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   Editorial

Una escritura para coronar el virus
  Por Sergio Zabalza
   
 

La irrupción del Covid-19 ha trastocado la vida de miles de millones de personas en el mundo. No en vano, hay quienes dicen que tras esta traumática experiencia quizás precipite algo así como un saldo de saber aquilatado en una valorización de lo común: esa dimensión que nos iguala a partir de nuestra esencial vulnerabilidad. Esta peste no distingue clases sociales, de hecho, la Corona ha sentado sus reales en zonas ricas de países del primer mundo, como la Lombardía italiana o la mismísima Nueva York, hoy en peligro de seguir los mismos pasos que ciudades como Milán, Turín o Madrid. Si es cierto que el trauma constituye al sujeto, quizás esta pandemia arroje alguna nueva conciencia planetaria, un toque de lucidez en medio de tanta mezquindad, crueldad y tontería. Cada época tiene sus fantasmas, la peste globalizada ya figuraba entre las distopías de nuestros días desde hace rato. Ocurre que, como bien sabemos, nada más traumático y propiciatorio que la realización del fantasma: para bien o para mal, a partir de allí nada sigue igual. De hecho, el acto analítico pone en juego la escena del inconsciente de forma tal que el sujeto, no sin angustia, por cierto, se encuentre en condiciones de advertir el embrollo en el que está metido. Indagar las características de la angustia que hoy aqueja al sujeto quizás nos conduzca a entrever algunos rasgos del embrollo en que estamos inmersos, si es cierto –tal como refiere Lacan– que “lo colectivo no es nada sino el sujeto de lo individual”.*

 

El terrorismo del “¿Y si…?” Propongo considerar que hoy el tiempo subjetivo traduce un apremio cuya enunciación -tan exigente como demandante- se manifiesta en un: “¿Y si…?”. Esa suerte de formato inquisidor donde los puntos suspensivos bien pueden albergar cuestiones concretas y sensatas como así también esos disparates que algunos audios malintencionados incentivan para hacer creer que, por ejemplo, acecha el desabastecimiento. De esta forma preguntas tales como: “¿Y si el tipo que estornudó a mi lado en el súper tenía el virus?”; “¿Y si toqué esa manija por donde pasan todos?”; “¿Y si me llegase a enfermar?” refieren alternativas para las cuales no hay respuestas operativas y cuyo empuje está al servicio de una deriva inconducente que lleva al desánimo, la inacción o en el peor de los casos, al pánico. Hay una muy sutil y delgada línea entre la necesaria prevención y el terrorismo del “¿Y si…?”: en tanto demanda insensata, adictiva y contagiosa cuya extorsión radica en la ilusión de alcanzar el Todo, por cierto, un virus muy anterior al Corona. Desde mi perspectiva es allí donde toda intervención analítica en cuarentena –sea por Skype, video llamada o teléfono– debe hacer valer el riesgo que supone acceder al acto. La pandemia puede ser una oportunidad para ceder, soltar, dejar caer algo en pos de privilegiar el deseo, rubicón subjetivo que no se atraviesa sin la presencia del límite que la contingencia impone. Pero ¿acaso el mundo entero –el sujeto de lo individual– no experimenta la misma encrucijada? Es decir: la pandemia como oportunidad para ceder algo de la codicia; la ilusión de seguridad permanente y completa; o la comodidad (sea en la opulencia o el sometimiento) para así propiciar una convivencia un poco menos tonta con el Otro (léase el prójimo, planeta incluido).

 

La Voz. Si el ¿“Y si…?” arrastra hacia un tramposo infinito, el tiempo subjetivo del que debemos abrevar es el de la finitud. Estamos aquí, nuestra existencia es hoy y nada mejor para forjar un horizonte que apropiarnos de este momento. Mientras redacto estas líneas escucho los aplausos de las 21 horas: una larga y sostenida manifestación que- sospecho- no sólo está dirigida a los agentes de salud. Es que el inédito silencio originado en la ausencia de tránsito vehicular ha permitido el reconocimiento entre personas que jamás se habían prestado atención (de hecho, la actual situación no hace más que blanquear la sutil cuarentena en la que desde siempre habitamos). Lo cierto es que, en este escenario de obligado aislamiento, el único vehículo que transita es la Voz, privilegiado objeto del ser hablante. Hoy terrazas, ventanas y balcones brindan testimonio de aquello según lo cual: escuchar es lograr que algo se calle, corte indispensable para derrotar el insensato apremio de los “¿Y si...?”. De esta forma, personas que nunca se habían prestado atención experimentan la ceremonia ancestral del canto compartido, ese más allá de las medianeras narcisistas que, por convocar al arrullo primordial, le gana un metro a la soledad. En estos días las voces intercambian preocupaciones, consultas, datos, consejos, y –punto decisivo– risas. El humor es un recurso clave en el encuentro que los cuerpos sostienen a través de la Voz. No se trata de la sorna, la ironía o la burla, sino de la agudeza que, por incluir al semejante, propicia esa complicidad que permite reírnos de nosotros mismos: de nuestros miedos más arcaicos y absurdos.

 

A manera de conclusión: Quizás este virus que deja a todes sin coronita nos brinde la oportunidad de acercarnos a la experiencia del límite (eso que los analistas llamamos castración), allí donde al sujeto no le queda otra que elegir entre la bolsa o la vida. Si el embrollo en el que estamos metidos es el consumo de una ilusoria satisfacción a costa de la depredación de nuestro entorno, vale trabajar para que la traumática irrupción ocasionada por este virus corone en alguna escritura que preserve a los cuerpos de la pulsión de muerte, esa única peste que –por constituirnos– no tiene solución: el goce, o sea.

 

*  Jacques Lacan, “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”, en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988, p. 203, nota 7.

 

 
 
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