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   Las pasiones

La pasión responde a una lógica
  Por Daniel Paola
   
 
1. La clínica. Hace más de treinta años, cuando comenzaba a autorizarme en el campo del psicoanálisis, recibí a un paciente en un marco institucional para realizar la primera sesión después de su externación. Es importante considerar de antemano que la solicitud había sido determinada por el hecho de que fuera analista, elección que tanto a uno como a otro nos dejaba en paridad.
Nuestro encuentro, en esta primera sesión, estuvo marcado por una gran afectividad gestual, determinada por la alegría que le había causado mi aceptación sin vacilación, de la continuidad de su tratamiento en consultorios externos. Quizás hubiera influido en mí, el reconocimiento al discurso del psicoanálisis para aceptarlo sin vacilación. Reconocimiento que aún hoy no puedo disimular, aunque éste transite por el equilibrio constante que se le exige al analista, similar al del equilibrista circense, según el efecto de la castración que hace transitar el decir sin red de seguridad.

Cuando el paciente se sentó aguardó unos minutos hasta que le sugerí mi deseo de querer escucharlo. En forma directa me dijo, que no creía que mi experiencia alcanzara para resolver el problema que me plantearía a continuación. De esta manera podría yo elegir si escucharlo o no, pero si no lo hiciera allí concluiría nuestra sesión.
Sabiendo, por mi parte, de sus antecedentes, le dije que no podía no aceptar oír cuál era el problema, porque conocía del intento de suicidio que había determinado su internación y por lo tanto no podía permitir que no hablara ya que temía la inmediatez de su pasaje al acto.

Comenzó por aprobar mi respuesta con un “…ha respondido bien” y de inmediato planteó su enigma. Esa mañana había comprado un arma, un 38 Smith and Wesson, que me mostró estaba colocada en una cartera de cuero que había depositado al lado suyo en una mesa. Me dijo que me iba a hacer una pregunta y que si fallaba no la utilizaría contra mí, pero sí contra él. Cabría la posibilidad que de inmediato lo internara, pero si lo hacía, ya no aceptaría ningún tratamiento más cuando se produjera la siguiente externación y daba por obvio que se mataría.

Por fin realizó la pregunta: “¿… dígame cual es la única razón por la cual no me mataría?”. La vacilación que me embargó a continuación estuvo interrumpida por un solo agregado, que a su vez precipitó mi respuesta: “… una sola palabra alcanza”.
La palabra es “” dije y él comenzó a asentir moviendo la cabeza. Cuando reinició su decir me dijo que él estaba seguro de mi lógica pero la necesitaba escuchar en acción. Dijo “… usted sabe que sin afecto no hay posibilidad de elegir a nadie y por eso lo he elegido”. Este paciente cursaba el duelo de una separación. Después de veinticinco años de matrimonio una súbita inclinación homosexual se había apoderado de su proceder. En el “afecto” se jugaba la única respuesta que la transferencia albergaba para continuar su vida.
Después que contesté, acepté la culminación de la sesión, no sin cierto temor. A la semana lo recibí nuevamente y como si nada hubiera sucedido, comenzó a relatarme las largas y traumáticas peripecias vivenciales. Lo atendí durante unos años. En algún momento concluyó. Al tiempo me hizo saber por unos conocidos que estaba enfermo de una enfermedad próxima a su muerte.

2. “El tiempo lógico”. En el texto de Lacan sobre “El aserto de certidumbre anticipada” de 1945 ya se anticipa lo que vendrá a continuación en su prolífica obra. Cuando el director de la cárcel comunica a tres prisioneros que tendrán la posibilidad de ser liberados si resuelven una prueba, el tres está implícito de antemano. No se los comunica por separado sino juntos y cada uno tiene la posibilidad de escuchar la palabra tres.
A continuación, habiendo cinco discos, tres blancos y dos negros, la prueba consiste en que aquel que sea el primero en deducir el color del disco que lleva en su espalda, saldrá de prisión. Es necesario considerar que cada uno tiene que saberse el primero y no ni el segundo ni el tercero, con lo cual de tres hacer uno resulta ya la segunda anticipación. Los tres quieren ser liberados, ergo, la rapidez de la respuesta constituye una orientación. Al final los tres marchan juntos a la puerta porque saben el color del disco que les ha tocado en suerte.

La tercera premisa es que no se puede ver el propio disco ni se puede hablar, pero sí en cambio, observar la gestualidad de los otros dos y el color de los discos que portan. A continuación cada uno ve en el otro un disco blanco. Una repuesta súbita hubiera sido si alguno de los tres descubriera que cada uno de los otros dos porta un disco negro, debido que habiendo dos, no habría otra posibilidad que ser blanco.
La vacilación es siempre anterior a la aserción y ello remite a la letra que se escucha de inmediato en el analizante cuando inicia una sesión. Cuando comienza el tiempo lógico quien oye se ve analista y quien habla se escucha analizante ¿Cuál de estas letras constituirá el blanco que anuncie el engarce de la interpretación? Siendo analista, considero que si hubiera una súbita interpretación, el hecho anunciaría que uno sólo sería el liberado: el interpretador de su propia angustia. Y si esto sucediera, el posible analizante seguiría siendo el paciente y por contrario, a la luz que ilumina al que interpreta, quedaría en las sombras del negro, duplicado ya sea por lo oracular de una respuesta o por el destino hacia donde ello concluye. De esta manera no hay praxis analítica.

En el tiempo de comprender la lógica de la letra, se hace necesario descartar una súbita interpretación, por más que el lapsus nos anuncie la flor del inconsciente. Diría que siempre es necesario esperar para que la interpretación encuentre el tres en uno y para ello siempre nos espera vacilar.
La vacilación siempre es previa a la aserción, porque hace falta, en el tiempo de la castración, oír hasta el tres para acertar la respuesta. El tiempo lógico para un analista reside en contar tres para hacer uno y descartar la inmediatez que encierra el negro de la inhibición.

En el tiempo segundo, después de comprobar que no se produjo la súbita respuesta que sólo deje afuera a uno porque hay dos que son negros y por lo tanto hay uno sólo blanco, retorna de inmediato que los tres tienen la posibilidad de ser liberados si portan un disco blanco. Cada uno de los presos debe ser considerado como el primero en cuanto a lo que ve. Dado un A, siempre B y C son los otros dos.
Si se diera la circunstancia que A observara un disco blanco en B y en C un disco negro, o al revés, en disco negro en B y un disco blanco en A, no podría saber si el que porta es blanco o si es negro. Las chances serían múltiples y ninguno tendría la oportunidad de ser excarcelado. Que ninguno encuentre la salida porque no sabe si es blanco o negro, deja al mismo tiempo a los tres sin posibilidades. Y está claro que alguno tendría que salir sabiendo con certeza lógica por qué, estando excluido todo tipo de práctica adivinatoria.

Si se suscitara que el observador A, viendo que los otros dos son blancos, supusiera es portador de un disco negro, gestualidad de por medio encontraría que no habría respuesta, porque alguno de los otros dos vería un blanco y un negro, a menos que él mismo sea blanco. Frente a la vacilación aceptaría que la única posibilidad para ser liberado, aceptando que la comunicación ha sido sobre los tres y que cada uno vería dos discos blancos, es tener un disco blanco.
De esta forma el que no ve, si observa en los otros dos la portación vacilante en la respuesta de sendos discos blancos, corre el riesgo de decir “blanco” que hay que atravesar para ser liberado junto a los otros dos. La única posibilidad que cualquiera de los tres tiene para salir de la prisión, si observa la vacilación de los otros dos es apostar al blanco, porque siendo el observador A cada uno B y C estará viendo dos discos blancos.
La vacilación es un tiempo que requiere de un suspenso no concluyente, razón por la cual el observador A sabe que si tuviera un disco negro, todo estaría terminado y la desazón invadiría a cada uno porque se vería expuesto a una elección al azar. Cualquiera de los tres, no importa cual, debe concluir con una respuesta: salvo que los tres portemos un disco blanco habría posibilidad para que sea liberado.

3. La respuesta. La respuesta que pude dar en aquella oportunidad fue la palabra “afecto”. Tendría que insistir que había sido dicha en ya en dos oportunidades. En el efecto que denota una elección que es transferencial, de Freud a Fliess o de Lacan a Freud, ya se postula el injerto de un dicho que produce un “afecto”. En la elección que el paciente hace y por la cual se convierte en analizante, tras la pregunta se plantea otra elección: tendría que suponer que él me elige por el “afecto” que se desarrolla hacía mí como transferencia.
En última instancia hace falta que reconozca en mí mismo el efecto de un “afecto” y que lo pueda nominar quitándolo de un silencio. Porque de entrada la autorización como analista supone la distinción de un amor distinto nominado como transferencia, de un amor pasión por los ojos verdes como escribía Baudelaire en “Las flores del mal” o de un amor real, que como dijo la letra de una canción (Pasajera en trance) de Charly García, nos hace vivir en aeropuertos.
El amor de transferencia es nuevo amor determinado por la lógica del “no hay relación sexual” que nos hace recorrer de Freud a Lacan un camino ético y que supone una abstinencia que no es excluyente de la castración en la que un analista se encuentra involucrado.

Si suposición de la contra-transferencia es el destino, eso sería para de-suponer el grado en el que el analista se encuentra involucrado para declararse por todos lados inocente. La vida de los analistas se desarrolla teniendo en cuenta las resistencias que cada uno produce en sus interpretaciones o en sus operaciones reales, simbólicas o imaginarias.
Por supuesto que lidiando con lo imposible algo nos falte para reconocer la unívoca relación del sujeto con el lenguaje. Ni siquiera reduciendo el marco del sujeto a sus implicancias con lalengua, neologismo de Lacan para hacer imaginario la arborización del falo, tenemos la certeza dada por el tiempo de comprender y optamos por el momento de concluir.

Si en la vida de un analista no hay un negro y elige la claridad de un blanco, es porque primero debe contar hasta tres. La conclusión siempre lo va a incluir para destrabar lo asertivo de la letra que se escucha de entrada, en las primeras palabras que el analizante pronuncia en la sesión. Pero sabrá de un tiempo de vacilación para saber las coordenadas donde se “se imagine en lo real el efecto de lo simbólico”.
Por supuesto que en la vida de un analista habrá aciertos y errores. A veces los errores se pagan caro aunque en este caso el acierto jugaba en mi favor. Pero el error siempre está determinado por la intención explícita de no decir. En cambio el principio revelador freudiano de la asociación libre sin exclusión de ninguna letra, sigue marcando el camino del psicoanálisis.
 
 
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