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   Colaboración

El analista en el Hospital:
  entre la estética del sacrificio y una (posible) ética.
   
  Por Gabriel Belucci
   
 
Un movimiento atraviesa la historia del psicoanálisis: el que va de la soledad de los consultorios hacia un otro escenario que no es del inconsciente sino el de la polis, eso que algunos evocan diluido bajo una abstracta referencia a la cultura, pero que retorna en la enseñanza lacaniana como territorio del lazo social. Lo cual quiere decir que, si el psicoanálisis no es sólo un dispositivo de intervención sobre el sufrimiento subjetivo, sino un discurso cuyos efectos se hacen sentir más allá y más acá de ese sufrimiento, es en el seno de ese lazo social que su vigencia se pondrá a prueba. No en vano el mismo Freud nos dirigía, en 1918, una invitación y una pregunta, al proponer los “sanatorios públicos” como uno de los ámbitos en los que el psicoanálisis jugaría su suerte, para volver sobre esta afirmación e interrogar cuál sería allí la frontera entre “el oro y el cobre”.1

No somos ajenos a esa historia: casi desde sus comienzos, la implantación del psicoanálisis en nuestro país incursionó de diversas formas en el espacio público, de las cuales su participación en los servicios hospitalarios no fue la menor. Sostener nuestra particular escucha e intervención en el Hospital fue también la manera de instalar una política. Dentro de ese horizonte, la inserción de los analistas se consideró un modo de abrir a otra circulación escenarios que estaban reservados al saber médico. El que los analistas recibieran un pago por su quehacer se subordinó a esa aspiración. Resulta de ello una aporía, pues ¿qué regularía las condiciones de goce en este marco, siendo el pago, precisamente, una tal regulación? A medida que el número de analistas se ampliaba, de la mano de una Ley del Psicólogo que intentaba también, a su manera, establecer algún ordenamiento de las relaciones entre la medicina y las prácticas de la palabra, esa aporía subsistió en el corazón del sistema de salud mental emergente. Ese sistema se sostuvo, cada vez más, en una legión de profesionales “en formación”, categoría de límites borrosos que vino a suturar el hiato existente entre los escasísimos cargos rentados y el crecimiento exponencial de la demanda.

No faltaron intentos de pensar, de un lado y del otro, costos y ganancias. Se invocaba, del lado del paciente, el “costo” que representaba la limitación institucional del tiempo, entre otras coordenadas. Del lado del analista, se hacía mención al beneficio formativo que supondría obtener como precipitado de su práctica. Nadie ignora, por otra parte, algunas derivaciones de ese estado de cosas, que van desde los “tratamientos-muestra-gratis” hasta la prolongación difusa de los plazos, a veces por años, todo ello en aras de la posibilidad de un análisis. Estas situaciones, por extendidas que se encuentren, no nos eximen de llevar al terreno de lo pensable su condición constitutiva, ni de examinar las consecuencias que esta lógica comporta para los analistas y su praxis.

Me detendré en una de esas consecuencias, tal vez la más riesgosa. Si tomamos como premisa que la acción analítica implica una política de la falta-en-ser, esto supone la exclusión de un goce que, obrando en sustracción, habilite una operatoria concerniente al sujeto. Por otra parte, esa exclusión redobla, en la instalación del dispositivo, la condición lógica de la existencia del sujeto. Sabemos, desde Freud, que ese movimiento de exclusión no es sin su necesaria contraparte, pues la renuencia al abandono de una satisfacción se expresa en su recuperación –siempre parcial–. Los modos en los que esa recuperación se produce podrían ser nombrados, según una figura freudiana, como “una estética de inspiración económica”.2 Estamos habituados a interrogar esa “estética del goce” en quienes llamamos nuestros pacientes, no así en nosotros mismos, pues damos por sentado que nuestra posición nos excluye de ella (o, en todo caso, vuelve disimétricos nuestro goce y el del sujeto en cuestión). Cualquier desvío al respecto nos reconduce a la doble instancia de la supervisión y el propio análisis: no haré objeción a esto, a condición de considerar el modo mismo en que el dispositivo se instala en la cuenta de sus obstáculos posibles.

Dentro de estos obstáculos, me referiré a lo que se anuncia desde el título como una “estética del sacrificio”, denominación que intenta cernir un modo específico de la respuesta superyoica. Para esclarecer este término, una referencia filosófica puede ser útil. Roberto Esposito, retomando el problema del lazo social en el campo de la filosofía política, lo funda en la circulación de una deuda (un munus).3 Todo intento de positivizar esa falta se asienta, según su lectura, en una auténtica maniobra renegatoria, que asume dos vertientes. La primera es la sumisión a una instancia Ideal de la comunidad (pueblo, etnia, nación, agreguemos aquí “comunidad profesional”), cuyos rasgos se ofertan a cada quien como un suplemento de ser. La segunda –sólo en apariencia antagónica– aspira a la supresión del lazo social en lo que tiene de amenazante: éste es el proyecto inmunitario, característico de nuestro tiempo. Su paradoja central es que esa pretensión tiene por presupuesto el sacrificio del propio ser a aquella instancia que podría garantizar una existencia (llámese Soberano, Estado o Causa, y de allí a nuestro ámbito no hay más que un paso). No hablamos de ideología, entiéndase bien, sino de los efectos de dejar fuera una falta.

En la obra de Freud, el superyó se recorta como una instancia de relevamiento de la angustia de castración que, al tiempo que revela su nexo con la falta instituyente, aporta una consistencia de ser coagulada en la figura del Destino. Desde allí puede leerse la temprana admonición lacaniana que considera los honorarios como “una indemnización por lo que podríamos llamar el mal mana”,4 un modo de involucrarse en el Destino de cada quien sin quedar atado a su peso. Idea ésta que no es ajena a los “consejos al médico” freudianos, y que podemos retomar a modo de pregunta: ¿qué costos trae aparejados no ya la falta de honorarios, sino de toda forma de pago?

Examinemos la cuestión considerando situaciones de la clínica hospitalaria. Pensemos, por ejemplo, en aquella paciente que, sostenida durante años en esa condición a partir de una suerte de “consenso terapéutico” con la psiquiatra tratante, y dados los efectos que en su realidad apuntaban a lo ocurrido en el tratamiento, comienza en determinado momento a cuestionar dichos efectos, y aun al analista mismo, que así resulta interpelado sobre las razones de su dilatada presencia. O –caso no poco frecuente– aquella otra paciente que, luego de un notorio movimiento inicial, se instala durante meses y años en un vaivén que precipita siempre en una mostración de su angustia, sancionando como impotente la maniobra analítica. ¿Y qué decir de ese adolescente que cuenta, ya en la primera entrevista, una secuencia de escenas atravesadas por la figura legal del riesgo, tanto mayor cuanto más gratuito? La lista, si no infinita, podría ser muy larga, pero nos bastan los ejemplos enumerados5 para apoyar en ellos nuestros planteos.

Huelga decir que los analistas en cuestión darán seguramente respuestas distintas, pero si en cada caso insiste un malestar que vuelve sobre su posición, es lícito preguntarse si algo en esa insistencia concierne al conjunto de los analistas, más allá de esa diversidad. ¿Juzgaremos casual que en todas las situaciones reseñadas asome como fondo, si no la angustia como afecto, al menos alguna de sus máscaras, como la perplejidad o el hartazgo? Y si esa aparición delata la inversión operada en la disimetría inherente al artificio analítico, no es menos notorio que derive en algún tipo de cuestionamiento del lugar ocupado y sus fundamentos. ¿Podrá leerse, a la luz de estas reflexiones, al menos una parte de lo que subyace a las deserciones más o menos tempranas del sistema de formación de nuestros hospitales? Lo cierto es que, cuando ello no ocurre, ese perseverar se sitúa bajo la rúbrica de consideraciones tales como la “buena formación”, el intercambio con pares, el mantenimiento de espacios de trabajo analíticos y, como horizonte de estas razones, esa extraña abertura que llamamos deseo del analista, solidario –se nos dice– de una ética. Con lo cual acordamos, pero no va de suyo que esa ética –correlativa a una falta– se sostenga en la mera declamación de sus principios, toda vez que no opere la sustracción que funda su eficacia.

El riesgo es, entonces, el de una suerte de transposición moral, por la cual los principios de una ética, privados de su falta constitutiva, retornan como otros tantos mandatos que inscriben un malestar indialectizable. Lo sepa o no –y tanto más cuanto más lo desconozca– el analista en tal situación queda sujeto a una economía de goce que lo convoca a una estética sacrificial, por la que se ofrecería como sostén de aquellos principios a un costo que no es fácil medir, y en el que ambos –paciente y analista– participan.

Si el panorama trazado pone letra a un malestar, es claro que es en el ámbito de la polis donde ese malestar encontrará o no las condiciones de su elaboración, lo cual excede los planteos y el accionar de cada analista. La inversa, sin embargo, no es menos cierta, ya que son esos planteos y ese accionar los que contribuirán –o no– a ese movimiento. Entretanto, y para aquellos que elegimos sostener pese a todo nuestra labor analítica en este marco, es claro que no podemos ignorar sus condicionantes sin que nuestra eficacia se resienta. Será cuestión de pensar, en solitario y en los espacios de lazo entre analistas, sobre esos condicionantes y sobre los modos específicos de hacer tallar, cada vez, la falta y el intervalo que hacen al nudo de nuestra ética. Esos modos serán de seguro singulares, pero su serie –siempre abierta– es pasible de ser escrita.6 Estas líneas constituyen también una invitación a pensar los obstáculos, en lo específico de cada tratamiento y en aquello que, como un hilo rojo, los atraviesa y trasciende. 

El autor es Coordinador de la sección Residencias y Concurrencias de www.elsigma.com


Bibliografía
ESPOSITO, R. (2003), Communitas. Origen y destino de la comunidad, Buenos Aires, Amorrortu.
FREUD, S. (1996), “Más allá del principio de placer”. En: Obras completas, vol. XVIII, Amorrortu, Buenos Aires.
FREUD, S. (1996), “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”. En: Obras Completas, vol. XVII, Amorrortu, Buenos Aires.
LACAN, J. (1995), El Seminario, Libro 2. El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, Buenos Aires.
SANFELIPPO, L. & PELAZAS, L. (2006), Del amor (y otros problemas) en el hospital. En: http://www.elsigma.com/residencias.

Notas
1. Cf. FREUD, S. (1996), “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”. En: Obras Completas, vol. XVII, Amorrortu, Buenos Aires, pp. 162-163.
2. Cf. FREUD, S. (1996), “Más allá del principio de placer”. En: Obras completas, vol. XVIII, Amorrortu, Buenos Aires, p. 17.
3. Cf. ESPOSITO, R. (2003), Communitas. Origen y destino de la comunidad, Buenos Aires, Amorrortu.
4. Cf. LACAN, J. (1995), El Seminario, Libro 2. El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, Buenos Aires, p. 305.
5. Ejemplos todos que, con ligeras variantes, hemos extraído de nuestra propia clínica y de intercambios con colegas.
6. Coincidimos, en esto, con lo planteado por Luis Sanfelippo y Laura Pelazas, en su reflexión sobre la clínica hospitalaria. Cf. SANFELIPPO, L. & PELAZAS, L. (2006), Del amor (y otros problemas) en el hospital. En: http://www.elsigma.com/residencias.
 
 
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