Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   El silencio en psicoanálisis

El silencio en el análisis
  Modalidades diferenciales y quehacer del analista
   
  Por Gabriel Belucci
   
 
“El silencio de Dios
me deja hablar.
Sin su mudez
yo no hubiese aprendido a decir nada”.
Roberto Juarroz

Como la música, la experiencia analítica se construye en torno del silencio, al que inexorablemente conduce.
Práctica de la lectura, importa entonces por una parte leer los silencios, como el músico en su partitura, leerlos en las distintas claves que, si las ignoráramos, sólo podríamos desorientarnos. No menos decisivo es nuestro quehacer con el silencio, en lo que llamamos intervenciones. Hay, finalmente, lo que deviene del silencio en los tiempos de un análisis, y en el horizonte de su fin.

1. Nuestra experiencia asienta en una dimensión singular –no sólo del caso sino del momento– a la que el silencio no es ajeno. Eso no nos impide situar algunos ejes que, en la cura de la neurosis, son perfectamente formulables.
Podríamos decir que la neurosis se edifica sobre una suerte de horror vacui. La palabra, en efecto, buscará colmar con su presencia lo que se presiente como su inquietante trasfondo, el silencio que manifiesta lo irrepresentable, el vacío. Ése es el punto de gravitación de lo dicho, bajo el modo que llamamos asociación libre. Silencio y angustia son, en el límite, homólogos. 
No es ésa, sin embargo, la única modalidad en la que el silencio se presenta. Hay silencios en los que toma cuerpo una impasse de la sesión o del análisis. No hay allí angustia, sino el registro –más o menos claro– de que algo se detuvo en el movimiento asociativo, de que ninguna escritura adviene. Se palpa allí también, no pocas veces, la densidad del goce masoquista, que sólo el acto podrá conmover.
Otras veces, el silencio toma valor de escansión. Ahí donde el encadenamiento discursivo encuentra una pausa, alguna verdad resuena. Lo cual confirma que la verdad sólo es posible en los intervalos del saber, y que es la operación analítica la que promueve esa resonancia de la verdad.

Otra vía para abordar la cuestión es considerar las variantes en que la neurosis se reparte, cada una con una relación particular al silencio.
La mudez obsesiva, si seguimos en esto a Lacan, presentifica en el análisis la demanda de muerte. Será entonces preciso perturbar esa inercia pulsional, que vuelve sobre el sujeto mismo, y articular las voces (activa, media, pasiva) en las que el odio como pasión del ser se declina. Pasar, entonces, del silencio pulsional a una gramática del odio, marca un camino en la cura de la neurosis obsesiva, ya que no hay cura posible si el fundamento del odio no se aborda. Como la pasión amorosa y más que ella, el odio hace consistir al Otro, y es –digamos– su último baluarte.
El histérico, por su parte, hará no pocas veces de lo callado enigma, que aunque dirigido al Otro lo interpela. Nuestra función será allí, entonces, indicar que es a un enigma al que se dirige, verdadero pivote de la posición de analizante.

Las fobias, finalmente, presentan una vez más esa vecindad entre silencio y angustia en la que reconocimos su dimensión fundamental en la neurosis. En efecto, cada vez que la palabra se detiene se presiente el borde angustioso en el que el decir se precipita, en ausencia de un S2 que venga a hacer cadena, y de un marco eficaz al vacío del objeto. Se trata aquí, no de articular una gramática, ni de abrir el enigma que hace cadena, sino de hacer borde a ese vacío que el fóbico más que ningún otro neurótico capta, para que pueda haber allí palabra o, mejor, escritura. Punto, éste, en el que la operatoria del semblante será crucial.

2. En las psicosis, el silencio no traduce un vacío, sino el pleno de un goce no legislado. Allí la mudez del «proceso de la enfermedad» viene a coincidir con la de la pulsión de muerte, con la inercia mortífera del lenguaje, más allá de toda palabra. La esquizofrenia atestigua bien esa clase de silencio, en el que la palabra está desinvestida y nada parece sacar al sujeto de su mortificación.
Esa mortificación no afecta sólo la erótica de la palabra. Se trata de una verdadera desarticulación del campo simbólico que la psiquiatría tematizó como «defecto». Entre otras consecuencias, nos encontramos con notorios «agujeros de la memoria», en torno del desencadenamiento –cuando lo hubo– y a zonas de la biografía más o menos extensas. Por muy familiar que nos resulte el trato con sujetos psicóticos, no deja de impresionar esa ausencia de huella, signo de lo nunca escrito.

No es, subrayo, sólo la palabra lo que allí no ha lugar, sino todo lazo a un otro posible, que es función del análisis vectorizar. Introducir allí un objeto –no necesariamente material– como elemento tercero que opera en acto alguna sustracción de goce, será la condición para que un otro más amable se constituya, un otro al que eventualmente dirigir también la palabra, como trazo propio. Esa palabra es, en sí misma, testimonio de que algún vaciamiento de goce pudo operarse.
Encontramos, por otra parte, un silencio reticente, donde se hace presente el Otro del goce. Es, o bien la tentativa de un límite, o el punto en que ese silencio gozoso podría ser la antesala de un pasaje al acto, temor que no pocos practicantes experimentan en situaciones como éstas. Con frecuencia es, una vez más, la terceridad de un objeto lo que introduce una bisagra1. Incluso más fundamental es la palabra con que el analista bordeará y hará escansión en ese goce amenazante, palabra pacificadora que instituye, también, otro silencio.

3. Si del lado del sujeto el silencio se articula alrededor de un vacío, o hace existir el goce del Otro, bajo los modos del arrasamiento o la amenaza, ¿qué hay de nuestro lado? ¿Cuál es nuestro quehacer con el silencio? Será distinto, por supuesto, según la condición estructural que el sujeto porte.
Es un lugar común el del psicoanalista silencioso, como si nuestra práctica se redujera, en el límite, a un ejercicio del silencio. Hay en eso una verdad que es preciso deslindar. El analista es, por su posición y por la experiencia que lo conduce allí, alguien que más que otros está advertido del lazo consustancial entre silencio y decir. Nuestro hacer con eso, sin embargo, no podría reducirse a la monotonía estéril de la caricatura.

Hay un silencio fundamental, el que da marco al despliegue del inconsciente. Allí donde, en lo dicho por aquél que nos habla y como consecuencia de la operación analítica, se recorta algún trazo enigmático, nuestra ética requiere la suspensión del S2. Su producción queda entonces a cuenta del trabajo de aquél que, por ello mismo, se constituye en analizante. Y, cuando el saber finalmente advenga, nuestro silencio redoblado promoverá que allí resuene la verdad: reprimida, retorna. Eso no es, por supuesto, sin un decir, pero un decir que hace intervalo.
Otro es el caso en el momento de la angustia. La angustia revela, más que nada, que la experiencia analítica es una experiencia de lo real. No hay allí palabra, y aunque pueda ser nuestra palabra la que haga borde, es más nuestro silencio lo que enmarca. El silencio es, ahí, el signo último del deseo que, como analistas, nos sostiene. Nada traduce mejor, en el límite de la palabra, que estamos allí para que, ante lo real, algo se escriba.

El silencio del analista es, muchas veces, su acto. Lo es cuando supone soportar la demanda sin responder a ella, dejar en suspenso el saber o enmarcar la angustia. Lo es, más específicamente, cuando comporta un efecto de deconsistencia. Es conocida una maniobra típica en la histeria para desentenderse de su real, que consiste en lo que el primer Lacan llamó «palabra vacía». Así, una histérica empleaba una buena parte del tiempo de su sesión en contar situaciones completamente insustanciales. La maniobra era, por un lado, dejar pasar, y cuando algo era dicho, cuando el hueso de su real era tocado, dejar constancia y sancionar con el corte que había un real, que no todo era blablá. Esa maniobra, oportunamente puesta en acto, fue poniendo en forma otra relación a lo real... y a la palabra.
Imposible hacer un inventario de estas puntuaciones. Tampoco es preciso, si recordamos que el silencio no traduce siempre de manera directa el deseo del analista, pero es inevitablemente su trasfondo. Las modulaciones del silencio son, entonces, las de la cura misma, sujetas a la particularidad estructural y, más aún, al surco singular que trazamos.

Con las psicosis, nuestro quehacer será por fuerza específico. La mudez tiende a encarnar en ellas al Otro del goce, más cuando se la acompaña de la toma de notas, punto en el que puede hacer existir una mirada que no se ha sustraído del campo de la visión. Hace años destaqué la función que, para salir de esa encerrona, desempeña la charla como figura de la neutralidad. Más recientemente pude suplementar aquella tesis, al definir la transferencia en las psicosis como función de terceridad2. En la charla, son los «objetos de interés» los que operan el imprescindible efecto de sustracción para que un otro vaciado de goce pueda perfilarse. La charla, entonces, enmarca una vertiente «amistosa» del silencio, que hace lugar a la palabra propia. Sólo en ese punto, escandido por la conversación, tomará cuerpo otro silencio. ¿Qué habrá en común entre ese silencio y aquél al que nos conduce la cura de la neurosis, aquél que constituye el horizonte de todo análisis?

4. Lacan hizo notar, al desarrollar la dimensión del acto, que llegados a esa instancia estamos solos. No hay el Otro ahí. Esa idea anticipa de algún modo las formulaciones de su última enseñanza. En efecto, tanto la no relación sexual como la inexistencia del Otro son puntos de llegada de una experiencia. El silencio es consustancial a ese efecto de deconsistencia: donde el Otro calla, adviene el trazo propio. Esto es así, incluso más allá de la particularidad estructural.

El análisis, por otra parte, nos lleva a confrontarnos con el límite de lo decible. Como sucede en otros ámbitos, lo imposible de decirse es condición fundamental del bien-decir, del que no casualmente el decir poético es paradigma. La poesía, decir alusivo, entrama el silencio como huella de un imposible. Eso lleva, también, a cierto minimalismo: no se trata de decir de más, cuando se sabe que existe en lo más íntimo un silencio irreductible.
Hay, en el punto al que el análisis nos lleva, tanto un saber-hacer con el silencio como cierta comodidad, una «erótica del silencio» que es el reverso necesario de la erótica de la palabra. Porque es en el silencio donde toda obra comienza, allí donde el dedo levantado de San Juan sigue señalando para nosotros el horizonte deshabitado del ser.


__________________
1. Recuérdese aquí el caso Jaime presentado por Élida E. Fernández, en el que el regalo de un encendedor a la analista señaló el pasaje de un momento paranoide de la transferencia a otro más «amable». Cf. FERNÁNDEZ, E., Diagnosticar las psicosis, Data, Buenos Aires, 1995, p. 159.
2. Cf. BELUCCI, G., “La transferencia en las psicosis”. En: elSigma Hospitales, www.elsigma.com/hospitales, 2014.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 188 | enero 2015 | Acompañamiento Terapéutico y psicosis  Articulador de lo real, simbólico e imaginario
» Imago Agenda Nº 186 | noviembre 2014 | Entre «dispositivos» y «rizomas»: la Ética del caso por caso 
» Imago Agenda Nº 178 | enero 2014 | Lo escrito de un análisis. Repetición y diferencia 
» Imago Agenda Nº 170 | mayo 2013 | El analista ante el desencadenamiento.   Acto y efectos
» Imago Agenda Nº 160 | junio 2012 | El trauma, revisitado. Apuntes lógicos y clínicos 
» Imago Agenda Nº 148 | abril 2011 | Después del manicomio: ¿qué salida? 
» Imago Agenda Nº 143 | septiembre 2010 | Desencadenamiento: la anticipación como estrategia 
» Imago Agenda Nº 137 | marzo 2010 | El malentendido de la Verwerfung 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Semblante y escena institucional 
» Imago Agenda Nº 127 | marzo 2009 | Tres dispositivos: análisis, supervisión, comentario 
» Imago Agenda Nº 123 | septiembre 2008 | Acerca de lo "prehistórico" en Freud 
» Imago Agenda Nº 117 | marzo 2008 | Hacia una estética del intervalo 
» Imago Agenda Nº 107 | marzo 2007 | El analista en el Hospital:  entre la estética del sacrificio y una (posible) ética.

 

 
» La Tercera
Seminarios y actividades 2019  Sábados, 10:30 - 14:00 hs. salvo donde se indica
 
» Lacantera Freudiana
Ciclo de encuentros y desencuentros en torno a:  MIEDO AL INCONSCIENTE
 
» Lacantera Freudiana
Una genealogía del sujeto del deseo - Jorge Reitter  Inicio viernes 3 de Mayo de 2019
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
La Formación del analista  El analista y su práctica - actividad no arancelada
 
» Centro Dos
Conferencias de los martes  martes 20:30 - entrada libre y gratuita
 
» Lacantera Freudiana
Cursos 2019  En CABA y Zona Oeste
 
» Centro Dos
Seminarios Clínicos  Primer cuatrimestre
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  Primer cuatrimestre
 
» Centro Dos
Seminario 8 de Jacques Lacan  Primer cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com