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   El silencio en psicoanálisis

Silencio: esa puta soledad de la lengua
  Por Sergio Zabalza
   
 
La luna, la sombra, la mujer, la ausencia. Todos nombres que la filosofía desde Heráclito el oscuro hasta los cielos del aterrado Pascal, pasando por los místicos y la poesía de Celan, emparentan con el silencio. “Habla/no separes el No del Si/ Da a tu palabra también el sentido: dale las sombras1, escribió el poeta.
Dicen que el silencio, esa sombra al lado de la palabra, cava un hueco en los dichos del hablante ser, hace trastabillar a la verdad, se esconde en la noche, duerme con el enigma, y custodia tu sueño para que el día alumbre palabras vicarias de alguna revelación perdida. El silencio también camina tan bien con la ignorancia, se arrastra en la vergüenza, se acuesta con los desengaños y te clava el cuchillo de la angustia hasta que algún nombre encuentre junto al silencio al asesino de la palabra. El silencio puede ser secreto, pactado, fruto de una relación prohibida, hijo bastardo de una cópula ominosa, tributario de algún contubernio en el puerto de los olvidos, valija tramposa que los fantasmas transan con la memoria en la puta soledad de la lengua.

No hable, cuénteme lo que le pasa”, le decía una colega del hospital a un paciente que se negaba a hablar porque, si lo hacía –decía el hombre–: ya estaba, era la muerte. El paciente tenía razón, su esquizofrenia también. Si “la palabra es la muerte de la Cosa”, hablar es morir un poco, o si quieren: perder la Cosa que nos constituye. Entonces: hacer del silencio un objeto que haga hablar al silencio es una fórmula que me tienta para describir lo que hace un analista. (Casi como decir que: de la Inhibición pasar al Síntoma para que la Angustia se haga palabras, ¿no?)
Pero Lacan se pregunta: “¿A qué silencio debe obligarse ahora el analista para sacar por encima de ese pantano el dedo levantado del San Juan de Leonardo, para que la interpretación recobre el horizonte deshabitado del ser donde debe desplegarse su virtud alusiva?2 Intentemos responder con el ejemplo de una famosa película.

El film Hable con ella, recomendaba Benigno, aquel enfermero de Almodóvar convencido de que su paciente –una bella durmiente en coma profundo– podía escuchar. En esa escena: ¿quién aporta el silencio para que la interpretación recobre su virtud alusiva? El enfermero, sin duda, cuyo medio decir ha sabido extraer un rasgo de esa cerrada y muda singularidad, tal como el dedo de San Juan indica qué silencio escuchar en la famosa pintura de Da Vinci. No en vano, el grito hace al silencio, dice Lacan al comentar el cuadro de Munch. Curiosa perspectiva que hace de la música el arte de escuchar un hueco en el sonido.
Entonces, habría un silencio ligado a la palabra y otro, mortífero, que “no encuentra más eco que el silencio de la pulsión de muerte3. En el horizonte deshabitado del ser se despliega la virtud alusiva de la interpretación, una morada que –tal como con nuestro paciente esquizofrénico– pierde ocupantes apenas el sujeto se compromete con su palabra en una tarea analítica. Es que si de algo padece el psicótico es de su plenitud de ser, el loco es causa sui, no padece la falta en ser, la ausencia no tiene partenaire que la escuche. La palabra no evoca una ausencia, ni a la luna, ni a la sombra. Ni a la mujer.
“¿Qué hace esa palabra aquí, doctor?”, se quejaba un paciente durante su sesión. Yo acababa de pronunciar el único nombre –una ex novia– que el muchacho había deslizado en sus primeros seis meses de tratamiento. “¿Qué hace ese nombre aquí?” repetía, mientras que con sus manos ilustraba que “esa palabra es de afuera ¡y aparece aquí!” Para este muchacho, el nombre de una mujer era un vocablo sin sombra, una presencia real.

La cuestión se insinúa propicia para considerar el desarreglo que, en términos freudianos, aparece al nivel del proceso primario del aparato psíquico. Esto es: el registro simbólico no está anudado al trabajo de condensación y desplazamiento que habilita la sustitución de un significante por otro. Luego: más que constituir la referencia de una identificación siempre provisoria y vacilante, el nombre carga con el peso de una significación ominosa que amenaza aplastar el espacio donde mora el sujeto4.

En efecto, el frágil armazón que sostiene el adentro y el afuera de este paciente está puesto en cuestión apenas el nombre de una mujer surge allí donde de ningún modo debía estar. Destaco la condición femenina de la representación que fracasa en ausentar la cosa por medio de la nominación.

En los albores de la constitución subjetiva, Freud postula la marca de una afirmación primordial (Bejahung) junto con la expulsión (Austossung) de un contenido que el aparato psíquico juzga como “lo malo, lo ajeno al yo, lo que se encuentra afuera5. De esta manera, así como el grito instituye el silencio o la luz inventa la sombra, el juicio de atribución precede, desde un punto de vista lógico, al juicio de existencia. En otros términos: antes que nada, lo simbólico dice lo que No hay. (La mujer, por ejemplo). De allí que, salvo en casos como éste, ningún enunciado pueda abarcar el acto de la enunciación. (¿Si digo agua beberé, si digo pan comeré?, se preguntaba la poeta Alejandra Pizarnik6. Es la palabra la que instituye el silencio.

Esta renguera primordial que el orden simbólico imprime entre la palabra y la cosa ausente dará lugar al mundo de fantasías en que –falo mediante– lo propiamente femenino encarna la causa que agita el deseo. Por algo Lacan destaca que “En el orden simbólico, los vacíos son tan significantes como los llenos; parece efectivamente, escuchando a Freud hoy, que es la hiancia de un vacío la que constituye el primer paso de todo su movimiento dialéctico7.

Pero, por la razón que sea, basta que aquella simbolización primera se muestre renuente a producir la ausencia para que la “cosa” se transforme en… indeseable: en este caso, una mujer, que por carecer de nombre, adquiere un valor absoluto imposible de tramitar en el aparato psíquico.

Desde mi punto de vista, más que un caso de ruptura de la concatenación significante, se trata de un ejemplo que ilustra un trastorno en la relación entre el nombre y el goce. Si en el delirio paranoico todo cobra sentido, el valor de cosa que las palabras adquieren en la esquizofrenia testimonia la fragmentación del sentido, muy propio de esa estructura clínica en que “todo lo simbólico es real.”8
Esta desarticulación radical entre la palabra y el goce se tensa apenas el amor insinúa sus inquietantes demandas en la vida del sujeto. “¿Qué puedo hacer para conquistarla?”, se pregunta. Sin embargo, más que ensayar los consabidos y torpes intentos con que el macho pretende seducir a la amada, este chico quiere “asegurar sus recuerdos”: ya no se trata del control obsesivo sobre el objeto, sino de la “la insistencia que pone el esquizofrénico en reiterar ese paso9 que, a falta de dialéctica, sucumbe bajo la forma de lo que “no es dejado ser en lo simbólico10.

Por algo, dice Freud: “Si nos preguntamos qué es lo que confiere a la formación sustitutiva y al síntoma de la esquizofrenia su carácter extraño, caemos finalmente en la cuenta de que es el predominio de la referencia a la palabra sobre la referencia a la cosa11. En otros términos: en la esquizofrenia la palabra no mata a la Cosa porque en ese desierto sin sombra, luna ni ausencia, todo lo simbólico es real. Luego, el empuje a la mujer, cuya mejor traducción sería: encarnar el objeto que completa al Otro.

Resonancia: En la neurosis más bien se trata de todo lo contrario. Ella se empeñará en mostrar todo lo que a él le falta. Es su silencio, eso que lo deja incompleto, castrado, como dicen los analistas. Es así como otro paciente decía con angustia en su sesión: “Le pregunté a mi novia qué le pasaba y no me contestaba. Insistí una y otra vez, pero seguía callada, hasta que ya desesperado me puse en el borde de la ventana para que dijera algo”. El que ahora dice algo es este joven cuya causa de deseo se niega a hablar. En definitiva, si seguimos hablando es por ese silencio que se dice de múltiples y siempre precarias formas. El mismo silencio que el analista preserva en el discurso del sujeto. Dice Freud:

Aun en los sueños mejor interpretados es preciso a menudo dejar un lugar en sombras, porque en la interpretación se observa que de ahí arranca una madeja de pensamientos oníricos que no se dejan desenredar, pero que tampoco, han hecho otras contribuciones al contenido del sueño. Entonces ese es el ombligo del sueño, el lugar en que él se asienta en lo no conocido. Los pensamientos oníricos con que nos topamos a raíz de la interpretación tienen que permanecer sin clausura alguna y desbordar en todas las direcciones dentro de la enmarañada red de nuestro mundo de pensamientos. Y desde un lugar más espeso de ese tejido se eleva luego el deseo del sueño como el hongo de su micelio12.

En un análisis se trata entonces de poner en juego ese ombligo que testimonia “la incompatibilidad del deseo con la palabra”, tal como bien refiere Lacan en la Dirección de la Cura13. O quizás, que ese silencio consienta a la contingencia de recibir un nombre cuya resonancia sienta mejor a la singularidad del sujeto.

Para emprender semejante empresa Lacan se sirve del poeta Francis Ponge. Dice en 1972: “Esto no tiene nada que ver ni con el sentido ni con la razón. (…) Escriban: R.E.S.O.N. Escriban, dénme el gusto. Es una ortografía de Francis Ponge quien, siendo poeta, y siendo lo que es, un gran poeta, no debemos dejar de tomar en cuenta lo que nos cuenta. (…) ¿Acaso lo que resuena es el origen de la res, de lo que se hace la realidad? Es una pregunta, una pregunta que atañe, muy propiamente hablando, a todo lo que puede extraerse del lenguaje, a título de lógica. Todos saben que ella no alcanza…”14

No alcanza, claro. Porque no hay término universal para el silencio que a cada sujeto atañe. Para eso está un análisis, cuyo singular recorrido hará de la condensación entre razón y resonancia una singular modalidad de tratar ese imposible. ¿Cómo aborda el practicante esta ímproba tarea? Casi veinte años antes, en “Función y Campo de la Palabra y el Lenguaje” Lacan apelaba al mismo poeta –Ponge– para afirmar que “los poderes de abajo resuenan en la invocación de la palabra”15. ¿Qué otra cosa puede invocar la resonancia sino es la mudez de la pulsión? Como si en un análisis se tratara de encontrar la singular resonancia que la luna, la sombra, la mujer y la ausencia adquieren para un sujeto. Los nombres del silencio.

__________________
1. Poema del libro De umbral en umbral, Paul Celan: “Muerte en fuga y otros poemas”, Ed. Último Reino, 1989. Traducción: Rogelio Bazán.
2. Jacques Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, página 621.
3. Jacques Lacan, “Observación sobre el informe de Daniel Lagache” en Escritos 2, op, cit, página 647.
4. Sigmund Freud, “Lo inconciente” en Obras Completas tomo XIV, página 200: “la investidura de la representación-palabra no es parte del acto de represión, sino que constituye el primero de los intentos de restablecimiento o de curación que tan llamativamente presiden el cuadro clínico de la esquizofrenia”.
5. Sigmund Freud, “La Negación” en Obras Completas, A. E. tomo XIX, p. 255.
6. Alejandra Pizarnik, “En esta noche, en este mundo”, Obras Completas, Corregidor.
7. Jacques Lacan, “Respuesta al comentario de Jean Hyippolite” en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 376 y 377.
8. Jacques Lacan, op. cit., p. 377.
9. Jacques Lacan, op. cit., p. 377.
10. Jacques Alain Miller, Ironía en Revista Uno por Uno, de Marzo / Abril de 1993, página 7: “En la perspectiva esquizofrénica, la palabra no es la muerte de la cosa, es la cosa”.
11. Sigmund Freud, “Lo inconsciente” en Obras Completas, op. cit., página 197.
12. Sigmund Freud, “La interpretación de los sueños” en Obras Completas, A. E. página 519.
13. Jacques Lacan, “La Dirección de la cura y los principios de su poder” en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, página 621.
14. Jacques Lacan, charlas en Saint Anne, clase del 6 de enero de 1972.
15. Jacques Lacan, “Función y Campo de la Palabra y el Lenguaje” en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1991, página 310.
 
 
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