Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Femicidio

Femicidios, discursos y silencios
  Por Leticia Glocer Fiorini
   
 
Femicidio: Una palabra construida en las últimas décadas para dar nombre a hechos que ocurren desde la Antigüedad. Poder nominarlo es sacar al femicidio de la órbita de lo “natural”.
A pesar de que las mujeres quedaron durante mucho tiempo excluidas de las construcciones socio-históricas desde una perspectiva simbólica, hubo y hay variedad de representaciones de mujeres en la historia de la cultura. Alternativamente mujer pura y prostituta, madre idealizada y mujer denigrada, Madona y bruja. Estas representaciones contradictorias expresan los aspectos conflictivos en las relaciones entre los sexos.
Ciertamente, una perspectiva de equiparación entre los géneros no elimina la diferencia pero sí las jerarquías valorativas que repercuten fuertemente en los fenómenos de violencia de género.
Los importantes cambios que se produjeron desde la entrada de las mujeres al mundo del trabajo, los métodos anticonceptivos, el voto femenino, entre otros, no deberían opacar los problemas todavía presentes en diferentes culturas y subculturas que pueden llegar hasta el femicidio.

Los cambios en el aspecto jurídico y social son fundamentales pero son sólo una cara del problema. Deben estar acompañados de cambios psíquicos ya que hay inscripciones en el psiquismo y en el imaginario social cuya movilización puede llevar mucho más que una generación.

Señala Bourdieu (1998), en sus investigaciones etnográficas, que las relaciones de dominación entre los sexos estuvieron naturalizadas durante siglos, que esas relaciones se imprimen en los cuerpos (posturas, gestos, ubicación en el espacio) y que son sometidas a un proceso de deshistorización. Afirma que estamos en presencia de sistemas de percepción y conocimiento establemente inscriptos en el psiquismo, que se reproducen históricamente a través de los discursos sociales. De esta manera, los discursos, saberes y poderes fijan estereotipos sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Enfatiza que es necesario un abordaje que permita historizar lo que fue naturalizado y, por lo tanto, deshistorizado.
Esto atañe directamente al psicoanálisis. ¿Podemos pensar en una teoría sobre la diferencia sexual que esté exenta de los esquemas de percepción y lógicas de pensamiento vigentes en cada época? A la inversa, ¿cómo los productores de teorías, conforman significaciones que luego se independizan de sus orígenes y aparecen como verificaciones neutras y objetivas sobre la diferencia sexual?

Finalmente, ¿cómo estas lógicas sobre la diferencia sexual, impactan en los fenómenos de violencia de género que llegan hasta el femicidio?
Recordemos que recién en el Concilio de Trento (siglo XVI) se estableció que las mujeres poseían “alma”. Asimismo, que en ciertos pueblos primitivos se incineraba vivas a las mujeres junto con sus maridos muertos. Se hace presente también la etapa reciente de control de la natalidad en China que derivó en eliminar a las niñas, ya que las parejas estaban autorizadas a tener un solo hijo y la elección recaía sobre el varón.

Misoginia. Su impacto en los femicidios. Figuras y contrafiguras sobre lo femenino y lo masculino recorren la historia de la civilización. El enfrentamiento a la diferencia de los sexos localizó tradicionalmente en lo femenino una condición de vacío y silencio que demanda un desciframiento necesario.

Hay una delgada línea roja que une situaciones de extrema violencia, como violaciones en tiempo de paz o de guerra, con otras formas de violencia de género como la trata de mujeres, las “mujeres quemadas” hasta llegar al femicidio. Esta línea prosigue a través de la palabra, con el maltrato psicológico, y conduce a sentimientos de desvalorización con la consiguiente pérdida de la autoestima en las mujeres afectadas.
El humor misógino es un clásico y constituye una poderosa manifestación del inconsciente. La denominada “mujer objeto”, otro. La idealización de la mujer como objeto de deseo, se desliza fácilmente hacia su “objetalización”. El machismo, con el ensalzamiento de una virilidad de características artificiales, es una expresión de misoginia. Hay en el imaginario colectivo figuras prototípicas fuertemente arraigadas como el Don Juan, quien desea todas las mujeres pero no ama a ninguna, y la mujer que ama a un solo hombre, mientras su deseo queda sofocado.

La misoginia se oculta frecuentemente detrás de la idealización. La idealización de la mujer-madre, muchas veces esconde la denigración de la mujer en general. Esta escisión madre/idealizada-mujer/denigrada sostenía, para Freud (1910), una de las formas más comunes de elección de objeto en el hombre.
Entonces, cohabitan en las sociedades y culturas actuales cambios importantes con respecto al lugar de la mujer con manifestaciones de misoginia que merecen revisarse.
Si deseamos iluminar con más precisión las características de la misoginia no la podemos desligar de la organización patriarcal de la sociedad. Los discursos sexistas son intrínsecos al androcentrismo. La figura del pater familiae, consagrada en el Derecho Romano, marca poderosamente las subjetividades. Las mujeres y niños, como seres incapaces, están a cargo de esta figura patriarcal.
Derrida (1987), desde la filosofía, propuso una profunda crítica de las características falogocéntricas de nuestra cultura, señalando el carácter trascendental otorgado al significante falo.

Relaciones de poder, diferencia sexual y violencia femicida.La diferencia sexual y de géneros es una vía privilegiada para el ejercicio de relaciones de dominación y violencia.
Consideramos dos fuentes en las raíces de las relaciones de poder que sostienen los actos de violencia sexual. El campo pulsional-sexual y el campo de los ideales en sus relaciones discursivas y socio-culturales. Pueden coincidir u oponerse, potenciarse o relacionarse en tensión.

1) El discurso freudiano (Freud, 1905) nomina a la sexualidad infantil y coloca al campo de la sexualidad en el eje de la teoría psicoanalítica. En este marco la noción de feminidad queda marcada por puntos ciegos que afectan también la comprensión de la masculinidad. La angustia de castración localiza el enigma en lo femenino, desplazando así la condición enigmática de la diferencia sexual a lo femenino (Glocer Fiorini, 2001).
El campo de la sexualidad no es independiente de las relaciones de poder. La sexualidad se constituye en instrumento del poder. A la vez, la sexualidad “utiliza” las relaciones de poder para sus fines.
Las relaciones entre sexualidad y poder pueden desplegarse en el binarismo masculino-femenino. Según el mito totémico el poder se juega entre hombres, padres e hijos. Indudablemente, hay poderes privados que no siempre coinciden con los públicos. La víctima también ejerce contrapoderes desde la pasividad y el sometimiento. Esto es parte de la relación amo-esclavo.

También hay que tener en cuenta que si bien la masculinidad y la feminidad pueden coexistir en un mismo sujeto, esa coexistencia no está exenta de la problemática de las polaridades binarias. La clínica de las relaciones sado-masoquistas muestra que las posiciones subjetivas son independientes de ser hombre o mujer y que las categorías sujeto-objeto son intercambiables. Pero aun así, sigue presente en la teoría el hecho de que el masoquismo es nominado como femenino aunque esté encarnado en un hombre. Esto implica que en la polaridad dualística masculino-femenino las relaciones de poder tienden a ser fijas y sustanciales y esto tiene fuerte impacto en los procesos de subjetivación.
2) Los ideales vigentes en la cultura expresan saberes y convenciones sobre las relaciones hombre-mujer. La polaridad masculino-femenino representa y, a la vez, genera relaciones de poder. La polaridad masculino-femenino se expresa en los ideales y discursos parentales y se manifiesta en los ejes ideales del psiquismo (yo ideal-ideal del yo). Esto se produce través de la nominación, del lenguaje, de las modalidades de los contactos corporales, de ritmos y sensaciones. La transmisión inconsciente de ideales identificatorios relativos al género, masculino y femenino, expresa el poder de los mandatos identificatorios en las más tempranas relaciones (Castoriadis-Aulagnier, 1975).
Hay una intrincación entre lo pulsional y los ideales intersubjetivos que marca la construcción de subjetividad sexuada y que rehúsa soluciones excluyentes.

Esto tiene consecuencias en la clínica. Por ejemplo, en los casos de violencia de género. ¿Cómo evaluar el factor pulsional que se juega en los ejes activo-pasivo, sujeto-objeto, sadismo-masoquismo? A la vez, ¿cómo hacer para no dejar de lado la violencia de género que impregna poderosamente las subjetividades? Es necesario investigar ambas fuentes, tanto el componente masoquista como la problemática transubjetiva en juego. Se podrá argumentar que ese segundo punto no forma parte del psicoanálisis, sin embargo, pasa a ser parte ineludible del sistema narcisista de ideales que se configuran en el eje yo ideal-ideal del yo. Tomar sólo el componente masoquista puede ser tan unilateral como considerar sólo a los ideales culturales en juego.
   
Los cuerpos y el poder. Las significaciones que se le dan al cuerpo desde las religiones (el cuerpo de mujer como el cuerpo de la reproducción), desde la medicina (Bouillaud [1836] sostenía que el útero no era un órgano necesario porque no existía en el hombre), y desde la cultura en general, muestran que los cuerpos de mujeres y hombres siempre respondieron a ideales y expectativas de los discursos vigentes sobre la masculinidad y la feminidad. Los ideales de una masculinidad racional, lógica, ética, en un más allá de los cuerpos, y los de una feminidad sostenida en los cuerpos, en los afectos, en lo irracional, recorren siglos de organizaciones discursivas y prácticas sociales. La división mente-cuerpo se homologa a la división masculino-femenino, en un malentendido fundamental que implica establecer una dicotomía jerárquica.
Heritier (2007) ya había señalado que los dualismos presentes en el lenguaje: frío-calor, seco-húmedo, alto-bajo tenían significaciones que la cultura siempre homologó al par masculino-femenino, pero en forma jerárquica. Estas jerarquías implican un disciplinamiento del cuerpo como ya lo planteó Foucault (1984) refiriéndose a las formas modernas del ejército, la escuela, las prisiones, hospitales, que podemos extender a los géneros, temática de la que no se ocupó este autor. Se aumenta la utilidad del cuerpo y se producen cuerpos dóciles.

Masculino/Femenino y lógica binaria. Constatamos la frecuente homologación masculino/ posesión del pene/ activo/ sujeto/ violencia/ dominio versus femenino/ no posesión del pene/ pasivo/ objeto/ sometimiento. En estos vectores circulan enunciados que implican saberes y poderes alrededor de la sexualidad, de los cuerpos, de lo masculino y lo femenino, que aparecen luego como axiomas indiscutibles de la teoría.
Existe el riesgo de considerar estos saberes y relaciones como universales y no en su contingencia. Justamente, sobre estos dualismos se apoyan las relaciones de poder. Los binarismos (activo-pasivo, fálico-castrado, masculino-femenino) sostienen relaciones de poder y éstas, a su vez, sostienen el pensamiento binario (Glocer Fiorini, 2000).

Por otra parte, la dicotomía que adjudica cualidades fijas al hombre y a la mujer está en colisión con otra propuesta fuerte del psicoanálisis contemporáneo, que es enfocar lo singular. Hay un imaginario que tiende a congelar relaciones y crear equivalencias fijas que es necesario deconstruir en sus determinaciones: históricas, discursivas, genealógicas, ideales, para evitar esencialismos en pos de una mayor focalización en la singularidad de cada sujeto. Esto no implica desconocer preeminencias en hombres y en mujeres, pero sí evitar el riesgo de universalizarlas o considerarlas ahistóricas.
Otro factor que converge en la organización de las relaciones de dominio hombre-mujer y que impregna las teorías al respecto, es localizar en la madre una fuerza atrapante para el niño, de la que sólo la intervención paterna lo puede liberar. Esto reifica la figura paterna en un polo de poder. Esta dicotomía tiende a descalificar las identificaciones femeninas y, según Benjamin (1997), niega la subjetividad y las reservas simbólicas de la madre. Favorece la dependencia de las mujeres y reafirma las tendencias a la dominación y a la violencia de los hombres.

Comentarios. Las relaciones de poder y violencia entre los géneros se sostienen, a nuestro juicio, en la rígida oposición binaria sujeto-objeto. Como señalamos, los binarismos presentan varios problemas: por un lado, la inevitable relación jerárquica entre sus términos; por el otro, el riesgo de caer en esencialismos y homologaciones fijas. El sujeto de conocimiento siempre fue masculino, el otro femenino siempre fue el continente negro, lo desconocido. El sujeto de deseo es clásicamente masculino, el objeto deseado, femenino. En esta línea, la posición de objeto de conocimiento y de deseo favorece la dependencia y la sumisión. Así se puede congelar el poder en dominio y desencadenar violencias mayores hasta llegar a la aniquilación del otro, como residuo desechable (femicidio). De ahí la necesidad de quebrar dualismos estrictos e incluirlos en organizaciones complejas (Glocer Fiorini, 2001 y 2015).
Tampoco es cuestión de invertir los términos, sino de deconstruir adosamientos fijos. Implica repensar la categoría “diferencia sexual” en un marco de interrelaciones de diferencias (linguísticas, discursivas, de género, entre otras) donde siempre queda un casillero “vacío”. Implica pensar con lógicas modales y de la intersección (Glocer Fiorini, 2015).
Para terminar, quisiera acentuar que el psicoanálisis posee herramientas para deconstruir y analizar los problemas que en sí mismo presenta. El reconocimiento de las relaciones de poder inter y transubjetivas, de los ideales y discursos que las sostienen y multiplican, y de sus efectos en el psiquismo puede aportar elementos para comprender las manifestaciones de violencia sexual en los diversos campos en que se expresa.

Bibliografía

Benjamin J. (1995). Sujetos iguales, objetos de amor. Buenos Aires: Paidós, 1997.
Bouillaud, J. (1836). Ensayo sobre filosofía médica y sobre las generalidades de la clínica médica. Philosophie médicale.
Bourdieu, P. (1998). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama, 1999
Castoriadis-Aulagnier, P. (1975). La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado. Buenos Aires: Amorrortu, 1977.
Derrida, J. (1987). La deconstrucción en las fronteras de la filosofía. Paidós: Barcelona, 1989.
Foucault, M. (1984). Historia de la sexualidad. La voluntad de saber, 1. Madrid: Siglo XXI, l995.
Freud, S. (1905): “Tres ensayos de teoría sexual”, VII. Buenos Aires: Amorrortu.
Freud, S. (1910). “Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre”, en “Contribuciones a la Psicología del amor” 1, XI. Buenos Aires, Amorrortu.
Glocer Fiorini, L. (2000). “El enigma de la diferencia”. En A.M. Alizade (Ed.), Escenarios Femeninos. Buenos Aires: Lumen.
Glocer Fiorini, L. (2001). Lo Femenino y el Pensamiento Complejo. Buenos Aires: Lugar Editorial.
Glocer Fiorini, L. (2015). La diferencia sexual en debate. Cuerpos, deseos y ficciones. Buenos Aires: Lugar Editorial.
Héritier, F. (2007). Masculino-Femenino II. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



 

 
» Apertura
Jornadas Internacionales  14 y 15 de diciembre de 2017
 
» La Tercera
Formación en Psicoanálisis  Inicio abril 2018 - reuniones informativas
 
» Fundación Tiempo
POSGRADOS CON PRÁCTICA BONIFICADA   Duración 12 meses - Inicios mensuales -.
 
» Centro Dos
Conferencias Segundo cuatrimestre  Martes 20.30hs
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com