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   El silencio en psicoanálisis

Función del silencio en la dirección de la cura
  Por Eduardo García Dupont
   
 
1) Lo que los maestros nos enseñan
“La música se encuentra en el espacio, en el intervalo entre las notas”. Claude Debussy
“Hablar es una necesidad, escuchar es un arte”. Goethe
“La palabra precisa tal vez sea efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido tan efectiva como un silencio preciso”. Mark Twain
“Las grandes elevaciones del alma no son posibles si no en la soledad y en el silencio”. Arturo Graf
“Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”. William Shakespeare
“No hables a menos que puedas mejorar el silencio”. Jorge Luis Borges
“Los ríos más profundos, son siempre los más silenciosos”. Quinto Curcio Rufo
“Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra”. Georges Clemenceau
“En virtud de la palabra, el hombre es superior al animal; por el silencio se supera a sí mismo”. Paul Masson
“El silencio de un hombre sabio es siempre significativo”. Leo Strauss
“Permanecer en silencio es algo más que no hablar”. Robert Fisher
“El silencio no existe... En el escenario habla mi alma, y ese respeto al silencio es capaz de tocar a la gente, más profundamente que cualquier palabra”. Marcel Marceau
“Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”. Ernest Hemingway
“El analista debe preservar en ello lo indecible, en el discurso debe tomar el camino del escuchar, del oír, y no auscultar. Escuchar de entendimiento. El analista no está obligado a responder a lo que oye. Se calla, así frustra al hablante y a él mismo también”. Jacques Lacan

2) Lo que la clínica nos enseña
Comenzaré este breve artículo con dos referencias clínicas. La primera es de mis años mozos en el hospital. Hace mucho tiempo, me enteré que una terapeuta reproducía el modo de trabajo de su analista con sus pacientes del Centro de Salud Mental. Como su analista era absolutamente silencioso ella también lo era con los “inexperimentados”, (en lo referido al dispositivo analítico), sujetos que la consultaban. Ocurrió que masivamente fueron a quejarse al Director de la institución, porque su psicóloga “no les hablaba”.

La otra está extraída de mi propia praxis privada. Me encontré en algunas ocasiones, en mi afán por invitar a la asociación, en la búsqueda del sentido de las formaciones del inconsciente, en el deseo de interpretar, y de analizar, porque no, en el haber caído preso del mentado “furor curandi”, que solía intervenir muy activamente, tal vez también, como Freud, apasionado por la verdad. La cosa marchó bien durante bastante tiempo, produciéndose efectos terapéuticos, alivios sintomáticos y algunos cambios de posición subjetiva. Pero en determinado momento ocurría que los analizantes, cansados de escucharse que no modificaban el hueso de su goce, es decir las repeticiones que los hacían sufrir, algunos ante ese cansancio producían un acto, como sostuviera Lacan: “El acto extrae de la angustia su certeza”, pero otros ante el borde de un radical cambio de posición subjetiva, abandonaban su análisis argumentando que necesitaban ver como podían “arreglárselas solos en la vida” con lo que habían trabajado.

Recordando la hermosa canción de Alberto Cortéz: “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar, la llegada de otro amigo”. Sin darme cuenta sustituía amigo por paciente, advertido que nuestros analizantes no son nuestros amigos, pero ese espacio vacío en la agenda no era tan sencillo sustituirlo con otro paciente, porque así como el analista, transferencia mediante, es insustituible, cada analizante, “transferencia recíproca mediante” también es insustituible. Me preguntaba entonces ¿por qué necesitaban irse del dispositivo analítico para producir un cambio tan fundamental? Tal vez se trataba de una excusa de la resistencia para abandonar el análisis justo a la hora del acto, aunque jamás me conformé con pensarlo como una resistencia de los analizantes. Recordé la idea de Lacan referida a que la resistencia principal es del analista. Y si de eso se trataba, ¿cuál era mi resistencia? Me respondí, que tal vez necesitaban estar solos porque yo no estaba aún a la altura de dejarlos solos en el umbral del acto. No estaba a la altura aún de saber cuándo callar, y activamente “hacer silencio”.

3) Lo que la teoría nos enseña

Esta propuesta de escribir sobre el silencio, es una oportunidad excelente para reflexionar acerca de los “puntos sordos” de mi práctica. Hoy valoro más que nunca la importancia de “hacer silencio” en la dirección de la cura. Pero de ninguna manera tomado como una suerte de consejo más al médico siguiendo el título del artículo de Freud, que ya nos advirtiera en el primer párrafo que esa serie de consejos le fueron útiles a él, “otro analista con diferente disposición psíquica podrá intervenir de otra manera”, o la idea de Lacan absolutamente asertiva: “Los consejos están hechos para no ser cumplidos”. Quiero decir que el silencio en un análisis supone la lógica del fin de análisis que implica el S(Ⱥ), matema preciso de la transmisión. Lo que indica que, si bien el dispositivo de asociación libre marca el derrotero de la cura, esa alienación al sentido trabaja a favor de la ilusión neurótica de que algún día se va a encontrar el significante en el campo del Otro que otorgue un ser, y por fin el sujeto podrá tomar sus decisiones con la certeza de no equivocarse. Pues bien el S(Ⱥ) indica que al gran A le falta ese significante por estructura. Digamos que el analizante, buscando el significante que falta, se encontrará con el objeto a, solidario a la experiencia de S(Ⱥ). Este matema concerniente a la transmisión en un análisis, su lógica y su ética, ya se juega desde los comienzos.

En los comienzos de un análisis, a sujetos que vienen desamparados, sin sentido y con ausencia de deseo, en posición de objeto, el analista tiene que dirigir la cura, en las entrevistas preliminares, a favor de la primera operación lógica, es decir la alienación, al sentido y al deseo del Otro. Por lo tanto es bastante probable que tenga que semblantear al Otro más que al objeto a. No sin preservar lo indecible.
Pero si el deseo del analista fue deseo de sujeto, sujeto del inconsciente en primera instancia, para que se dé la entrada en análisis, y sujeto responsable en el horizonte, esa primera alienación al sentido y al deseo del Otro, debe estar éticamente advertida de la transmisión del S(Ⱥ), es decir de la transmisión de la castración en el Otro semblanteado por el analista, lo que remitirá a la castración en el sujeto, para que “donde Ello era”, no solo el sujeto del inconsciente pueda advenir, sino el sujeto responsable, aquel que ante el silencio del Otro, sienta la soledad, la angustia y el desamparo, pero también la responsabilidad y la libertad de sus actos.

Juan David Nasio sostenía que lo que mejor evoca lo enigmático del deseo del Otro, presentificado por el deseo del analista, es el silencio de las pulsiones. Más allá de las mudez de las pulsiones, desde la perspectiva freudiana, podemos pensar al silencio, desde la perspectiva lacaniana, a partir de la pulsión invocante, es decir la voz, que paradojalmente tiene la particularidad de ser “áfona”. Cuando en el Seminario 10, Lacan la trabaja, menciona El Shofar, que conmemora la Voz de Dios. Ahora bien, cuando Moisés sube al Monte Sinaí en busca de la Voz de Dios para darle una respuesta a su pueblo, el mito dice que se encontró con dicha Voz y Dios le dictó Las Tablas de la Ley. La lectura de Lacan es que como la voz es áfona, Moisés se encontró, en la desolación del Monte, con el silencio del Otro, es decir su castración, y más allá su inexistencia, por lo tanto ante esa situación de angustia, en la que confluyeron los dos vectores imprescindibles para causarla: “Hay que y no tengo recursos”, hay que darle una respuesta al pueblo y no tengo con que, estoy solo y desamparado, entonces, como el acto extrae de la angustia su certeza, las Tablas de la Ley son el acto creacionista de Moisés. El efecto retroactivo de la neurosis, como una religión del Otro, es la suposición de que Dios le dictó dichas Tablas.
Es de suma importancia esta interpretación, a partir de la pulsión invocante, porque el silencio del analista sitúa al analizante ante la angustia y el desamparo que causara el deseo para que cada quien invente su escritura singular.

4) Conclusión

En la enseñanza de Lacan encontramos que para dar cuenta de la lógica significante él utiliza el par significante: S1 y S2. El S1 será el sinsentido y el S2 el sentido. Sostendrá que la alienación es al S2 es decir al sentido y la libertad se relacionará con el S1 es decir el sinsentido. Además nos indicará que el S1, sinsentido, angustia y el S2, tranquiliza. El S1 se relacionará también con el matema del Ⱥ (Otro barrado), es decir la castración en el Otro o el deseo del Otro. Y el S2 con el A sin barrar. Además tenemos que agregar el objeto a, que denomina fuera de sentido. Este objeto causa angustia y también causa el deseo. Se relaciona también con el matema del Ⱥ.

Resumiendo tenemos entonces el siguiente cuadro:
S1: Sinsentido que causa angustia, libertad y conecta con el Ⱥ.
S2: Sentido que tranquiliza, alivia, aliena y conecta con el A.
Objeto a: Fuera de sentido que conecta con el Ⱥ, causa angustia pero también causa el deseo.
Por lo tanto al S2, el sentido podemos relacionarlo con la pasión freudiana por la verdad que tranquiliza, aliena y desliza la experiencia analítica a una suerte de obsesivización religiosa que sostiene la eternización de un Otro del Otro, esperando del gran Otro el significante que por fin otorgue un ser, situando la castración del lado del sujeto.
La función del silencio del analista, en la dirección de la cura, podemos relacionarla con preservar lo indecible, es decir con el S1 que causa angustia y libertad y con el objeto a, que causa angustia pero también causa el deseo.

Podemos concluir con la siguiente afirmación: si el analista sabe preservar lo indecible, estará a la altura de la transmisión de la castración: S(Ⱥ) y posibilitará que, dentro del dispositivo y no necesariamente fuera del mismo, el sujeto pueda estar a la altura de la frase de Sartre: “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”, que aplicamos a la experiencia analítica del siguiente modo: “Uno es lo que hace con lo dicho y escuchado en su análisis”. Estamos hablando, ni más ni menos, que del sujeto responsable y del fin del análisis.
Quedémonos con la resonancia de este breve cuento Zen, que demuestra que a las mejores cosas de la vida no hay que buscarles sentido, ni explicación, todo lo que se relacione con el goce de la vida es inefable, territorio más allá de Lo Simbólico, que se encuentra entre Lo Imaginario y Lo Real:

“Un maestro zen descansaba junto a su discípulo. En determinado momento sacó varios higos de su alforja, le ofreció, y ambos empezaron a comer. En el medio de la merienda, el discípulo comentó:
—Yo sé que todo lo que Ud. hace tiene un sentido. Compartir estos higos conmigo tal vez sea una señal de que tiene algo que enseñarme.
El maestro continuó comiendo en silencio.
—Por su silencio, entiendo la pregunta oculta —insistió el discípulo—. Y debe ser la siguiente: el sabor que estoy experimentando al comer esta deliciosa fruta dónde está: ¿en el higo o en mi lengua?
El maestro no dijo nada. El discípulo entusiasmado prosiguió:
—Y como todo en la vida tiene un sentido, pienso que estoy cerca de la respuesta a esa pregunta: el sabor es un acto de amor e interdependencia entre los dos, porque sin el higo no hubiera un objeto de placer, y sin la lengua
—¡Basta! —dijo el maestro. —¡Los más tontos son aquellos que se juzgan inteligentes, y buscan una interpretación para todo! Los higos son sabrosos y eso es suficiente, ¡ahora comamos los higos en paz!
 
 
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