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   Femicidio

Una crítica del amor puro en tiempos de femicidio
  Por Tomás Otero
   
 
¿Por qué un hombre mata a una mujer? Es una pregunta inmensa con cientos de matices y aristas, sociales, institucionales, políticas y psicológicas. A riesgo de dejar de lado importantes líneas de fuerza que participan en esta coyuntura y que merecerían un tratamiento en otro contexto de debate diferente al de apenas la aproximación que puedo exponer en estas páginas, voy a tomar aquí solo una arista del problema, un análisis conjetural y absolutamente parcial, que se apoya sobre el hecho ampliamente constatable de que gran parte de estos femicidios ocurren en la órbita de la vida amorosa. Más de la mitad de los casos son perpetrados por las parejas o ex parejas de las mujeres asesinadas. El término femicidio responde a un giro político que sitúa de lleno estos asesinatos en el terreno de la violencia de género, desterrando en muchos casos al de crimen pasional, que lleva el germen del arrebato de la pasión, la locura y la irracionalidad que de algún modo justificaría lo injustificable, la barbarie del hecho. El término femicidio si bien tiene una importancia mayúscula al situar el problema dentro de las políticas frente a la violencia de género, también refuerza la posición de la mujer como víctima. Y aunque no será el foco de este análisis, la victimización me parece una de las peores condenas que puede sufrir cualquier ser humano.

Una clínica del femicidio, a mi juicio, no puede desentenderse de una clínica del goce, del deseo, y como arrojan las estadísticas, tampoco de la vida amorosa. Porque desde “El más allá…” de Freud se entiende que la ética que rige al ser hablante no es la de su Bien sino la de su goce. Porque la mujer, pese a los estudios de género que critican el estereotipo sociocultural en el que se ubica reproduciendo y perpetuando una lógica dominante machista, se ha construido socialmente para el hombre como objeto de deseo, o en otras palabras tal vez menos chocantes para los tiempos que corren, el deseo de una mujer, en muchas ocasiones, es el deseo de ser deseada, lo que la deja inexorablemente en una posición de objeto, aunque ¡ojo!, vale aclarar que deseada no equivale a poseída: puta pero no tuya exclama uno de los más sagaces sintagmas feministas que recorren nuestra época ante la violencia de género. Ante la voluntad del hombre por poseerla la voluntad de ellas es preservar el deseo. Y, finalmente, porque la voluntad del hombre por poseerlas puede ir demasiado lejos, donde se expresa una voluntad de goce que determina una particular forma de habitar la vida amorosa, que puede, trágicamente, precipitar en su reverso más inmediato: el odio, que está hecho de la misma estofa que el amor, dando lugar a la misoginia, la violencia y el femicidio.

Avancemos con el amor. Podríamos decir que gran parte de los seres hablantes en lo tocante al amor sucumben ilusoriamente bajo el mito de Aristófanes, siempre en búsqueda de esa mitad, de ese pedazo faltante, en el campo del Otro. Lo que se busca en el partenaire es esa “libra de carne”, ese objeto parcial, esa parte del cuerpo erógeno que está perdida y que constituye el fundamento del sujeto deseante, porque en consecuencia, sólo amamos con nuestra falta.
Desde muy tempranamente en su obra Freud habló de la degradación de la vida amorosa, consustancial al fantasma masculino para acceder al encuentro con una mujer, lo que Lacan tradujo en el seminario Aun diciendo que el acto de amor es la perversión polimorfa del macho que cree abordar a su mujer cuando en verdad aborda la causa de su deseo, lo que designa en su álgebra con el objeto a. Esto ya sitúa algo de la especificidad que va a estar en juego en el femicidio que, si nos apoyamos en las fórmulas de la sexuación como un instrumento de análisis, no responde simplemente a una cuestión de género, ni anatómica, sino a una violencia que es perpetrada desde una posición sexuada que es la masculina. Las fórmulas de la sexuación impugnan toda pretensión de definir lo femenino mediante un rasgo o establecer relaciones binarias de contraposición entre el lado Hombre y el lado Mujer, es decir, los desarrollos de Lacan ponen en tela de juicio toda tentativa de hacer de las fórmulas un todo que las vuelva a inscribir en el orden fálico de discurso, objetando la perspectiva falogocéntrica dominante, al mismo tiempo que pone en cuestión una lógica binaria y complementaria que sigue definiendo la diferencia de los sexos por rasgos tales como falo/castrado, activo/pasivo, e incluso para reflexionar acerca de los términos en que hoy en día se sigue pensando el femicidio, victimario/víctima. Lacan ordena las posiciones sexuadas de acuerdo con la relaciones del ser hablante con el goce, según sea ésta toda fálica o no-toda fálica, siendo esta última suplementaria a la primera y no complementaria.

Más allá de la anatomía, la degradación de la mujer a un objeto es consustancial a la posición masculina de las fórmulas de la sexuación. Plantear sus fórmulas en términos de función de x, término que toma de Frege, lo desprende del campo anatómico o de género que presuma establecer una diferenciación sexual, puesto que operar con funciones quiere decir que cualquier x, sea hombre, mujer, hermafrodita, trans, travesti o queer, que se avenga a inscribirse del lado de la posición masculina mantendrá una relación con el goce subordinada a la función fálica y la degradación del partenaire a un objeto se impondrá como condición erótica, lo que Lacan llama perversión polimorfa del macho; mientras que cualquier x que se avenga a inscribirse del lado de la posición femenina su relación al goce será no-toda regulada por la lógica fálica, partiéndose la forma de habitar el goce como un Jano que apunta con un vector al falo, f y con otro vector al significante de la falta del Otro, S (%)1.

Pero nos encontramos a plena luz del día en nuestro tiempo que esta degradación que Freud describió excede el marco de la fantasía a la que puede condescender una mujer en el encuentro con un partenaire, amén de que cogemos con nuestro fantasma, para dejar un saldo en lo real: la mujer golpeada, humillada, desgarrada… o peor, asesinada. Frente a este tipo de violencia es común entre los psicoanalistas cargar las tintas sobre la declinación actual del Otro, el padre o los Ideales, cuando paradójicamente desde los grupos feministas alzan su voz contra el patriarcado ¿Es consecuencia de la actual declinación de los Ideales que el fantasma no funcione como marco en el pacto amoroso y que como resultado nos encontremos con los efectos de una violencia polimorfa en lo real? Más bien, como señaló el sociólogo y psicoanalista Markos Zafiropoulos, en la sociedad actual el Ideal sigue funcionando pero no como instancia reguladora, garantizando los lazos sociales, sino que nos encontramos con los efectos mórbidos del Ideal, con su cara persecutoria o de tiranía sin mediación, que más bien destruye los lazos.

Introduzco esto porque una clínica de la vida amorosa no es ajena a una clínica del Ideal, sólo que hay que ubicar cómo funciona el Ideal en nuestra época.
Freud le ha dedicado un agudo análisis a las relaciones entre el amor y el Ideal que tiene su corolario en el capítulo VIII de su “Psicología de las masas” que lleva por título “Enamoramiento e hipnosis”, donde además de situar el borde muy fino que hay entre estos dos fenómenos, arroja dos fórmulas que tienen en esta exégesis un valor crucial: “el objeto se ha devorado al yo”, fórmula muy cercana a la famosa “la sombra del objeto ha caído sobre el yo” de la melancolía, y luego dice “en la ceguera del amor uno se convierte en criminal sin remordimientos2, lo que parece presagiar el destino fatal de muchos amores. Ambas fórmulas dan cuenta de un Otro que ha devenido un Otro absoluto, donde el circuito libidinal se coagula en un objeto único; el objeto se ha puesto en el lugar del Ideal del yo concluye Freud, sí, pero hay que pensarlo con las marcas de nuestra época, persecutorio, tiránico y sin mediación. Lo que favorece el pasaje que comenté antes, del amor al odio.

Gran parte de estos femicidios que se dan en el campo amoroso responden a una forma de habitar el amor que hunde sus raíces en el imperativo categórico kantiano, con todas las resonancias superyóicas que quieran darle, son figuras del amor puro que solamente puede inscribirse –en términos lacanianos– desde una posición masculina3.
El amor es tributario del campo del deseo, cuando lo que anima al amor es el deseo puro, éste dice Lacan sobre el final de su Seminario 11 –en una auténtica rectificación de lo que había sostenido en el Seminario de La ética– es el imperativo categórico kantiano: “Esta Ley moral, todo bien mirado, no es más que el deseo en estado puro, el mismo que desemboca en el sacrificio propiamente dicho, de todo objeto de amor en su humana ternura. Y lo digo muy claro –desemboca no sólo en el rechazo del objeto patológico sino también en su sacrificio y asesinato”4. La moral kantiana no es sin objeto, demostró Lacan en “Kant con Sade”. Por esto no se trata, estrictamente, de crímenes que están bajo la égida de la pasión sino del rechazo más flagrante del objeto pathológico hasta quedar de cara a la naturaleza más real del objeto.

El amor bajo la regencia del deseo puro es una modalidad del amor que no puede distinguirse de la pulsión de muerte: desemboca en el sacrificio en el altar del Otro o en su reverso no menos mortífero el asesinato del objeto de amor.
Cuando la ley del deseo es el imperativo categórico, estamos en el campo de la voluntad de goce: se produce la persecución desenfrenada, incondicional y ciega de ese oscuro objeto del deseo que todo objeto de amor al mismo tiempo que encarna, vela. En este sentido Lacan esgrime en esa misma clase del Seminario 11 bajo la lógica de la alienación al Otro la fórmula: “te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a minúscula, te mutilo5. Esta fórmula que tal vez hoy alcanza su forma más acabadamente siniestra en la mutilación real del partenaire en aras de raptar ese ágalma que causa el deseo, que es una nada, un vacío que está en el seno de todo amor, que se busca en el Otro cuando en lo real constituye el núcleo más íntimo e irreconocible de nuestro ser, deja su saldo en lo real: el pasaje de la mujer como objeto del deseo, a plus-de-gozar, a finalmente mujeres reducidas al objeto resto, desecho, muchas veces encontradas mutiladas, literalmente en bolsas de residuo, o como basura al costado de alguna ruta. ¡Ni un a menos!

¿Qué puede ofertar el psicoanálisis ante este panorama tan desolador? Lo que ofreció desde sus comienzos, el abordaje de lo singular que queda borrado bajo el par víctima-victimario y la crítica asidua a la lógica de los discursos dominantes. Por supuesto que el psicoanálisis no es, y nunca lo fue, una educación sentimental, pero a las perturbaciones de la vida amorosa le ofrece un tratamiento que es también por la vía del amor, de ese amor paradojal que Freud llamó transferencia y que permite condescender lo más mortífero del goce a un deseo, y agrego yo, que no sea puro.
__________________
1.    Cf. Lacan, J. (1972-73) El seminario. Libro 20: Aun. Buenos Aires: Paidós. 2007. p. 95.
2.    Sin duda los tiempos han cambiado, antes esta fórmula hacía referencia a la servidumbre voluntaria que en el conjuro entre los amantes, se asumía a pedido del objeto amado la iniciativa de exterminar al tercero que amenazaba la relación, ahora el exterminio se vuelve contra el objeto de amor.
3.    Digo que sólo es solidaria a la posición masculina porque es la única que puede medirse con el universal al que aspira la máxima kantiana, desde la posición femenina con la lógica del no-todo se objeta precisamente este universal, por esto el texto freudiano “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa” que desde el mismo título hace referencia a un para-todos, tampoco puede pensarse desde una lógica inmanente a la posición femenina. No obstante desde la posición femenina hay otra faz que no analizo en este texto y que merecería una reflexión a la hora de pensar el femicidio: el estrago que puede ser un hombre para una mujer, solidario a una modalidad de goce sin límite, del extravío, la locura e incluso en el último fondo del desenfreno, la muerte.
4.    Lacan, J. (1964) El seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós. 2006. p. 283.
5.    Ibíd. p. 276.
 
 
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