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   Tiempos de Anorexia

Hacerte falta o morir en el intento.
  Por Miriam Mazover
   
 
Quedamos atónitos, sumamente impresionados, cuando vemos en la televisión o en los diarios las imágenes que muestran jovencitas con un cuerpo casi cadavérico, que han llegado a ese estado por negarse sistemáticamente a comer.
La sensación que nos invade, por qué no decirlo, es la de no entender nada de nada, porque ellas, a igual –y lamentablemente– que tantos seres humanos habitantes de este planeta, poseen un estado de desnutrición severa; pero a diferencia de éstos, ellas no se encuentran privadas del alimento, sino muy por el contrario. Sin embargo, se niegan a comer, aunque esto implique, como en ocasiones de hecho ocurre, literalmente morir.
No entendemos nada de nada, o quizás empecemos a entender. A entender que en el ser humano, el instinto en tanto tal (conjunto de pautas que contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie) se encuentra abolido. Que hasta el hambre, que es una cualidad tan primaria, depende del apetito, del deseo de comer. La anoréxica lo ha perdido, “perdió su apetito”.

Este trastorno severo de la alimentación provoca entre quienes la rodean, especialmente en su entorno más cercano (madre, padre), la desesperación, el no saber qué hacer con ella y con ellos mismos. Sus padres no saben, justamente, porque ya hicieron todo lo que sabían, y cada día que pasa oponen con más énfasis a la cadaverización de la que son testigos, su deseo de que ella viva; el alimento queda, como consecuencia de esto, realmente desplazado y rebajado a la categoría de un simple medio para lograr lo que a todas vistas, ahora, a ellos les resulta fundamental: que viva.

Cuando un sujeto humano provoca un hecho tan enemigo de la vida como el que estamos haciendo mención, se torna indispensable que haya también un otro que pueda hacer del mismo una lectura.
Dicha lectura, desde el sentido mencionado, no se la podremos pedir directamente a la persona enferma, justamente porque está enferma y tiene esta capacidad bloqueada, ni a los de su entorno más cercano que, como nombráramos recién, nos confiesan que tampoco pudieron ni pueden hacerla.
En principio, resulta importante situar que en estos casos extremos es evidente que deberemos acudir a los médicos y a los nutricionistas, por ser ellos profesionales indispensables para equilibrar no sólo la ingesta sino al propio organismo, en tanto ha entrado en un severo deterioro de sus funciones; de igual manera advertimos que por tratarse de un grave desorden psíquico, se nos hará necesario también consultar a los profesionales de la salud mental, que somos aquellos que indagamos y trabajamos con los laberintos de la psiquis humana.

Somos justamente nosotros, los psicoterapeutas, los que nos encontramos en condiciones de afirmar que si bien cada caso es particular, y será entonces así como lo deberemos abordar con el fin de descifrar qué ha pasado en la historia singular de ese sujeto para que haya desembocado en este terrible atolladero, existen también otras razones de índole más estructural que estos casos nos muestran. Y es por este motivo que a partir de aquello que la anoréxica nos da a ver, y que más arriba hemos explicitado, nos habilitaremos a producir una lectura muy significativa: estos sujetos a los que estamos haciendo referencia, que padecen esta patología en un grado tan peligroso, efectúan una búsqueda desesperada (con un costo elevadísimo) que intenta poner en primer plano aquello que desean: que no se los relacione solamente al campo de la necesidad (léase, comida/ organismo/ órganos/ funciones), sino y fundamentalmente al hecho de que son ellos, como subjetividad –ni su carne, ni cualquier carne, aunque sea comestible– los que resultan vitales para significar la existencia de las personas de su entorno más íntimo, único modo de que la vida para cualquier ser humano cobre un sentido. Recordemos que con su fisonomía cadavérica provocan, decíamos, que dejemos de pensar en los alimentos y que sólo clamemos para que vivan.

Este desciframiento, insistimos, producto de la lectura que hacemos de lo que la anoréxica nos muestra (sin saberlo), resultará para el abordaje de estas psicopatologías su llave maestra. Como consecuencia de lo antedicho, nos privará –en principio– a nosotros, los profesionales de la salud mental, de ofrecer dispositivos que ubiquen tanto a la comida, al control de su ingesta, como al peso corporal en el centro de la escena, porque si lo hacemos estaremos desplazando a la subjetividad de quien ha caído enferma del papel protagónico que le concierne, y que la anoréxica defiende a muerte; a veces y lamentablemente, como antes mencionáramos, lo hace al pie de la letra y muere. Aquello relacionado con los alimentos, las nutrientes y el funcionamiento del cuerpo, quedará reservado al campo de la medicina y de la nutrición, en tanto son éstos los profesionales que por su formación se ocupan y saben de la materia. Los psicoterapeutas conversaremos con ellos, con el fin de trabajar interdisciplinariamente, pero para el tratamiento de quien se ha enfermado tan delicadamente ofertaremos nuestra presencia (que no es sin cuerpo), nuestra escucha y nuestra capacidad de lectura.

Este primer acto de lectura que habremos hecho conlleva ya una interpretación de aquello que evidentemente para estas personas, que sufren una anorexia tan grave, está en déficit: la noción de que las precisamos y de que por esto mismo las ayudaremos a que puedan abrir su boca, no sólo para alimentarse sino, y fundamentalmente, para producir palabras, aquellas que nos permitirán ir descifrando las causas de por qué han caído en este abismo. Y si lo hacemos es porque deseamos que primordialmente sean ellas quienes las entiendan.
Así, nosotros habremos dado el primer paso, porque pudimos leer a través de lo que ellas no dejan de mostrarnos, que “su kit” no pasa por la comida. No es seguramente un acto suficiente, pero sí profundamente necesario para su curación. Mientras tanto, y porque la alimentación comienza a quedar ubicada en otro estatuto, se abren verdaderas chances para que estos sujetos que nos ocupan, y de los que hemos venido haciendo mención, puedan empezar a comer de manera humana: con apetito, con deseo de comer.
 
 
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