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   La Familia Violenta

Diferencia y articulación entre
  Por Clemencia Baraldi
   
 
Etimológicamente la palabra trauma proviene del griego y significa “herida”. “Herida” a su vez deriva de “perforar”. Otra acepción del término nos encauza en la idea de “choque violento”. Sigmund Freud fue definiendo este concepto a lo largo de su obra dándole diferentes sentidos y significaciones.
Importada en principio del seno del lenguaje médico, la idea de “trauma” connota un sentido económico, dando forma a la idea de que la experiencia vivida aporta un aumento tan grande de excitación psíquica que fracasa su elaboración por los medios habituales.

Es así que en Más allá del principio del placer Freud nos aporta la metáfora de su famosa vesícula viviente protegida del mundo externo por su membrana. Cuando esta capa protectora recibe estímulos demasiado intensos, se traumatiza, comienza a perforarse y prontamente deberá generar contracatexias para defenderse.

En las neurosis traumáticas producidas luego de los accidentes y las guerras, Freud supone que la excitación excesiva del trauma anula el principio del placer promoviendo una repetición del trauma en la escena del soñante. Posiblemente esta dolorosa compulsión de repetir promovería la posibilidad del sujeto de controlar activamente lo vivido pasivamente.

Por otra parte la idea de trauma es acuñada en los albores del inicio del psicoanálisis como “experiencia traumática” y colocada como peldaño necesario en la etiología de las neurosis. Esta experiencia traumática designa un acontecimiento personal en la historia del sujeto cuya fecha puede establecerse con cierta exactitud y que permanece como “cuerpo extraño”, no pudiendo integrarse al resto del psiquismo dado el conflicto que impide dicha integración a la conciencia. Nos remite a pensar una relación entre trauma y defensa.

A su vez, Freud supone la necesidad de dos acontecimientos:
- El primero, vivido durante la infancia configura una tentativa de seducción por parte de algún adulto respecto del niño, quien en su momento no sentirá excitación sexual.
- El segundo, ocurrido después de la pubertad, puede revestir una apariencia anodina pero evoca por algún rasgo asociativo el primer acontecimiento. Es este recuerdo el que desencadena un flujo de excitación que excede las defensas del Yo. El recuerdo se torna traumático.

Freud nos entrega su célebre frase: “Las histéricas sufren sobre todo de reminiscencias”. En su teoría sobre la angustia Freud va a diferenciar la angustia señal de la angustia automática. La primera se promueve a los fines de que el Yo genere defensas frente a la posibilidad de emergencia de la segunda que no es más que lo que hoy conocemos como ataque de pánico, cuyos síntomas fueron ya definidos hace muchos años. En estas circunstancias el sujeto queda aniquilado en su subjetividad regresando a un estado de total indefensión –por el cual todos hemos pasado–, lo que constituiría una situación traumática. El Yo se defiende no sólo de lo externo sino de lo interno pulsional del sujeto.

Entonces partiendo de la idea de trauma tal como nos ofrece la medicina suponiendo un acto invasivo puntual desde lo externo que somete al sujeto, Freud va complejizando la idea revelando una dimensión temporal que no sólo tiene que ver con lo cronológico sino también con un tiempo simbólico retroactivo. Complejiza además la idea de espacio, que ya no es simplemente y en todos los casos, externo al sujeto sino que en muchas ocasiones puede provenir de su mismo interior.

Con el transcurrir del tiempo, Freud rastreó en los análisis de sus pacientes, esta primera escena de seducción llegando a concluir con gran decepción que, al menos en los casos que había tratado, dicha seducción no había acontecido en la realidad sino que fue producto de un fantaseo. El maestro que antes nos había presentado a los histéricos sufriendo de reminiscencias, ahora nos dice “ya no creo en mis neuróticos”.

Cualquier otro investigador hubiese desechado proseguir con su investigación. Como Freud era un investigador valiente que nunca sacaba las contradicciones del plato, no se frustró tan fácilmente y cambió su hipótesis anterior por una nueva pregunta: ¿Cómo es posible entonces que siempre aparezcan estas construcciones fantasmáticas? A modo de respuesta elabora un nuevo concepto: el de fantasmas originarios. Fantasmas originarios de seducción, castración y escena primordial. Dichos fantasmas estarían universalmente instalados, tendrían que ver con una herencia filogenética pero serían a su vez modos singulares de dar respuestas a preguntas cruciales, según el tipo de estructura psíquica y neurosis que se padezca. Estarían configurados con retazos de experiencias realmente vividas.

Considero que hay una seducción necesaria estructural que debe ejercer, por un lado y primordialmente la madre, y secundariamente el padre, para constituir un sujeto psíquico.
La madre debe quedar capturada, reconocida en su hijo para “seducirlo” hablándole de manera tal, que el niño incorpore la voz. Recordemos que la voz no se incorpora si no se ofrece al infante cargada de libido. A esta voz Lacan la denomina lalangue. Los niños que no son seductoramente hablados ofrecerán graves problemas en su constitución psíquica. Podemos observar en algunos muchos rasgos de desconexión y en otros una inclusión en la cultura a partir de tomar una voz televisiva, hablan como si fueran personajes de series. Los niños que pueden, por suerte, incorporar la voz de la madre, hacen cuerpo. Su organismo queda atravesado por las leyes del lenguaje consolidando un sujeto que habite el cuerpo. Con justicia la lengua se llama materna.

Ahora bien, el niño por necesidad del amor y del deseo de la madre va a hacer de aquello que la madre quiere, va a tratar de “ser para ella” y aquí ubicamos ya una dimensión traumática en el seno de esta seducción necesaria, porque el niño sabe que hay algo que la madre quiere de él pero en realidad no sabe exactamente qué es. Es decir que hay siempre una dimensión enigmática ligada al silencio. De alguna forma el niño debe poder dar una respuesta al “¿como qué me quieres?” Los psicoanalistas llamamos fantasma a esta manera de responder al deseo de este Otro primordial. La cuestión para el ser humano es una cuestión compleja, sin este Otro no hay existencia, no hay subjetividad, no hay vida psíquica. Pero a su vez de este Otro primero, hay que poder irse. Por eso pienso que la función materna tiene que ver con alojar y a la vez dejar partir. Cuando se da de mamar al niño interrelacionando el abrazo, el alimento y la palabra, se lo aloja pero también se instala el momento donde el niño larga la teta y dice basta. Por eso esta función queda al abrigo y al resguardo de lo que llamamos función paterna, que es básicamente una función de corte, por la cual el incesto queda prohibido articulando el deseo a la ley. El padre no prohíbe a la madre sino a la mujer que hay en la madre del hijo. Si el padre se ocupa de la mujer que hay en la madre del niño y si la madre le da lugar al padre, esta función se cumple. En muchos casos esto se complica enormemente.

Hay otra cuestión por la que niños y niñas deben pasar y es confrontarse a la diferencia de los sexos. Freud nos dice que en primera instancia esta diferencia es rechazada. Los niños no quieren saber nada de que algunos no tengan ese órgano jerarquizado en la faz de la genitalidad, al que llamamos “pene”. Hay dos razones por las cuales pareciera que este tema horroriza o traumatiza:
- Los infantes no pueden pensar que algo le falte a la madre porque en realidad –en el mejor de los casos– ellos llegaron a un lugar previamente entronizado para cubrir dicha falta. ¿Cómo puede ser que a ella algo le falte si yo soy todo para ella?
- Freud nos dice que hay un solo sexo para el inconsciente: el masculino. No hay representación de lo femenino para el inconsciente por lo cual en un primer momento la diferencia entre hombre y mujer sólo puede ser pensada como castrado y no castrado. Serán la familia y la cultura las que tendrán que inscribir lo diferente a contrapelo del inconsciente.

Con ayuda de la función paterna el niño podrá aceptar que la madre no todo puede dar, buscando su lugar en otros espacios. En el juicio salomónico, en el cual dos mujeres se disputan la tenencia de un niño, el rey dice: “Partidlo, denle la mitad a cada una”. Una de esas mujeres exclama: “¡No, entonces no, dádselo a la otra!” Salomón afirma: “Esa es la madre”. Es decir, hay una función discursiva que legitima la maternidad que permite alojar y dejar partir.
Reordenemos entonces los fantasmas originarios: seducción: qué fui para el Otro; castración: cómo dejé de serlo y escena primaria (la representación de la relación sexual entre los padres): de qué pacto amoroso vengo. Estas respuestas abrigan un trauma estructural por el cual el lenguaje perfora el soma del niño y luego este niño primeramente seducido por su madre, enfrentará la castración y la ley del padre para encontrar su lugar en el mundo.

Pero ¿qué pasa cuando una madre supone que su hijo le pertenece como objeto y entonces puede golpearlo a su antojo?, ¿o cuando un padre lejos de ayudar a que un niño o niña renuncie a la madre interviene golpeando o violando? Aquí nos ubicamos en el campo del horror.
Con un poco de mala suerte, a cualquiera le puede pasar que un niño entre inesperadamente y constate en lo real la escena sexual entre sus padres. Si posteriormente existen palabras que ordenen y legalicen el amor y la sexualidad de los padres, esta situación no necesariamente se convierte en traumática. Muy diferente sería la situación en donde adultos perversos gozan de la presencia de un niño en los momentos de sus encuentros.

Lo traumático puede ser elaborado a condición de ser inscripto, restando así la dimensión de silencio que lo acompaña. Si una niña es violada por su padre o padrastro no es lo mismo si la madre lo denuncia o lo encubre. En el primer caso habrá posibilidad de inscripción. Habitualmente luego de esta inscripción se gesta un período de latencia donde el traumatizado no desea hablar de lo acontecido tomando distancia del suceso. Posteriormente advendrá la elaboración. Pasa algo similar con la muerte de seres queridos que pueden convertirse en muertes traumáticas porque pasan antes del tiempo supuesto. Por ejemplo, la muerte de un hijo o la muerte del padre o la madre para un niño pequeño. Es importante el rito funerario como tiempo de inscripción. Es habitual que luego de esto los niños pasen un largo tiempo evitando el tema. En otro momento volverán a hablar para poder elaborar.

El horror es lo que no queda inscripto. El horror en tanto no inscripto es lo que nunca puede ser elaborado. El horror en términos de Lacan es lo real que no cesa de no inscribirse y justamente por eso no deja de tener efectos. En el campo de la infancia contamos (aunque no siempre) con la función lúdica puesta al servicio de la elaboración del trauma. No es casual que Freud hable del jugar precisamente en su famoso trabajo Más allá del principio del placer. El jugar, si bien incluye el placer, articula lo que queda en un más allá dando lugar a la repetición. Observo que los niños recurren en sus juegos a recrear situaciones traumáticas. Freud nos dice que hacer activamente lo que se sufrió pasivamente, es lo que permitirá la elaboración. Para jugar el niño fabricará un juguete (construyendo su primera metáfora), armará una ficción y utilizará el lenguaje. Jugar es domesticar lo traumático. Domesticar lo traumático es salir del horror.

Hay escenas y situaciones muy visibles y espantosas. Hay otras mucho más silenciosas y complejas. Un niño que no es amado por ninguno de sus padres se encuentra en una situación horrorosa. A veces es amado locamente por sus padres. Un padre que ama y pega es un padre que ama locamente, pero es ésta una forma de amor. Es verdad que hay amores que matan pero no hay nada más horroroso que la falta de amor. Personalmente creo que un niño no puede ser enfrentado desde pequeño con esta verdad, sólo un adulto con muchas cosas construidas podría soportarlo. A un niño no se lo puede confrontar con “tus padres no te quieren”. Sería peor el remedio que la enfermedad. Algunas “verdades” pueden producir efectos devastadores si se enuncian anticipadamente. En cambio sí deben ser denunciadas, puestos en palabras los malos tratos tanto agresivos como sexuales para poder pasar del horror a lo traumático.
 
 
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