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   Las pasiones

Pasión y cálculo
  Por Hugo Dvoskin
   
 
I. El término “pasión”, como todos, se encuentra sometido a la polisemia del lenguaje. Aunque quizás, como ninguno, se aproxima a la condición de ser un significante que se significa a sí mismo. Su sentido, todos suponemos acariciarlo. Tal vez, como pocos, su denotación esté tomada por el contexto de lo que se enuncia y por la intencionalidad de quien la utiliza.
Podría decirse que en su uso cotidiano es un sustantivo en suspenso, a la espera del adjetivo que lo califique para encontrar el derrotero que habrá de transitar.

Desde nuestra perspectiva más próxima, la pasión orilla sin solución de continuidad lo más preciado de la salud hasta penetrar sin sobresaltos en el desfiladero de las patologías. Podría aseverarse en una primera instancia que la pasión supone una decisión irrevocable. En esa línea, ser apasionado es también el nombre de alguien que mantiene su entusiasmo y no conoce de desengaños. Sus intenciones no se amilanan ni por las dificultades con las que se encuentra, ni por los fracasos que acarree la empresa. El apasionado hasta aquí es un afortunado. Tener una pasión se hace sinónimo de estar causado. Anuda sin dificultad con lo que habitualmente nominamos un sujeto deseante. ¿Acaso la pregunta con la que se supone se inicia un análisis no es sino indicio de esa posición en potencia, de que las pasiones son al menos posibles? ¿Acaso no se requiere haber hecho acto –aristotélicamente hablando– de la pasión potencial para que un fin de análisis sea pensable? No es inimaginable, en el siempre fecundo saber popular, que el hecho mismo de analizarse sea un camino elegido a la búsqueda de las pasiones que animarían y que extrañamente se mantendrían ocultas para su portador. Bien podría ser que quien consulta aún no las tenga o no disponga de ellas y presenta ese estado general de astenia, de falta de interés por todo. O bien que las tenga diversas y en consecuencia no haya lugar para todas. O, no pocas veces, se superpongan en algún lugar preciso, y dos pasiones se intersecten y se imposibiliten una a lo otra, como dos amores. En síntesis, o no me enamoro, o me enamoro de todas, o estoy enamorado de dos mujeres que pretenden exclusividad. Desgano y confusión pasional son casi universalmente aceptados como motivo de consulta. Incluso quienes descreen de todas las prácticas “psi” tienen una buena recepción hacia la “orientación vocacional” para que el sujeto encuentre aquello que le interesa. Es que algunos “hasta ahora” no habrían escuchado el llamado. Resulta extraño que no las conozca y resulta impensable que no las tenga. El saber popular que acepta no sin desconfianza la consulta, también confía que el tiempo irá clarificando al sujeto en lo que refiere a la pasión profesional y el tiempo también proveerá de “ese encuentro” que, a todos, la vida nos tendría preparado en lo que será la pasión amorosa.

A la búsqueda de esas pasiones –con analizantes que tendrían dificultades para escuchar ese llamado que desafortunadamente en ellos apenas se hace oír– se encamina el análisis confrontando hasta cierto punto con las conveniencias y con los ideales, sobrellevando algunas derrotas, desmontando las sobreestimaciones y pedanterías que se juegan mayoritariamente en los enunciados de subestimación que tanto convocan al neurótico.
Sigamos. La aseveración “tiene una pasión”, es una frase que permite que el sujeto se encamine y que a la vez no admite dialéctica. Supone que al sujeto hay que dejarlo seguir su pasión, que se hará destino o sino (así dice el tango, “la cruz fue como un sino”1) del que no habrá posibilidad de escaparse. Sutilmente la pasión empieza a cruzar la frontera que separa don y de condena.

II. Las pérdidas de objetos amorosos van constituyendo las sucesivas capas, los sucesivos estamentos de identificaciones que irán constituyendo la identidad del sujeto. “La sombra del objeto cae sobre el Yo2, fue el sintagma freudiano que supo iluminar los avatares de la constitución subjetiva en lo que a la identidad refiere, singularmente los efectos de la salida del complejo de Edipo. También dio pertinencia lógica al destino de los duelos. Si las identificaciones abrazan nuestro “ser”, las pasiones se inscriben en el campo de nuestro devenir. Paradojalmente por esa vía, constituyen nuestra identidad porque aquellas elecciones de amor se han bifurcado, han dado lugar a identificaciones al “ser” del otro no sin menoscabo de aquellas que han caído sobre sus deseos e intereses y la apropiación del deseo del otro. El deseo sería el deseo es del Otro… y el del de los otros. De modo que las pasiones del otro constituyen nuestro “ser” tanto como las identificaciones que nos conforman. Dicho así, las pasiones constituyen nuestra identidad más íntima. Y en ese movimiento, el término se va acercando sin sutilezas al concepto de deseo agregándoles energía y vigor: las pasiones serían los deseos del Otro cuando el sujeto se transforma decididamente en un motor de ellos. Nótese que este “decididamente” no es condición sine qua non de una apropiación subjetiva, término que ha quedado intencionadamente excluido de la definición.

III. “Somos nuestras pasiones”, concluye Franchella en El secreto de sus ojos3 y no duda de que Gómez, el asesino, volverá a la cancha de Racing a ver a sus colores. Aquí la pasión empieza a mostrar una veta riesgosa: el sujeto ante la pasión se ve impedido de hacer cálculos. A la vez, el cálculo de tan mala prensa por su uso procastinante en la neurosis obsesiva, empieza a mostrar su otra cara posibilitadora, la que habilita al sujeto a posicionarse fuera de cualquier voluntarismo y el siempre hacer, la que lo aleja prudentemente de la forzada actitud pro-activa que reniega de los efectos de la ausencia y de los beneficios de no atiborrar al partenaire en las cuestiones del deseo. La pasión incalculable y compulsiva muestra su cara más feroz y empieza a perder la partida.

Las pasiones también suelen adquirir las formas que marcaron el fin de los destinos de Hamlet y Jesucristo, dirigiéndose irreflexiblemente a su muerte para cumplir un mandamiento ajeno. Por eso hemos excluido “apropiar subjetivamente” en el último párrafo del apartado anterior, porque en la clínica de la obsesión la palabra de algún otro, léase de algún padre, tiende a hacerse mandato si el sujeto no la metaforiza, y el mandato a hacerse pasión impropia. Consecuentemente la pasión ya no es deseo sino ofrenda, sacrificio de sí.

IV. Quizás nos hayamos apresurado demasiado en ligar pasiones y deseos y debamos retomar las otras connotaciones posibles. Porque junto al peso subjetivo de lo que hemos denominado el carácter irrevocable de la pasión, cercana, vecina aunque furiosamente lejana en cuanto a consecuencias subjetivas, está el aspecto no dialectizable, irrefutable y único de algunas pasiones. “En el lugar de la pasión no hay dialéctica fantasmática, no hay interrogación, no hay enlace entre goce y deseo”.4

Y, a la vez, el aspecto narcisístico que sitúa la dependencia extrema del sujeto a la mirada, al reconocimiento del otro. En los puntos I y II, nos encaminábamos hacia las hasta ahora inhibidas pasiones. Incluso hacia la posibilidad de limitar el poder de las inhibiciones que habrían sido enmascaradas como deseos (“el deseo puede adquirir la función de lo que se llama una defensa (…) Hemos interpretado el deseo como defensa, y hemos dicho que de lo que se defiende es de otro deseo”).5 Son deseos defensivos, deseos de retener o actos demagógicos para satisfacer al otro y que no se necesariamente se anudan con los deseos del sujeto. Se presentan como actos cuando en rigor son demandas de reconocimiento. ¿Pero acaso no funcionan paralelamente en los sujetos las pasiones por ser reconocidos? ¿Ha sido un adjetivo calificativo el que les ha dado un matriz particular o nos encontramos con un sustantivo diferente que se mimetiza con sus adjetivos tal como nos interrogábamos en el comienzo?

“Lo único” bien podría llevar al sujeto al aislamiento, a desatender cuestiones elementales de la existencia, e incluso de la salud, de los vínculos con el otro. Lo irrefutable sitúa al sujeto en posiciones indialectizables, ensordecedoras, que le impiden siquiera evaluar las conveniencias. Una pulsión vital irresistible cuya fenomenología bien puede ser una relación intensamente masoquista, una adicción indetenible, un vicio arraigado, drogas, alcohol, la comida o el juego que quedan por fuera de cualquier razonamiento pese a los intentos voluntaristas de quienes se acercan, rodean, aman, maltratan y acusan al sujeto. Es la pulsión de vida6/7 que Freud anudará sorprendentemente incluso para sí mismo a “El problema económico del masoquismo”8, título y concepto, que sitúa la dificultad subjetiva cuando lo pulsional no encuentra los derroteros de la pulsión de muerte.

La pasión entonces, presenta las dos caras de la pulsión. Por un lado, aquella que desanudada busca la satisfacción, sin cálculos, reflexiones, refutaciones o dialéctica y que los psicoanalistas insisten en confundir con la pulsión de muerte. Es una pulsión vital, que intenta llevar al aparato a sus límites en busca de la primera –tan mítica e inexistente como necesariamente o lógica– experiencia de satisfacción. Es lo que en el aparato representa la satisfacción exigida, siempre más allá de la satisfacción alcanzable: “Creo que, por extraño que suene, habría que ocuparse de la posibilidad de que haya algo en la naturaleza de la pulsión sexual misma desfavorable al logro de la satisfacción plena”.9 Conceptualmente la deberemos denominar Pulsión de Vida, más allá de que, por efecto de su tendencia que es la búsqueda de una vida intensa, absolutamente intensa –con la connotación que aquí la palabra “absoluta” tiene– pueda encontrar la muerte.

Por el otro, la pasión en su versión significante, efecto de la alienación en el campo del lenguaje que anuda, como colgajo, lo que resta de la operación de la separación y ofrece al aparato la satisfacción posible. Es a esta pulsión a la que hemos llamado Pulsión de Muerte porque es la que permite al sujeto conducirse a la muerte por los caminos de la vida humana con su tendencia conservadora de lleva a la muerte pero sin los cortocircuitos de un más allá que el aparato no toleraría. Una tendencia que habilita a vivir las pasiones sin quedar tomado por la compulsión en los tiempos y con el trabajo que el goce posible requiera y demande para que el sujeto lo tramite y lo disfrute sin zozobrar a los padecimientos que cada pasión implica. Sin precipitaciones ni actings, sin los pasajes al acto que se generan por efecto de la pérdida de coordenadas, sin obsesiones… pero no sin cálculo.

_______________
1.    Cadícamo, Enrique. Madame Ivonne. (1933).
2.    Freud, S. “Duelo y melancolía”. A. E. O.C., Tomo XIV, p. 235.
3.    El secreto de sus ojos. Film argentino de Juan José Campanella (2009)
4.    Abaub, Adriana. Inédito.
5.    Lacan, J. El seminario. Libro 10. La angustia. Ed. Paidós, p. 342/344.
6.    Dvoskin, Hugo. De la obsesión al deseo. “La pulsión. Cruzamientos”. Letra Viva, p. 96.
7.    Dvoskin Hugo. El medio juego. “La pulsión, un concepto auxiliar e imprescindible”. Letra Viva, p. 95.
8.    Fred, S. “El problema económico del masoquismo”, A.E,O.C. Tomo XIX, p. 163.
9.    Freud, “Contribuciones a la psicología del amor”. A.E., O.C., A. E. Tomo XI, p. 182.
 
 
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