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   El silencio en psicoanálisis

¿De qué silencio hablamos?
  Por Diana Sahovaler de Litvinoff
   
 
La llamada talking cure requiere, como su nombre lo indica, palabras por parte del paciente. Palabras que digan justamente lo que no se dice, que dejen entrever, a través del texto, lo oculto, reprimido, forcluido. Por su parte, requiere también palabras por parte del analista. Si bien la sugestión y la transferencia de inconsciente a inconsciente, harán su parte, fundamentalmente se trata de una cura por la palabra. Oída. Con sonido.1

La asociación libre de palabras por parte del paciente y las interpretaciones derivadas de la atención flotante del analista son los recursos, la denominada regla fundamental de la técnica. ¿De qué modo se podría lograr remover el obstáculo que constituye la voluntad del propio paciente para que emerja aquella representación que busca el analista? ¿Cómo obtener esa “distracción de la atención consciente” que logran los estímulos monocordes del hipnotismo, papel destacado que fue expuesto por Freud en 1921 en “Psicología de las masas y análisis del yo?”2 El método propuesto es el enunciado de la “regla fundamental”.
La “asociación libre” es un “hable de lo que quiera” para que, “sin darse cuenta”, emerja el lapsus, el sueño, el relato alegórico, metafórico y metonímico; que el analista esté en atención flotante para que, “sin darse cuenta” también, perciba los retoños del inconsciente. Para que la autoridad del analista, en un simil de “apoderarse de la mente del paciente”, provoque la emergencia del sujeto del inconsciente, para que sus palabras sean escuchadas, palabras que hablan de ese sujeto, del deseo, de la compulsión a la repetición. Se trata de no ver ni escuchar ni hablar como lo hacemos tradicional­mente, a un paciente (generalmente) recostado en el diván. Debemos confiar, nos transmite Freud (1912), es preciso partici­par de la convicción en la existencia del determinismo inconsciente.

Nuestras palabras se expresan en su mayor parte a través del sonido. Los órganos de los sentidos que permiten la recepción y transmisión a distancia son el oído y la vista; el oído percibe las variaciones de pre­sión que le traen información de la vibración de objetos que pueden es­tar alejados. La audición “acerca” un objeto y da noticia de su movimien­to, convierte en próxima una vibración distante y la transforma en soni­do. Le otorga una cualidad determinada a lo que era cantidad. De esta ma­nera podríamos decir que el oído “crea” al sonido en el esfuerzo del suje­to por aproximarse a la vibración de los objetos que podría apreciar a tra­vés de otros órganos de los sentidos, pero sin tanta precisión. (Sahovaler de Litvinoff D. 1979). El sonido tiene una cualidad ligada a lo material, se produce por el movimiento vibra­torio de partículas, “cuando el sonido viaja a través de un medio tal como el aire, el gas o el agua, la presión de ese medio cambia rítmicamente. Ondas sonoras equivale a decir cambios de presión en movimiento; pero existe una limitación para su desplazamiento, no pueden viajar si no es a través de un medio material. Los sentidos del oído y de la vista, en contraste, con el tacto, gusto y olfato, tienen la característica de ser “receptores a distancia”. (Lowenstein 1960)

La idea del apoyo de lo verbal en lo sonoro es remarcada por Freud, quien le da importancia al sonido, capaz de otorgar a una representación carácter de realidad. En el “Proyecto…” (1895) dice: “Existen objetos que nos hacen gritar porque provocan dolor; esta asociación de un sonido, que también suscita imágenes motrices... con una percepción que ya es de por sí compleja, destaca el carácter hostil del objeto... En una situación en que el dolor nos impediría obtener buenos signos de cualidad del objeto, la noticia del propio grito nos sirve para caracterizarlo”. Podríamos pensar que tal vez se utilizan sonidos para esta “llamada” ya que mediante su emisión se intentaría “con­jurar” al objeto a través de un elemento evocador e intrínseco a la presencia y la rela­ción con el mismo. Uno de los significados dado por la Real Academia (1970) a la pa­labra “sentir”, es “oír o percibir con el sentido del oído”.

Freud (1912) recurre a la metáfora del teléfono al aconsejar al analista sobre el modo de instrumentar la técnica: “debe vol­ver hacia el inconsciente emisor del enfermo su propio inconsciente como órgano receptor, acomodarse al analizado como el auricular del teléfono se acomoda al micrófono. De la misma manera en que el receptor vuelve a mudar en ondas sonoras las oscilaciones eléctricas de la línea incitada por ondas sonoras, lo inconsciente del médico se habilita para restablecer, desde los retoños a él comunicados de lo inconsciente, esto inconsciente mismo que ha determinado las ocurrencias del enfermo”.
Lo auditivo, esa presión que ejercen los objetos sobre nosotros y que va desde el con-tacto corporal hasta el logrado a través de la vibración de un cuerpo (como un tacto a distancia), parece distinguirse de lo visual, que adquiere características más distantes, más ideales; la luz, a diferencia de las ondas sonoras, puede transmitirse en el vacío.3 Recordamos la tierna viñeta relatada por Freud (1905): “Un niño, angustiado por hallarse en la oscuridad, se dirige a su tía que se en­cuentra en una habitación vecina y le dice: –Tía, háblame, tengo miedo. –¿Y de qué te sirve que te hable, si de todas maneras no me ves? –Hay más luz cuando alguien ha­bla, –responde el niño”.

Junto con la regla fundamental de la asociación libre se levanta otra que es requisito indispensable para que hablemos de psicoanálisis. Es la regla de abstinencia, la indicación de no satisfacer la demanda del paciente para que pueda emerger, justamente, el sujeto del inconsciente, posibilidad que de otro modo quedaría obturada por el” ruido” de las palabras o las acciones del analista. Cuando el paciente habla, se crea un campo transferencial donde el analista no es tomado como “otro sujeto”, sino como alguien que ocupa una posición propiciatoria para la comunicación, alguien que sostiene un vacío, una falta de la que el paciente intentará dar cuenta con su discurso, su elaboración, tejiendo una trama que revista el agujero. ¿Por qué si no, alguien “abriría su corazón” ante un extraño en una primera entrevista? Se trata de la depositación del sujeto supuesto saber, propone Lacan. Y en este sentido es interesante tener en cuenta lo que aclara en “El reverso del psicoanálisis” (1969): “Lo que se le pide al psicoanalista… no es lo que concierne a este sujeto supuesto saber en el que han creído hallar el fundamento de la transferencia… A menudo he insistido en que no se supone que sepamos gran cosa. El analista instaura algo que es todo lo contrario. El analista le dice al que se dispone a empezar: Vamos, diga cualquier cosa, será maravilloso. Es a él a quien el analista instituye como sujeto supuesto saber”. El “silencio” que se opone a las demandas del paciente crea el espacio propicio para que surja esa “otra escena” que pueda dar sentido a los síntomas. Aunque el principal “silencio” el analista debe imponérselo a sí mismo, silenciar su propia demanda, su propia subjetividad para que emerja la del único sujeto que debe tomarse en cuenta en el análisis: el paciente. (Litvinoff Fiorella 2015) El sentido profundo de este “silencio” es la suspensión del juicio y valoración obturante de un contenido inesperado que se procura obtener.

La abstinencia abre la dimensión de una falta, de una vivencia traumática. Cuando el análisis conmueve las certezas del trazado fantasmático en el que se basa la iden­tidad y el accionar del sujeto, sus creencias y prejuicios, cuando el análisis cuestiona no sólo la visión prospectiva sino también la autenticidad de los recuerdos, cuando el análisis despoja las ilusiones que transforman al su­jeto en iluso, podríamos decir que conduce la cura hacia el choque con un real. Se devela entonces la falta de sentido que el sujeto ha recubierto de un modo particular, patológico y que ahora está en condiciones de modificar. Pero no podemos dejar de mencionar que en ocasiones se produce un deslizamiento en la metáfora del sentido del “silencio” en la sesión y el analista se transforma en alguien silencioso, alguien que cierra la boca. El trauma que se requiere con la no satisfacción de la demanda se potencia entonces con frialdades, distancias o pobrezas interpretativas innecesarias.

El silencio en psicoanálisis no se trata de esto. Cuando el analista tiene la habilidad de crear el vacío propiciatorio, el sujeto se volcará tendiendo a rellenarlo con su intimidad, con ese velo personal y único que ha construido para tapar el vacío que angustia, ese velo en el que se entretejen hilos de su historia con sonidos y silencios.

Bibliografía
Freud S. (1895) “Proyecto de una psicología para neurólogos”. Obras Completas Amorrortu Ed. Bs. As. 1980.
(1905) “Tres ensayos de teoría sexual” Idem.
(1912) “Trabajos sobre Técnica psicoanalítica” Idem.
(1921) “Psicología de las masas y análisis del yo” Idem.
Lacan (1969) “El reverso del psicoanálisis” Libro 17, Paidós 1996.
Litvinoff Fiorella (2015) “Sobre ‘En Terapia’” Comentario Bs. As.
Lowenstein O. (1969) Los sentidos. Fondo de C. Económica México.
Sahovaler de Litvinoff (1979) “Equilibrio y audición” Revista Eidón Paidós Bs. As.
_____________________________
1. En el caso excepcional de que se trate de una palabra escrita, como en un análisis epistolar o cibernético a través de mails, esta palabra remite igualmente a la emitida en forma sonora; en los sordomudos, los receptores de presión reemplazan en parte a los fonoreceptores.
2. Strachey en una nota al pie en “Sobre la psicoterapia de la histeria”, plantea esta cuestión.
3. De todos modos, ambos se complementan, según Lowenstein (1966) la capacidad de la vista de apreciar distancias se hace posible sólo después de haber adquirido su­ficiente experiencia táctil para saber qué está cerca y qué está lejos. Invierte el dicho “ver es creer”, por “creer es ver”, ya que sólo después que los objetos adquieren un sentido son reconocidos por la vista.
 
 
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