma una función de causa del trabajo. Pero es una causa que solo se sitúa en el inicio por el hecho de haber sido efectuada.

Una segunda observación, tiene que ver con el estatuto y el tipo de objeto que interviene en los bordes del sentido. Cuando la palabra analizante choca con el silencio del analista, lo que se hace presente no es sólo la pregunta y la inquietud sobre su deseo, sino también su “sustancia” pulsional. La satisfacción de la pulsión es “silenciosa”, decía Freud; aún la pulsión invocante, cuyo objeto, la voz, según Lacan, es “áfona”. Rebelde al sentido, pero también al sonido, el objeto voz se recorta y se declina en las vueltas del análisis de diversos modos: causa silente del trabajo analizante, señuelo vacío que convoca la escena libidinal, satisfacción presente en la invocación del deseo, etc. Y en cualquiera de esos casos, se manifiesta como cuerpo sin imagen: eso empuja, golpea, choca, etc. Por eso, no es tan fácil escucharla (que no es lo mismo que oírla), y además es necesario deducirla (en el sentido lógico del término), lo cual suele requerir del trabajoso recorrido de ir desgastando el sentido. Así se entiende mejor que la cura misma, según decía Lacan, es “una demanda que parte de la voz del sufriente”. El analista, con su interpretación pero también con su silencio, responde en dirección de lo real. No puede decirlo, pero tal vez pueda indicarlo.


____________________
1. Lacan, J (1953): “Simbólico, Imaginario, Real”, Editorial Paidós, 2008, Buenos Aires, página 32.
2. Idem, p. 55.
3. Lacan, J (1955-6): “El Seminario: Libro III”, Editorial Paidós, 1984, Barcelona, página 97.
 
 
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