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   El silencio en psicoanálisis

¿Qué significa hacer semblante de a? “Sileo no es taceo”
  Por Silvia Amigo
   
 
Sucedió la primera vez hace ya bastantes años. Durante la primera consulta un hombre en crisis, culto, refinado y cargando con un grave dolor psíquico, me pregunta: ¿es usted lacaniana? El lector habrá ya deducido que este señor no era analista. Nada sabía de mí, salvo lo que le habían asegurado sobre mi idoneidad profesional algunos de sus amigos. Interrogué el porqué de su pregunta preocupada. Se encontraba en medio de una crisis de proporciones: no podía trabajar, no dormía, temores hipocondríacos (cuasi certezas de padecer enfermedades incurables) lo atenazaban y el pánico a la ruina económica lo corroía. En efecto: estaba agotando el límite de faltas por enfermedad... y la paciencia de la empresa para la que trabajaba en un alto puesto. El analista al que había consultado, enviado por estos mismos amigos que conocían el medio “psi”, un lacaniano, según le habían dicho, escuchaba impasible su relato, se callaba, gruñía de tanto en tanto y, cuando intervenía lo hacía de un modo muy peculiar: enigmas, retruécanos, calembours. A veces emitía intervenciones indicativas del tipo: “Basta, vuelva a trabajar”. A la sesión siguiente, avergonzado y aún más angustiado concurría el doliente a sesión... No había podido cumplir con el diktat. En medio de esa descripción es que tuvo ocasión nuestro sujeto de mostrar el sentido del humor que, cual leve cuerda de sostén, lo mantenía a flote. Afirmó: “Las pocas veces que hablaba, parecía que de los cielos había súbitamente descendido el Logos”. El lector habrá ya adivinado las inclinaciones filosóficas de las lecturas del sufrido humorista. No pude menos que sonreír al escuchar cómo describía con fina ironía una situación que, durante los pocos meses que duró la consulta, lo había sumido en una angustia que crecía exponencialmente, angustia que había soportado sin auxilio de alguna pregunta por el momento de emergencia de estallido de dolor, que había prescindido de todo intento de historización, de invención de un lazo causal, ni qué hablar del auxilio de una medicación que abriera el espacio para que pudiera descansar, dormir, quizá trabajar y que dejara abierta la posibilidad al trabajo analítico. Angustia que, una vez acentuada en esas sesiones, motivaba el “corte” de la consulta. Un silencio pesado y alguna de estas oraculares intervenciones habían convencido a este señor de que así éramos los lacanianos.
Comencé diciendo que aquella fue la primera vez. Mi sorpresa fue grande cuando esta pregunta (¿no será usted lacaniana, verdad?) comenzó a hacerse frecuente en cuanto quien consultase no perteneciese a nuestro campo.

Algo debía de suceder, alguna mala interpretación por parte de los analistas de la mención de Lacan a la posición del analista como la del muerto en el juego de bridge debía estar haciendo que una práctica que, así lo creemos, nada tiene que ver con la enseñanza del maestro francés estuviera realmente sucediendo en al menos varios consultorios. Comencé a colegir que se trataba de una fama que seguramente había sido ganada debido a una mezcla de una mala intelección de algunos tramos de la su enseñanza... sumado esto a ciertos testimonios de la práctica de Lacan durante los últimos años de su vida1. Respecto de esto último sólo nos cabe afirmar que no se trata de imitar esa práctica, ni ninguna otra, sino de hacernos lectores de su letra y oficiantes de nuestra profesión imposible según una ética que no sabría autorizarse en la mimesis.

Volvamos pues al filo de su letra. En principio Lacan afirmó que la garantía de la transferencia la constituye la suposición hecha por el analizante al analista de saber éste qué le sucede, por qué le pasa lo que le pasa y que tiene con qué resolverlo. A esta posición inicial, a la que el analista, quien por supuesto del consultante nada sabe, la llamó Sujeto supuesto Saber. Esta posición, tromperie inaugural sin la cual no hay inicio posible de análisis y a la que el analista no puede éticamente ni rehusarse ni asumir con impostura, debe ser interceptada por el deseo del analista. Pues esa suposición no es ni más ni menos la que el neurótico asigna a cualquier Otro del amor, sea éste el partenaire amoroso, el mejor amigo, el maestro. La suposición de que a quién le asignamos el lugar de ser nuestro Otro posee un saber sobre nosotros y un poder de curar nuestro dolor de existir es una transferencia espontánea en el neurótico (tomado este término no en su sentido estructural sino en su sentido clínico, o si se quiere “patológico”). Solo interceptada por el deseo del analista esta transferencia podrá no devenir “salvaje” y podrá servir para que el analista vire de posición para devenir el sostén del análisis, que radica en hacerse semblante de a.

Pero... ¿qué significa hacerse semblante de a? En su seminario 17, L´envers de la psychanalyse, el lector de Freud llama agente a la posición dominante de cada uno de los discursos en que establece los tipos de lazo social. Agente proviene del verbo latino agere (cuyo supino es actum). Es decir, si nos atenemos a su etimología, agente es quien puede llevar a cabo el acto del que se trate en cada discurso. En el analítico, el acto analítico. Este pasa tanto por la interpretación clásica de desciframiento literal, jeroglífico del inconsciente, que de ninguna manera está “superada” (para el caso en que aparezcan las formaciones en que vuelve de lo reprimido) como las construcciones, intervenciones constructivas en lo real, reacomodamiento de las relaciones del sujeto con los real2 que hacen, todas ellas al acto analítico y que no se excluyen las unas a las otras. Esto ya había quedado claro en los seminarios La logique du fantasme y L´acte psychanalytique en los que, acudiendo a la segunda tópica de Freud, diferencia ello de inconsciente, proponiendo otras intervenciones que la interpretación clásica para aquello que del ello aun no haya pasado por el cristal significante del primero. Lejos está el maestro de prescribir una mudez ni una posición de oráculo “que baje de los cielos” (para citar al analizante del que hablábamos al comienzo) para el analista. Más bien lo que propone es el intento de localizar en el decir del analizante en transferencia en qué zona se halla para que surja una modalidad u otra de acto analítico.

Ahora bien, en el seminario que sigue, el 18, D’un discours qui ne serait pas du semblant, Lacan va a llamar al agente, también y de forma no excluyente, semblante. ¿Contradicción? ¿Cambio de paradigma? No lo creemos así. Por el contrario. Por ejemplo y principalmente, cuando se centre en el discurso del analista el agente (el que lleva a cabo el acto) de ese discurso ha de ser un semblante de objeto separador.
Y en el curso del seminario dice (negro sobre blanco) que el semblante es el significante. Entonces, si tal es el semblante... ¿qué puede significar “hacer semblante” de objeto a separador? Desde luego no la mudez, ni el oráculo, ni la intervención psicodramática, sino, esto sí, cualquier forma de hacer aparecer un significante (con palabras, con gestos que hablan, con intervenciones que porten un decir) que vele al objeto de goce que se le hace opaco y enreda en alguna fijación ruinosa al analizante. El significante es un punto, por así graficarlo, desde donde pueden hacerse caer dos vertientes, como las bajadas de dos toboganes. Uno va hacia el sentido, puesto que cualquier concatenación gramaticalmente bien ordenada3 de significantes genera siempre sentido. La otra vertiente, cuando ese semblante se ha encontrado y puede ser atravesado, produce, tal como la bella metáfora de Lacan lo afirma, una cascada de letras. Letras que ciernen el goce que retiene al analizante hasta que la caída de la letra afloje la fijación en la que encallaba el sujeto para que, del goce, éste encuentre una mejor forma de hacer uso. La función del analista como soporte (ya no garante, SsS) de su función, semblante de a, es la de hallar ese significante y atravesarlo para lograr hacer caer la cascada (ruissellement) de letras con las que pueda más tarde el analizante arreglárselas de un modo que le venga mejor.

Nada está más lejos de la mudez que este encuentro del semblante apropiado, que exige pasar de la pregunta bien formulada sobre el punto del discurso que deja oír aquello de la estofa doliente de la neurosis, la contradicción lógica o la afirmación sin fundamento, basada en la creencia infantil en cualquier Otro a quien no se podría cuestionar sin ayuda analítica. Nada más extraño a la ética del analista que el dejar que la angustia, en lugar de ser “una hoja de ruta” del análisis, o si se quiere un nombre del padre inunde al sujeto impidiéndole pensar el saber que lo trabaja desde el ello o lo determina desde el inconsciente. Ciertamente nada más opuesto a la dirección de la cura que imponer una indicación a la que los recursos del paciente no dan, aún, acceso alguno.

Esta revista, en diciembre de 2006, dedicó un número al tema “Límites éticos de la abstinencia”. Las ideas que allí presenté puedo suscribirlas hoy día. Ninguna duda me cabe que, en el caso del que hablaba al inicio, el analista obraba de buena fe... pero siguiendo las enseñanzas de moda que se le habían impartido y no dejándose llevar, desde la abstinencia (abstención también de actuar por cualquier ideal propio al analista, fuera éste un ideal teórico) que Freud imponía al analista para hacerse tal hasta encontrar la intervención apropiada, que no se encuentra en manual alguno ni pasa por la imitación de lo que se cuenta que sucedía en 5 rue de Lille.

El silencio del analista no equivale a su mudez, afirmábamos en aquel número de la revista. Lo sostenemos hoy. Sileo, del latín silere, implica ese tejido esencial de lo que no puede decirse, pues la Ausstosung de goce fundante del lugar donde pueden aparecer, escandidos, los significantes, hace a lo simbólico incompleto. Así también en música (en ello insiste por buenas razones el maestro Baremboim) los silencios son esenciales para que la música cobre vida. Ese silencio es el sostén de la palabra. Así lo indica el verbo latino, en que silere equivale también a prestar atención. Para prestar atención, para atender pacientes, lo que hay que callar es la subjetividad del analista, ya se trate de sus apetitos respecto del paciente (de su cuerpo, su dinero, su prestigio) ya se trate de sus ideales de cómo hay que vivir. Y por supuesto de los ideales teóricos a los que cada analista adscribe.

Tacere en cambio es callarse en el sentido lato de la mudez, del acallar lo que sí podría ser dicho.4
El silencio del analista corresponde al silere que permite emerger el semblante de objeto separador. Y si de un tacere se trata es sólo de los intereses de su persona, que no debieran entrar en juego en tanto y en cuanto está dirigiendo la cura.
El psicoanálisis enfrenta hoy una doble presión que amenaza con hacerlo lisa y llanamente desaparecer como praxis de cura de una eficacia sin par, que ha introducido una novedad absoluta en el tratamiento del síntoma como verdad del goce del sujeto y no materia a hacer desaparecer. Que labora dando la palabra a quien sufre. Que apuesta a algún otro tipo de lazo social que no sea el de la masa, exterminadora de las singularidades.

Por un lado lo acosa el discurso totalizante de las ciencias (no la ciencia, siempre bienvenida) y sus terapias cognitivo conductuales, retorno insólito del Pavlov soviético en bizarro enlace con los laboratorios anglosajones.
Pero por el otro, cierta manera de ejercer la práctica analítica, autorizándose en la mimesis de lo que se cuenta sucedía hacia el final en el consultorio del maestro francés o en recortes de fragmentos de sus últimos seminarios amenaza desde nuestro propio campo. La obra de Lacan es vasta y resulta una suerte de hojaldre donde capa por capa Lacan retoma una y otra vez conceptos vertidos en los primeros escritos y seminarios. No se trata de una contienda donde el último Lacan vence por know out al primero.
Advirtamos cuánto este modo de proceder puede poner en duda la seriedad y eficacia de una práctica indudablemente performante, esa que se inició con la apuesta de “reabrir el surco tajante de la enseñanza de Freud”.
___________________
1. Véase, por ejemplo, El día que Lacan me adoptó de Gérard Haddad. Letra Viva, Buenos Aires.
2. Así las llama Lacan en La direction de la cure... Ecrits, Paris, 1966.
3. Problèmes cruciaux pour la psychanalyse. Véase como Lacan refuta a Chomsky cuando este pretende considerar meaningless una frase aparentemente absurda pero bien construida. Inédito.
4. Ibid nota N°3 Clase del 17 de marzo de 1965.
 
 
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