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De la pasión a la razón
  Por Manfredo Teicher
   
 
Un paso sumamente difícil, quizás imposible. Mientras el juego está en primera plana, pretender que el ser humano imponga la razón allí donde la pasión embota los sentidos dando una excitante muestra de sublime idiotez pero elevando la autoestima a niveles envidiables, es, no sólo inútil sino arriesgado.
Esa misma pasión está ávida por encender la hoguera para un festín diabólico que difunda por los cuatro vientos el nauseabundo aroma de carne chamuscada ofrecida como absurdo sacrificio a la estupidez disfrazada de Razón. Para tal ritual sólo hace falta que alguien se abandere con la razón y se empeñe en no claudicar frente a la locura. Con este sencillo procedimiento el chivo emisario está listo para la inmolación.
Los momentos en que las condiciones están dadas para que las irracionales motivaciones de la conducta se muestren sin disfraz alguno son varios. El enamoramiento es uno, igual que la guerra o un genocidio, a pesar del origen y la valoración tan dispar de uno y de los otros.

Guerra en Medio Oriente. ¿Es posible desprenderse siquiera por instantes de los inevitables prejuicios internalizados en la historia de cada uno que nos presionan para inclinar la simpatía hacia unos y el desprecio y el odio hacia los contrarios?

Usted, ¿a qué cuadro pertenece? ¿Ríver o Boca?
No olvidemos que pertenecer tiene sus privilegios. Para eso hay que adoptar, ser fiel y defender incondicionalmente la conducta grupal. Por definición, esa conducta (no importa cuál) debe ser avalada con argumentos indiscutibles que la propia inteligencia debe expresar. Si pudiésemos hacerlo quizás nos preguntamos por qué la guerra, por qué los genocidios, por qué la locura humana, individual y social.
Escuchamos argumentos de ambos lados que justifican la conducta de unos y de otros. Quizás ambos cometen alguna “inocente” trampita poniendo el acento en la puntuación de secuencia de hechos en el momento histórico más conveniente para su argumentación histórica, pero el resultado no cambia. Ambos tienen sus razones para la guerra.

En 1930, en El Malestar En La Cultura, Freud señala: “No es fácil para los seres humanos evidentemente renunciar a satisfacer ésta su inclinación agresiva; no se sienten bien en esa renun­cia. No debe menospreciarse la ventaja que brinda un círculo cultural más pequeño: ofrecer un escape a la pul­sión en la hostilización a los extraños. Siempre es posible ligar en el amor a una multitud mayor de seres humanos con tal que otros queden fuera para manifestar­les la agresión. En una ocasión me ocupé del fenómeno de que justamente comunidades vecinas y aun muy próximas en todos los aspectos se hostilizan y escarnecen: así españoles y portugueses, alemanes del Norte y del Sur, ingleses y escoceses, etc. Le di el nombre de “narcisismo de las pequeñas diferencias” que no aclara mucho las cosas.”

Pero quizá convenga que nos familiaricemos también con la idea de que existen dificultades inherentes a la esencia misma de la cultura e inaccesibles a cualquier intento de reforma.
Parecería que la primera observación responde a la pregunta que sugiere la segunda.
La guerra es una excelente solución para la economía psíquica.
El Deseo se convierte en un Deber. La satisfacción del deber cumplido evita un muy molesto sentimiento de culpa.
Lo perverso y/o psicótico resulta un acto sublimado. Destruir al enemigo de turno merece envidiables medallas.

El instinto de conservación de la especie motiva la reproducción pero no se opone al desprecio y/o la aniquilación de los vecinos.
Es ampliamente conocido y aceptado que la pobreza y la miseria predisponen a la guerra, a los genocidios y al terrorismo.
Entonces, si se pretende la paz, ¿no habría que solucionar el conflicto que plantean las diferencias de clase, tanto dentro de un grupo como entre grupos (naciones)? Pero esas diferencias, a pesar de la enorme capacidad de adaptación del animal humano, se empecinan en resistirse a un favorable cambio.

Hoy, la utopía ecológica reemplaza con incierto resultado a la utopía socialista. Aunque la tecnología que avanza vertiginosamente podría solucionar los problemas que impiden que esta utopía deje de serlo. En cambio el problema que plantea la lucha de clases parece imposible de resolver. Entonces el único culpable del desatino del terrorismo y de la guerra es la condición humana, que no se puede cambiar. Todos los que intervienen en guerras, genocidios o actos terroristas, son criaturas humanas.
La humanidad se divide en: 1. Los de abajo, que claman por la justicia social pero no tienen poder para imponerla. 2. Los de arriba, que podrían imponer una justicia social a la especie pero no les interesa. 3. Y, en tercer lugar, si los que ayer reclamaban la justicia social universal pero no tenían poder para imponerla, si hoy lograron ese poder, ya no les interesa.
Mientras la cultura humana insiste en su mensaje: ¡Sálvese quién pueda y como pueda! No cabe duda que muchos lo logran.
 
 
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