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BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
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   El sujeto en la red

Enredados
  Por Clelia  Conde
   
 
Hace ya diez años un chico en análisis me entregó un dibujo: era un enorme aparato de televisión, con Home Theater, con Play Station incorporada, con equipo de música, los botones digitales cubrían toda la hoja de una manera rimbombante y, curiosamente para mí, no tenía cables ni por lo tanto enchufes. Se puede pensar lo que significaba en ese caso esa falta de cables, esa ausencia del lugar de la causa. Sin embargo había también algo del orden de lo nuevo en el plano del malestar, la pura potencia no provenía de ningún lugar. O al menos podía ser ignorada. Ese dibujo representaba una máquina que no se sabía cómo podría devenir instrumento.

Hoy día la tecnociencia nos afecta de maneras que ignoramos, hay amplios efectos en el lazo social que aparecen indirectamente en lo que se dice en los análisis: como el recurso adolescente -y a veces no tanto- a remitirse a la prueba de la lectura de los Whatsapp para argumentar una pelea, la utilización de los screen shots para mostrar lo que se escribió en lugar de relatarlo en ocasión de un malentendido. Lo que sin embargo aparece de una manera sistemática es que cada quien en el trascurso de su discurrir llegue a algo que no deja de ser sorprendente cada vez que se arriba a ello: lo escrito no tiene tono, lo escrito no permite la significancia que se advierte en los matices de la voz, por tanto eso que se supone aclara, en la mayor parte de las ocasiones oscurece.

En el análisis con niños el atravesamiento de la tecnociencia no permite escapatoria. Es la atmósfera en que el niño se mueve. El analista tiene que hacerse un concepto, una idea de cómo eso está en el horizonte de su época dado que hace a la singularidad de las demandas. Pensar cuestiones que están sucediendo aún ahora, y que por tanto no tenemos el despliegue de las consecuencias cerrado y terminado, sin aún el texto a leer, a descifrar, sino en la actualidad de lo que aún se está escribiendo, es sin dudas, para cada analista, en su labor, un problema crucial.

No tenemos todavía la distancia necesaria con los efectos de la tecnociencia para poder decir de eso. Estamos aún un poco enredados, pero no tanto como para perder cuestiones que son siempre el horizonte de nuestra práctica.
Hay como en todo lo que afecta a la singularidad del sujeto muchas dimensiones de lectura, y para que esas lecturas posibles aparezcan, es necesario poder pensar por fuera de los prejuicios y la moral que nos atraviesan. Alguna abstinencia es necesaria tanto respecto de un amor al padre que lleva a la creencia de que “todo tiempo pasado fue mejor”, como de un optimismo necio que sostiene que “siempre fue igual”, que el invento del campo virtual no es muy diferente del invento de la rueda. Porque al fin y al cabo, ¿qué sabemos de cuánto afectó al individuo un invento que convirtió las distancias medibles en semanas en distancias medibles en horas?
Es decir, tenemos múltiples cruces de lo que la tecnociencia produce en el sujeto: está la fetichización de la imagen, la creencia cuasi religiosamente sostenida por el mercado de que una imagen vale más que mil palabras, y sin embargo, aparece también en lo cotidiano, la experiencia de su fracaso. La experiencia de la dificultad de sostener las identificaciones a partir de lo medible o cuantificable de la imagen. Lo medible, proyecto de la formalización de la ciencia, se muestra cojo para sostener al sujeto en el lazo.

Hay un punto, de los muchos que se podrían desarrollar sobre el tema, interesante para detenerse porque hace al trabajo diario en la clínica con niños y adolescentes. Sabemos que el objeto de que se trata –por ejemplo el juego virtual- es un objeto que no participa de las características de lo “al alcance de la mano” del juguete, que no posee reglas que por su propio funcionamiento llevan al corte como en los llamados “juegos sociales”, que no son objetos que provienen de un resto, construibles a partir de otros. Por otro lado, el partenaire del juego virtual que en apariencia –es el caso de los juegos en red- está ausente en cuanto al cuerpo de una manera especial, por otro lado está presente de una manera intrusiva, dado que distintos jugadores pueden ocupar en diversos momentos un rol y ser indistinguibles para el que está jugando.

Estas son algunas características diferenciales de lo común del juego. No participan de la estructura del collage, los juegos no se pueden mezclar o utilizar para otros fines. Son juegos que en general tienen fines acumulativos, dado que no hay un final objetivizado, cada juego puede prolongarse eternamente en sus nuevas versiones, y lo que antes marcaba un corte como el pasaje de pantallas, puede ser anulado o salteado en función siempre de la lógica de la acumulación.
Lo que más impacta, entonces, es la noción de la continuidad. Para muchos que en mi generación criaron hijos había un programa que se llamaba “El Agujerito sin fin”, ese agujerito nombraba en punto de centelleo que se producía cuando la televisión se apagaba o el tiempo en que se prendía. Momento crucial dado que la televisión no duraba todo el día, que imponía un cierre.

Mientras que en lo que respecta a lo virtual: el uso del Facebook, el Twitter, el Whatsapp no presenta un corte intrínseco a la función que cumplen dichos objetos, sino que el corte debe ser producido desde el niño mismo o desde los padres. Pero, ¿cómo podría hacerse propio ese corte en los niños si no aparece en relación a un pedido de los padres? En relación a esto me parece interesante pensar lo que le sucede a los padres con este tipo de juegos: los juegos en red o las diversas formas que adopta la comunicación virtual. El adulto se encuentra, a veces por completo, a veces solo parcialmente, por fuera de esta lógica, hay un salto generacional. Es llamativo que en todo lo que se refiere a lo virtual el niño o el adolescente se encuentran en una situación de saber mayor a la del padre. Esto puede ser efectivamente así o solo un fantasma, pero actúa de una forma efectiva.

Gran parte de los padres que acuden a los tratamientos de los hijos refieren este anonadamiento: no saber cuándo cortar, por no saber cómo es el juego, no saber cómo hacen los otros padres, no saber cuándo es “normal” tener Facebook, ni celular, no saber si es lógico o no comer mientras se contestan textos, o se verifica el Twitter. Por supuesto, este anonadamiento encubre algo relativo a la fascinación de aquello que funcionaría sin que nada lo autorice. Es decir algo que funcionaría sin necesidad de que un decir, el que fuera, lo acompañe. Este es un fantasma cercano para todos, el de la existencia de una verdad que no necesitara ser medio-dicha, que funcionara sin deuda y sin antecedencia.
Pero, ¿por qué se produce? Hay otros aspectos de la economía globalizada que influyen crecientemente en la idea de que hay una manera de hacer las cosas, una manera, que además se puede googlear. El momento de los cortes –el destete, el control de esfínteres-, está inscripto en la web, pero la web nada dice que cualquier trasmisión para ser tal, debe ser particularizada. Sabemos por la clínica, por lo que escuchamos, por lo que se dice en los análisis, que no hay un Bien, que lo menos peor es relativo a la manera singular en que cada padre pone en juego –los cuidados del lado de la madre, la ley del lado del padre-. Y que todo eso no redunde en un mandato superyoico irrefrenable depende de que haya esa particularidad y con esa particularidad se trasmita la falta. El Google con su redondez voraz, su completud esférica no indica nada en relación a la falta.

En suma, parecería entonces que en lo generacional hubiera algo que funcionaría de manera invertida, hay un saber sobre una experiencia de goce del lado del niño.
A lo largo de la historia encontramos que hay momentos de enorme dificultad entre las generaciones, por ejemplo las generaciones posguerra respecto de aquellas que sufrieron el hambre y la pérdida en el siglo pasado. Hay relatos de mucha fuerza expresiva que describen la mudez y la imposibilidad de trasmisión de una generación a la siguiente, valga recordar los relatos de Heinrich Boll o de Peter Handke. Sin embargo en esos casos, de profundas consecuencias para los sujetos afectados por ellas, el saber sobre lo acontecido, el dolor sin palabras está del lado de los padres y el obstáculo es la trasmisión a los hijos, quienes deberán armar una suposición que construya una invención sobre lo inefable o intrasmisible de su antecedencia.

Respecto de los objetos que pone en circulación la tecnociencia parece acontecer al revés, son los padres los que se ven obligados a armar una suposición respecto de lo que allí está en juego, pero ¿es posible hacer un puente entre el ejercicio de ese goce y el de alguno conocido por ellos? Hay entre el niño y el adulto toda la serie de los avatares de la represión, y toda la incomprensión que surge del hecho de que para el adulto ya hay una dimensión de “no saber” con la que se ha construido su otra escena. Pero todo aquello que hoy día es rechazado, por cualquiera de los diques de la represión, el asco, el Bien, la Belleza, encuentra sus raíces íntimas en el inconsciente. La base de la educación del adulto sobre el niño, respecto de placeres ligados al cuerpo, a la violencia, a la agresividad participan del orden de la negación, y por lo tanto son para el adulto, conocidos aunque renegados. El goce de los productos de la ciencia es relativamente nuevo. Esos productos de la ciencia que no dejan resto, no provienen de un corte con lo viviente, presentan características nuevas para la subjetividad. Sin embargo la ignorancia –supuesta- de lo que allí sucede, ese anonadamiento referido, es la contracara de una fascinación producto de una ilusión, ya descripta por Freud en “El Malestar en la cultura”, la de un goce que no esté afectado de ninguna imposibilidad, de una verdad que no necesitara ser dicha.

La entrada de los gadgets, lo que Lacan llamó las lathouses, el ambiente de objetos construidos no vivientes es un efecto de la ciencia en la vida cotidiana y vienen a marcar una forma de ley sin ley. El poder de los aparatos pareciera suplantar un poder que no hay, y muchas veces daría la impresión de que ese poder no se toca, de puro miedo a que no haya otro.

El niño enredado, el que aparece respecto de la fobia escolar no pudiendo salir de su casa, o el del síndrome de Hikokimori, rodeado de los restos de delivery encima de los aparatos de última generación, está enredado por una falta de orientación. Pareciera “realizarse” la no existencia del afuera de un goce sin ninguna imposibilidad que lo torne instrumentable para el sujeto. Podríamos decir, que a falta de quien autorice eso que sucede allí con los gadgets, ese saber que se adquiere, no entra en una cadena sino que se constituye en una verdad. Cualquier saber implica un trabajo que divide al sujeto, pero alguien debe sancionarlo como tal.
Está como un manto de humo sobre lo que sucede, el Mercado como una verdad, que oscurece la necesidad de que en lo virtual, como en todo lo que implica al sujeto, es necesaria una ficción que lo bordee, que lo contornee.
Parece una conclusión paradojal, aunque no creo que lo sea, lo virtual necesita una ficción, configuración articulada y significante, que lo enmarque. Lo virtual no es aún una ficción, hasta que se dice, lo que se pueda ir diciendo de eso.
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Norberto Ferreyra. El Otro insomnio. Ediciones Kliné.
 
 
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