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   Colaboración

Modos de abstinencia*
  de Daniel Rubinsztejn (Letra Viva Editorial, 2006)
   
  Por Luis  Vera
   
 
Estamos habituados a frecuentar literatura sobre el acto, que, sabemos, tiene su alcance propio para nosotros cuando se lo especifica: acto psicoanalítico. Hemos leído también del alcance del término “acción” en la mirada de una lógica que hace del discurso del analista precisamente eso: una lógica de la acción. Y, por fuera, asistimos todo el tiempo en el campo llamado psi a propuestas que promueven acciones de todo tipo como recursos terapéuticos con los que no cabe, aquí y ahora, polemizar. Pero no es igualmente frecuente la consideración necesaria de la abstinencia. Es lo que este libro propone. Curiosa expresión ésta, “práctica de la abstinencia”, que tiene sin embargo, su agudeza. La abstinencia no es una pasividad, no es simplemente un no-hacer; es una praktiké, -diría el griego-, una práctica activa, eficaz, que es a su vez un mantener alejado, apartado. En la enumeración de los modos de este “abstenerse de…” me parece leer la necesaria señal de alerta respecto del riesgo que conllevaría una posición que cristalizara, consolidara, un saber en el analista: “un analista pensante que sabe y que construye el fantasma al término del análisis”…“El analista… no podría decir qué ha curado. No lo sabe en tanto el saber es supuesto (transferencia), y porque cuando finaliza el análisis desconoce los efectos del tratamiento que ha dirigido…”.1

Y ya en el epílogo, coherente con el planteo general que ustedes detectarán cuando lean el libro, éste nos habla de una política de la abstinencia insistiendo en el “fuera de juego” que se requiere del analista cuando se lo pretende a la altura de su práctica. Esta exclusión de sí, exclusión de una demanda que traicionaría su función, no invalida, por otra parte, la inclusión que la transferencia implica.
El libro me habló del Yo. Me dijo que cuando el Yo se constituye, en el momento de la captación instantánea, constituye a sus objetos, su mundo, sus relaciones. Es el investimiento narcisista que funda el mundo del Yo con sus objetos. Unifica imaginariamente al sujeto en un Yo y lo sitúa en un mundo creado a su medida, según el modelo aportado por la Imago. Y más adelante cuando decimos Yo, estamos tan identificados con lo que decimos, que no podemos pensar que el Yo es otro, por eso la estructura del Yo es de desconocimiento, porque no reconoce este nacimiento alienado.2

El libro me dijo además que “el inconsciente obliga al ensayo”. Que el modo de su consideración, la del inconsciente, excluye la exactitud como condición necesaria. Tal exactitud sería consecuencia lógica de suponer un ajuste logrado y armónico entre el objeto y su representación. Pero la intervención del deseo desarticula esta correspondencia y relanza al sujeto al encuentro de “alguna verdad más allá de la representación y de la presencia del objeto”. Estas consideraciones son apropiadas al dispositivo analítico.

“Sin lector que lea las trazas diciendo su lectura, falla el fallido… falla el ensayo”.3 Entonces, cito, “Es en el instante en que el lector habrá dicho su lectura cuando el texto adviene a una conclusión, conclusión que no reduce ni completa el texto, sino que invita a nuevos textos. Eso habla”. Es por ello, también, que los libros son… para ser leídos. Y es por ello también que la abstinencia, bien que se nos advierta que no es un acto volitivo, debería ser siempre recurso advertido ante las emboscadas fascinantes de ese Yo-todismo del que hablábamos hace un instante.
El texto, aquí y allá, me habló del saber y la verdad. En la página 146, por ejemplo, invita a un recorrido que nombra, con resonancia musical, “Variaciones de la verdad”. ¿Cómo? ¿Qué dice? Escuchemos: “Heidegger sostiene que desde el inicio del pensamiento occidental el ente pasa por ser lo verdadero y la verdad. Cuestiona la teoría de la correspondencia… y se pregunta…” Más adelante: “Nietzsche admite que ‘hay que asegurar’ un sentido, un valor, para no caer en Las verdades no son últimas, son provisorias. La verdad cartesiana es la certeza’.”

Sí, claro, habrá más provecho, seguramente, en una lectura personal que se prefiera no devota de fidelidades de parroquia. Una lectura reflexiva y completa. Que anteponga un arriesgarse en la trinchera a un ordenarse desde el púlpito. Es el sendero que señala el texto en unos párrafos nombrados “Notas para una discusión” en los que, discrepando con otros autores, explicita su posición, más precisamente su o-posición, respecto del planteo clínico: ¿hay una clínica freudiana y una clínica lacaniana?

Vayamos a la página 77: ¿cuál es la relación, en el Edipo, entre prohibición e imposibilidad? ¿Se ordenan acaso en una sucesión? O, más bien, “¿la prohibición es un modo de velar la imposibilidad del goce?” Lo que más estimuló mi reflexión en esta referencia es la viñeta clínica del final del capítulo: una niña enurética en la cual el síntoma desaparece luego de una intervención ocurrida exclusivamente sobre sus padres, no sobre la niña que no fue escuchada nunca por el analista. ¿Cuál es el modo de presencia-ausencia, (del analista, de la enurética), operante en este recorte? Ustedes tendrán opinión propia cuando... lean el libro.
El libro me dijo también algo propicio a la polémica, aun a la disidencia. ¿Por qué no haberla en este texto tan abierto a la interrogación sobre nuestra práctica y que nos dice en alguna parte que “no hay ‘la verdad’ sólo efectos de verdad que son plurales y fugaces”?4 ¿No creen ustedes que hace a las bondades de un texto habilitar la discrepancia?

Como todo buen texto no finaliza en asertos conclusivos de la última página. Para terminar, quiero agregar unas palabras que son de reconocimiento al autor: …se nos dice “a las obras no totalizantes les convienen lecturas no totalizantes…” y también se nos dice, en una cita del filósofo del siglo XX5: “El límite de un pensar nunca es la carencia dejada, sino lo que requiere nuevas decisiones. Lo no pensado es el Don más sublime que un pensar tiene para ofrecer”. Digamos que lo que este libro tiene para ofrecer es un pensar, o digamos mejor, el placer de un pensar, que es uno de los más sublimes placeres.

LUIS VERA

* Extracto de lo dicho en la presentación pública del libro.
1. Pág. 21.
2. Pág. 100s.
3. 147
4. Pág. 145.
5. Heidegger.
 
 
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