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   El sujeto en la red

El sujeto en sus redes: el triunfo en una causa perdida
  Por John James Gómez G
   
 
“La lucha por la vida exige del individuo muy altos rendimientos, que puede satisfacer únicamente si apela a todas sus fuerzas espirituales; al mismo tiempo, en todos los círculos han crecido los reclamos de goce en la vida, un lujo inaudito se ha difundido por estratos de la población que antes lo desconocían por completo; la irreligiosidad, el descontento y las apetencias han aumentado en vastos círculos populares; merced al intercambio, que ha alcanzado proporciones inconmensurables, merced a las redes telegráficas y telefónicas que envuelven al mundo entero…” (Sigmund Freud, 1908)1.

Creemos en los grandes cambios de la humanidad como un modo de evolución y, con ello, en el horizonte de una felicidad que llegará algún día a colmar ese agujero irremediable que llamamos alma. Y si establezco este lazo entre alma y agujero es, precisamente, porque, al menos en nuestra lengua española, “agujero de un cilindro” es una de las acepciones atribuidas a dicha a palabra. Esta definición resulta, a mi juicio, psicoanalíticamente más precisa que aquellas derivadas del cristianismo y que la vinculan con la noción de espíritu. Si algo demostró Freud fue que la mayor dificultad a la que se enfrenta ese ser que habla y usa letras (parlêttre), es la de tener que arreglárselas con el resto de esos órganos perdidos de los que sólo quedan agujeros pulsionales sin posibilidad de representación. (Propongo escribir la palabra parlêttre de este modo, con doble tt y no con una sola como se presenta usualmente, para enfatizar que allí, en la homofonía que se produce en el idioma francés, se escucha resonar la palabra “letra”, que significa también “carta”).

Así pues, esa creencia en los grandes cambios evolutivos no tiene nada que ver con la naturaleza. El animal más evolucionado, en términos propiamente dichos, tal vez sea el simio y no el poco modesto y autodenominado “Homo Sapiens”. Este último ya no se adapta a ningún ecosistema ni hábitat. Gracias al lenguaje por el que es habitado, el parlêttre intenta cambiar todo aquello que da cuenta de un orden natural sirviéndose de la función de la palabra y de la escritura, para intentar silenciar todo aquello que de acuerdo con un nuevo orden imaginario (fantasía), resultaría perturbador. Más aún, busca hacer equivaler ese nuevo orden imaginario al orden natural, desconociendo así que todo ese movimiento por el cual se ve empujado en su supuesta “evolución” es efecto de unas redes de las cuales es preso sin saberlo, a saber, las redes del significante. Así, intenta leer el mundo sirviéndose de la fantasía y, hasta cierto punto, fracasa en su intención al desconocer la causalidad material del significante.

Prestemos atención a historiadores como Noah Harari quien califica a la revolución agrícola como el mayor fraude de la historia. Según nos dice el autor: “El agricultor medio trabajaba más duro que el cazador-recolector medio, y a cambio obtenía una dieta peor. La revolución agrícola fue el mayor fraude de la historia”2. Los cazadores-recolectores, siendo nómadas, corrían menos peligros y dedicaban menos tiempo al trabajo, contando así con mayor tiempo para otras actividades y disfrutando de una dieta más variada y nutritiva. Luego, en la medida en que el lazo por vía del lenguaje se hacía más fuerte y las nociones de espacio y tiempo empezaron a operar como modos de reconocer un territorio y un lugar en dicho territorio, ya no referenciado por marcas dejadas con fluidos corporales, sino estructurado como un lenguaje, llegaron a imaginar un futuro retorno a un origen perdido, ubicado en una tierra prometida en la que gozarían de una felicidad desconocida pero añorada. Así, domesticaron animales, domesticaron el trigo, se hicieron sedentarios, presos del lenguaje por el cual ya no hay más primacía del principio del placer.

No es algo ajeno a nuestra experiencia, ni a los malestares propios de la cultura, que el ímpetu de esa esperanza por retornar a la tierra prometida sigue manifestándose en el triunfo de un eterno fracaso. Podemos hallar al menos dos “fraudes” más, a saber, la Revolución Industrial y, en nuestra actualidad, la revolución que han provocado las denominadas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC’s). Vale la pena señalar, llegados a este punto, que la palabra “revolución” guarda en su etimología un rasgo de ironía –tal vez olvidado por los más idealistas–, pues ella indica el retorno al punto de partida y que, según Jacques-Alain Miller3, era algo en lo que Lacan no dejaba de insistir y la razón por la cual no creía en ninguna “Revolución”.

Ahora bien, no crea el lector que trato de llevarlo hacia el pesimismo. Que el uso que hago aquí de la palabra fracaso no lo desaliente. Lo que esos momentos de revolución, motivo de tanto orgullo para nuestra ilusión de evolución en el camino hacia la tierra prometida, expresan, es el retorno al punto de inicio, digamos, de origen, de causa. El fracaso indica, simplemente, el triunfo de algo que está más allá del imperio del principio del placer y que hace que el parlêttre tenga que arreglárselas con el encuentro permanente e inevitable con dos modos de acontecimientos que, siguiendo a Lacan, llamaremos, a uno sujeto y al otro lo real.

Allí, donde se trata del acontecimiento, está en juego la efectividad del lenguaje por el hecho de que, muy a pesar de los intentos que se lleven adelante para sostener los semblantes de unidad en el ilusorio orden imaginario, la causa del inconsciente es, de acuerdo con Lacan, una causa perdida: “...la causa del inconsciente –y adviertan que en este caso la palabra causa debe ser entendida en su ambigüedad, causa por defender, pero también función de la causa a nivel del inconsciente–, esta causa ha de ser concebida intrínsecamente como una causa perdida. Es la única posibilidad que tenemos de ganarla.”4

Perder de vista esta causa perdida implica desconocer, a su vez, la falta estructurante que hace surgir el acontecimiento (symbamα, para el estoicismo antiguo) y, por tanto, el yo se esforzará en silenciarlo. Es lo que señalaba Freud desde muy temprano en sus elaboraciones; hay un esfuerzo de desalojo por parte del yo que no soporta Eso Otro perturbador derivado del hecho de que en el origen hay una falta, un alma, un agujero. Y bien, es en torno a ese agujero que se tejen todas las redes y ellas son, siempre, redes significantes. Bien podemos pensar en una red de telaraña. En ella hay una articulación que se sostiene en cuanto red sólo porque hay agujero. Esas redes se hacen cada vez más extensas, operando como enlaces que se sostienen solo en la medida en que producen nuevas articulaciones alrededor de un agujero.

Así pues, el sujeto del inconsciente se encuentra en estrecha relación con lo que en el estoicismo antiguo era nombrado con la expresión symbama (σψμβαμα), que bien puede traducirse como sujeto del acontecimiento. Ella indica que no puede fijarse el predicado como identidad para el sujeto, pues éste último escapa a la identidad de un ser que se definiría por el predicado. El único ser posible para ese sujeto es el de-ser dicho en alguna parte, como lo recuerda Lacan en “Radiofonía” y, en tal sentido, es evanescente. Por otra parte, si ese sujeto se manifiesta lo hará sólo a través de las redes significantes y, como ya mencionamos, esto es posible debido a la pérdida que resta de esos órganos que devinieron agujeros pulsionales. En ese orden de ideas, toda aspiración por hacer una totalidad, sin falta, está destinada al fracaso.

De igual manera, lo real también es un modo de acontecimiento. Irrumpe sorpresivamente y se empecina en retornar siempre al mismo lugar. En este caso no se trata de lo que puede ser dicho, como lo que concierne al sujeto, sino de aquello que no puede decirse ni tampoco escribirse y, sin embargo, no cesa de insistir. Insiste en marcar lo que fracasa en el orden imaginario y en producir el circuito que brinda impulso al orden simbólico. Eso real es un agujero introducido a partir de la causa perdida efecto del lenguaje. Es un agujero inconmensurable e inagotable.

Es así que, por resultar insoportable, el yo en sus relaciones con el mundo, intenta silenciar el acontecimiento haciendo cada vez más énfasis en la posibilidad de recubrirlo y controlarlo todo. La medicalización, la producción, el mercado y la circulación de la información por esa vía que se ha denominado Internet (inter-red) no tienen otra finalidad que esa. Obviamente no se trata de negar su utilidad que bien puede ponerse al servicio de una pregunta por el saber; pero, como podemos constatar con frecuencia, su uso más común se restringe a la fascinación (fascinus) por la imagen en sí misma. En ello se expresa una condición paradójica puesto que el acontecimiento siempre retorna ya que cuanto más se produzcan imágenes, más redes se tejerán como soporte y, por tal razón, más lugar habrá para el agujero. Por tanto, todo aquello que consideramos nuestras grandes revoluciones lo son, por cierto, al pie de la letra, etimológicamente hablando.
Vemos así que la actualidad ciberespacial puede ser, en tal sentido, una revolución y, como tal, el triunfo de una causa perdida que se manifiesta fenomenológicamente como la promesa de una tierra prometida o el porvenir de una ilusión, si queremos parafrasear el título del texto freudiano5. Un nuevo orden imaginario que fracasa en su intento de cerrar el agujero para silenciar el acontecimiento y que se ve enfrentado al retorno ineludible de un alma que no se llena y de un sujeto que no se c-(h)alla.

Es importante recordar, entonces, que el psicoanálisis no intenta silenciar ni controlar el acontecimiento sino articular la lógica que lo sostiene. Reconocer esa causa perdida y sus efectos, más allá de los semblantes y las ilusiones que intentan inhibir su retorno, como bien indica Lacan, es la única posibilidad que tenemos de ganarla. Se trata del triunfo por vía de una causa perdida.

Referencias:
1.    Freud, S. (1908). “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”. En: Obras Completas, vol. IX. Editorial Amorrortu, Buenos Aires. 1986, pág. 165.
2.    Harari, N. (2014). De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Editorial Debate. Bogotá, pág. 98.
3.    Miller, J. (2011). Vida de Lacan. Grama Ediciones, Buenos Aires, pág. 41.
4.    Lacan, J. (1964). “Los cuatro conceptos fundamentales”. En: El seminario, libro 11. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1987, pág. 134.
5.    Freud, Sigmund. (1927). “El porvenir de una ilusión”. En Obras Completas. Vol. XXI. Amorrortu Editores, Buenos Aires. 1986.
 
 
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