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   La Familia Violenta

¿Hilflosigkeit o Hilfsbvedürftigkeit?
  Algunas reflexiones sobre el maltrato en la infancia
   
  Por Stella Maris Gulian
   
 
En el mes de marzo de este año una noticia pasa a ocupar la primera plana de los diarios y los medios: en Santiago del Estero la justicia ordenó la detención de la madre y del padrastro de un niño de 16 años hallado en el patio de su casa atado a un árbol y en total estado de abandono. Vivía dentro de la carcasa de una heladera en desuso, cubierto de hormigas y en grave estado de desnutrición:

El joven tiene 16 años y pesa 17 kg., mientras que sus hermanos y hermanastros se encuentran en buen estado y en perfectas condiciones físicas [...] Tenia marcas en las muñecas y en los pies que evidenciaban que era atado con cables y alambres [...] El joven presenta una discapacidad mental desde el nacimiento. No habla y tiene dificultades para ingerir alimentos [...] A pocos centímetros del chico había un montículo de basura y prendas con materia fecal. El joven no controlaba esfínteres y la ropa que ensuciaba se tiraba allí, según su madre1.

Hilflosigkeit
es, como Freud nombra la dependencia del infans, producto de su prematuración originaria, por la que el niño entra en la dialéctica del intercambio con el Otro auxiliador. Desde la perspectiva del sujeto esta dependencia se percibe como absoluta arbitrariedad. Que el Otro haga uso o abuso de dicha “arbitrariedad” dependerá de lo que este niño es para ese Otro, el lugar al que es llamado a ocupar ¿objeto de su pura satisfacción o sujeto de pleno derecho?
Me refiero al desamparo como carencia de asistencia o como objeto de goce para un adulto. Desamparo ubicado en el punto en que la angustia no ha podido instituirse como angustia señal. Por lo que el peligro no ha podido ser anticipado, por lo que no hay apronte frente a él.

Si el desamparo es la primera morada, será función del Otro “hacer lugar” y sostener esa inermidad, ese primer desvalimiento. La clínica nos muestra que muchas veces el exceso de esta función hace operar una nueva forma de desamparo, si ese Otro en lugar de sostener, de amparar, goza del niño sin velo.
Tenemos así niños caídos de la escena de la infancia, perdidos en su condición de infantes, expuestos al desamparo y a un goce que paraliza sus juegos.

Niños sin cuentos, sin juegos. El idioma alemán cuenta con varios términos para hablar del desamparo. Hilflosigkeit sugiere desvalimiento en primera acepción, remitiendo a un “no saber ayudarse” propio de un niño recién nacido. Hilf significa ayuda y losigkeit, pérdida, lo que se podría traducir como un “no puede pedir ayuda”.
Verlassenheit que remite a abandono y Hilfsbedürftigkeit que tiene el prefijo Hilf que es ayuda y Bedürftigkeit puede ser leído como necesidad o exigencia o deseo de; o sea que podríamos leerlo como “necesidad de ayuda” o “exigencia o deseo de recibir ayuda”.

Me pregunto si la situación de estos niños caídos prematuramente del campo del Otro en el punto del abandono –situaciones de abuso o maltrato– no podría ser leída como Hilfsbedürftigkeit. Porque no es del desvalimiento estructural del que hablamos y al que Freud se refiere por ejemplo en el Proyecto de una Psicología para neurólogos. Hablamos del horror actual al que están sometidos estos niños y de una sordera y ceguera de los adultos responsables, dejando al niño arrasado subjetivamente. Son estados de desvalimiento no estructurales o sea que podrían no haberse dado.

Lo que debía no ocurrir, ha ocurrido, algo irrumpió que conmocionó, trastocó, tal vez devastó, la estructura misma del sujeto, ya que el afecto propio del desamparo no es la angustia sino el espanto o el terror. Del orden del horror es el afecto no anticipatorio, la irrupción sin velo del espanto, lo que imposibilita o dificulta un encadenamiento simbólico.
Un niño de 6 años llena la hoja de su cuaderno de clases con dibujos de pitos, colas y pitos entrando en colas. Pedazos de cuerpo sin rostro. La maestra había pedido que los chicos copiaran las “cuentas” del pizarrón, pero el niño “cuenta” lo que vive a su maestra, quien toma rápidamente el guante y cita a la madre.
Una niña de 5 años está jugando mientras sus padres separados conversan en el bar sobre los días de visita. De pronto la niña interrumpe el juego y se acerca diciendo: “papá, contale a mamá cómo me das besitos aquí abajo”. La madre enmudece. Piensa que son fantasías de su hija. Tardará varios meses en hacer la consulta. Mientras tanto la niña sigue visitando a su padre.

Trauma no es horror. Que nuestra abstinencia no se confunda con inacción.
¿Por qué desestimar rápidamente la veracidad de ciertas denuncias de abuso o maltrato en aras de considerarlas producto de fantasías? Cuando el Otro no convalida la que el niño padeció, el niño deja de tener confianza en sus propias percepciones. Descreerle al niño, es sumar más violencia al abuso sufrido. ¿Y qué si es un profesional el que escucha, asumiendo una actitud renegatoria, evaluando estos decires como fantasías edípicas?

Pero las teorías sexuales infantiles ¿no eluden cualquier alusión explícita al acto sexual propiamente dicho? Las fantasías infantiles jamás tienen el carácter de una escena de la realidad con relato pormenorizado. Si un niño pequeño cuenta lo que ocurre cuando su abuelo hace pis blanco o habla de la cremita del pito del papá, ¿podemos pensar que lo relatado es mera fantasía o cabría pensar que corresponde más a lo visto u oído en alguna escena de la que se lo ha hecho participe?

¿Qué puede llevar al profesional a esa desmentida? Tal vez el horror a inmiscuirse en lo que hasta el momento de hacerse público quedaba reservado a la esfera privada. Tal vez el temor consecuente por quedar involucrado en una denuncia que incrimine a alguno de los padres, con las consecuencias jurídicas y personales que de ello se deriva.
¿Realmente son tan pocas las víctimas de maltratos y abusos sexuales que pasan por nuestra consulta?
Ich glaube nicht que significa “yo no lo creo” es lo que algunos de los sobrevivientes de los campos de concentración se decían estando allí. ¿No era acaso éste un modo de sobrevivir al horror? Cuando lo real aparece sin velo, el sujeto responde con la desmentida. Pero ¿qué si el que así responde es la persona del analista? Un analista es llamado a ocupar un lugar y no a intervenir desde su subjetividad.

¿De qué se trata entonces? En lugar de erigirnos en jueces, dejar que los jueces hagan su trabajo y nosotros el nuestro. De nuestra parte, ayudar a hacer cesar la situación abusiva para que a futuro, ese niño abusado pueda hacerse cargo responsablemente de aquello que él como sujeto hizo de lo que padeció. Se trata de poder encontrar una manera de lograr que el recurso a la ley y a las instancias jurídicas que la encarnan, garanticen estrictamente que no todo goce está permitido.

Todo abuso para un niño es incestuoso, en tanto para el niño cualquier adulto representa una figura parental. El abusador cosifica a su víctima. No es para él un semejante, sino un simple objeto de consumo.
Cuando el abuso es a edad muy temprana no hay aparato psíquico capaz de poder simbolizarlo. El juego queda detenido y la palabra enmudecida por el arrasamiento subjetivo que el acto violento ejerció sobre ellos. No puede haber síntoma porque no hay aún enlace con lo simbólico. Hay mostración.
Donde la simbolización falla para dar lugar a la irrupción del horror de la existencia, el sujeto queda bajo los efectos de un destierro subjetivo. Hay inhibición o angustia masiva, porque la carencia de elementales recursos impide la mínima elaboración simbólica que pudiera dar forma sintomática a lo real.
Jugando el niño elabora lo traumático; pero si el juego está detenido porque es del horror lo vivenciado produciendo un arrasamiento subjetivo que detiene el mismo juego, ¿qué espacio queda para su elaboración?

A mi entender, toda posibilidad de tratamiento va a jugarse en tanto el analista pueda ofrecer un espacio de confianza, porque el niño siempre denuncia el abuso, aunque no necesariamente con palabras. Lo dice en sus padeceres, en sus mostraciones. Es responsabilidad del adulto poder leer allí.
Se tratará entonces de “abrir al juego” ya que es el juego con sus personajes lo que dará las pantallas para decir lo indecible. El juego ofrece el velo que el horror mostraba. Recuperando el juego, los niños recuperan su mundo. El juego puede contener el terror o la furia, pero lo contiene dentro de un marco de ficción, de una convención significante en que lo real queda horadado por lo simbólico.

Que en el juego pueda re-escribir la escena, que algo se re-escriba para que cese de no escribirse, que pase de lo acontecido, a un relato lúdico. Relato lúdico que debiera velar lo real, poner velo a las formas descarnadas y obscenas de goce.
Si el amor en tiempos de la infancia no intervino para enlazar lo pulsional, lo pulsional queda huérfano de amor. Son pacientitos cuya única oportunidad de amar y crear se jugará en el espacio transferencial del análisis, por lo que el analista no puede, en estos casos, ni ser distante ni incorpóreo, ni neutral, ya que neutral puede confundirse con abstinencia. De no serlo, puede reproducir en transferencia la falta de confianza en el testimonio de sus propios sentidos. Entonces recibiremos a ese niño treinta años después quien luego de un tiempo nos contará con dolor, con vergüenza y llorando lo que aquel o aquellos días sucedió. En ese instante la edad se borrará y estaremos frente a un niño quien sólo sumó años, pero nada pudo elaborar “aún”.

¿Entonces es de la Hilflosigkeit de lo que se trata en los abusos o maltratos en los niños o lo escuchamos como Hilfsbedürftigkeit que dice del deseo y de la necesidad de recibir ayuda? ¿Desmentida o escucha atenta? ¿Reiteramos el glaube nicht o escuchamos? Entre estas posiciones a mi entender se jugará nuestra posición como analistas en el caso por caso.

1. Diario La Nación, 17 de Marzo del 2006
 
 
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