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   Femicidio

Femicidio en la literatura. Crimen y castigo
  Por Elina Wechsler
   
 
Si Edipo representa en la obra freudiana la norma infantil de la libido y Hamlet el personaje prototípico de la neurosis, Freud examinará a través de Crimen y Castigo, de Dostoievski, la estrecha relación entre la fantasmática inconsciente parricida y el pasaje al acto homicida. Y en esta fantasmática, dos cuestiones centrales: el lugar del Padre y el lugar de la mujer.
Convertirse en sujeto es inscribirse en la articulación entre deseo y ley. Y es justamente un residuo que escapa a esa articulación lo que produce un goce desatado que impulsa a matar.
La cuestión de la herencia psíquica que atañe a la transmisión de la prohibición paterna del incesto y del parricidio interesó a Freud a lo largo de toda su obra.

Tótem y tabú” (1910-12) inaugura la hipótesis de la transmisión del inconsciente entre generaciones basada en el tabú del parricidio y la culpa por el asesinato originario del padre de la horda primitiva por parte de los hijos. La ficción freudiana de la creación del tótem -representante del padre- y la pervivencia del tabú, fue su modo de instaurar la hipótesis de la transmisión de la ley de la prohibición y su defecto, diremos, se hace carne en el acto homicida.
¿De qué deseo y de qué prohibición se trata? De la hipótesis freudiana central, la prohibición del incesto y su correlato, el parricidio, que posibilitaría el primero. El inconsciente heredado lleva ya la marca de la prohibición del parricidio pero la transmisión conciente a través de la tradición no es suficiente para explicar su continuidad en la vida psíquica de las generaciones. ¿Cómo se asegura esta continuidad? Está asegurada en parte por lo heredado de las disposiciones psíquicas que, para llegar a ser eficaces, necesitan sin embargo ser estimuladas por ciertos sucesos de la vida individual. Esa es la respuesta freudiana.
El tabú no alcanza; lo simbólico no evita que las huellas del goce tanático se desaten frente a fuertes sucesos desencadenantes en estructuras precarias.
Crimen y Castigo nos servirá de guía para abordar la tragedia femicida que se extiende hoy por el mundo.

Dostoievski y la cuestión del padre. Hijos sin padre (aunque no sin engendrador biológico) abundan en los personajes del autor. Autor que radiografió en sus novelas el derrumbe del lugar paterno construyendo un universo de padres muertos, desaprobados, ficticios. Dostoievski recorre a través de toda su obra un lugar paterno insuficiente que genera una galería de hijos violentos que se ensayan como héroes soberbios, declarando caducos los fundamentos de la ley y proponiendo su sustitución por otros. Se ponen en lugar de Dios, se proclaman como fundamento de otra ley y matan.
Recordemos que los rasgos del padre real de Dostoievski, según sus biógrafos, fueron el alcoholismo, la avaricia, la violencia y la desconfianza, y que este padre fue finalmente asesinado por sus siervos que se habrían vengado así de su extrema crueldad.

Hablaremos de Raskólnikov, protagonista de Crimen y Castigo, pero no sólo de él, ya que Raskólnikov es uno de los personajes dostoievskianos que han tenido, como tantos maltratadores, un padre cruel. Transmisión de la violencia que se patentiza en la siguiente generación especialmente contra las mujeres, representantes, como veremos, de la degradación.
La insuficiencia de las figuras paternas hace que abunden en sus novelas maestros, tutores, guías y padres suplentes a los cuales el héroe interroga en busca de una legalidad.

El hombre violento. Crimen y Castigo puede leerse como la historia de una tentación: la tentación de estar más allá de la Ley. La tentación de un sujeto que al quedar expuesto a la insuficiencia del no de la interdicción paterna produce un acto asesino contra una mujer.
La abolición momentánea de la Ley se lee en la obra como el pasaje transgresor y regresivo del no matarás al puedes matar, borrado oníricamente el nombre de ese padre de la Ley que se muestra incapaz en ese condenado sueño de Raskólnikov, su protagonista, de evitar la muerte de una yegua que es matada a palos y del cual despertará con la convicción de asesinar, no por azar, a una mujer: la vieja usurera.
Acto al que sigue su enfermedad cuasi delirante, el deseo obsesivo y difícilmente controlable de confesión y el tortuoso encuentro con el castigo. La parábola termina cuando Raskólnikov se reconoce como asesino y comienza justo allí donde hablamos de un goce asesino no regulado por la Ley.

Conviene marcar las diferencias entre la función paterna, que, vía pérdida y simbolización, sostiene la condición deseante a través de los ideales, del Superyó que como orden y mandato exige sumisión y sometimiento inapelable.
La paradoja del Superyó del hombre violento obedece a que el sujeto necesita una ley para constituirse pero que la falla de esa ley pacificadora lo obliga a sustituirla por la ley feroz del Superyó que conmina al sacrificio. No olvidemos que muchos femicidas se suicidan luego de matar.
Reino de Tánatos, empuje hacia la destrucción, odio asesino no atemperado.
La hostilidad inconsciente hacia las mujeres se realiza en el acto asesino y concluye en el propio sacrificio.

El lugar fantasmático de las mujeres. El sacrificio femenino atraviesa toda la obra constituyendo otro desarrollo temático que evidencia el lugar inconsciente en que se ubican las mujeres. Culmina con la frase que Raskólnikov dirige a Sonia en la cuarta parte, justamente antes de su confesión.

Sonia está vestida, dice el autor, con las llamativas galas de la prostitución. Raskólnikov la reconoce en su humillación avergonzada esperando dócilmente su turno para decir adiós a su padre moribundo. Arrodillándose, le dice: “No me arrodillo ante ti, me arrodillo frente al sufrimiento de toda la humanidad”.
Las mujeres son presentadas como emblemas del sacrificio. Este sacrificio tomará las formas del servilismo en Lizaveta, el sometimiento al bien de la familia en la madre y especialmente en Dunia, la degradación de la prostitución en Sonia, con el escenario de la pobreza como marco.
El horror de Raskólnikov al sacrificio femenino en cualquiera de sus formas, que queda patente desde un principio, nos habla de una representación inconsciente de invalidez de la mujer, del horror a la castración representado imaginariamente por ellas.

Recordemos en este sentido que la elección de objeto anterior de Raskólnikov mencionada en la novela, implica a un personaje femenino peculiar: la hija de la casera, con la que mostró intenciones de casarse, tenía como características relevantes la extrema fealdad y lo que es aún más significativo, la invalidez.
Rechazo que se hará patente hacia a la presencia de la madre y hacia la presencia de Sonia luego de la confesión, rechazo y huida, huida permanente de todas las escenas, de todos los lugares que lo impliquen como hombre, y que convertirán finalmente al mundo en un espacio agobiante, donde ya no hay lugar donde ir, frase reiterativa del protagonista.
Pero si es precisamente una mujer –Sonia en este caso, así como Sofía en Los demonios–, la destinada a redimir al héroe a través de su perdón y su compasión, señalando el camino: sufre para expiar tu culpa, no es menos cierto que salvando al héroe, ellas mismas se elevarán, salvándose de la degradación.
De la prostituta a la santa, por tanto, recreación literaria de otro mito universal. Y desde esta segunda posición Sonia hablará, con los Evangelios en la mano, de pecado, de expiación por el sufrimiento, de perdón y de redención, convirtiéndose en la figura mediadora entre la tragedia y la redención.
A falta de padre aparecerá la mujer como representante legal. Hombres en posición de hijos más que en posición de hombres.
Cuando decide matar, Raskólnikov no quiere saber nada del límite, cuando rechaza a las mujeres tampoco, pues son ellas las que representan imaginariamente lo incompleto, lo faltante, “el sufrimiento de toda la humanidad”.

Un piojo o un asesino. Desde el comienzo de Crimen y castigo, Raskólnikov se sentirá atribulado por la idea de que su hermana Dunia se sacrifique casándose con un hombre al que no ama. Atribulado, se muestra sin embargo incapaz de hacerse cargo de su condición de único hombre de la familia, y a pesar de la aparición de la repulsa, dejará finalmente a la hermana en manos del amigo Razumihin que se muestra más capaz que él de ocupar un lugar masculino.
Lugar que lo horroriza pero del que no puede salir, condenándolo a la pasividad anterior al acto asesino. Así se lo contará a Sonia al confesarse: “Me salían lecciones. Pero yo me enfurruñaba y no quería, y como una araña, iba y me acurrucaba en un rincón… no quería trabajar ni comer. Solo deseaba estar tumbado… Entonces se me ocurrió un pensamiento, yo quería atreverme, y maté. Sólo quería atreverme, Sonia: ahí tienes toda la razón. Yo necesitaba saber entonces, y saberlo cuanto antes, si yo era también un piojo, como todos, o un hombre”.

Si no se puede ser un hombre por un déficit en la transmisión del falo paterno, se podrá, como salida, intentar convertirse en un superhombre más allá de la Ley. De la impotencia a la omnipotencia, del piojo parásito al soberbio violento.
Así racionaliza Raskólnikov su teoría del superhombre ante Petrovich, oficial que está a cargo de la investigación del crimen, en la tercera parte de la obra: “Los hombres, siguiendo una ley de la naturaleza, se dividen en general en dos categorías: la categoría inferior (los hombres ordinarios), la masa que sirve únicamente para engendrar seres idénticos entre sí, y la otra categoría, aquella, en suma, de los verdaderos hombres, o sea, los que tienen el don o el talento de decir en su medio una palabra nueva. En la segunda categoría, todos caen fuera de la legalidad, son destructores. Si uno de esos hombres encuentra necesario pasar sobre un cadáver, puede, en mi opinión, arrogarse ese derecho en conciencia”.
Lejos de encontrar la palabra nueva que buscaba Raskólnikov pasará al acto positivizando un mítico goce pleno donde el “No hay Ley” habrá suplantado a la Ley, puesto que si hay ley, hay castración. Esta búsqueda de la palabra nueva, intento de conmover imaginariamente los cimientos de la imposibilidad de la palabra plena, conducirá, trágicamente, al acto asesino. La pulsión de muerte, en lugar de laborar en silencio, se realizará en un goce violento y asesino.
Este crimen, verdadera confesión literaria de nuestro tiempo, nos acerca a la comprensión de esta plaga del Siglo XXI: el femicidio.
Desde el lado de las mujeres, el estrago se produce cuando la dependencia al objeto masculino se perpetúa aunque el daño o la humillación sean extremos y puede desembocar en la muerte si el encuentro con un hombre que lo juegue hasta el final se produce.

Las historias cada vez más frecuentes de violencia de género suelen producirse cuando las mujeres deciden prescindir del objeto maltratador. Suele ser demasiado tarde.
Una vez aceptada, aunque de forma ambivalente, la culpa y el castigo, escribe Dostoievski: “Aquí ya empieza una nueva historia, la historia de un hombre, la historia de su tránsito progresivo de un mundo a otro, de su conocimiento de otra realidad nueva, totalmente ignorada hasta allí”.

Y diremos con él siguiendo al Freud de “Totem y Tabú”, una realidad psíquica en la cual matar pueda quedar inscripto sólo como mítico asesinato del padre, posibilitando su incorporación como autoridad legal, prohibiendo el incesto y por tanto el parricidio que, para el psicoanálisis, el femicidio evoca.

Bibliografía
Dostoievski, F.: Crimen y castigo. Barcelona, Planeta. 1990.
Freud, S. (1912-13): “Totem y Tabú”. A.E. Tomo XXI. Amorrortu.
— — (1928): “Dostoievski y el parricidio”. A.E. Tomo XXII. Amorrortu.
Wechsler, E.: Arrebatos femeninos, obsesiones masculinas. Clínica psicoanalítica hoy. Letra Viva. Buenos Aires. 2008.
 
 
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