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   Límites éticos de la Abstinencia

Apuntes sobre el silencio del analista y "corte" como únicas herramientas del acto analítico
  Por Silvia Amigo
   
 

La regla de abstinencia. El concepto “deseo del analista”: La regla de la abstinencia fue enunciada por Freud desde muy temprano como tope ético de la posición del analista. Advertido del poder potencialmente omnímodo del amor de transferencia, forjó el concepto de “regla de abstinencia” para nombrar la no respuesta del analista a la demanda de amor del paciente, quien prefiere curarse por amor (esto es, siendo amado) al duro curso de la cura analítica, que lo llevará por el contrario al encuentro con el Kern vacío de su ser desde el cual podrá estar en condiciones de amar, y más tarde, contingentemente, eventualmente, en retorno, recibir amor.

El analista se abstendrá de responder desde los ideales de amar y curar a la demanda del analizante, pero no desentendiéndose de ella con displicencia, sino encontrando arduamente la raíz de deseo que la sustenta.
Lacan retrabajó esta regla de abstinencia con su complejo concepto de deseo del analista, ése que lo obliga a llevar a cabo la máxima diferencia entre los ideales y el objeto que estos encubren. Regla de abstinencia y deseo del analista no operan como imperativos kantianos, sino que deben surgir del curso del análisis del analista, son su producto y de ahí en más operan sin que medie coerción moral alguna. Esta posición es ética y se alcanza en el curso de un análisis personal que debiera ser, necesaria y no contingentemente, preferiblemente largo.

Si partimos tomando como base firme estos conceptos, entenderemos por qué resulta fundamental el silencio del analista en cuanto se trata de acallar su subjetividad y sus ideales, que no deben entrar en juego en la cura que dirige, donde el discurso que le conviene lo convoca a la función de semblante del objeto que causa la división subjetiva. Debiera entenderse empero que este silenciamiento de la subjetividad del analista nada tiene que ver con la mudez. El analista, desde su lugar de semblante de objeto –semblante que no implica callar continuamente–, debe, en algunas ocasiones, tomar la palabra. Recordemos que el semblante es por definición el significante que semirecubre ese vacío y la cascada imaginaria que éste hace proliferar. De negarse a intervenir, no sólo pero también haciendo uso de la palabra, el analista corre el riesgo de caer en impasses bastante frecuentes. Uno lo constituye la idea de que el inconsciente es transparente a sí mismo y se autointerpreta. Según esta idea la interpretación estaría de más, dado que el material se autointerpretaría. Otro impasse lo constituye la ilusión, cuando no el ideal, de que la interrupción de la sesión, el corte a secas, y no la interpretación o la construcción (y ésta resulta crucial para vencer la amnesia infantil y hacer que la historia, reescrita en la trama de la transferencia, devenga otra historia) es por sí misma capaz de reordenar la economía de goce.

El silencio del analista no equivale a su mudez: Que Lacan haya comparado la posición del analista con la del “muerto” en el bridge fue usado, y lo es todavía hoy, como justificativo de esta confusión, pesada de consecuencias, entre silencio y mudez cortante.
Si bien es cierto que una formación del inconsciente resulta una primera interpretación propia del sujeto a una trabazón de su goce, a un encalle de su fantasma, es claro que, si ha consultado a un analista, esta primera interpretación no le ha bastado para acceder al deseo decidido, dejándolo varado (en el mejor de los casos) en el deseo insatisfecho, imposible o prevenido. Si esta formación fuera un síntoma, la transacción que éste implica entre un goce incestuoso y un límite a su avance no ha de deshacerse sin una interpretación y, las más de las veces el recurso a la construcción sobre las lagunas y trabazones la historia. Estas intervenciones pocas veces se limitan a una mera escansión, un gruñido, un gesto, aunque algunas veces pueda suceder esto.

La mudez del analista no es subsidiaria de la regla de abstinencia, sino efecto de una moda según la cual se cree que el “ideal” lacaniano “puro y duro” (que no surge de seminario ni escrito alguno de Lacan, sino de lo que se rumorea acerca de los últimos años de su práctica clínica, a la cual nada nos obliga a imitar sin interrogar sus eventuales fundamentos) fuerza a esa conducta silente. Dependiente esta cortante mudez de un ideal del analista, resulta ser por el contrario una falta respecto de la regla de abstinencia misma. Los ideales del analista, recordémoslo, también aquellos concernientes a la teoría y práctica del análisis, deben quedar fuera de juego en cuanto a la cura que dirige.

El “corte”: Encaremos ahora la moda del corte como prototipo de toda intervención del analista. Valen para esta moda las mismas consideraciones que desgranáramos más arriba respecto de la necesaria abstinencia del analista respecto de los ideales (también prima el ideal del corte a rajatabla) que debieran quedar fuera de juego para decidir su acto.
En sus últimos seminarios Lacan introdujo la escritura toponodológica. El analista debiera estar avisado de que, si Lacan pasó de una formalización bourbakiana –y no meramente lingüístico saussureana– de la estructura al recurso de la escritura nodal, debía tener razones de mucho peso que justificaran ese viraje. Esta nueva escritura le permitió reintroducir el registro imaginario al mismo título anudante que lo real y lo simbólico. Además le abrió camino a la localización precisa de operaciones de empalme entre registros, y de aperturas al infinito de las diferentes cuerdas, las que equivalen a cortes donde aparezca lo real de lo real, lo real de lo simbólico, lo real de lo imaginario.

Teorizó recién en esta época la identificación primaria, al Padre Muerto, preedípica, como el trenzado entre cuerpo (imaginario) y simbólico1 llevado a cabo por el falo como recta infinita, que permite el empalme fundamental del sentido entre ambos registros. Introdujo además el concepto esencial de forclusión del sentido2 (que nada tiene que ver con la Verwerfung del Nombre del Padre). Esta forclusión fundante crea el agujero de lo real. Pero lo crea sobre el área del sentido, como sacabocados en su zona de incumbencia. Así, lo real es sustracción de sentido, pas de sens, sens blanc, sinsentido, desens, que emerge de un empalme de sentido imprescindible para lograr su operatoria. Ninguna idealización de lo real “puro” se justifica desde la formalización lacaniana. Se trata, ni más ni menos, de cortar sobre el sentido para reempalmar con otra souplesse el sentido. Lacan llamó a esta obtención “efecto de sentido”3 tal que llegue a tocar lo real.

Cortes y empalmes: En el nudo borromeo situó en los semirrecubrimientos de un registro con otro las zonas de empalme (épissure). Sólo a partir de un empalme logrado puede llevarse a cabo un corte (coupure) por donde pueda caer el objeto a. Los empalmes del sentido, del goce del Otro y del goce fálico resultan cruciales para poder operar sobre ellos un corte posible… Esto si el empalme ha sido logrado. De lo contrario el analista deberá intentar, en medio de la trama de la transferencia, llevar a cabo los empalmes de cuya carencia el sujeto viene padeciendo. La restitución del empalme del sentido, por ejemplo, resulta crucial en aquellas presentaciones clínicas en que un sinsentido melancolizante atenaza al sujeto. ¿Cómo podría pensarse allí una mudez del analista y una operatoria basada exclusivamente en el corte si la zona a cortar no se ha formado?

Cuando la zona de empalme del goce fálico tiende a no aparecer a cuenta del sujeto, se trata de intentar operar ese empalme, crucial para la vida del sujeto. El goce del Otro, ese que es necesario que no haya, debe primero existir para poder ser agujereado por una maniobra de corte.
Como se puede colegir, el empalme es prenda primera para que se pueda llevar a cabo un corte. Si se nos permitiera una comparación ultra sencilla diríamos que sin una buena cantidad de tela bien tramada es imposible cortar una prenda que pueda vestirnos con eficacia y elegancia. Cuanta más tela haya, de mejor calidad ha de resultar el corte. Sin tela, resulta evidente que es impracticable corte alguno.
Ahora examinemos la maniobra de corte sobre un empalme que ya está ahí, sea que ya estuviera presente al momento de la consulta, sea que fuera armado en el curso de la cura. Este corte agujereará la zona de empalme. Pero no para mantener al descubierto sine die el agujero real que dejaría siderado al analizante frente a su hiancia; sino para reempalmar con más eficacia las zonas del sentido (también llamado gocesentido) y de los goces. En este reempalme el analista está convidado a intervenir. Entonces no se trata sólo de corte, sino de cortes y empalmes en la dirección de la cura.

La sesión ultracorta (y ésta nada tiene que ver con el tiempo libre de sesión, sino con una burda imitación de lo que más arriba comentáramos acerca de los últimos años de la práctica de Lacan), la intervención exclusivamente psicodramática (gruñidos, cambio de honorarios, golpes al mobiliario del consultorio…) constituyen algo así como un “terrorismo del corte” que, así lo creemos, nada tiene que ver con la regla de abstinencia freudiana o el deseo del analista forjado como concepto central por Lacan.

Transferencia y deseo del analista: En su seminario onceno, Lacan propone una operatoria plausible y rigurosa para el transcurso de la cura. Allí afirma que la transferencia aparta la demanda de la pulsión. Esto es, envía la demanda hacia el Sujeto supuesto Saber. Éste, garantía de la transferencia, debe ser respondido y sustentado por el deseo del analista, que separa al máximo los ideales del objeto a, del cual el analista se hace semblante. He aquí el fundamento de la transferencia. Desglosado este objeto, puede llevarse a cabo la construcción del fantasma, que equivale a su atravesamiento. Atravesado el fantasma, el sujeto (pero es ahora otro sujeto, advertido de su escisión por el objeto que la causa), vuelve a conectarse con la demanda de goce, volviendo a montarse la pulsión, ahora pudiendo llevar al sujeto hacia otro modo de satisfacción. Es por ello que Lacan afirma que el deseo del analista devuelve la demanda a la pulsión.
Pero esta devolución de la demanda a la pulsión no implica preponderancia alguna, para quien se analice, del goce pulsional por sobre los canales éticos del deseo regulado por el fantasma. Es por la construcción, que equivale a su atravesamiento, construcción que implica el arduo trabajo de lectura de los ideales y desglose del objeto en la trama de la historia, que el fantasma, atravesado, devendrá otro canal para la regulación ética del deseo. Por el nuevo canal fantasmático la pulsión podrá devenir “fuerza motriz del deseo”4.

El gráfico que sigue puede ayudar a seguir esta ruta clínica.

¿Acaso es posible esta ardua construcción, que culmina en el alcance de una nueva forma de satisfacción, de otro modo de sentido para la vida del analizante, con los meros recursos, que desgranáramos más arriba, de la mudez a rajatabla, el corte sin empalme o el acto psicodramático?
Creemos que la supervivencia de un discurso, el analítico, y de la consecuencia de cura que le es propia se hallan, tal como Lacan mismo lo advirtiera, en peligro de desaparecer “como un síntoma olvidado”. A esta aciaga posibilidad puede contribuir un estilo de práctica que, pretendiéndose pura con el dogma lacaniano, desoye los fundamentos que este maestro nos legara. c

1. Héctor Yankelevich, Lógicas del goce, Homo Sapiens, Rosario. 2002. El autor despliega allí largamente el decurso de la identificación primaria.
2. Jacques Lacan, Seminario 23 Joyce le sinthome.
3. Jacques Lacan, Seminario 22, R.S.I, clase núm. 4.
4. Daniel Paola, Erradamente la pulsión, Homo Sapiens, Rosario, 2005.

 
 
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