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   Colaboración

El juego de la transferencia
  Estética o intemperie en el momento de concluir
   
  Por Sergio Zabalza
   
 
Reflexionar sobre la eficacia de los talleres en un Hospital de Día supone preguntarse: ¿Cómo es posible que una voluntad compulsivamente orientada hacia lo inerte acepte incorporarse no bien el ruido de una pelota se deja oír en el patio? o ¿Por qué el espacio de música mueve a cantar a quien durante horas se refugió en el más cerrado mutismo?
La transferencia con el dispositivo es nuestra respuesta, lo que sigue son los fundamentos de la misma.

El juego: un primer abordaje lo señalaría como un elemento común a los talleres y al fenómeno de la transferencia. Ciertamente, al hablar del desplazamiento de interés psíquico hacia un objeto –el resto diurno–, Freud hablaba del juego de excitaciones que actúan en el fenómeno de la transferencia1. Por su parte, al referirse a la presencia del analista, Lacan enuncia la fórmula que probablemente constituya todo el secreto de lo que él mismo denominó el juego de la transferencia: los efectos sólo andan bien en ausencia de la causa2. En otros términos: la clave que otorga toda su eficacia a la operación de la transferencia reside en la sustracción que el propio analista ejerce de su presencia para hacer que la misma se haga causa de un trabajo. No en vano, el juego siempre supone un sujeto, un Otro y un objeto que –por sustraerse– no se sabe a quien pertenece. Por lo pronto, de acuerdo a Huizinga3, tanto el arte como el juego habitan un espacio ajeno a la estética con que Kant configuró las coordenadas témporo-espaciales. ¿Cómo se logra aquel vacío propiciatorio?

Estética: tanto el ritmo como la síncopa, el juego, la competencia, la risa, el movimiento..., a saber, todos los recursos que connotan lo propio de nuestro abordaje, participan de una dimensión que –por abrevar de lo bello– nos habilita a reírnos de nuestros fracasos al horadar el Ideal que nos constituye. En efecto, lejos de la exigencia de la buena forma, la concepción de lo bello que aquí nos convoca radica en la fugaz disolución de sujeto y objeto. Por eso, tan cierto como que El chiste y su relación con lo inconsciente es el texto que más cita la palabra estética, la poesía –para Lacan– es efecto de agujero. El psicoanálisis abreva de lo bello, pero sólo para llegar al chiste. Nos servimos del arte, mas no hacemos artistas. Así, la estética sería la estrategia que se sirve de lo bello para constituir y bordear la falta donde alojar al sujeto. Por eso, si el síntoma es lo más íntimo y padeciente de un sujeto, el juego de la transferencia que propone el Hospital de Día se servirá de una estética al servicio de “la hospitalidad del síntoma4.

Intemperie: ahora bien, lo opuesto a la hospitalidad que propone la perspectiva ética del psicoanálisis es la intemperie, ese no-lugar donde la voracidad del orden absoluto arroja sus desechos. La intemperie es el muro. Y no sólo el que intenta transformar a los Estados Unidos en una especie de country a espaldas del patio trasero que constituye el sur del Río Grande. Sino el muro del lenguaje, el mismo con que los cínicos del cognitivismo afirman la plenitud de la comunicación. No es necesario acudir a los estereotipados escenarios de la exclusión para verificar los efectos que la intemperie ejerce en nuestras vidas. Basta llamar a una de esas empresas que consiguieron la licitación del servicio telefónico y oír la edulcorada voz que nos ordena elegir opciones ajenas a nuestras necesidades.
Si el arte nos enseña que una letra es de quien la lee y una música de quien la escucha, verificamos –por el contrario– que la estética canalla jamás comparte el significado de la llamada ni su momento de concluir: si quiere abonar con tarjeta, disque tal número, si quiere pagar con su sangre, marque tal otro... pero sobre todo: gracias... por comunicarse ¡clac!

Estética del corte: la ética del psicoanálisis propone una estética del corte a favor del sujeto. Intentaremos dar cuenta de ella a través de una viñeta clínica. Es costumbre que en el Hospital de Día acudamos a trabajar en los jardines. Una de aquellas mañanas en que el sol se mostraba propicio, los pacientes convinieron en practicar una competencia de carreras.

Fue así que se armaron varias series al cabo de las cuales quedaron dos finalistas para disputar el privilegiado lugar de campeón. Cuando la voz de largada se hizo oír, ambos se lanzaron a correr con pasión. Ya la carrera promediaba su recorrido y ninguno lograba sacarse ventaja. Fue entonces cuando uno de ellos, probablemente a causa del esfuerzo, patinó de forma tal que toda su humanidad fue a dar en el duro césped del jardín.
Decidí permanecer expectante a la respuesta del sujeto. Finalmente, como cerrando un paréntesis en el tiempo, Darío se levantó y soltó la carcajada que, por desinflar la solemnidad y el temor que de todos se había apoderado, demostró por qué el jardín de un hospital puede ser algo mejor que la intemperie.

Al ausentar mi presencia, el sujeto tuvo la chance de apropiarse del momento de concluir. De esto trata la estética del corte. Darío se hizo responsable de su suerte al reírse de su falta y del Ideal que lo atormenta. No me animo a juzgar qué hubiera pasado si el coordinador no se hubiera encontrado en el lugar. Pero sí que en ese momento, por abstenerme, me hice causa para el singular tratamiento posible de este sujeto en el Hospital de Día.
1. Sigmund Freud, La interpretación de los sueños, Psicología de los procesos oníricos. La realización de deseos, en Obras Completas.
2. Jacques Lacan, El Seminario: Libro 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, clase 10, Presencia del analista.
3. Johan Huizinga, Homo ludens, España, Emecé Editores, 1972.
4. Sergio Zabalza, La Hospitalidad del Síntoma, Buenos Aires, Letra Viva, 2005.
 
 
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