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   El sujeto en la red

“Cuidar un sueño”
  Por Silvia  Sisto
   
 
En este escrito se tratará, de “cuidar un sueño”, contarlo, trabajarlo, analizarlo, para que se despliegue todo lo se pueda desplegar. Para que dure. Un sueño mío y compartido con muchos otros que nos autorizamos a soñarlo: el sueño del trabajo comunitario y territorial en el respeto por la diferencia y la escucha: en RED. En mi caso con el psicoanálisis como herramienta.
Me voy a detener un poco sobre eso que llamamos desamparo, y voy a considerar como necesaria, a la conciencia del mismo; como condición de posibilidad para poder trabajar en forma eficaz en territorio vulnerable y vulnerado. Ser conciente de nuestro propio desamparo para no ubicarlo desmedidamente en el otro es necesario, arma nuestro síntoma vital, sin síntoma no hay vida. El trabajo en Red desde posiciones subjetivas afectadas por esa vitalidad de la propia vulnerabilidad, soporta las contingencias; eso azaroso que nos atañe. Tolera lo imposible, lo traumático que esta práctica implica con cierta desmesura. Construye lo posible y muchas veces en esa Red, el sujeto asoma. En ese instante imposible y fugaz, quizás un poco después… es cuestión de tiempo.

Alguien que asista es necesario y suele ser menospreciado, sin embargo las leyes son necesarias, los recursos, los programas. Algo con lo que no contábamos hace unos años: “Los Planes Sociales”. Interesante homofonía se produce en los relatos de quienes consultan: tener planes, hacer planes, recibir o dar planes… Plan Nacer. Plan Progresar… ¿Con esto alcanza? Seguro que no, pero tal vez tenemos una oportunidad única de hacer planes con los Planes. Tal vez se trata de hacerlos entrar en trama, en discurso, en polifonía. Rechazar, repudiar, elidir, son todos modos renegatorios y forclusivos que solo empeoran las cosas, que para muchas personas ya están muy mal. Tampoco hay que inflamarse en ellos ni batirlos como la bandera de la salvación. Son recursos. Nos asisten si están bien usados a los que intentamos acotar la desmesura y a los ciudadanos sin derecho a planear. Ese es el derecho más vulnerado. Poder planear el fututo. Tener casa y comida, algo que parece tan básico, para mucha gente es la lucha cotidiana, una lucha por la supervivencia. Dichos recursos del Estado nos asisten de la mano de algunos actores sociales. Ese es un gran y nuevo elemento de trabajo y movilización de posiciones subjetivas arrasadas sin ya nada que reclamar. En todo caso, ahora, hay un derecho. Entonces asistencia y escucha se anudan en un punto muy interesante: el derecho a algo, también a la palabra. Para reclamar hay que hablar, pedir, gestionar, luchar de algún modo. Construir en palabras un relato interno, hacer lugar a que ese relato se construya. Es bueno que los actores sociales sean muchos, que se dividan las funciones, que se arme Red hacia afuera y hacia adentro de los equipos. No hay otro modo, nadie se salva solo.

Y así muchos hombres y mujeres se levantan de la cama, atravesando sus depresiones, y van en busca de sus derechos. En muchos casos, en la mayoría, esta búsqueda es vital. Hay que legalizar situaciones, anotar a los chicos, documentarlos, mandarlos a la escuela, llevarlos al médico. Todo eso hizo colapsar a muchas instituciones educativas y de salud, obviamente no alcanzan y ahí muchas organizaciones sociales compensan, emparchan, ayudan, instalan modos diferentes. Como “La Salita” de Propuesta Tatú1 donde trabajo junto a colegas, trabajadoras sociales, médicos, enfermeras y colaboradores del barrio. Es un trabajo voluntario. Y en medio de tanto movimiento aparece la palabra; tibia, tímida, arrasada, mezclada con modismos idiomáticos, alegre, risueña, infantil… El arte será que ese relato que los habita, sea recuperado. Los psicoanalistas también podemos encontrar un modo de ejercer nuestra práctica allí, en la desmesura de horas, días, noches, barro, desalojos, llantos, partos, muertes, todo bañado con esas cosquillas del habla que nos dan los cuentos que cada cultura transmite. Y cuando no los hay, hay que construirlos, jugando, armando talleres, soñando en un sueño compartido. Ese condimento no lo aportan los recursos sociales ni los planes sociales per sé. Los sueños son otra cosa, y cuando solo se tuvo pesadillas, apostar es muy difícil, hay que generar confianza. La confianza es un sentimiento poco trabajado, se lo da por descontado. Sin embargo a la hora de cualquier tratamiento es la base de donde partir. La apuesta requiere contar con la posibilidad de la pérdida y aquí se abren diferentes universos. Los que ya perdieron todo y solo les queda el cuerpo y lo arriesgan, y los que no quieren ni pueden, perder más. Siempre la intervención es de riesgo.

La construcción de la confianza. La confianza es uno de los nombres que Freud da a la transferencia, confianza en la palabra, en el saber. El arte será lograr que esa confianza depositada en nosotros circule y se instale “entre”. La confianza no es de nadie, como el desamparo.

Una mamá trae a la consulta a su hija de 9 años, porque en el colegio se porta muy mal y no aprende. Conversamos. La niña cuenta que no tiene ningún lugar donde guardar sus cosas, su mochila es su casa, como un caracolito. De una caja con muchos objetos maravillosos que vamos juntando en “La salita”, saqué y le regalé un monederito y una cartuchera. Y me dice: “Cuando tenga plata te lo pago” -lo dice con mucha dignidad-. Se me anudó la garganta y le dije: es un regalo. Y le aclare, que ya sé que mucha gente no recibe regalos. Me abrazó, nos abrazamos. Le expliqué entonces que esos objetos son regalados por otros nenes que ya no los usan, lo cual es cierto. Varios de mis pacientes de consultorio, hijos, sobrinos, han donado sus juguetes para los niños de esta toma de tierras. Trabajado y elaborado previamente con sus padres en relación con sus propias historias. Generalmente vuelven fotos y agradecimientos. Se arma algún tipo de lazo solidario. En el caso de la niña me parece importante el despliegue del diálogo, no quedó en un dar y recibir. Cuenta que ella con sus 9 añitos cuida a sus hermanos y sabe hacer polenta con salsa, desde los 4. Su mamá trabaja mucho, su papá está recluido. Ella, la mayor, hace todo. Esta niña/madre sabe que no quiere regalos como limosna, pero la idea de que el monedero viene viajando de mano en mano, de cartera en mochila, le pareció diferente. Era un “monedero viajero” que ella portaba ahora. Pudo así aceptar un regalo, ¿Momento de ecuación simbólica? ¿Instalación de la deuda? Al irse me dice: “cuando cumpla años te voy a invitar y te voy a venir a buscar para que sepas llegar”. Parece que el regalo funcionó como tal. Quedó en deuda amorosa, me invita a su cumple y me va a venir a buscar. No quiere dejarme sola, tal vez ella empieza a sentir que ya no lo está.

Lola y su niña débil mental. Ella se acerca después de varios encuentros de talleres que realizamos con Laura Lueiro -colega y amiga con la que vamos pensando la experiencia-, destinados a mujeres, “Para hablar de nuestras cosas”, así se llamó. Hago una breve digresión: los talleres que indican el síntoma, por ejemplo: abuso, violencia, maltrato, alcoholismo, en general son rechazados. En estas comunidades donde todos se conocen es una especie de confesión del padecimiento que genera vergüenza y malestar ante los otros. Además de cierto grado de peligrosidad si el agresor se entera que la mujer concurrió allí. Por eso después de un momento de diagnóstico de la situación del barrio, decidimos llamarlo así. Bueno, esta muchacha consulta por “su” nena de 12 años, que nunca tuvo tratamiento. Dice que ahora que ella está mejor, va a ocuparse. ¿Y antes qué paso? Vivió en la calle, le sacaron a sus hijos, se fue a un juzgado y con la ayuda de una asistente social fue tratando de recuperarlos, tomó una casa pero volvió a la calle. Finalmente se entera de la toma y siente que es su oportunidad, se suma, vuelve al juzgado y recupera a sus hijos. El desalojo es para ella volver a la calle, no hay otro lugar. La toma aparece entonces como posibilidad de tomar y tomarse. No duerme, vive en alerta, tiene 27 años, cuatro hijos y camina dos horas para llegar a la escuela, allí comen. En una de las entrevistas dice: “Mi vida tiene mucho quebranto” y se quiebra en llanto. Me llama mucho la atención esa palabra, es antigua, es delicada, es casi poética… para ella es propia, tal vez su ontogenia se hace presente allí. Trabajar el “quebranto” de esta muchacha produjo rápidamente alivio en su relación con las criaturas y de éstas con su propio mundo, sus infancias. Pero esto fue posible porque Tatú está en el barrio, hubo talleres donde ella participó y se sintió en confianza. Nuestra presencia, permanencia y modo, posibilitaron que luego esta mujer se ocupara de la entrega de la ropa donada, cosa que hacía con mucha alegría, casi como un juego. Su función ahora tenía prestigio. Ella era la encargada. Tenía un valor, no eran bolsas lanzadas desde un camión, era valor para ella y para los que iban a elegir qué llevarse. Fue un trabajo pensado y elaborado en equipo, una estrategia. El empoderamiento es un derecho a construir caso por caso cuando no está presente el recurso para ejercerlo.

La panadería. El papá de Cristian se quedó sin trabajo, su mamá, una muchacha muy vigorosa y alegre me dice: “Puse una panadería en casa, vendo cuatro kilos por día y con lo que gano tengo para la comida”. A la semana siguiente ya vendía siete kilos… entonces un poco en broma y bastante en serio le digo: “¡Acá nadie entra la próxima si no trae pancitos!”. Hubo risas. A la siguiente semana llegaron con una bolsita de pan caliente. Convidaron a todos los profesionales, que a su vez lo compartimos con el paciente que estaba con nosotros. Fue casi festivo. Tuvo el valor del agradecimiento y de la restitución narcisística para esta familia, ese trabajo gestado en su cocina ahora desparrama suspiros en el barrio. En un segundo momento, la muchacha cuenta que su papá era panadero… ella no sabía que sabía hacer pan, y me dice: “Se ve que yo lo miraba”. Se empoderó de su propio saber no sabido, allí el recurso estaba, fue solo darle el valor que merecía semejante acto de amor.

Construir escenas en Red… Una Red que nos contenga para contener a ese otro, niño o adulto, en condiciones de vulnerabilidad, que consulta desde su más inocente relación con la palabra… es necesario. Sacar un termo con té o un mate y armar una escena cotidiana es abrir un espacio de prevención, de salud, de posibilidad para que podamos tomarnos de nuestros y de sus objetos transicionales y enfrentar el mundo que nos toca vivir. Construir escenas allí donde no hay alojamiento, donde el desamparo lo es en varios sentidos, nos permite seguir cuidando ese sueño compartido de usar nuestra práctica para mejorar condiciones de vida de la gente, reparar nuestros desamparos, aprender, transmitir y vitalizar al psicoanálisis que trabaja en y con los bordes.

Gino Straforini, coordinador general de “Propuesta Tatú”, ha dada título a este escrito, cuando hace tres años nos acercamos con una propuesta de trabajo y nos dijo: sueñen… sueñen.
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1.    Desde La Red: “Otro Lugar” (http://www.red-otrolugar.com.ar) nos acercamos a “Propuesta Tatú”, para conocerlos en territorio. Evaluamos la situación y estamos llevando adelante una intervención en territorio. La experiencia está en curso. Las tierras tomadas son ahora un barrio de calles de tierra. “Propuesta Tatú” nace de las becas que otorga Cuba para jóvenes sin recursos y con expectativas de una formación en medicina comunitaria.
 
 
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