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   El sujeto en la red

Deseo 2.0
  Por Santiago Thompson
   
 
Los cambios en la subjetividad de la época van muchas veces de la mano con cambios en la ciencia y la tecnología: en su momento la popularización de la píldora anticonceptiva produjo un viraje en el lugar de la mujer: de la mujer-madre de la que da cuenta Freud (y que es retomada por Lacan en su relectura del Edipo en la década del ´50) a la “mujer lacaniana” que asoma en la década de los ´60, en consonancia con en flowerpower.
Si aquel movimiento separó reproducción y sexualidad para siempre, el HIV conjugó muerte y sexualidad durante dos décadas. Se puede fechar el inicio de esa era de un modo preciso: con la muerte de Freddie Mercury. Hoy el avance de la ciencia convirtió una enfermedad mortal en una enfermedad crónica. Y en el consultorio emergen sus consecuencias: nadie quiere morir, pero abundan quienes están dispuestos a arruinarse en cierta medida la vida. El descuido en los encuentros sexuales es moneda corriente.

La red global dio carta de ciudadanía al placer masturbatorio. Y no como síntoma, sino como una modalidad asumida por los sujetos. Ya se escucha abiertamente a varones que sostienen: “prefiero hacerme la paja a coger”. En Japón, la palabra hikikomoris da nombre a un estilo de vida que prescinde del encuentro entre los cuerpos.

Me resisto a sumarme al coro que descalifica la época, y añora los tiempos ordenados por la función paterna. Entiendo que tales juicios de valor hablan más bien de los fantasmas propios de cada analista. Ponen en palabras un supuesto neurótico, típico, además: el otro goza sin límites, mientras a mí el goce me estuvo vedado… por el padre: Les Luthiers hace con tal suposición la base de su canción Los jóvenes de hoy en día.1 Podemos dejar este paso de comedia a quienes se ocupan (muy bien, por cierto) de ello. Ante lo que se llama de modo recurrente la “declinación de la función paterna” emergen otras modalidades de anudamiento: ciertamente los tóxicos, que muchas veces permiten sostener el encuentro con el otro sexo. Pero también las llamadas “tribus urbanas”: los emos, rollingas, otakus, etc.… que funcionan incluso como estabilizadores de algunas formas de la psicosis temprana. Las formas de regulación del lazo no desaparecen. Por el contrario, proliferan.

Una nueva mediación. Las redes sociales se entraman a la posición de cada sujeto. En tal sentido, la neurosis encuentra allí su soporte: la injuria obsesiva que procura arrasar con el deseo del partenaire, el amplio campo que encuentra la histeria para causar el deseo sustrayendo el cuerpo. Quien tiene una posición evitativa respecto del otro sexo, encuentra la encantadora posibilidad de “sentirse acompañado” sin tener que comprometer el cuerpo, manteniendo todo el juego en el plano virtual, y postergando indefinidamente el encuentro. La vida virtual se suma a la lista de adicciones.

Al margen de tales presentaciones, y más allá de cuestiones puntuales (el acortamiento de las distancias entre familiares y amigos que viajan, etc.), en la clínica la presencia de las redes se evidencia sobre todo como un viraje en la lógica de los encuentros amorosos. Quiero subrayar aquí un aspecto que me parece central: el valor de las redes como mediador del deseo.
Tinder (“Tindergarchen”, Luciano Lutereau dixit) le dio carta de ciudadanía a aquello que en Facebook ya sucedía de modo clandestino. Quiero decir que mientras Facebook persigue a sus usuarios para que no contacten virtualmente a quien no conocen –lo cual, sin embargo, sucede todo el tiempo– Tinder en base al mismo perfil de Facebook, incita a ello. Tinder es Facebook saliendo del placard. Por otro lado, la aplicación promueve encuentros con ciertas carencias a nivel de la ficción del amor: son encuentros muchas veces “sin historia”. Dos personas hace dos horas no se conocían, se acuestan y dentro de dos horas no se ven nunca más. Una secuencia otrora muy osada (es el argumento de más de una película) hoy es algo cotidiano y no requiere de vericuetos dignos de llevarse al cine. Facebook invita a explicitar el “estado civil”, así como la orientación sexual. La propuesta de “Happen” extrema la apuesta; se trata de una aplicación con GPS que posibilita encuentros “aquí y ahora” con la cercanía física del partenaire como criterio central.

Los usos de Facebook. Es sugestivo que, a la hora de hablar del deseo humano, tanto Freud como Lacan hayan elegido dibujar una red: mientras que el esquema freudiano de “Psicología de Masas…” se presenta como una red sugestiva, Lacan llamó a su grafo “mi pequeña red”. El deseo humano sigue siendo del deseo de tener un lugar en el deseo de los otros… o de algún Otro en particular. No hay nada más desolador que no causar el deseo de nadie: es como un muro sin ningún “me gusta”.
El “me gusta” y su interpretación ocupa un tiempo no menor en los consultorios. Puede ser leído en la más vasta ambigüedad: como un “me gustás”, por ejemplo. También está el “me gusta” irónico (como respuesta a alguna agresión), el “soy tu amigo y te banco”, el ideológico, el auto-me gusta, el “me gusta” territorial (con el que el varón “marca” a la que fue su amante en todos sus posts). Este último hace uso de una propiedad interesante de Facebook: los “me gusta” solo pueden ser borrados por su autor: no así por el dueño del muro.

Cabe destacar el aspecto mostrativo de las redes sociales, que da lugar a nuevas modalidades de acting out. El acting está íntimamente asociado al campo del deseo. El deseo siempre tiene un sesgo ilusorio, de engaño y de ficción. El acting consiste en una mostración que apunta hacerse un lugar en el deseo del Otro. En el acting out, lo que se muestra, se muestra como distinto de lo que es: “Posteo para todos, con el fin de que vos lo veas”, o bien “Posteo sólo para vos, para que todos lo vean”. Se trata de una mostración velada, que siempre tiene el carácter de un anzuelo tendido para enganchar el deseo del Otro.

Facebook, desde su nombre, es el campo de la mostración. Las mujeres hacen ostentación de su belleza, o bien con frecuencia una exaltación de su pareja y de lo felices que son... siempre sospechosas. Los varones tienen una palestra donde desplegar sus insignias: el “aguante” al equipo de fútbol, los logros personales, el culto a barra de amigos. Por medio del muro el varón da muestras a la mujer de que es varón, viceversa. Lacan ya ubicaba en su Seminario 18 que “lo que define al hombre es su relación con la mujer, e inversamente. (…) Para el muchacho, se trata en la adultez de hacer de hombre. Esto es lo que constituye la relación con la otra parte. (…) Uno de los correlatos esenciales de este hacer de hombre es dar signos a la muchacha de que se lo es. Para decirlo todo, estamos ubicados de entrada en la dimensión del semblante”.2 El juego de los semblantes encuentra su escenario en Facebook, campo privilegiado de lo que se da a ver.
Lo que se muestra no se debe confundir con una pérdida de la privacidad: se trata de lo que alguien decide mostrar a los otros, a algún otro particular al que la mostración está dirigida. Y, en tal sentido, Facebook ofrece la posibilidad de estar virtualmente en el área del deseo de todos. Produce efectos cuando la mostración llega a destino: son comunes las fotos públicas que, más que anunciar, dan a ver: tatuajes recientes, nuevas parejas, casamientos, natalicios. “¿Puedo ser más feliz?” escribe en su muro un padre primerizo, con la secreta intención de seducir a su secretaria. La novia despechada no perderá la oportunidad de enrostrarle a su “ex” su nueva conquista, con una oportuna foto de perfil.
La alusión indirecta toma en los muros un lugar privilegiado. Se sugiere, se da a ver, y rara vez se declara. Así como el acting out llama a la interpretación, lo que se muestra llama a que se diga (o a que se “comente”). El stalker es atrapado por esos anzuelos tendidos para atrapar el deseo: las ex parejas que se espían entre sí, las amigas que envidian la felicidad de la que declama su amor al príncipe azulado, las caras felices de las últimas vacaciones.
El inbox funciona allí como la cara B de lo que se muestra en el muro. En bambalinas se trama y se habla “a escondidas” de lo que se da a ver. La impunidad para mandar mensajes, supone también una impunidad de los receptores para no contestarlos: lo que llamamos “clavar el visto” tiene su contracara: el otro puede acercarse sin los riesgos que implica, por ejemplo, una llamada telefónica. La red de los deseos ofrece cierta economía: un mensaje no respondido para rechazar a alguien, un toque para verificar el mutuo interés en Tinder.

Por último, cabe destacar que Facebook ha dado lugar a toda una serie de “actos virtuales”: te elimino como amigo, te bloqueo, te vuelvo a aceptar, etc. Con la ambigüedad que supone como acto para sí (los analizantes se justifican: “la saqué de mis amigos para no quedarme mirando lo que postea”) y como demostración hacia el otro: donde el acento está en que el otro se entere de que fue “eliminado”.

El deseo es en esencia engañoso. Requiere de ficciones, escenas, montajes, historias. Y la mediatización de las redes –en cuanto pone los cuerpos a distancia y permite un espacio para la edición– se abre entonces como un campo fértil. Confesiones íntimas, dichos que sugieren, fotos de perfil y de portada. Los sujetos preceden a una verdadera creación de un yo virtual. Un obsesivo, decepcionado por un encuentro poco feliz, daba cuenta de su rebelión contra este campo engañoso: “a la foto de perfil tenés que descontarle el impuesto a las ganancias, aportes jubilatorios, etc.…”.El sujeto solo es sujeto en cuanto historizado, en una escena que siempre es de ficción. La “biografía” virtual proporciona la posibilidad de escribir la propia historia para los otros, y espiar la vida de los otros a través de la ventana indiscreta de Facebook.

Mucho se ha dicho sobre la soledad del sujeto en la web, pero es un hecho que, poco a poco, los encuentros amorosos tienden a iniciarse en una red social. A veces con alguien desconocido, a veces con alguien apenas conocido en la vida cotidiana. La crítica que desde el psicoanálisis se hace con frecuencia al mundo virtual toma el sesgo predominante del prejuicio ante aquello que se desconoce. En mi práctica, no apunto a descalificar los intercambios virtuales. Muchas veces, permiten hacer lazo donde de otro modo no habría nada.

El valor de mediación de las redes sociales, incluso mediación de un deseo decidido, no es desechable. No olvidemos que ya Lacan propuso pensar el deseo como un campo abierto a una mediación,3 poniendo allí el acento en el registro imaginario. Y en ese sentido, Facebook y otros medios virtuales abren un amplio campo para el encuentro entre los deseos.
______________
1.    https://www.youtube.com/watch?v=lrKPY7WB2sI.
2.    Lacan, J. (1971) El Seminario. Libro 18: “De un discurso que no fuera del semblante”. Buenos Aires: Paidós, 2009, p.26.
3.    Cf. Lacan, J. (1962-63) El Seminario. Libro 10: “La angustia”. Buenos Aires: Paidós, 2006. p. 33.
 
 
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