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   Las pasiones

La ignorancia de Lacan
  Por Gabriel  Lombardi
   
 
Ignorancia, I. No voy a referirme aquí a los modos actuales en que ignoramos a Lacan en la comunidad psicoanalítica y universitaria. Señalo solamente que la forma más difundida en Argentina consiste en leer a sus comentadores, y a los que comentan a sus comentadores, y a los que citan a estos, fuentes secundarias, terciarias, cuaternarias. Como a Aristóteles o Gödel, parece imposible leerlo directamente: es una imposibilidad de comodidad, que esconde algunas otras imposibilidades reales, y que el propio Lacan enunciaba diciendo: “el inconsciente, menos profundo que inaccesible a la profundización consciente”, o bien “el psicoanálisis es intransmisible”. Esta evitación generalizada tiene consecuencias. Como no se lee a Lacan, es imposible volver a Freud, ya algunos miembros de nuestra vasta comunidad se han manifestado en este sentido. Con lo cual el campo freudiano puede reducirse a una marca registrada: CampoFreudiano®. ¿A quién le interesa? A no muchos.

Ignorancia, II. Bajo casi el mismo título se podría hablar de otra cosa: de la ignorancia contra la que Lacan vocifera en sus referencias a otros autores, incluso aquellos que sin embargo son sus fuentes. Sabemos que su estilo al mismo tiempo brillante, agudo y de matiz paranoide, lo llevaba a situar la ignorancia en los otros analistas, en su propio auditorio, en sus discípulos, en la estudiante cuya tesis prologa al mismo tiempo que denosta, y en tantos otros. Cuando cita, y es bien sabido que por suerte no siempre lo hace, la cita consiste usualmente en tomar algo que sirve en su enseñanza señalando al mismo tiempo el contexto de ignorancia o desconocimiento en que lo había avanzado el autor al que se refiere. Podríamos hacer el enorme listado lacaniano, al menos desde Platón (débil mental), de lo que los autores ignoraron, desconocieron, olvidaron, censuraron, no quisieron ver, etcétera. El propio Freud, poeta al que veneró y consagró su vida, es tratado muchas veces con cierto desprecio, como si en sus 40 años de ejercicio del psicoanálisis hubiera debido darse cuenta de todo lo que él advirtió cuarenta o sesenta años después. Ejemplos bien conocidos, Freud ignoró que la transferencia en la psicosis era la clave de todo tratamiento posible, Freud ignoró que la castración es un dato de la estructura que no se trata de superar sino de separar de la angustia, Freud ignoró que se puede prescindir del padre (claro que a condición de servirse de él). Fanfarronerías de las que no puede sino arrepentirse al final de sus días, cuando define la clínica psicoanalítica como “volver a interrogar todo cuanto Freud ha dicho”, “nunca pretendí superar a Freud, sino prolongarlo”, o en referencia al inconsciente freudiano: “lo que se descubre es de una sola vez, y es necesario después de la invención hacer el inventario”.

Ignorancia, III. Escuchando una bella ponencia de Luis Prieto en el FARP, advertí que para Lacan no necesariamente la ignorancia y el saber se oponen. El saber puede ser un medio de precaverse de las sorpresas que deparan el inconsciente y su interpretación, y la clínica que deriva de ellos, puede ser un medio de refugiarse en lo que ya se sabe. De hecho está la moral lacaniana, inscripta como subtítulo en sus Escritos: “Lo que el analista debe saber: ignorar lo que sabe.”
La ignorancia es, para Lacan, la pasión mayor en el ser hablante. Por supuesto que hay que distinguir sus formas, la ignorancia crasa, la irónica, la docta, y también la que una práctica impone. Ejemplos en el propio Lacan, ser hablante apasionado: forma parte de la ubicación de la clínica psicoanalítica el deber de repudiar todo lo que implica la idea de conocimiento, y de la posición del analista saber que lo que conduce al saber no es el deseo sino el horror.

Si el conocimiento es repudiable por pertenecer más bien al imaginario del sujeto que cree conocer-apoderarse del objeto de su codicia, el saber en cambio es medio de goce en el esclavo, producción impotente en el lazo social histérico, articulación significante inaccesible desde el uno y que sólo podría decirse a medias en la interpretación analítica, y mero semblante en la universidad.

Finalmente, está la confesión explícita de Lacan de que su camino está constituido por un cierto “Je n’en veux rien savoir”, “de eso no quiero saber nada” referido a la ética del psicoanálisis, que no quiso publicar en su momento. En 1970 había caracterizado al padre real como alguien que debe ignorar ferozmente ciertas cosas, en particular las que develarían el goce. Si la verdad es la hermanita menor del goce, la cruza entre ambas es incesto. Por eso, mal que le pese al pequeño filósofo de los acontecimientos, la verdad y lo real deben ser tajantemente separados, para evitar …lo peor. Un filósofo puede decirlo todo, formalizar la impudicia y recibir grandes aplausos sin avergonzarse; el caso del analista es distinto, puede producir sobre su analizante efectos de pasaje al acto que lo dejarían magullado -a él, al analista-.

Lo real del ser hablante puede ser mítico, dijo Lacan justo en Estados Unidos. Y el Padre, en particular, puede ser el único punto en que lo real sea más fuerte que todas las verdades. “Point-de-mythe”, dice Lacan, nada de mito, salvo ese punto en que un Padre es amado o al menos respetado; lo cual forma parte de los fundamentos del parlêtre en la existencia. Uno puede pasar del padre a condición de servirse de él de algún modo. De allí sus advertencias en Télévision: “Tengo por excluido que analicemos al Padre real, y cuando el Padre es imaginario, prefiero el manto de Noé” (las mayúsculas son de Lacan).
¿Si el analista no sólo ha de ignorar lo que sabe, sino también renunciar a conocer el inconsciente porque es saber inaccesible, cómo aproximarse al deseo del análisis? Analizar es precisamente lo contrario de saber en tanto articulación significante, es descomposición o desciframiento del saber en sus elementos últimos. De allí el objetivo lacaniano de reducir la estructura a unos pocos elementos nodales, difíciles de diferenciar entre ellos: el Uno, la consistencia, el agujero y la ex-sistencia o acto con que se sostiene el nudo.

Luis Prieto destacó en Lacan la orientación hacia un saber articulado no con otro significante, sino en el actuar, lo que Lacan llama no savoir faire o know how, sino savoir y faire, saber arreglárselas “con eso”, con eso que no llegamos siquiera a nombrar salvo en el amor. Eso puede ser el equívoco inconsciente, el síntoma, y también la satisfacción pulsional silenciosa, áfona, innombrable, que se alcanza en la sublimación, en el escabel que uno se consigue para formar parte, e incluso en la actividad del analista que evidentemente tiene un costado satisfactorio que no necesariamente es masoquista.

Por mi parte no ignoro que gracias a Lacan pude leer a Freud, e interesarme en casi todos los autores ignorantes en que él basa su crítica, su tamiz del actuar y el ignorar.
Me divirtió mucho encontrar esta poliptote o derivación de Camilo José Cela que para nosotros, argentinos, resulta casi sacrílega: “Jorge Luis Borges sabe poco de tangos e ignora su ignorancia, actitud usual entre ignorantes.” Y pensé que este gallego, aunque bendecido por el Nobel, ignora las enseñanzas de Cristo: el que no tenga pecado, que tire la primera piedra.
 
 
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