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   Colaboración

El discurso analítico frente al odio y la crueldad del individualismo
  Por Marta Rietti
   
 
De ese miedo nacía el odio que los hacía crueles…
El lector de Julio Verne. A. Grandes

Sabemos que el discurso del psicoanálisis posee efectos en el lazo social, en el colectivo de nuestros días. Pero ese lazo puede mostrarse frecuentemente bajo el modo del odio y de la crueldad ¿Alcanza con explicar ese odio y esa crueldad, sólo por la incidencia del discurso capitalista y su rechazo a la castración, que forcluye “las cosas del amor”?1. Fernando Ulloa con su noción de encerrona trágica, ciñe –a mi entender– estos conceptos, cuando dice que en la crueldad hay exclusión, odio y eliminación del otro en tanto semejante. Agrega que la crueldad es la contraparte o más bien el fracaso de la ternura, a la que podríamos relacionar con esas cosas del amor forcluídas que sitúa Lacan. Según el decir de Ulloa, en la crueldad hay dolor psíquico que se torna infinito, siendo diferente a la angustia que haciendo borde entre deseo y goce, posibilita el corte con éste último. La angustia viabilizando un corte con ese goce que no hace falta que esté, que es necesario quitar, no aparece entonces como encierro ni como tragedia, sino que más bien el sujeto queda liberado cuando puede tomar la contingencia de dicho corte y así acceder a lo justo de su deseo.

Articulada a la crueldad y al odio, Marie Magdeleine Chattel trabaja la figura del semejante que se ha tornado cruel y feroz. Lo hace en su artículo “Hermano-Ferocidad”, destacando determinados rasgos de ese semejante al que nombra hermano. Por ejemplo su intrusión, su rivalidad sin límite y hasta su odio destructivo, puede suscitar en un otro diferente sentirse amenazado por lo que ella nombra como capaz de generar envidia y que puede experimentarse en la vida cuando el deseo es visto en ese otro bajo la figura del traidor2. Pero también está lo cruel de sentirse arrebatado de un goce que se considere necesario a la existencia, y por ende del deseo y del amor, dejando al descubierto aquello que se ha tornado persecutorio para el sujeto. Invidia viene de videre. Al respecto, Lacan cuando habla de ésta en el Seminario de “Los cuatro conceptos…”, toma el ejemplo de San Agustín, cuando señala que la verdadera envidia puede figurarse en la palidez del rostro de aquel que suponiendo en el otro una imagen de completitud, le atribuye poseer eso con lo que plenamente se satisfacería3.

Esta posición de odio y de crueldad, es llevada al extremo en el sistema capitalista actual que deviene salvaje entre otras cosas, por el tratamiento que realiza con el saber y el goce. En ese salvajismo, el sujeto queda condicionado a la locura del mercado, llevándolo a que como sujeto de deseo quede suspendido en pos de aquél que podemos nombrar consumidor. La plusvalía que “sonríe al capitalista” según dice Marx en El Capital y que es el principio de la economía actual, libera al sujeto de la determinación de su verdad. Es que el discurso capitalista, nombrado por Lacan también como pseudo discurso, indica en su matema la inversión de las letras S1 y S/ de sus lugares respecto del discurso del inconsciente, de modo que S1, que podemos designar como rasgo separador del sujeto, se ubica en el lugar de la verdad pero sin tener relación con el conjunto de saber que nombramos S2. Así, al quebrarse la articulación en el par significante S1 y S2, queda el saber sin poder ser descompletado por la verdad relativa al sujeto. Se trata entonces de una pseudoliberación del sujeto, ya que lo encierra trágicamente, parafraseando el término que trabaja Ulloa.

Que el sujeto pierda la brújula de su verdad en tanto queda suspendida su división entre lo que sabe y lo que dice, lo deja atrapado en la ilusión de un todo saber-goce que se tornaría posible conseguir. Así, la crueldad y el odio con el semejante, en pos de ese todo que se pretende alcanzar, quedarían banalizados como productos a consumir. Aparece, por ejemplo en la segregación que deja al sujeto en posición de objeto desechándose el mismo precisamente por su posición de segregado. También en el aislamiento que es una alternativa de la segregación, y aún en la exclusión que refiriéndose a vicisitudes económico-sociales produce expulsión4. Categorías que son promovidas por un individualismo en tanto expresión de máxima indivisión. Etimológicamente individualismo refiere a individuo, del latín individuus negativo de dividuus. Es con este término que quiero señalar la ilusión de indivisión que suscita este pseudo discurso del capitalismo. Adam Smith es quien de otro modo utiliza el término individualismo en su teoría económica, resaltando con éste, los valores y beneficios del sistema capitalista que llevados a un extremo se tornan perjudiciales para el sujeto de un colectivo. Reducido a mero consumidor, lo deja paradójicamente, en la imposibilidad de hacer uso de los objetos que se provee5, quedando como resto deshecho ofrecido a lo tumultuoso del mercado. Contrariamente, el discurso que promueve el psicoanálisis hace reinar al sujeto dividido por su objeto a.

Ahora bien, ¿hasta qué punto el discurso del psicoanálisis haría frente –en el sentido de resistencia– al odio y crueldad desatados en nuestros días? Ese odio entre real e imaginario desamarrado de lo simbólico, se presenta como una manifestación más allá de la agresividad especular. Podemos considerarlo pura expresión de la pulsión muda, que no ha podido ser transformada por la sublimación. Esta clase de odio lleva a querer destruir al semejante que aparece como heterogéneo, diferente e inasimilable al ideal imaginario de semejanza propio de la masa, desconociendo que en la lógica del asemejarse siempre queda un resto irreductible de incompatibilidad con el otro. Ese resto, que nombramos objeto a, conforma lo singular separador de un sujeto, lo hace diferente y eso sería lo que no se puede soportar. Quien es preso de este odio destructivo, es aquel que devorado, engullido por el espanto que ese otro diferente es capaz de suscitar en él, se obstinará desesperadamente en demoler, arruinar lo que supone es causa de su indignidad. El que odia de esa manera, forcluye lo estructural de la alteridad que conforma su propia imagen y que duplica al infinito. Acarrea por ello su propia destrucción, haciéndose uno con la masa. Y aunque una comunidad o un colectivo no son dicha masa, estaría siempre la posibilidad latente de quedar bajo sus efectos.

En ese sentido, Lacan sitúa que unificarse a lo que funciona como masa, implica la participación de dos objetos: la voz casi enteramente planetarizada y hasta estratosferizada por aparatos, y la mirada cuyo carácter omnipresente se puede apreciar en espectáculos de horror, donde no se trata tanto de la visión sino de suscitar esa mirada6. Ahora bien, la mirada como objeto pulsional está en juego en el odio. Tanto el que odia como el que se supone odiado, participan de algún modo de una mirada que no declina, que no cae, que se mantiene. Eso mira y el sujeto preso del odio queda así en posición de objeto deyecto. Sin embargo, hay pocos sujetos que no sucumban a la fascinación de sacrificarse por sacrificarse, testimoniando cómo el goce del Otro se torna presente. 7

Porque al odiar de este modo se tropieza con un punto ciego de la subjetividad, quedando el sujeto entrampado en aquella parte del objeto de su fantasma que no ha sido atravesado por la castración. Es lo mal-dito del objeto a y en tanto eso no caiga, se menoscaba el lugar de sujeto dividido, inserto en su comunidad, a través de la ignorancia y la indiferencia con su semejante.

Ahora bien: si la línea de imposibilidad para unificarse logra ser trazada, surge una oportunidad para el sujeto del que habla el psicoanálisis. Un lazo con el otro diferente al de la masa, despierta del adormecimiento pues no se funda en la identidad en tanto hablantes, sino que la diferencia que hace tan singular a cada quien, deja abierta a la posibilidad del sinsentido, de la sorpresa, de lo diverso. Se trataría –al decir de Jacques Derrida8– de resistir a ese goce del Otro que se presentifica, resistencia que implica movimiento, avance y que por lo tanto tiene efectos en la estructura del sujeto afectado por su división.

Este tipo de resistencia promueve otro modo discursivo respecto del pseudo discurso capitalista; el del psicoanálisis, discurso que se despliega con un analista en tanto instrumento de revelación del inconsciente. El analista formando parte del cuadro –cuadro que implica de por sí sosiego y espera– y entrando así en el análisis, puede representar el efecto de objeto a separador. Participa así con su grano de arena en la inmensidad del aluvión de dichos del analizante para que aparezca aquel rasgo singular, separador, que distingue a cada hablante9. Al tener la disposición adquirida en su propio análisis para dejarse hacer semblante, el analista posibilita con su intervención la producción de un significante nuevo S1 que al entrar en relación con el conjunto del saber S2, impacta en la verdad concerniente al sujeto. Es entonces ese significante nuevo S1 que adviene como un saber-hacer, extraído del goce tocado e interpelado por el semblante, el que hace posible que un sujeto se advierta de lo que le ha sido dado como ideales y a los cuales se hallaba aferrado. Al poder leer los significantes que comandaban su destino, ahora disuelto en letras, gana libertad dando lugar al propio deseo y a un goce sustentable para su existencia.

En fin, es en lo insensato de ese objeto a10 separador, evocador de vacío, causa de deseo, por donde es posible que se juegue el efecto sujeto, porque lo que causa es diferente a creerse determinado por un destino adverso. La causa es la que posibilita crearse e inventarse otro destino. Por eso se trata del uno por uno, del cada uno y no de hacerse uno con los otros.
La caída y duelo por el objeto a de cada quien, sitúa castración que hace límite con lo fantasmático. El discurso analítico puede entonces ser una alternativa al hacer un corte con la crueldad y el odio desatados, que intentan someter al semejante, dejándolo tomado en su dolor e impotencia reiterados. La crueldad que ha existido en todos los tiempos pero que en la actualidad cobra su propio modo, puede sólo ser neutralizada pero no eliminada, crueldad que es goce suscitado por la violencia.

Así por el acto analítico que es posible a través del discurso del analista, se produce la necesaria destitución de saber para que otro tipo de odio, pueda ser formulado y tener su espacio. Y puesto el odio en su lugar en relación al amor y al saber, rota de devastador a diferente que entonces sí puede separar.
Entiendo así que el discurso del psicoanálisis no sólo en la clínica, sino también con sus efectos en lo social y en lo político, podría vehiculizar un saber-hacer con la impotencia, la que siempre incrementa un superyó feroz, goce del Otro que nos podría habitar.
______________
1.    Lacan, J. El Saber del Analista. Editorial Enapsi.
2.    Ibid 2.
3.    Lacan, J. “¿Qué es un cuadro?” en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Cap. IX. Ed Paidós.
4.    Ritvo, J. “Proposición del 9 de octubre y el judaísmo”.
5.    Agamben, Giorgio. Profanaciones. Adriana Hidalgo Ediciones.
6.    Lacan, J. “En ti más que tu”. En Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Cap XX. Ed. Paidós.
7.    Lacan, J. ibid 6.
8.    Derrida, J. Resistencias del psicoanálisis.
9.    Lacan, J. Seminario “El Acto Psicoanalítico”. Clase 27/3/68.
10. Lacan, J. “La Tercera”.
 
 
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