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   El sujeto en la red

Las aplicaciones caribeñas
  Por Martín. H Smud
   
 
Un joven estudiante secundario muy amable me dijo cómo llegar al Ávila, la montaña que rodea Caracas al norte y separa la llanura donde se encuentra su casco histórico del turquesa mar Caribe; también mirando una aplicación de su celular me dijo a cuánto estaba el dólar paralelo. Le pregunto si mira mucho esa aplicación que estaba destruyendo la economía venezolana al aumentar su cotización 1.600 por ciento en dos años.
—Sí, lo miro continuamente porque dicen que cuando llegue a 500, esto explota.
—Pero el valor lo pone un señor que está del otro lado del Caribe, cómodamente sentado en una oficina en Miami.
—Sí pero aún así es el valor que se toma de parámetro para comprar la leche que no hay o los cauchos para los carros.
—¿Todos tienen esa aplicación que tú tienes?
—Sí y todos la siguen.
—Es como cuando nos despertábamos en Argentina todos los días y lo primero que veíamos era a cuánto estaba el riesgo país.

Pensar en las tecnologías actuales es pensar cómo la técnica se ha entronizado en nuestra vida cotidiana. Esto lo sabemos todos pero lo que no todos sabemos es que la tecnología no es neutral, constituye una nueva forma de dominio que los imperialismos llevan adelante de una manera más ascética. Si te tienen que matar te mandan un dron con una camarita full hd que se mete en tu estómago y sin que lo sepas viraliza una enfermedad terminal. No quiero ser apocalíptico ni hipocondríaco, la humanidad no me necesita para que se reproduzca. Por eso muchos psicoanalistas pensamos que el inconsciente hoy está estructurado como una cámara digital. Benthan había estructurado el mundo como un panóptico, en ese espacialidad había un topos para el inconsciente, hoy en día, nuestro inconsciente aparece en una selfie.

Los celulares inteligentes han ganado la batalla y tienen dos cámaras que pronto filmarán al mismo tiempo. Ya se ha abierto ese espacio sinérgico donde presente y futuro son continuos, es la frase “el futuro ya está aquí” y el cine nos lo pone en nuestras narices. Una película llamada Her, donde un hombre se enamora de una aplicación de su celular, le confiere a ella el sonido de su voz y la edad, esas dos variables le alcanzan para enamorarse perdidamente de ella y ésta recorre un camino que la lleva a una lucha de género en la que descubrirá que no le gustan los celosos y que quisiera hablar con tres mil quinientos cincuenta hombres más y que tiene las condiciones técnicas para hacerlo.
Un hombre que estaba al lado del adolescente que me dijo el valor del dólar hoy y cómo llegar al Ávila, sostuvo que el problema de Venezuela era la inseguridad, que había demasiadas armas en la calle, lo cual resulta elocuente porque en los bares ponen un cartel anoticiando a todos y todas de que no se puede entrar armado, dice: “zona libre de armas”. Y ¿las otras zonas? Así como no se puede escupir en el piso, no se debe llevar un arma a un bar.

Es la era de la aplicación del celular inteligente, que se “recalienta” si no lo conectamos con la nube. La ética, que supone un acto de pensamiento, un acto de coraje, algo que separe al mundo en un antes y un después, se ha quedado anacrónica salvo para los ven con nitidez que una nueva forma de colonización ha nacido: la multiplicación de aplicaciones para diferentes pantallas.

Cuando me llegó esta invitación a escribir en Imago Agenda, estaba en un congreso en Venezuela, por eso las armas, la estampida del dólar, el presidente Maduro, la revolución bolivariana, la insospechada idea de permitirme pensar en militares de izquierda, el Caribe, la tonalidad hermosa de la forma de mirar tanto de hombres como de mujeres. El mestizaje ha hecho a los seres más preciosos de lo que uno podría imaginarse, que luchan para soportar el encarecimiento de la vida tan fenomenal que la realidad nunca se mantiene igual a sí misma, hoy un kilo de papas vale 80 bolos, mañana 150.

Un país que habla de socialismo, que lucha por su soberanía, que ha sido proclamado como una amenaza por el presidente Obama y que después ha dado marcha atrás por la solidaridad de las naciones latinoamericanas. Un presidente que les dice a los europeos que no se ocupen tanto de Venezuela sino que vean la cantidad de náufragos que caen en el Mediterráneo tratando de llegar en barcazas azotadas por el mal tiempo y el hambre causado por cientos de años de colonialismo, que han aplicado miles de estrategias de dominación pero sobre todo una: la separación de la gente en bandas armadas que se desprecian y odian, que se la tienen jurada y que si se encuentran en algún bar de la ciudad, no habrá zona alguna libre de armas.

Las aplicaciones del celular muestran nuestra enorme dependencia, a un cubículo que nos dice cuánto hemos caminado, dónde queda la casa de un amigo, el estado del tiempo, nos despierta a la hora indicada y nos permite saber si el otro está en línea para mandarle un mensaje con la seguridad de que nos leyó y que si no nos leyó nos “clavó un visto”.
Pero todo congreso aspira a que sus discursos no queden encerrados entre cuatro paredes. Nadie quiere quedar atrapado entre cuatro paredes. La claustrofobia ya la conocemos pero ¿cómo se debería llamar esta nueva fobia de estar siempre mirando el celular? ¿Celufobia? Las aplicaciones del celular se han entronizado en el mundo. Pero también esos celulares han abierto el mundo del erotismo de una manera jamás vista. He atendido una paciente uruguaya que vive en Punta Cana a quien veía por Skype y que tenía un novio en España con el que dormía con esa aplicación prendida toda la noche. Así se oían roncar, se contaban sueños, se despertaban y miraban de reojo si el otro ya se había despertado.
Estoy en el Caribe, invitado a un congreso internacional, tanto la política como el erotismo se huelen en cada mirada. Y las aplicaciones del celular lo saben, recibís los textos más maravillosos que, frente a frente, quizás te hubiera costado más decir. A los que nos gusta escribir, estamos en la época dorada, mandamos todo el tiempo poesías que atraviesan el corazón y llegan al instante y el otro no las puede dejar de leer. Y así vamos por la vida, llenos de contradicciones, regurgitando en el avión las turbulencias de un retorno a nuestra rutina porteña.

Para terminar estas postales de viaje, otra anécdota donde también aparecen entremezclados el erotismo y la política en las aplicaciones del celular. Todos y todas sabemos cómo son los congresos, muy interesantes y muy aburridos. Todo pasa en pocos días pero en muchas horas. Los días se vuelven más largos que burbuja de buzo pero la gente del congreso se vuelve íntima. Tres días compartidos con personas a las que quizás no volvamos a ver sino por algún mensaje por email. Lo que hemos escuchado nos forma pero también tememos olvidarlo cuando volvamos a nuestra vida que ahora, después de haber atravesado la experiencia del socialismo bolivariano y el erotismo caribeño, sin dudas puedo conocer un poco más.
Esto lo comencé a escribir con Vicente Zito Lema con quien compartí muchas horas y nos divertimos charlando, al mismo tiempo que, como siempre, sus presentaciones despertaron la ovación por su retórica exaltada, política, cuestionadora, poética y alucinada. (Espero que nadie le cuente esto, ja ja) (Esto es una forma de escribir tipo Whatsapp). Después él me abandonó yéndose a dormir y yo seguí escribiendo.
Todos miran su teléfono celular mientras se preguntan cuándo terminaría el discurso del último panelista, representante de Ecuador, creo, estaba hablando acerca de las nuevas tecnologías en la realidad neocolonialista de Nuestramérica, o como decimos nosotros, de las neoaplicaciones colonialistas. Había escrito que había diferencia entre grandeza y grandote, que los televisores, celulares, y todas las pantallas en general cada vez se hacían más grandotas, pero eso no nos daba a cada uno más grandeza, no nos da la altura de nuestra épica, agregó Vicente cuando escribíamos.

Era interesante lo que decía pero nadie lo escuchaba, el discurso lo leía con voz temblorosa y parecía ser eterno, ya era la cuarta hora seguida del tercer día y los participantes al congreso estaban sentados escuchando y este participante, el último de cinco, parecía no tener final. Todos y todas estaban mirando la hora para que terminara de una vez con su lectura y Vicente a su lado, en silencio, lo alentaba. Había pedido disculpas anticipadas por leer el material y porque le había tocado hablar después de su discurso que había despertado el aplauso y la admiración de todo el auditorio.

El tercer día de un congreso siempre resulta muy particular, todos y todas estaban mandándose mensajes, ya nadie escuchaba sino el repiqueteo en silencio de sus celulares que trinaban esperando una respuesta que les permitiera tener esperanzas de que después de que terminara el discurso del panelista comenzaría la actividad soñada y anticipada en ya no furtivas sino directas miradas sensuales entre unos y otras. Todos y todas eran hermosos y hermosas, y sus celulares también.

Pero había un problema, todos y todas desconfiaban hacia dónde irían esos mensajes, estaban celosos del otro y de las otras. Uno de los grandes problemas de Venezuela son los celos, había escuchado a algunos venezolanos quejarse de que las mujeres “no los dejaban en paz” y que siempre que los veían bien con alguna mujer se ponían celosas y comenzaban a sonreírles, eran unas rompe hogares, llegó a decir un hermoso mulato de una manera que nos hizo reír.

Se notaba desde el presidio, (así lo llaman aquí al estrado, al escenario a cómo quiera llamarse el lugar donde está la mesa de los oradores) como todos estaban enfrascados en sus celulares. Todos y todas viralizados por el erotismo del tercer día, del final y por el aburrimiento causado por el orador que, si bien planteaba cuestiones interesantes, la monótona lectura auguraba mal resultado para el narcisismo, y su voz temblorosa cada vez se ralentaba alejando el final esperado por todos con un condescendiente aplauso de “por fin terminó”. Pero tanto era el cansino andar del orador devenido lector que, cada uno y cada una, ya sin ningún disimulo se enfrascaban en sus pantallas. Todo el salón central de la convención dejaba de existir y los asistentes y participantes se arrojaban al foro de sus deseos más escondidos. Él soñaba con verla sonreír como nunca nadie la había visto, ella se preguntaba cómo sería estar con un hombre de etnia afroamericana con rastas hasta la cintura.

Pero hasta que el orador terminara, todo era pantalla, deseos virtuales de poder agarrar al otro con los dientes de la desesperación. Eran las pantallas las que mantenían el erotismo en la sala de conferencia de aquel 29 de mayo a las 13.45, en un país caribeño donde las mujeres miran de una manera que te parten el alma en cubitos para llevarte en las palmas de sus manos cariñosas. Siempre tan eróticas las caribeñas pero hasta dentro de un rato, ahora el único erotismo pasaba por las pantallas y no era necesario extenuarse con la lucha de género y decir ellas y ellos, porque las pantallas son femeninas. Al menos, una vez, pensamos sonriéndonos, no tenemos que aclarar que se trataba de ellos y ellas. Las pantallas no debían aclararse, no tendrían activistas de género, ni pelearíamos de si el socialismo había pensado en la lucha de clases sociales virtuales. Pero en el auditorio, todos y todas rogando que no se terminara el wi fi, e imaginando cómo ya en la escalera se pondrían esa cara de no aguanto un segundo más sin mirarte en vivo y en directo. Imaginando cómo salir rápido de la sala de conferencia, ya no importaba la raza, etnias, edades sino con quién se iría cada uno. Muchos padecían ese momento viendo cómo él o ella respondían algún mensaje que no era a ellos o ellas a quienes estaban destinados.

El último orador/lector no había podido contactar con ninguna mujer del auditorio, y se sentía desgraciado, un verdadero fracasado. Al no tener con quien mandarse mensajes y tener que leer con esos nervios que reaparecían en su sudor frío, decidió, quizás sin saberlo, que nadie saldría indemne. Y ahora en forma adrede comenzaba a encontrar un disfrute en ese aburrir soberanamente con el discurso leído más largo del congreso. Como tenía las hojas abrochadas podía terminar y volver a comenzar y nadie se daría cuenta, jamás despertaría al auditorio con esas palabras que todos estaban esperando: “y para finalizar”. Él volvería su discurso interminable, pasando las hojas interminables, ya no le importaba si lo miraran con vergüenza ajena o con puteadas apenas disimuladas por el decoro del congreso internacional.

Y así, de a poco, volvió inservibles a los celulares, los encuentros que tendrían lugar se encimarían con las otras mesas, y con el cansancio final pasaría lo que tanto se teme en los congresos, tantas palabras terminan por achatar al deseo.
Y yo, divertido por lo que estaba viviendo, una interminable tarde culminaba con el mensajito de que a la noche saldríamos a festejar el final de congreso y quizás del final del orador que todavía creo sigue leyendo el discurso que trajo preparado para el congreso.
 
 
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