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   La Familia Violenta

Invisible, exquisita crueldad.
  Testimonio clínico
   
  Por Miriam Mazover
   
 
El llamado telefónico resultaba confuso: mi interlocutor pedía que “la licenciada” –mi nombre y apellido se encontraban muy desdibujados– lo atendiese a él, pero no sólo a él: también al padre. ¿Separados? ¿Juntos? ¿Quiénes? Definitivamente, no quedaba claro.

A pesar de las dificultades mencionadas, fijamos un horario con este jovencito –dijo tener 20 años–. La pobreza simbólica, evidenciada ya en la conversación telefónica, hacía que no sólo no pudiéramos representarnos una persona de esa edad sino también, y fundamentalmente, que advirtiéramos en él serios trastornos. A la primera entrevista y en el horario pautado, concurren un hombre –el padre– de aspecto gris, muy gris, vestimenta incluida, abatido, cabizbajo; y un chico joven –el hijo– de aspecto similar, intentando este último explicarme el porqué de la consulta, dificultado por notorios problemas para expresarse. El padre no se lo permite. Se apresura violentamente y con palabras que suenan muy fuertes, literalmente hablando, tanto en los enunciados como en la propia enunciación, toma, acapara, la escena.

Esta se transforma, rápidamente, en un escenario que el padre hace exclusivamente propio, para defenestrar lisa y llanamente a su hijo, allí presente: que no estudia, que no hace nada de nada, que mira todo el tiempo televisión (aclara que no sale con amigos ni chicas, por supuesto), que se acuesta a la madrugada, que se levanta pasado el mediodía, que por eso no rinde en sus exámenes, que no avanza del primer año, y que “esto hay que solucionarlo”.
A esta altura, el hijo quiere abrirse paso con un solo interés: tomar la palabra para decir lo que él tenía para contarme de su padre.

Con muchísimas dificultades, logro –en esta primera entrevista– que el joven tome su lugar y hable: “¿no ves, no ves? –me dice– es un violento, siempre con esos modos; me grita, me critica todo el tiempo, y él no habla de él, él es el que tiene el problema pero no lo reconoce, nunca lo reconoce”.
Su decir era entrecortado, su pobreza simbólica era evidente, y todo, además, se hacía más confuso porque alzaba mucho el tono de su voz.
Con todo, estaba dado el primer gran paso: el principal sostén y víctima de esta situación de violencia, había logrado pedir ayuda. Resignifiqué luego que si los padres lo habían permitido y concurrían, aún a los gritos, era en gran parte porque, como suele suceder en este tipo de familias, tenían la presunción, no conciente, de que algo muy malo podía ocurrirles en el futuro inmediato –suicidio del hijo, en este caso–. Lo que los preocupaba no por un interés genuino hacia él, sino como hecho funesto a evitar.

Como pude – ¿cómo pude?– ,les dije que por ese día íbamos a dejar la entrevista en este punto, y que establecer un horario para la próxima dependía no sólo de que ellos así lo decidieran sino –y principalmente– de que me escucharan sin interrupciones lo que tenía para decirles: “Por favor, quédense tranquilos, pude escuchar lo que cada uno dijo, pero déjenme señalarles que estoy asombrada, perpleja, por la violencia de la que estoy siendo testigo, por el nivel de esta violencia. También quiero decirle a usted, Augusto (el padre), que la violencia que usted manifiesta es aún mucho más pronunciada. Me pregunto, les pregunto... ¿así viven?”

Esto último lo formulo con la enunciación de quien no puede creer que sea así, pero en verdad, lamentablemente, ya me había percatado en el tiempo transcurrido (más de una hora) de que aquello de lo que había sido testigo era el extracto chico de la cotidianeidad de esta familia.
Ésta estaba conformada por los padres y dos hijos varones: quien consulta –el primogénito– y otro varón de 16 años.
Las entrevistas se sucedieron. Por un lado, con los padres, y por el otro lado con el hijo –separadamente–. Fue otra “condición” que esta analista puso, no sólo porque consideraba pertinente incluir en principio a los padres en el dispositivo, sino porque además pude leer prontamente (ayudada por la insistencia casi unívoca del hijo) que sólo así él concurriría: con “el padre incluido” en lo real del dispositivo.

¡Este joven no podía pensarse a sí mismo sin el padre!
A esta altura, quizás esté de más decir que el clima violento predominaba absolutamente en los sucesivos encuentros que mantuve con sus padres.
Las palabras del padre no ahorraban desprecio hacia su hijo; evidenciaban también un intenso rechazo hacia él. Debo decir que no se privaba de estos sentimientos a la hora de “juzgar” las intervenciones de esta analista. Muchas veces, alardeando de un pseudo conocimiento de términos de psicología y psicoanálisis tomados a préstamo de publicaciones “de divulgación masiva”.

La madre mostraba otra actitud, más serena, organizada, hasta que puntualmente se refería a este hijo, ahí su discurso se hacía similar al de su marido: presentaba la misma descripción, sólo que su decir parecía más apaciguado porque utilizaba un procedimiento más indirecto. Hablaba de las beldades de su hijo menor, y como contrapunto del mismo se refería al que estaba en cuestión, en sus palabras, como “el anormal de la familia”.

Quedaba claro, lamentablemente muy claro (no para ellos, por supuesto) que el padre despreciaba profundamente a su primogénito, proyectando sobre él su sombra más sórdida y oscura, también su sadismo, sin ningún tipo de impedimento ni interposición de su esposa, para transformar a este hijo en su apéndice, logrando –no sin esta combinatoria conyugal– constituir una persona negada y excluida del estudio, la sexualidad y cualquier otro vínculo con el semejante.
Me entero (siempre a partir de mis preguntas) que duerme en un ambiente de la casa que es público, carente de intimidad, aunque su casa es grande y confortable, una vivienda tipo de una familia de clase media, mientras que su hermano tiene su propio cuarto; también, de que este hermano lo carga y se burla todo el tiempo de él, diciéndole “aparato”, sin que sus padres intervengan en absoluto. Al respecto dice el paciente: “Pienso que cuando seamos más grandes, si esto sigue así, no me va a querer como hermano”.

Sin embargo, lo que más preocupa a este joven, y en lo que no deja de insistir, es su padre: cambiar la relación que tiene con él, convencido de que para que esto ocurra es su padre el que tiene que cambiar.
Dice: “Mi padre es así por dos motivos: porque mi abuelo paterno fue violento con él, mientras prefería a su hijo menor, porque era un ejemplo de inteligencia y éxito en la vida, y porque perdió la conexión con sus dos hijas mujeres (producto de un primer matrimonio), porque su ex esposa no le permitió verlas más. A él mucho, igual, no le interesa, sabe que las dos están casadas, son profesionales”.

El joven hace estas afirmaciones no ya sólo con convicción, sino con un subrayado aire de certeza, y como tal trata de imponerlas –violentamente– sin dar lugar a otra opción; y en ningún momento advierte la repetición del linaje cruel, y menos que menos que su madre, a la que sólo se refiere tangencialmente (a diferencia de sus medio hermanas) no lo ha protegido nunca de la crueldad de su padre.
Muy por el contrario, ella, dedicándose embelesada (con el exceso que evidentemente está aquí en juego) a su otro hijo, lo entrega cotidianamente a la crueldad de este padre, a la “exquisita” e invisible crueldad, esa que no necesita para manifestarse de la estridencia de los golpes o el forzamiento del abuso sexual (de hecho, en esta familia éstos no aparecen) pero a la que le sobra suficiencia para impedir la conformación de la fase fantasmática nuclear de toda neurosis, al decir de Freud “mi padre me pega”. Fantasmática porque refiere a una posición inconsciente, en el sentido más estricto del término, que requiere –para su constitución– que la violencia del padre no sea efectivizada en el plano real.

Asimismo, la estructura advendrá neurótica si el sujeto logra la sujeción a la ley del padre; operatoria de la cual dicha fase ofrece testimonio.
El análisis del neurótico se hará necesario si este último abreva un sojuzgamiento en plus (masoquismo primario) que complicará su existencia; el análisis permitirá, si como tal funciona, reducirlo a su mínima expresión.
Pero, y como recién lo mencionábamos, hay condiciones indeclinables para que la neurosis emerja: A) del lado de los padres tuvo que haberse producido en lo real un desistimiento del ejercicio de un goce pleno, ese que se encuentra posibilitado y facilitado por la superioridad objetiva y subjetiva del adulto con respecto al menor; y B) del lado del niño, púber o adolescente, la posibilidad abierta, entonces, de inscribir e internalizar la ley.

Son –desafortunadamente– muchos los casos donde un menor se halla privado de dichas facultades, existiendo distintas clases de violencia acometida contra indefensos: aquí, hicimos referencia a los menores. Como lo demuestra el material presentado, estas formas de violencia no reconocen fronteras o diferencias según el nivel socio-económico y cultural. No son privativas de las zonas marginales, ni tampoco respetan las residenciales y de clase media. Algunas tienen el sesgo de la violencia física, otras del abuso sexual, etc., debiendo –cada una de ellas– ser abordadas en su particularidad. Mereciendo a su vez, todas ellas, recibir el debido tratamiento en los niveles y con los actores que correspondan.

Tuve intención de referirme a esta otra violencia, muy frecuente, y que por sus características silenciosas puede pasar más desapercibida: “la violencia netamente psíquica”. En donde por lo general no se generan hechos visibles dignos de alarma, denuncia y/o intervención del entorno inmediato, social o repercusión mediática.
Nos encontramos a la postre con individuos (los que la padecieron) gravemente dañados, a nivel de su aparato psíquico, y con familias (si logran constituirlas) donde se repite la crueldad con alguno o algunos de sus integrantes.
Si por alguna de estas circunstancias un analista es ahí convocado, se le hará necesario –en la mayoría de los casos y por las razones expuestas– incluir para el abordaje clínico –como parte del dispositivo– a la familia, intentando en un trabajo de fina artesanía promover un registro de lo que entre ellos está ocurriendo: la violencia.

Los integrantes de la familia, en la mayoría de los casos, no poseen este registro.
Dirá Freud de la compulsión a la repetición: “se repite sin saber que se repite”, “se repite sin recordar”.
Son este tipo de situaciones clínicas las que requieren de maniobras y operatorias del analista, que extreman los límites del deseo del analista, porque se hará necesario tanto sobreponerse a reacciones contratransferenciales intensas, como asimismo anteponer –principalmente– como base de nuestras intervenciones, nuestra propia encarnadura (presencia del analista).

Desde allí, intentar “aspirar”, desviar, la violencia que hasta aquí tenía un único destinatario, intentando algo inédito en estas circunstancias: dibujar el surco de la ternura y el buen trato, como luminosamente lo denomina Fernando Ulloa. Para localizar luego –y desde ya– lo que ya ha pasado a ser patrimonio del sujeto en cuestión (en el material presentado, el consultante): la crueldad obscena y feroz, arrasante de cualquier subjetividad, que toda violencia conlleva.
La operatoria clínica que como analistas sostendremos (esa es nuestra propuesta) intentará brindar, como asimismo inscribir, lo que en estos procesos de crianza se halla arrasado: el marco de la dignidad humana, que la sujeción a la ley de prohibición del incesto posibilita; esa que nos impide gozar del otro sin legalidad.

Cada inscripción que logremos hacer de lo que dimos en llamar “dignidad humana”, ha necesitado, como posición del analista, un tratamiento transferencial delicado, en donde y principalmente en la enunciación, fue clave situar en primer plano el buen trato y el respeto como horizonte y suelo de las intervenciones.
Este trabajoso quehacer clínico muestra su eficacia (esperada y merecida) con cada inscripción: empezaremos a ser testigos, sin prisa pero generalmente sin pausa, del despunte subjetivo que estas personas que nos consultan comienzan a tener a partir del tratamiento, y que hace una diferencia notoria con ese in-mundo cotidiano en el que se encuentran subsumidos y hasta aquí, acorralados.

Debemos decirlo –¡¿por qué no?!– que estos son aquellos momentos en los que un analista dimensiona el alcance de su práctica con una mezcla de sensaciones que se juegan entre la emoción, el asombro, y el contento.
 
 
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