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   Comentario de libros

El día que Lacan me adoptó
  de Gérard Haddad (Letra Viva Editorial, 2006)
   
  Por Alejandro Del Carril
   
 
Lógicos pases mágicos. Si había alguien que parecía no encajar del todo aquella soleada tarde de febrero, era yo. Me encontraba en la encantadora playa de Ipanema, absorbido no por las bamboleantes caderas de una garota sino por la lectura de un libro que había encontrado husmeando en una librería carioca pocas horas antes. La lectura del mismo se continuó casi de corrido en el avión que tomé esa noche para volver a Buenos Aires y dar por terminadas mis vacaciones. Se trataba de O dia em que Lacan me adotou de Gerard Haddad.

Desde que me introduje en los sinuosos caminos del psicoanálisis me atrajeron los testimonios que los analizantes hacían intentando dar cuenta de lo que había sido su pasaje por el “diván”, dicho simbólicamente ya que algunos no necesitaron acostarse en uno para llevar a cabo un análisis. ¿Será acaso porque, como decía una colega, los analistas somos chismosos de barrio sublimados? Smiley Blanton, Margaret Little, Pierre Rey, Jean Guy Godin son algunos ejemplos. Claro que en aquel entonces dar testimonio no se había convertido aun en una suerte de ritual por el que se podía obtener otra suerte de título de posgrado, como pasa hoy día en algunas instituciones. No en todas, ya que hay colegas trabajando seriamente sobre la cuestión del pase.

No encontramos en la obra de Jacques Lacan historiales clínicos ni relatos de casos. Supongo que no le atraía el método, tal vez porque pensaba que el relato podía ser rápidamente banalizado, generalizado, tomado como ejemplo a imitar, que de hecho es lo que a veces pasa respecto de ciertos relatos que se fueron filtrando. En su lugar, Lacan apostó al trabajo riguroso de la invención teórica, con el cual se la pasaba pasando el pase, como solía decir.

Y aparecieron los relatos de algunos analizantes, que pueden ser leídos no solo como casos clínicos. Pierre Rey y su análisis cara a cara durante diez años nos muestra lo inapropiado de intentar definir un análisis por las invariantes del encuadre. El encuentro de éste con una paciente de Lacan que había intentado suicidarse arrojándose por una ventana nos dice que la pasión de Lacan por el psicoanálisis no se hallaba domesticada por su fama, su dinero y/o su prestigio.
Pero volvamos al libro que nos convoca hoy. En él vamos a encontrar un Lacan que no se privaba de telefonear a la madre de su paciente. De tomar en análisis a la esposa, cuando el análisis de ésta con otro analista había fracasado, alojando de esta manera en la transferencia los graves conflictos matrimoniales que tenían. Interpretar en un baño público mientras orinaba. Maniobrar con el tiempo y frecuencia de las sesiones, la sala de espera, los honorarios, en fin, practicando el psicoanálisis con vitalidad, muy lejos de la imagen obsesiva del analista que se ha impuesto en el imaginario colectivo. Por supuesto que esto podrá servir para que algunos piensen que tienen que hacer lo mismo. Citémoslo a Lacan a modo de advertencia: “Soy un payaso. Tómenlo como ejemplo, ¡y no me imiten!”. También todo esto podría servir para que a alguien como André Green se le ocurra acusarlo de perverso, ya que no es impensable que el analista se sienta llamado a tener que sostener algún orden moral. De hecho, a diario suele recibir demandas en ese sentido.

El suicidio de Lucien Sebbagh, enlazado a lo dicho en Televisión: “Sepa solamente que he visto cómo esa esperanza, ese porvenir luminoso llevó a gente que estimaba tanto como lo estimo a usted, al suicidio”, muestra lo que pensaba Lacan respecto de lo que les podía suceder a aquellos que se quedaban aferrados a los ideales. El acto analítico opera separando al Ideal del objeto para relanzar el deseo y reorganizar los goces. Además nos transmite, como decía Wladimir Granoff, que la de psicoanalista, es una profesión riesgosa.

Haddad relata que había concurrido al consultorio de Lacan luego de una noche “particularmente penosa, dividida entre sueños agitados y horas de insomnio. Por eso, dice, mi sesión del día siguiente comenzó con estas palabras:
‘¡Pasé una de esas noches!’ (J’ai passé une de ces nuits!)
Lacan le contesta:-¿Qué? ¿Cómo? ¿Usted está con leucemia? (Vous avez la leucémie?).1
Lacan pronunció esas palabras como si hubiesen sido arrancadas de la somnoliencia de su tarde. ¿Qué bicho le habrá mordido? ¡Yo nunca había hablado de leucemia! Protesté.
‘¡Bueno, hasta mañana!’, lo despidió Lacan”.
Haddad cuenta que salió aturdido de la sesión. Se le imponía la idea “tengo leucemia”. Como estaba cercano a uno de los exámenes cruciales en su carrera de médico, se metió de lleno a estudiar hematología y más específicamente, las leucemias. Unos días más tarde se dirigió a rendir el exámen sin haber estudiado prácticamente otra cosa, y para gran sorpresa le tocó en el sorteo concurrir a darlo en el servicio de hematología. Aprobó con soltura el mismo y fue a lo de Lacan a comentarle lo ocurrido.
“‘¡Sabe, me tocó leucemia, me tocó leucemia en las pruebas clínicas. Es magia!’
Lacan dejó entonces su mutismo para soltar estas pocas palabras que para mí permanecerán para siempre enigmáticas”, dice Haddad: “No se trata de magia sino de pura lógica”
Ahora bien ¿A qué lógica alude lo dicho por Lacan? ¿De qué lógica se trata en el psicoanálisis? No de la de la conciencia que cree saber lo que hace y hacia donde se dirige, sino de aquella que encadena los significantes en forma de saber. Y cuando digo significantes no me refiero solo a las palabras sino también a gestos, acciones, etc., pero solo aquellos que representan a un sujeto para otro significante. Esos que no dependen de ninguna voluntad sino que aparecen una y otra vez en un movimiento que Lacan llamó automatón. Pero esta lógica de la repetición no se limita a traer los elementos ya constituidos, ya que dicho movimiento se halla impulsado por el real que los significantes no logran recubrir. Es así que en su núcleo más íntimo se halla lo más extraño. Y es la tyché, ese encuentro entre azaroso y calculado, la que permitirá que un significante nuevo se inscriba, agujereando lo real y reanudando la estructura real, simbólica e imaginaria del hablante. Esto sucedió en la interpretación que hace Lacan. La repetición significante causada por lo real (el examen) produce por medio del equívoco homofónico un significante nuevo. El azar del sorteo, una nueva tyché, resignifica el significante leucemia abriendo un nuevo campo de significación. La interpretación sorprende a ambos partenaires, ya que se produce inconscientemente, sin cálculo previo, al modo de la palabra impuesta. Podríamos decir que ahí el inconsciente no es ni del analista ni del analizante, sino que se produce entre ambos, en lo que Winnicott llamaría un espacio transicional. Ese trabajo en transferencia, algunos lo llamaron comunicación de inconsciente a inconsciente.
De Túnez a Francia, del África negra a Israel, de la política a la religión, de la agronomía a la medicina y de allí al psicoanálisis, el viaje de Haddad habla de pases y pasajes, de impotencias e imposibilidades. De la angustia, de la muerte y el sexo, de la formación analítica, de los vericuetos del mundillo psi. No es un libro teórico pero su relato no deja de invitar al analista a repensar cuestiones nodales de la teoría y de la práctica.
El impacto que me causó la lectura de este libro, en aquella versión portuguesa, me llevó a escribir un comentario publicado en la revista Psyche Navegante (en Internet), en el que me preguntaba por qué no se había publicado aún en Argentina, donde seguramente se iría a vender muy bien. Además, por aquel entonces mantuve unas charlas acerca del libro con Sergio Rodríguez. Grande fue mi sorpresa cuando el viernes pasado escuché en el contestador automático de mi teléfono un mensaje de Sergio avisándome que me iban a llamar de Letra Viva para invitarme a presentar el ejemplar. Y más grande cuando hablando con Raimundo Salgado, dueño de la librería, me comenta que él no sabía que había sido yo el de la idea de publicar el libro. Idea que había pasado a través de Sergio a Raimundo. “Pues yo tampoco lo sabía”, le contesté recién enterado de la cuestión. ¿Las casualidades? hicieron que un panelista no pudiera venir y por esta falla me llegó la invitación a mí. Con Lacan podríamos decir que fue una cuestión de pura lógica. De esa lógica que se escribe con lo fallido, lo olvidado, lo soñado. Uno nunca sabe bien lo que está haciendo. Dicen por ahí que los caminos del señor son insondables. Aprovecho entonces para agradecer a Raimundo y a Leandro Salgado por hacer que, de París a Buenos Aires, vía Río de Janeiro, este libro-carta llegara a destino haciendo que la letra viva.
ALEJANDRO DEL CARRIL
aledelcarril@fullzero.com.ar

1. En francés hay un juego homofónico entre “de esas noches” y “leucemia”.
 
 
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