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   Los inanalizables

In-analizables
  Por Hugo Dvoskin
   
 
1. Los primeros límites: En 1910 concluye aquella gloriosa primera década del psicoanálisis en que las curas se producían sin solución de continuidad, en la que los pacientes freudianos arañaban el fantasma luego de haber recorrido los significantes que los sobredeterminaban en un breve paseo en tren. El olvido de la palabra latina “aliquis” y la irrupción en la conciencia de los nombres de “Signorelli-Boltrafio” son testimonios. Freud escribe en esos años aquellos textos que cincuenta años después convocarían a la consigna de “la vuelta a Freud”. Nos referimos a La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana y El chiste y su relación con el inconsciente. Una década que se ilumina bajo la pregunta ¿cómo cura el psicoanálisis?

Los problemas de la instauración de la transferencia llevaron a un corrimiento de la pregunta del cómo al hasta dónde. La interrogación ya se anticipaba en la carta 691, con el descreimiento en “su neurótica”, la deserción de algunos pacientes y la demora del éxito pleno. Se hace evidente cuando Freud encuentra que algunas histéricas prefieren la cura por amor –menos trabajosa y más práctica– que la cura analítica. Cura aconsejable si no fuera por las temibles consecuencias de dependencia para con su objeto. “Yo no quiero depender de mi analista” y para no depender del tratamiento dependerán del amor, del amor del otro hacia ellas y si es el amor de su analista mejor. Transferencia erótica, diremos, y el tratamiento se ha arruinado. Nos encontramos con las primeras in-analizables, las que no aceptan esa renuncia que la transferencia demanda. Sin embargo, aquí también se juega un momento decisivo del tratamiento pues el análisis ha podido producir “in situ” aquello de lo que padece el sujeto, sus “obsesivos e histéricos modos de amar”, su creencia en la relación sexual que no existe. Si la transferencia es el motor del análisis, devenida transferencia erótica, supone una llave posible de sus finales pues se abren al análisis cuestiones referidas a los modos de fijación de la libido y, por esa vía, al fantasma. Momento en el que el sujeto tendrá que optar entre la ética de la felicidad, de estar bien incauta e inmediatamente, y la ética del deseo que supone una elección en la que las promesas se subordinan al trabajo y a las necesarias pérdidas.

Paradoja de la paradoja. Este momento podría ser inatravesable porque además toca lo inanalizable y el sujeto podría no querer ceder “eso” que más le interesa y porque nunca es seguro el resultado de confrontar con “lo peor”. El problema se bifurca como monstruo de dos cabezas porque al grupo supuesto de inanalizados, habrá que sumarle la singularidad de lo inanalizable de cada quien al llegar a las entrañas del ombligo del sueño o al enmarañamiento de los filamentos del hongo en la metáfora freudiana. Aquí irrumpen algunos analistas que no escuchan que cada sujeto decide hasta dónde llega con su análisis. No se convencen, las resistencias vuelven a ser del analista y hasta tratarían de convencer bajo la fórmula de que ese amor, el de la transferencia erótica, no sería un amor “verdadero”.

Si quienes erotizan la transferencia se excluyen de la praxis, quienes no comienzan el proceso amoroso también se quedan afuera. Narcisísticas, “personalidades” narcisistas. Si la transferencia erótica impide escuchar razones, la falta de transferencia, impide escuchar significantes. Se ha presentado el Presidente Schreber. Freud entiende que la transferencia no es hacer regalos, ni llevarse bien con Fleschig, ni tener un buen vínculo con el terapeuta. Se trata de la instalación del sujeto supuesto al saber, de la posibilidad de recibir su propio mensaje en forma invertida y de producir, por la vía significante, una brecha que abra el camino de alguna verdad del sujeto y su posición deseante. Pero no sucede. Otros inanalizables. Estos por no acceder, ya desde el comienzo, a la única regla del procedimiento. Una sola y no pueden cumplirla. ¿No será demasiado forzado tratar de meter por la ventana del vínculo lo que Freud ha dicho que se ha ido por la puerta de la falta de transferencia? Sin embargo, nuevamente sin embargo, nuevamente la paradoja. Lacan insiste con la frase “latiguillo” de no ceder frente a la psicosis. Es cierto que el sintagma no promete avanzar, pero sigue siendo un terreno en el cual, incluso aquellos que no están dispuestos a escuchar lo que ellos mismos dicen, tampoco están dispuestos a dejar de decir. Cabe aquí entonces la consigna: “aun in-analizables, no ceder frente aquellos que tienen para decir”.

2.- En el bestiario Y nuestra lista sigue. Tiempo de los pobres. Freud dice que las duras condiciones de la vida son una visa para habitar el mundo por fuera de la neurosis. Una carta de ciudadanía en ese territorio donde la neurosis golpea la puerta tímidamente. Sin embargo, no es menos es cierto que cuando allí se instala, no hay quien la saque pues el sujeto encuentra terreno fértil para los resentimientos y los beneficios secundarios. Avanzan y se hacen presentes por una gran puerta en la clínica hospitalaria. Freud se opone a lo hospitalario en sentido amplio, no hay entenados, y nada de atender gratuitamente a los hijos de los amigos, porque el tratamiento hay que pagarlo. La gratuidad abre la puerta a los peores avatares de la transferencia cuando se trata de las mujeres y a la renuencia a ser agradecidos a los hombres (de bien), posición subjetiva que Freud considera ineludible. Los tratamientos gratuitos, Freud dixit, serían ineficientes en términos del psicoanálisis. Los analistas no desfallecemos y creamos el artificio de suponerles un pago. Pago que por lo general se refiere a pagos ya hechos (léase los impuestos, la obra social, etc). Para Freud, inanalizables porque el pago debe ser hecho en forma oportuna y preferentemente en efectivo. Sin embargo, corremos el riesgo. Es cierto que la posición acreedora no es un obstáculo menor pero, también lo es que no es imposible encontrar alguna dialectización, algún punto de implicación, alguna construcción a través de la cual se puedan conmover las fijas posiciones de los resentimientos que permitan al paciente constituirse en sujeto de una pregunta más allá de la culpabilidad del otro, de la injusticia o del infortunio. Porque allí la pobreza y el resentimiento llevan las marcas de entrada y salida que Freud atribuía a la melancolía. Por narcisismo se entra, pero también por narcisismo se sale si resultara que la melancolía (o en este caso el resentimiento) deja de ser la última defensa para transformarse en un río que arrastra al sujeto. Entonces por qué no apostar ante esta eventualidad a la que la estructura empuja, allí donde hasta el Yo jugaría a favor de la cura. Como en las construcciones2, la ineficiencia no hace especialmente daño pues se trata simplemente de no haber podido modificar posiciones que de todas maneras ya estaban fijadas previamente. No minimizaremos los riesgos a los que ya he hecho referencia en el trabajo “El dinero, condiciones”3; sin embnargo, conocer los riesgos obliga a caminar entre la prudencia y la omnipotencia, pero supone caminar mientras sea posible.

En el bestiario, se acercan los psicosomáticos, con asma o con soriasis, los que tiene problemas cardíacos, y todos aquellos que no tienen pregunta alguna. Pero algún médico los manda para ver si encuentran causa de aquello que se ha dañado y que, como toda picazón, irrumpe y arruina la vida cotidiana. Guiados por Chiozza y los libros de las enfermedades psicosomáticas, buscan que los analistas encuentren problemas del corazón a los problemas cardíacos. No faltan psicólogos que supongan que quienes tienen leucemia seguramente se han hecho en vida mucha malasangre. A la enfermedad que padecen, le suman ser sus propios victimarios4. Los analistas no soportamos que esta población que crece como hongos después de cada lluvia sea necesariamente inanalizable. Queda el recurso de atribuir a los pacientes alguna resistencia y olvidar la consigna freudiana de determinar si el procedimiento del análisis es adecuado para el sujeto –es ese el sentido del diagnóstico en las entrevistas preliminares–. Aquí los riesgos son mayores, para todos. Para los analistas porque queda a su cargo un terreno que no sabemos siquiera si nos pertenece. Un terreno que los médicos han cedido por dificultad, pero no con convicción. Si la psicosomática existe, si efectivamente existen enfermedades somáticas por razones “psi” –que lejos están de las conversiones histéricas pues no se originan ni remiten con la aparición de un significante que las recorta–, ¿a qué economía responde esta clínica? ¿son síntomas que, como las conversivas, valen por la vida sexual del neurótico? Y si no, ¿por qué valen? ¿Y si sustituyeran psicosomáticas más graves? No sea cosa que terminemos cambiando a las alopecias por crisis asmáticas, o a las soriasis por enfermedades cardíacas. Un médico dermatólogo del Hospital Fernández en 1983, refiriéndose a un paciente de once años con una alopecia, se acercó con el tono paternal de quien asume la responsabilidad de transmitir su experiencia a un profesional con ímpetus juveniles que podría no medir riesgos –otra vez la ética de la felicidad– y me dijo: “tené en cuenta que la alopecia se cura con un sombrero”. Si hacemos una nueva referencia a la ética de la felicidad es porque a veces acompaña nuestra praxis bajo la forma del furor curandi, que justamente no mide riesgos, ni calcula los precios, al desalojar al síntoma sin los recursos o los equivalentes posibles de parte del sujeto.

Psicopatías, perversión y borderline. Nombres de sujetos que nos complican, en una clínica en la que no se implican y una ley que, sin ser privativa de cada uno de ellos, responde a una lógica particular. No habrá aquí, entonces, lugar a la regla fundamental porque el significante pareciera atravesar el campo de la incertidumbre al quedar supuesto y propuesto por fuera del campo metafórico –lo que Freud llamaba “el cambio de vía”– para pretender, según estos sujetos, significarse a sí mismo. El recurso al dispositivo fracasa y los artificios están a efectos de no caer en las celadas con la que estos sujetos suelen intentar embaucarnos. Fuera de las costumbres que nos sirven de custodia y aun sintiéndonos amenazados... los analistas decidimos correr el riesgo. De eso se trata con aquellos que suponen una ley hecha a su medida. Las intervenciones no apuntarán a una discusión sobre una ley mejor o más justa que la de ellos, sino al encuentro con una Ley distinta dentro de la que ellos mismos habitan. Aquí la ética del deseo confronta con la ética de Lady Macbeth, con la ética del fuera de ley. La apuesta a la palabra se sostiene en que no hay Ley que no se derrumbe sin la legalidad que la precede, la del lenguaje en que se enuncia. In-Analizables, entonces, pero el sayo les cae durante las entrevistas de análisis. Quizás sea cierto que no haya, en estos casos, fines de análisis; no es menos cierto que vale el intento de llegar a los confines de los inicios.

En este recorrido no podrían faltar los que se han ganado la prestigiosa nominación de “paciente caño”. Lo han logrado a fuerza de no asociar, de decir “yo hablo así” después de cada fallido, de traer los sueños escritos en un cuaderno y dejárnoslo con la consigna “sé que son importantes, léalos y después me dice qué le parece”, o de decirnos “hoy hablá vos y decime cómo me ves, yo ya hablé un montón”. En los hospitales, los analistas les escapan, en los consultorios privados inquietan a los analistas y a las supervisiones llegan bajo la forma de “no sé qué hago con este paciente”. Pacientes que vienen, que generan un encuentro pegajoso, viscoso, pero que permanecen interesados en algún decir del analista, aunque no tanto en el decir propio y que en medio de nuestras dudas sobre si atenderlos o no, agregan “a mí, venir me hace bien, me siento bien viniendo aquí”.

Los niños ahora, nuestros locos bajitos. “Niño” es un tiempo lógico y cronológico en la constitución subjetiva y es un concepto en psicoanálisis que refiere a la transición de la castración al Edipo. Los niños son esos pacientes que “se caen”, que “se golpean”, que “se mean”, que irrumpen con padecimientos que no son síntomas, que no están sometidos a la estructura del chiste y por los que nos consultan. Allí la falta de texto hablado es sustituida con juegos, dibujos, tratamiento a los padres o tratamientos familiares. Este es el bestiario de los modos de tratamiento pero lo dejamos para otra ocasión. La regla, la regla fundamental, la única regla que funciona como garantía de un tratamiento psicoanalítico, no es habitable. Sin embargo, desde tiempos de Melaine Klein son nuestros pacientes aun cuando discutamos la conceptualización, la especificidad y la posibilidad de interpretar en este campo de la clínica. Y los atendemos porque podemos armar una lógica que da cuenta de su padecer y de su angustia que no es sin consecuencias para con su posición como sujeto: “es muy cierto que nuestra justificación, así como nuestro deber, es mejorar la posición del sujeto”5. Si a la luz de la regla son inanalizables, situados con relación a la demanda o al fantasma de sus padres, su posición subjetiva es pensable con nuestras categorías y nuestros conceptos.

El psicoanálisis, en estos casos y también en otros, muestra, que –además de ser un método de investigación y un tratamiento– es una praxis que supone un modo de pensar los problemas6. No es una cosmovisión, decía Freud, pero sí es un arte de leer, le agregamos. Desde esa perspectiva debemos abordar una gran paradoja de nuestra praxis: muchos inanalizables pueden analizarse, aun cuando digamos que vienen y no se analizan. 
_____________
1. Freud, S. Carta 69, en A. E., tomo I, p. 301.
2. Freud, S. Construcciones, en A. E., tomo XXIII, p. 263.
3. Dvoskin, H con Biesa, A. El medio juego, Letra viva, Buenos Aires, p.105.
4. “Una enfermedad es así un hecho básicamente psicológico, y a la gente se le hace creer que se enferma porque (subconcientemente) eso es lo que quiere”. Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, Taurus, Madrid, p. 60.
5. Lacan, J. El seminario X, La angustia, en Paidós, Buenos Aires, p. 68.
6. Es en esa línea que he preferido reemplazar el término “supervisión” por el de “pensar la clínica con algún otro”.
 
 
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