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   Límites éticos de la Abstinencia

Ética y sensatez
  Por Raúl Yafar
   
 

1) Comenzaré este artículo planteando un aspecto de un tema que se suele dar demasiado por sentado. El intento es complejizarlo un poco y abrirlo a la polémica. Luego veremos cómo se aplica a la clínica psicoanalítica.
Sabemos que Freud tendía a no diferenciar con claridad el Ideal del Yo del Superyó. Ya en el seminario 1° Lacan intenta diferenciar ambas instancias, incluso en su génesis metapsicológica. Hasta entonces, las curas, que no podían dejar de constatar el peso nefasto del Superyó, se habían conformado con intentar “moderarlo”... cuantitativamente. Lo que Lacan emprende va en otro sentido. Busca una diferencia cualitativa entre ambos sistemas.

Quiero introducir una complicación extra, que vaya más allá del Superyó “malo” y del Ideal del Yo “bueno”, que es como solemos pensarlos, lo digamos explícitamente o no. El Superyó es esencialmente paradójico, es decir, y por decirlo coloquialmente, su funcionamiento es “retorcido”. Premia al culpable siendo algo más condescendiente con él, pero tiraniza al inocente cuanto más éste esgrime ante él su cualidad de pureza. Todo esto es cierto, pero la verdad es que el Superyó puede, muchas veces, ser sólo pegajoso y molesto –cuando no algo bobo–, mientras que –y éste es el matiz que quisiera introducir– el sistema de los Ideales puede ser más violento, exhortativo e impulsivo que él.

El Ideal del Yo freudiano1 no es tan imprevisible y brusco, es decir, podemos reconocer que es más lineal y entendible que el Superyó. De hecho, este último fue definido brillantemente por Lacan como una figuración “obscena y feroz”. La primera característica se explica fácilmente por la regresión erótico-incestuosa al padre edípico. La segunda, por la paradoja moral misma que acabo de describir: cuanto más se le entrega, más pide, y al “pescar” el punto de falta (anhelo) del sujeto2, es viciosa y circularmente indetenible. Él nos pide, sonriente, llenar un barril sin fondo sin dejar de recordarnos, lascivo, que sabe cuán mancos somos.

Pero la dinámica del Ideal, tan contrastante, por más directa y sensata que parezca, y aun siendo más austera y límpida en sus reclamos, puede ser más afanosa en cuanto a logros se trata, trazando una asíntota interminable, llena de recompensas, pero permanentemente relanzada hasta el perfeccionismo. Esto se ve bien en deportistas y artistas muy profesionalizados, consagrados culturalmente gracias a un trabajo exte­nuante, demoledor, que ellos mismos confiesan casi insoportable.
Si el superyó es cruel porque aplasta especialmente al indefenso, no pensemos que si tenemos claros nuestros objetivos y capacidades el Ideal nos dejará dormir demasiado tranquilos.

2) Dejemos por una vez al Superyó tranquilo –que tanta atención ya le hemos prestado durante décadas– y trabajemos entonces, al menos por una vez, el tema del Ideal para mostrar algunos de los impasses frecuentes a los que conduce. Voy a poner ejemplos clínicos, todos ellos, donde una disyuntiva crucial de la cura se juega en la contraposición entre los deseos de los pacientes versus sus ideales culturales, aquellos que, no por sencillos, dejan de ser extremadamente fuertes y estar rotundamente arraigados. Y quiero mostrar como esto, sin ser un tema de exigencia superyoica, puede tener consecuencias pesadísimas, difíciles de revertir. Los ejemplos girarán en torno a metas cuasi universales o, dicho más sencillamente, sobre la materia en la nos desenvolvemos todos los días en el consultorio: los anhelos de tener pareja estable e hijos. Estos dos ideales, tan popularmente aceptados –incluso las comunidades sexuales alternativas pelean apasionadamente por la legitimidad que en relación a ellos deberían gozar–, suelen funcionar absolutamente por fuera del deseo, el que se escenifica fantasmáticamente en el sujeto de un modo siempre más “escandaloso” (Lacan). Es decir, estas expectativas idealizadas implican aseveraciones inimputables, “sensatas”, pero abstractas, que son parte de un universo cerrado. Son las obviedades que cualquier buen Padre Simbólico querría “realísticamente” para sus hijos. Como todo Ideal está fuera del tiempo lógico, no atiende a las posibilidades subjetivas contextuales, ni a la conformación particular del fantasma particular de cada uno.

Espontáneamente nos llama la atención, es decir, nos parece bizarro –lo reconozcamos o no– observar un muchacho atractivo e inteligente, promisorio en su carrera, junto a una mujer excedida brutalmente de peso o torpe hasta el ridículo o carente de todo encanto femenino. ¿Cómo ese muchacho “bárbaro” puede estar con semejante esperpento? Del mismo modo una muchacha que es un “bombón”, además repleta de todo tipo de cualidades sociales, incluso artísticas, ¿cómo puede seguir tozudamente a un malandra sin escrúpulos ni proyección futura posible? A esta altura debería mejor asombrarnos nuestro asombro.

El Todo del Ideal no tiene tope –sólo borde– ni acepta excepciones a la regla. Es cierto que su juicio no es superyoico, ni persecutorio: no han de echar de un restaurante a ninguna de esas parejas sólo por su “discordante” conformación. Sólo recibirán murmullos o ironías laxas. Porque el Ideal mantiene una exigencia blanda, carente de goce. Pero esto no quiere decir que no presione insistente, machacona, indefinidamente. Lo que no intenta es plasmarse en lo real3, haciendo que a esos disfuncionales los saquen a patadas del lugar o que directamente los linchen. El ideal, tan políticamente correcto, se conforma con definirlos, clasificándolos y apartándolos de la norma convencional, para segregarlos discursivamente.

3) Ahora sí la clínica más cotidiana. Los ejemplos provienen de mi consultorio, de analistas en supervisión conmigo, así como, incluso, por qué no, de algún momento aciago de mi análisis personal. Todos han sido desfigurados en detalles clave para impedir su reconocimiento.

Ejemplo 1: analizante varón, histeria masculina muy notoria. Impotencia sexual casi completa. Imposibilidad de considerar a la mujer como partenaire erótico o incluso amoroso. Todos sus amigos se encuentran casados, salvo alguno con dificultades de pareja intermitentes. Muy exigido en cuanto a la normativización de su sexuación. Cuando el último de los amigos célibes se casa, una serie de actuaciones termina en un pseudo matrimonio, nacimiento compulsivo de un hijo, fracaso estruendoso desde todo punto de vista, de su vida.

Ejemplo 2: analizante fóbico que se autoexilia dentro del ambiente familiar en una casa inmensa que se presta para ello. Imposibilitado de separarse de una familia donde la transitividad identificatoria es desaforada. Seudo-noviazgo digitado por los padres a los fines de casarlo con una mujer muy manipuladora, que funciona de “hija” adoptiva, verdadero co-equiper de la propia madre del analizante. La presión del medio familiar es intensísima y la única salida imaginable por él es la aceptación de las nupcias. Claro que con avizorado y anhelado futuro divorcio, fantaseado para un “tarde o temprano” bastante indefinido.

Ejemplo 3: analizante entrampado en una relación especular con una muchacha altamente querellante. Acotemos: un típico acting-out tras la salida dificultosa de un primer análisis, donde era retenido “por su bien”. Lucha especular al modo de “odio-enamoramiento” con la joven, que llega a los golpes bastante frecuentes. Búsqueda de un nuevo análisis para tratar de “mejorar” el vínculo con ella, análisis supuesto de larga duración... dadas las hondas dificultades que en la pareja se presentan. Ambas familias ven en ellos, no obstante, un magnífico matrimonio con expectativas de numerosos hijos.

Ejemplo 4: analizante de cincuenta años que anhela restituir la figura paterna teniendo un hijo a cualquier costo. El tema de la carencia de dicha figura se ha trabajado durante años. Establece una relación displacentera con una muchacha mucho menor, aparentemente una neurosis de angustia, que también anhela un niño-falo que la apacigüe. Inconfundible relación disfuncional que cualquier conocido de ambos reprobaría –incluso cualquier terapeuta en su fuero interior–, aconsejando su finalización, dados los múltiples episodios de distanciamiento y maltrato solapado que protagonizan. La hostilidad es mutua e hiriente, pero el anhelo compartido del hijo parece resultar imparable.

Ejemplo 5: analizante mujer, casada, con un hijo discapacitado de salud gravemente inestable. Tremendas dificultades para estabilizar el clima familiar. Dete­rioro del vínculo de pareja –que suele resolverse, en muchas ocasiones, con una separación que rompe el circuito de sufrimiento con un reparto de la “carga”. Insistencia en proseguir a cualquier costo ese entramado familiar. Afectos encontrados, nula aceptación de las imposibilidades de superar el real del trauma biológico.
Tenemos, para empezar, una descripción somera y muy clara del peso de los Ideales en los cinco ejemplos. Yo no haría intervenir aquí teóricamente al Superyó, salvo como agregado o convidado de piedra.
Quisiera agregar un punto muy dificultoso, que la mera repetición teórica no alcanza a sanear. En todos estos casos siempre sobrevuela la clásica contraposición entre el desear y el querer. Lo que quiere el Ideal no coincide con lo que en el deseo fantasmático pulsa. Pero la ambigüedad es absoluta. “Escuchar” si hay deseo en lo que aparentemente se quiere o no –y viceversa– es más que arduo y el peso del ideal obnubila el discurso –y al analista de turno–.

4) Veamos las intervenciones y cómo se resolvió cada uno de los casos en cuestión. En algunos hay, a mi juicio, una interpretación y, en otros, resta una pregunta flotante que pesa, insidiosa, en la “conciencia moral” del analista.
Ejemplo 1: el analista estaba muy “esperanzado” en solucionar las “dificultades” o disfuncionalidades sexuales del analizante. Todo termina en una depresión velada, pero creciente del mismo, y posterior­mente en el desencadenamiento de una enfermedad psicosomática bastante furiosa, casi con seguridad mortal. Varios intentos de re-análisis fracasan apenas se inician. ¿Debería habérsele “aconsejado” el ascetismo a este muchacho o, más bien, señalarle que no existía en él ni más remota constitución del objeto femenino?

Ejemplo 2: el analista interviene nombrando la deuda: no es lo mismo estar soltero que divorciado: el casamiento siempre implica marca. Nadie “se pasea” por tal institución manteniéndose inalterado. Por otro lado, casarse no es la única manera de irse de la casa de los padres. Hay variadas formas de pensar el tema si ésa fuera la solución. El analizante rompe el compromiso ante la mirada atónita de todos y, al poco tiempo, se va a vivir solo. Obsérvese que el analista no le dice que no se case ni qué otra cosa hacer. Tampoco que resuelva el vínculo con sus progenitores.

Ejemplo 3: el analista se niega a sostener por tiempo indeterminado un análisis en semejante estado de querella, considerando que lo que el analizante describe no es una relación de pareja, y mucho menos un síntoma, sino una discusión “ideológica” personal, estructuralmente interminable. Le señala (irónicamente) que si el joven ha de continuar peleando de este modo, podría tomar algún medicamento para hacer más llevadera su angustia. Allí la relación especular cae de inmediato y se inicia el análisis propiamente dicho sobre otros temas. Obsérvese que en ningún momento se le dice que se separe.

Ejemplo 4: todo se resume en un embarazo, constatado justamente el día siguiente al que habían “decidido” separarse, con amplia conciencia de lo precario de la relación. Los sucesos se abren hacia el futuro más que indeterminados e irresueltos. Aparentemente estaría por producirse la huida de la mujer al extranjero con el niño. La analista se siente sobrepasada pese a las reiteradas supervisiones y no atina a intervenir. La pregunta que queda en el aire es: ¿debería haberle aconsejado más enfáticamente una transitoria anticoncepción o trabajar más la paternidad del Amo que excluye a la mujer?

Ejemplo 5: se produce un círculo vicioso interminable que se prolonga por años con fuerte deterioro anímico y físico de ambos miembros de la pareja. Es casi imposible determinar si el duelo es por lo dolorosamente ocurrido o por lo no ocurrido e idealizado, pues ambos duelos coexisten y se yuxtaponen. El análisis transcurre por los carriles del “acompañamiento”, pero la analista aparece muy conmovida, incluso identi­ficada con semejante real de dolor. ¿Se debería haber avanzado en la separación de la pareja o sobre la identificación melancólica al niño, tan frecuente en estos casos?

5) A mi entender, nuestro tema se resume así: la dificultad de cada analista se establece dentro de una estructura discernible y prototípica. Sólo yendo más allá de ésta algunos analistas pueden llegar a intervenir.
Describo el empaste de este modo: el profesional piensa “algo” que sería bueno para el paciente. No puede evitarlo, pues sus ideales son “razonables” y “correctos”, casi, diríamos, fundamentalmente obvios. Ninguno señala este parecer del analista, aunque es notorio para ambos, porque funciona en forma solapada. Es casi un clima de trabajo con una dirección preconcebida. Claro que, como supuesto implícito, ejerce un efecto contratransferencial, en el sentido de una inhibición de bien-decir el deseo de parte del analizante. Y justo en ese punto de inhibición se aloja el ojo ciego del analista.

Como, de todos modos, éste está advertido –ya que no es tonto, aunque sí un poco psicólogo– de que no debe “opinar”, se llama a sí mismo a silencio, es decir, pierde su palabra. Debido a esta transacción –ya hecha síntoma– no puede interpretar.
Del lado del analizante, en cambio, no sólo no hay asociación de lo que sonaría discordante a esa meta, sino que siente culpa, pues él mismo convenció a su analista de lo que es “bienhechor” para él –o sea, “se encanó” solo–, sintiendo que dirigió su propia cura en un sentido específico. Ha conseguido compartir un punto de vista: la mirada de ambos parece haberse vuelto simétrica y recíproca, es decir, vacía.

Se arma un dúo de suposiciones especulares. No sólo sobre lo que es adecuado para el que sufre, suponiendo que eso es lo que quiere, sino consiguiendo que ya esté confundido en cuanto a lo que desea. El analista, en la niebla, descansa, pero sus sueños son tormentosos: intuye que el análisis gira en círculos y su Deseo de Analista se ha evaporado. Sólo aquellos ejemplos donde el analista no quiere nada, pero marca la posición de enunciación del sujeto, son los que, como vemos, permiten algún corte que abra alguna otra dirección. Que no siempre es la esperada

____________
1. Instancia que luego desaparece en Lacan, siendo sustituida por el Ideal del Otro en el piso inferior del grafo. Lo cual ya muestra que la presión proviene siempre (y para siempre) de afuera.
2. Freud destaca que sus fuentes son tan inconscientes como las del Ello, lo cual le da un saber sobre las raíces del deseo.
3. Es decir, no pasa a la lógica del “no hay uno que no”... salvo en el totalitarismo –como lo señala bien Lacan en el Seminario 14, primera clase–.

 
 
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