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   Límites éticos de la Abstinencia

Pasión por la alteridad
  Por Juan Carlos Volnovich
   
 
La resolución de la transferencia –una de las principales finalidades de nuestro tratamiento– se ve dificultada por una actitud íntima del médico, de modo que cualquier ventaja conseguida en el inicio se ve perjudicada al final. El médico debe ser opaco para el paciente y, como un espejo, no debe mostrar nada más que lo que es mostrado... El tratamiento tiene que ser conducido en abstinencia.
Sigmund Freud

La situación analítica crea un espacio privado –realidad de ficción– donde todo pasa sin que pase nada. Espacio privado, íntimo, destinado a ser escenario privilegiado para que aparezca esa parte del sujeto que –siendo muda– lo determina. Espacio privado para que emerjan las raíces irracionales de sus construcciones lógicas, los núcleos de insensatez que hacen posible la manera singular en que se expresa su cordura.

Seguramente no podemos llamar análisis a todo lo que pasa a lo largo de un prolongado proceso analítico. Más aun, tal vez análisis sea sólo esa experiencia puntual, efímera, antes bien aludida que atrapada. Ese instante de revelación y reconocimiento del inconsciente. Aparición casi mágica, milagrosa. Momento siempre esperado que cuando llega –si es que acaso llega alguna vez– nos toma desprevenidos. De tan esperado, nos sorprende. Paradigma de lo imprevisto.
Pero ese instante en que el inconsciente se revela, esa mágica aparición que nos turba –efímera, puntual– es fruto del trabajo prolongado de la transferencia. Experiencia, la del análisis, que adquiere sentido sólo gracias a esta revelación puntual que –siendo mágica y milagrosa– nada tiene de religiosa. La religión toma el milagro como testimonio empírico que prueba la existencia de Dios. El milagro ratifica, verifica o corrobora, como quiera cada cual, una certeza. El milagro reafirma la creencia, acaba con el cuestionamiento. Por el contrario, la aparición del inconsciente es sólo índice de precariedad, de incertidumbre, de cuestionamiento. Ataca la creencia.

La clínica psicoanalítica se basa en la transferencia y la transferencia se basa en la abstinencia del analista. La transferencia es simulacro, falsa conexión, expectativa confiada, retombee.
Es simulacro: ¿Qué otra definición más pertinente para transferencia? No es copia. No son buenas imágenes reactualizadas, dotadas de algún parecido con aquellas originales de la infancia. Por el contrario, es simulacro. Es la ilusión de un saber sobre un modelo que nunca existió.

La transferencia es esa falsa conexión que se establece entre el analista y el analizando. Falsa conexión que sostiene todo el edificio del análisis. Vértice de una pirámide invertida. Saber basado en esa falsedad. De modo tal que el psicoanálisis –la más rigurosa estructura del conocimiento sobre la construcción subjetiva– se apoya en la precariedad evanescente, en la fragilidad del saber sobre la transferencia. La eficacia del análisis consistiría, entonces, en sostener el equilibrio, aguantar la contradicción entre ese saber monolítico que la teoría supone, y ese no-saber de la clínica que, sin embargo, promueve y garantiza el movimiento discursivo.
La transferencia es expectativa confiada en el saber del otro. Es esa esperanza del analizando en que con su saber, el analista pueda aliviarle el sufrimiento. Y es la esperanza del analista en que hurgando en su ignorancia, buscando en su propia historia y sus propias ficciones, el analizando logre adueñarse de las representaciones y creencias que lo empujaron al dolor y al padecimiento. Cada uno espera confiando en el otro y es por eso que la transferencia es recíproca. Cada uno espera, pero de manera distinta. No es una espera simétrica. Si el analizando espera que el analista lo cure; el analista espera que el analizando se cure.

Para que el analizando se lance a la aventura del análisis, para que se arriesgue voluntariamente a quedar expuesto a la locura, al desamparo que la renuncia a las certezas descubre, es necesario que confíe en su analista. Que confíe en el saber del analista. En la fuerza capaz de sostener su debilidad (la propia y la del analista) y en la fuerza para lidiar con la tentación, siempre presente, de hacer uso de esa fuerza. Para que el analizando se lance a la aventura del análisis, es necesario que confíe en la abstinencia del analista.

El psicoanalista espera, no sugiere nada, no propone otra tarea como no sea la de dejar que las palabras, el juego, los dibujos (en el caso de análisis con niños) vengan y discurran. Debe situarse más allá del campo de los intereses sociales y mundanos. Más allá de la intención de cumplir con fines determinados. “Por nuestra parte, –le dice Freud a Ferenczi, su anfitrión en Budapest– rehusamos decididamente adueñarnos del paciente que se pone en nuestras manos. Rehusamos estructurar su destino, imponerle nuestros ideales y rehusamos, también, intentar formarlo con orgullo creador, a nuestra imagen y semejanza”1.

El psicoanalista espera, y esa espera indeterminada determina la provocación del otro. La aparición de la diferencia. El psicoanalista espera y esa espera indeterminada determina el espacio en que el analizando se despliega.
El psicoanalista espera, nada sugiere, no propone nada. Se deja arrastrar. Pero, esa espera no es una espera pasiva. No es la espera de un testigo inmóvil; voyeur que goza ante el espectáculo de un discurso desnudo. La espera analítica es asiento de una singular fortaleza. Fuerza que garantiza la producción de una diferencia allí donde la sugestión tiende a la reduplicación mimética, a la copia, a la imitación.

Si la espera confiada implica, también, la provocación de las fuerzas reprimidas que la cultura intenta controlar, desviar o proscribir, la eficacia del análisis –antes que en la elucidación de la verdad histórica– habría que buscarla en el reordenamiento de lo humano no asumido. En ese sentido, podríamos decir que el psicoanálisis construye una historia que no tiene por qué haber tenido lugar. “La cura analítica, dice Roustang, no sería la reconstrucción de una historia olvidada, sino la producción de esa historia a partir de lo que nunca había salido a la luz”2. Llamo retombée, a falta de mejor término en castellano, a esta característica de la transferencia. Causalidad acrónica. Esto es: la “causa” y la “consecuencia” de un fenómeno dado pueden no sucederse en el tiempo. Pueden coexistir e incluso, la “consecuencia” puede preceder a la “causa”. Ambas pueden barajarse como en un juego de naipes. En la transferencia, retombée es ese parecido o semejanza con la historia del analizando que se reactualiza en el análisis, pero que no reconoce jerarquía de valores entre el hecho original y la copia. Consecuencia de algo que aún no se ha producido. Parecido con algo que todavía no existe.

Decía antes que el psicoanalista espera, no sugiere nada. Nada propone. Pero el psicoanalista que espera no es neutro, ni distante, ni espectador prescindente. La neutralidad analítica supone una proximidad casi hasta la incandescencia. Y esto no es otra cosa que esfuerzo y padecimiento. La neutralidad analítica es una operación activa. Tan activa como que su ideal es ser muda, no explícita. Activa operación de renuncia a los valores, ideales y deseos. Activa operación de desestimar las preferencias propias, para liberar el espacio al deseo del analizando. Renuncia imposible de cumplirse, de todos modos; meta que jamás se alcanza al punto que, muchas veces, he preferido abstenerme de abstenerme; al punto tal que he preferido enunciarme, no como confesión contratransferencial, sino como propósito discriminatorio. Enunciarme antes que fingir una neutralidad hipócrita; garantía, ésta última, del ejercicio de la sugestión o de la indoctrinación solapada.

El psicoanalista espera, se deja arrastrar, nada sugiere, no propone nada. Pero el psicoanalista que espera no es neutro y su espera es apasionada. “Pasión por la alteridad” que caracteriza de la mejor manera lo que ocurre en un análisis. El término es de Roustang y sería bueno no confundirlo con el altruismo, ni con el amor. Hay algo de invasión recíproca, de entrega al otro, de anhelo de perpetuidad en el altruismo y en el amor, que le es ajeno a esta pasión por la alteridad. Esta pasión está siempre en duelo consigo misma. Se trata de una pasión ambigua, paradójica, ya que intenta mantener al otro, libre de la propia pasión del analista. Además, es una pasión que cuando obtiene lo que busca –esto es: la alteridad– se extingue negándose a sí misma. La ética del analista se apoya, entonces, en este oficio de alterizador. Relaciones pasionales que nacen y viven con el compromiso de extinguirse. El psicoanálisis es, así, una pasión a término. Pasión destinada a desaparecer sin dejar rastros. Aunque ésta sea una vana utopía.

Esta finitud por contrato diferencia al análisis de cualquier otro vínculo que solemos establecer. Toda relación amorosa elude la ruptura y ésta, cuando ocurre, es contingente pero no constitutiva. Sólo el análisis, como vínculo edípico, florece para ser sepultado. El fin del análisis –como meta y como terminación– es un imperativo lógico más que accidental. El análisis aunque tiende a permanecer, nace para terminar.
Atravesamiento del fantasma, disolución o resolución de la transferencia, como quiera llamársele, todo el proceso analítico se convierte en el aprendizaje de una separación. “Es el aprendizaje de un duelo” decía hasta el cansancio Enrique Pichon Rivière hace más de medio siglo. Y ese duelo difícil, doloroso, busca mil maneras para ser eludido y anulado. La identificación con el analista es uno, pero no el único, de los recursos a los que apela el analizando. El psicoanalista espera, se deja arrastrar, nada sugiere, no propone nada. El énfasis puesto en la incertidumbre, en el sostén de esa posición precaria, en la porfiada decisión de cuestionarlo todo, no debe impedirnos el compromiso con ciertos pilares axiomáticos, con ciertos principios éticos. El saber del analista implica un lugar de poder y este poder se funda en la prohibición de ejercerlo. Es un poder que sólo se ejerce a los fines del análisis. No obstante esta prohibición cede, frecuentemente, a la tentación y el nudo de la corrupción es casi siempre el mismo: la institución y el amor. Soy dogmático al afirmar que la sustracción del poder del analista para otros fines que no sean aquellos que tengan al análisis mismo como meta, es condición ineludible para cualquier analista. La finitud del análisis, la prohibición de actuar el cuerpo erótico, el secreto profesional, son mandamientos que deben ser respetados y merecen una actitud alerta; no sólo a las formas más escandalosas y ostensibles de transgresión, sino a las formas subliminales y racionalizables.

La perpetuación del análisis a través de múltiples recursos, la relación sexual entre analistas y analizandos, las infidencias, son más que excepciones, parte de la escabrosa historia y cotidianeidad de la institución psicoanalítica.
La responsabilidad del analista hace, también, a la eficacia en la producción teórica. Caer en la hipóstasis de la ética, reemplazar con postulados éticos el vacío que dejan los espacios teóricos (decir, por ejemplo, que el psicoanálisis es una ética) es condenar al psicoanálisis al lugar de Weltanschauung del que intentamos permanentemente rescatarlo. Este eticismo no es ajeno a otra dificultad singular de la práctica analítica. Sí la clínica apunta al relieve de lo singular y funda la capacidad de pensar del analista fuera de la dóxa y del manual; si la clínica basa su eficacia en la posibilidad de mantener una tensión, un intervalo, con la creencia y la verdad consensual, la teoría, por el contrario, busca la generalidad, la totalización de sus afirmaciones. Lo que es peor aún, la institución busca el consenso. Mucho es lo que se pierde cuando la teoría anticipa la interpretación; casi todo el trabajo analítico queda desvirtuado cuando la clínica se pone al servicio de ilustrar y glorificar la teoría. Cuando la institución demanda la sacralización de la teoría y cuando los maestros exigen una adhesión acrítica, entonces, el anatema reemplaza a la controversia y en su lugar las guerras de prestigio se desatan para ahogar la reflexión.

Decía que la responsabilidad del analista basa, también, su eficacia en la producción teórica. Nuestro oficio de alterizadores se ve, entonces, limitado por el propio cuerpo teórico. ¿Qué hacemos nosotros, analistas varones, con nuestras analizadas mujeres, pertrechados como estamos por un cuerpo teórico tributario de los prejuicios patriarcales más reaccionarios? ¿Dónde está la crítica del psicoanálisis a los valores capitalistas de la sociedad? ¿Qué hacen las analistas mujeres con sus analizadas mujeres, con sus analizados varones y con los niños y niñas –ya que, como se sabe, ésta es una práctica casi exclusiva de mujeres– sin haber reflexionado sobre el estatuto psicoanalítico de la mujer en la relación madre-hijo/a?

Con afirmaciones freudianas como “la niña es un niño” o “la felicidad conyugal está mal asegurada hasta que la mujer no logra hacer de su esposo un hijo”3, o aquella que sostiene la realización femenina sólo en la maternidad, trayendo al mundo un hijo varón, sustituto del pene y portador del mismo; ¿cómo puede un analista con estos disparates ejercer su oficio de alterizador?
Con propuestas lacanianas que sostienen sobre la sexualidad femenina el discurso de la verdad; que lo femenino no tiene lugar más que en el discurso; esto es, en el interior de modelos y de leyes promulgadas por sujetos masculinos, ¿cómo puede un analista empujar a una mujer a parir su propia respuesta si en su escucha no hay lugar para algo que tenga que ver con el goce femenino, del que nada se puede saber? ¿Cómo ejercer nuestro destino de alterizadores, con los ojos cerrados y los oídos sordos al desempeño cognitivo de los niños, a las diferencias de clases o de etnias? Con una ética del sufrimiento impuesta por la tradición judeo-cristiana y jamás cuestionada, ¿cómo reflexionar sobre el malestar en la cultura? ¿Cómo juega el psicoanálisis su papel en la lucha de clases? Para el control social, ¿cómo ayuda?

Decía antes que el analista espera, se deja arrastrar, no sugiere nada, nada propone. Pero el analista es alguien. Alguien implicado, involucrado, comprometido. Puede intentar mantener su buena conciencia basada en la inocencia política de la práctica psicoanalítica, pero esta inocencia sólo se mantiene a costa de una imperturbable negación. Tal parecería ser que es el mito de la neutralidad valorativa el que intenta reinstalarse con esta práctica –redimida, ahora– por la pasión de alteridad que anima al analista, lo acredita y lo sostiene en su posición de virtuoso. Libres del discurso del amo y libres de convertirnos en amos del discurso, los psicoanalistas nos ubicamos en tierra de nadie, aunque estemos en el hospital o en la Universidad o, si acaso, en tal o cual posición de jerarquía de una de las innumerables corporaciones psicoanalíticas que inundan nuestras ciudades. Desde esta tierra de nadie opinamos y pontificamos sobre las trabas al deseo, las restricciones administrativas, la pedagogía represiva, el poder médico y hasta criticamos a la propia institución psicoanalítica que impone dogmas y verdades sagradas. No intentamos curar a nadie porque el intento de curar es un gesto vanidoso del cual conviene apartarse. Ni curar, ni siquiera analizar ya que –somos los primeros en reconocerlo– ésta es, misión imposible. La pasión por la alteridad que nos abraza intenta refinar nuestra sensibilidad a las diferencias e incrementar la tolerancia a los otros. Así, el psicoanálisis propone la aceptación de las diferencias, la aceptación de los otros en una suerte de coexistencia uniforme; vale todo en el que un humanismo democrático –más imaginario que real– se despliega para reverenciarse ante las identidades convalidadas. En una palabra: lo singular como anónimo. Hemos arribado al fin, al momento en que la aceptación de las diferencias se reduce a la indiferencia. Arropados con la inocencia de la extraterritorialidad social, cuando no en el heroísmo de una oposición solitaria al orden establecido, los psicoanalistas gozamos del prestigio que una profesión respetable y respetada, nos depara. Incorporados al Sistema, siendo parte del establishment, invadiendo las universidades, los hospitales y los gabinetes psicopedagógicos de las escuelas, desde los medios de comunicación de masas, los psicoanalistas clamamos para que se nos reconozca en nuestra práctica esencialmente bastarda, asocial, clandestina. Tal contradicción parecería basarse en un principio de irrealidad, si no fuera que la mala fe se torna, algunas veces, casi insoslayable. Entre la representación que los psicoanalistas tenemos de nosotros mismos y lo que los psicoanalistas hacemos realmente, existe, a todas luces, un abismo cada vez mayor. Entre el desinterés por lo social y lo político y esta pasión por la alteridad, se despliega una práctica que incluye y apoya la privatización de lo público. Al buscar como meta la ética del deseo, una verdadera ética de la interioridad se convalida y es, entonces, cuando el aislamiento individual se convierte en fenómeno masivo. Y hay algo más: la pasión por la alteridad que fundamenta la ética del psicoanalista se detiene, a veces, ante la imposibilidad de analizar a aquellos que se apropian de la vida ajena. Para los psicoanalistas que han trabajado en los equipos asistenciales o próximos a los Organismos de Derechos Humanos no les será difícil entender que hay “aquellos” a quienes debo odiar, que no puedo aceptar a todos y tampoco puedo tolerar ciertas diferencias. Hay “aquellos” ante quienes mi pasión por la alteridad se desvanece, para dejar lugar a la pasión por la justicia. Hay “aquellos” a quienes no puedo, ni sería bueno, analizar. 
______________
1. Freud, S: “Nuevos caminos de la terapia analítica”, en AE, tomo XVII.
2. Roustang, F : “La ilusión lacaniana”, en revista Diarios Clínicos.
3. Freud, S : “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”, en AE, tomo IX.
 
 
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