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   El silencio en psicoanálisis

La clínica de la escucha
  Por Ezequiel  Achilli
   
 
“Su plenitud es precisamente la de un espejo,
que simula estar lleno y está vacío;
es un fantasma que ni siquiera desaparece,
porque no tiene la capacidad de cesar”.
J. L. Borges

Emmy Von N., le dice a Freud (1889), con tono muy brusco según él, que no debe estar “preguntando siempre de dónde viene esto y esto otro, sino dejarla contar lo que tiene para decir”. Y agrega Freud: “Yo convengo en ello.” Emmy le dice a su analista que haga silencio, que ella no fue para ejercitar su proceso secundario, sino a darle volumen a lo primario de lo que dice, y quizás para que en su presencia, devengan pensamientos nuevos.

Freud aprendió de Kraepelin a “mirar” a los pacientes y de Emmy a escucharlos y recibirlos. De ahora en más la cosa pasa por callar y escuchar. Pero ¿qué se escucha del relato? A partir de Freud los pacientes son escuchados, al mismo tiempo que pasan a escucharse en un saber, que no saben que tienen. Freud también recomienda, a partir de su experiencia, la supresión transitoria de los prejuicios y defensas inconscientes del analista, que, entiendo, sólo se logra a través del análisis personal. Sólo así, guardando silencio se puede lograr un saber para que aparezca un fallido, un sueño, un chiste, un recuerdo encubridor…

¿Quién habla en el relato? ¿Es función de la escucha revelarlo? Como sabemos, la relación del sufrimiento con la marca dejada en la memoria (teoría traumática), ya no nos alcanza. El sujeto puede reflexionar sobre sí mismo; pensarse y, soltándose del discurso de quienes le rodean, escuchar sus propios deseos para crear una nueva narración que es, aunque atada a tramas discursivas que le preceden, esencialmente subjetiva.
¿Escuchar distorsiona el relato? Tal vez lo transforme. ¿Escucharse uno mismo distorsiona? Oírnos en el silencio de otro, eso sólo ya es una experiencia nueva. Pero escucharnos por las vibraciones a través de los huesos del cráneo y desde afuera no deja de ser algo extraño. También genera sorpresa escucharnos en una grabación. La sorpresa es aquello que no se espera, como escucharse en los cambios de voz cuando alguien pasa a ser adolescente.

Se habla, fundamentalmente, para escucharse y ser escuchado. Pero ¿para que otro escuche qué? ¿Quién es ese otro? Hasta aquí “las formaciones del lo inconsciente y la neurosis”, pero ¿qué sucede en los otros tipos de discursos? ¿La escucha es la misma? En lo que llamamos paranoia, el sujeto parecería despojarse de su voz, y de su palabra (el autorreproche proyectado, por ejemplo). Se habla a sí mismo, pero escucha a otro. ¿Qué escucha? Y nosotros ¿Qué escuchamos de lo que dice? ¿Es lícito reunir lo que nosotros no escuchamos, pero creemos “saber”? No. Schreber no sentía como propio su llamado. ¡Para nosotros debería tener razón! Porque escribe sus Memorias… y éstas son su testimonio y testigo (lo organizan), aunque también lo silencian de esa manera; ya que varios de los capítulos están censurados. Allí radica el valor del testigo (quien puede escuchar eso). El “loco” necesita a su Sancho para que lo escuche en su camino y así su relato exista. O un Horacio que, a diferencia de Sancho, vea al fantasma que visita a Hamlet (esta es quizás la función analítica de espejo). En Hamlet, Shakespeare (o de quien este sea testaferro de nombre) parecería haberse interesado en dar una explicación al fenómeno de la alineación de su príncipe. “Aunque todo es locura, hay cierto método en lo que dice…” (p. 37), afirma Polonio. ¡¿Que detrás de todo delirio “expreso” existe un núcleo de verdad?! Y así pasan los años, ahora el loco quizás viene a nuestros consultorios, en el mejor (o el peor) de los casos, a hablar, a ser escuchado, a dejar asentado su relato y hasta una denuncia. Así es como termina la obra; “-¡Oh, querido Horacio! (dice el protagonista agonizando) “... divulga por él (el mundo) mi historia… e infórmale de cuanto acaba de ocurrir… para mí, sólo queda ya…, silencio eterno.” (p. 116). Ese no poder relatar más es su muerte. Hamlet, junto a su amigo, veía un fantasma, pero quién de nosotros -psicoanalistas- no hemos visto uno alguna vez, ¡si nuestros consultorios están repletos de ellos!

Sorprendido una vez más con el diccionario, y los alcances y enlaces de las palabras, encuentro que salvo la primera definición de escucha (acción de escuchar) el resto de las acepciones hacen referencia a espiar y observar. Desde la criada que con ese fin duerme cerca de la alcoba de su ama, hasta el rey que vigila a sus consejeros a través de una ventanita secreta. Lo mismo sucede con clínica; “observación directa del paciente y con su tratamiento.” ¡¿Observar?! El psicoanálisis se privilegia del silencio que permite la escucha por sobre la mirada, de allí la herramienta del diván para que la pulsión escópica no entorpezca las asociaciones libres del paciente y la escucha del analista. Mientras tanto, relato, además de una narración, es presentado como un hecho que se conoce casi en detalle. Hoy citamos al hombre de los lobos, a Dora, o al pequeño Hans ¿A un niño no se lo observa jugar? ¿Y el dibujo, no es un relato silencioso que se ve aunque luego se le pida asociaciones? En fin… los tantos historiales que ya son “cuentos” clásicos del psicoanálisis, aquellos que crecen cuando se los evoca, nos empujan a pensar en si hablamos del mismo relato cuando hacemos referencia a lo que dice un paciente en sesión. Un cuento está ensayado (en los casos de Freud se nota que ha trabajado mucho aunque no vio jugar a Hans), pero una sesión -en el mejor de los casos- carece de estudio previo. Parecería entonces que nosotros, a través del silencio, nos referimos a otro relato o a otra forma que toma la narración al servicio de conocerse. Quizás, sumar la escucha a la clínica (y con esto la teoría que respalda); una “clínica de la escucha”, aporte al relato del paciente algo de ese nuevo conocimiento. Pero, si continúa creciendo el texto, es lícito pensar que existe alguna forma más de hacerlo y que esta no tenga fin (o finalidad) ¿Qué determina que en un relato, o en su narración, suceda algún hallazgo? Las operaciones de corte existen, si no algunas cuestiones no cesarían jamás, como el fantasma de Borges. Quizás esa sea una de las funciones de la clínica de la escucha. Escuchar lo nuevo, en compañía de un oído instruido por el análisis personal y por la trasmisión, que tal vez favorezca dicha operación. En otras palabras; “castración”.

¿Nació con este fin el psicoanálisis y cuándo sucedió efectivamente? Si nos sostiene la escucha, entonces tal vez sea ese 12 de mayo de 1889 en el que Emmy le pide a Freud silencio.
El mundo necesitaba una nueva modalidad de pensamiento que admitiera una especial escucha ya que es un devenir que nace de un encuentro. Las orejas del analista dejan tras de sí marcas, como las de un rodado, y anuncian que la escucha señala la dirección. Deja huella para el paciente y en el analista, al mismo tiempo que es un motor que pone en movimiento a la palabra ¡Pensar que esto no nos modifica sería reducir nuestra área de trabajo a la de un limpio y blanco laboratorio! “- Quien no sabe adónde va, ningún viento le sopla bien”, decía una vez un paciente. Pero ¿sabemos hacia dónde vamos cuando nos embarcamos en un tratamiento, y hasta en una sesión que comienza? ¿O nos dejamos empujar por el viento de sus asociaciones y el silencio que les da espacio? Desconocemos, y eso hace original a nuestra área, con qué nos vamos a encontrar. Concibamos entonces al análisis como un lugar de escucha, de silencio, de encuentro y de clínica (habitada por la sexualidad, su compañera la muerte, y la falta que es amiga de la nada…). Es en un encuentro entre dos sujetos (y esto es quizás lo que más deseo resaltar), donde se ubica el análisis.

El análisis es un lugar de silencio donde el paciente con su analista pasan a ser testigos de un encuentro a la espera de un acontecimiento. Cuando se pasa a la pregunta, qué se quiere decir con eso, a quién, y se demanda ser escuchado, surge “él” (lo inconsciente) permitiendo que devenga la palabra como único acceso a “una verdad” que se manifiesta en la clínica mediante la asociación libre, en tanto palabra sin control conciente. Porque es allí donde hay alguien más. “La palabra plena es la que apunta, la que forma la verdad como tal y como ella se establece en el reconocimiento del uno por el otro”. (Lacan, 1953, p. 168)

Quizás el psicoanálisis sea entonces una nueva forma de pensamiento que va más allá de la pregunta epistemológica acerca de si es (o no) una ciencia, y de qué tipo. Y digo pensamiento, como lo es el filosófico o el religioso -o el mítico que también es un relato-, ya que la gente en la calle no habla de la mitocondria y su fosforilación oxidativa o la curvatura de la luz, aunque lo use a diario. El psicoanálisis “habla” de lo que sucede en la calle. Y en la calle la gente habla de lo inconsciente, y de un inconsciente que para que hable hay que hacer silencio y escuchar.

El psicoanálisis ha generado un conocimiento al ser relatado y también así trasmitido y escuchado. Nos atravesó y nos hizo ver -paradójicamente a través de nuestra escucha- la vida toda desde un otro lugar. De la misma manera que sin ser religiosos estamos atravesados por lo mitos y la cultura judeocristiana (en nuestro caso), somos portadores de un nuevo y propio pensamiento, como también nuevo y propio es su método. El psicoanálisis se instaló en la cultura, hizo y hace cultura, tal vez como un “relato” acerca de la cotidianeidad y los sufrimientos. No complementa sino suplementa, y sin desechar paradigmas puede convivir tranquilo con ellos.


Bibliografía
Borges, J. L. (1936) “Historia de la eternidad”. Borges. Obras completas. Tomo IV. Editorial Sudamericana. 2011.
Freud, S. (1893-1895) II. “Historiales clínicos” (Breuer y Freud) En J. Strachey y A. Freud. Sigmund Freud: Obras completas: “Estudio sobre la histeria”. Volumen II. Buenos Aires: Amorrortu. (2a ed., 10a reimp.) 2004 .
Shakespeare, W. (s.f.) Hamlet. William Shakespeare. Hamlet, Macbeth. Biblioteca de la Literatura Universal. Editorial Sol 90. 2000.
 
 
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