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   La Familia Violenta

Violencia familiar y neurosis narcisísticias
  Por Stella Maris Rivadero
   
 
“La tensión del ser sobre sí mismo, la intriga que trama el pronombre reflexivo ‘se’, insistencia anterior a toda luz y a toda decisión, secreto de una brutalidad que excluye la deliberación y el cálculo, violencia en forma de entes que se afirman sin consideraciones ‘los unos para con los otros’ en su preocupación por ser, origen de toda violencia que difiere según los distintos modos de ser”1

En la actualidad estamos atravesados por la problemática de la violencia; se habla, se discute, se escucha, se padece y se debate acerca del incremento de la misma a escala global. Hoy nos centraremos en la llamada violencia familiar, sin que esto implique una especialidad, e intentaremos ubicar algunos rasgos singulares de aquella en distintos ámbitos. Las estadísticas muestran que un setenta por ciento de las consultas familiares se deben a serias dificultades: violencia e indiferencia hacia el otro, adicciones, accidentes graves y problemas con la ley social, infiltrándose lo mortífero en lo cotidiano.

Para Lacan, en su texto La familia, el Edipo no sería universal, sino que estaría socialmente determinado, y las formas neuróticas variarían según la historia de la institución familiar. Él le da importancia al estudio de Durkheim acerca de las modalidades de la familia para comprender el surgimiento mismo del psicoanálisis y la evolución de su clínica. De allí la importancia de leer la clínica de las neurosis junto con la de la familia y el valor de la imago paterna en la familia: “como quiera que sea, las formas de las neurosis dominantes a fines del siglo pasado revelaron ser estrechamente dependientes de las condiciones de la familia”. El progreso social hace evolucionar a la familia hacia la forma conyugal y la somete más a las variaciones individuales.

De esta anomia que favoreció el descubrimiento del complejo depende la forma de degradación con la cual la conocen los analistas: “forma que definiremos por una represión incompleta del deseo por la madre, con reactivación de la angustia y la investigación, inherentes a la relación del nacimiento, por un bastardeo narcisístico de la idealización del padre, que destaca en la identificación edípica la ambivalencia agresiva inmanente a la relación primordial con el semejante”.2
La vida familiar está presente en todas las sociedades humanas, incluso en aquellas cuyas costumbres educativas y sexuales son muy distantes de las nuestras; así lo planteaba Levi Strauss.

Para Freud, toda vez que el ser humano se plantea la tarea de la convivencia, el conflicto se instala entre la ambivalencia de matar al padre o abstenerse del crimen; el conflicto se exterioriza en el complejo de Edipo que introduce la conciencia moral y crea el primer sentimiento de culpa.
Para Lacan, en el texto mencionado anteriormente, la familia aparece como un grupo natural de individuos unidos por una doble relación biológica: “la generación, que da lugar a los miembros del grupo y las condiciones de ambiente, que postulan el desarrollo de los jóvenes y mantienen al grupo; siempre que los adultos y progenitores cumplan la función”. Asimismo allí, ya introducía la declinación de la Función del Padre en la era moderna –poscartesiana–, constituyendo este desfallecimiento una encrucijada que abordó a lo largo de toda su obra.

Temática que nos sigue aún ocupando a los analistas de esta época, ya que estas manifestaciones dolorosas y sufrientes están estrechamente relacionadas con la decadencia de la función paterna, en tanto el pater familiae, el padre ausente, el padre humillado, el padre carente, son algunas de las versiones. Aunque como analistas sabemos que la función siempre es fallida y que ya en la Viena de Freud esto ocurría, pensamos que actualmente hay una vacante de esa función que es de otro orden, y cada día más se acentúan las neurosis de carácter narcisísticas.

Dicha función es un importante operador fundante y estructurante de la subjetividad pues ofrece puntos de anclaje al sujeto para que no se extravíe en una errancia sin fin. Función paterna que vehiculiza la ley simbólica, y en tanto la vehiculiza, regula y acota los excesos que se producen en la transgresión a la misma, permitiendo la instalación de una legalidad y del lazo social. La ley interroga lo que parece natural del goce del Otro. Asimismo, al regular los goces, posibilita el acceso al deseo singular de cada quien para poder crear y vivir una vida digna junto a los otros –soportando el narcisismo de las pequeñas diferencias–, donde reine el valor distintivo y pacificador de la palabra.

Función que no sólo compete al varón, sino que la madre, en tanto mujer, es también quien posibilita o no que dicha ley opere, señalizando además qué eficacia tiene para ella. En RSI, Lacan señala que la eficacia de la Metáfora del Nombre del Padre sólo es posible si un hombre hace de su mujer causa de su deseo, apartando a los hijos del goce de la madre y si ésta se ofrece a ser el objeto a que causa el deseo de un hombre, si soporta desdoblarse en mina/madre. Nombre del Padre que anuda los tres registros: Simbólico, Imaginario y Real, para que el sujeto pueda hacer su y con su sinthome.
Para todo ser hablante es necesario el pasaje por la alienación estructural para poder pertenecer a algún linaje y efectuar la transmisión del mismo. Esto es posible si funciona el Padre Muerto acorde a la Ley, dado que vehiculiza la deuda en tanto simbólica, anudando el hijo a la vida. La eficacia del Padre es porque está muerto, “porque él mismo no lo sabe, no sabe que está muerto”.

“Cuando la función paterna queda atascada en el tiempo del asesinato, no se cumple la metáfora que posibilita el pasaje del Padre Muerto según la Ley. Retorna como deslizamiento metonímico y del lado del sujeto la respuesta es la reivindicación.”3
¿Qué consecuencias trae aparejada esta declinación en la constitución y construcción de la familia y su incidencia en lo social?
La familia se funda en el terreno del amor y en el deseo causado por una falta; es el lugar de contención de los hijos y de transmisión de ideales y de la ley que normativiza. Los padres son el lugar de amparo y alojamiento del niño, que advendrá un sujeto responsable su división subjetiva, si dicho alojamiento está facilitado desde el inicio. Será por la vía de los problemas mencionados inicialmente que el sujeto intentará encontrar un lugar y una respuesta posible acerca de qué valía y qué plaza ha tenido en el alojamiento ofertado por sus progenitores; en ese intento atentará contra sí mismo, produciendo situaciones de riesgo no sólo sobre su persona, sino sobre el semejante.

La familia es un enclave donde se entrecruzan deseos y goces y donde la proximidad y la intimidad hacen aparecer el Nebenmensch, el semejante. Y si “el prójimo es la inminencia intolerable del goce”4, la declinación de la función del padre deja en permanente latencia irruptiva al prójimo como sede del goce derrapando, ya sea como agente u objeto del mismo, dando lugar a la degradación de la palabra sin que ésta adquiera un digno estatuto para que reine el objeto a causando el deseo.
Podemos ubicar coordenadas de violencia cuando el sujeto es arrasado en su subjetividad, condenado a ser un simple objeto para satisfacción del capricho gozoso del Otro. La violencia ejercida sobre el cuerpo, pero también la violencia discursiva aplasta al sujeto con la injuria y los insultos, nominaciones imaginarias en las cuales el goce del Otro cae a pleno. La obscenidad también es parte de la violencia familiar.
En la violencia, el Otro no es tomado como sujeto sino que su condición se degrada a la condición de objeto-resto-desecho al cual se le puede agredir, descartar, injuriar.

Si en el inicio está la agresividad como respuesta a la presencia del Otro con las múltiples manifestaciones o gradaciones de la misma, ¿qué da lugar a la salida del espejo para que el Otro advenga como prójimo y no sea simplemente un semejante donde la lucha sea la del puro prestigio?
Se agudiza el Complejo del Semejante en la medida en que el nombre que debiera permitir el juego de las tres identificaciones fracasa. Los sujetos quedan apresados en el fondo del espejo; lo que prima allí es la relación especular, donde el único recurso en relación al Otro es la violencia como modo de aniquilar la diferencia. En ese caso no habrá funcionamiento del deseo regulado por el fantasma. Como condición previa será necesaria la extracción del yo ideal del fondo del espejo5, y recuperar el ideal del yo como pacificante.

“El yo se inaugura en su alienación primordial en el estadio del espejo, donde el niño asume jubilosamente su imagen como una gestalt a partir de voltear su mirada y encontrar la mirada del Otro”.
La agresividad funciona como nódulo de la relación con el semejante; la palabra no opera como pacificante. “Cuando se trata del hombre, tal relación entre la satisfacción del sujeto y la satisfacción del otro –entiéndalo bien, en su forma más radical–, siempre está en tela de juicio”.6
La violencia se sitúa entre la vida y la muerte, acentuando la tensión permanente entre el yo-ideal, el super-yo y el ideal del yo. Ideal que queda consumido en la obligatoriedad de obediencia al super-yo. Obediencia que exige un comportamiento paradojal para responder a una exigencia, asimismo parodojal e incumplible: “Así como el padre debes ser, así como el padre no debes ser”.

La intrusividad del Otro, aunque permitió el desgajamiento del rasgo unario, no posibilitó que este rasgo se haga señalador del objeto a –fantasma de la propia desaparición–. La frustración de amor por parte del Otro materno deja al sujeto más expuesto a los embates del superyó.
En tanto, el Ideal del yo no adquiere un valor propiciatorio, sino que queda coagulado en la imagen yoica; una imagen pétrea que no tiene agujero. La única salida posible, nos dice Lacan, en el tiempo lógico, es la que soporta al otro, ya no como uno entre otros, sino como ese pequeño que es bajo la mirada de los otros, experiencia de la otredad que nos habita.

Si un ser humano sólo vale como una cosa a consumir, sea en base a su juventud, su belleza, su capacidad económica, estamos bien cerca de encarar la posibilidad de emergencia de una manera de relacionarse con el otro dependiente del discurso del capitalismo. Discurso que deja fuera de juego “las cosas del amor” tal como las enuncia Lacan en las charlas en Sainte Anne. Si entre un hombre y una mujer se juega un amor verdadero, siempre se pone en juego la castración y esto se transmite.

Desujetados de la ley que prohíbe el vale todo, prima el reino de la especularidad y de la renegación de las pequeñas diferencias, en un avasallamiento del Otro como prójimo que permita la alteridad. El Otro es donde lo simbólico no hace tope para permitir que el semejante advenga un prójimo que remedie la falla de estructura. 

1. Levinas, Emmanuel: Entre nosotros, Pretextos, Valencia, 1996.
2. Lacan, Jacques: La familia, Homo Sapiens, Buenos Aires, 1985.
3. Wainstein, Silvia: La letra. Correo de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, septiembre de 2006.
4. Lacan, Jacques: De un otro al otro, inéidto, clase del 12 de marzo de 1969.
5. Agradezco a Silvia Amigo, porque su libro me permitió articular estos problemas clínicos con su enlace teórico.
6. Lacan, Jacques: El seminario. Libro 2, El Yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Buenos Aires, Paidós, 1984.
 
 
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