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   La Familia Violenta

Violencia familiar y Ley
  Por Silvia  Justo
   
 
Todo acto violento es una situación de poder donde hay un sometido y un sometedor, donde alguien abusa de ese poder, de esa autoridad y hay otro que lo padece.
La violencia y el maltrato dentro de una familia no son un fenómeno aislado y se puede presentar de diversas formas: maltrato físico, amenazas, abuso sexual, abuso moral, violación, maltrato emocional, dando cuenta de una conflictiva grave no sólo por lo complicado de su resolución en muchos casos, sino también por lo complejo de su montaje, ya que intervienen varios factores: subjetivos, vinculares, de transmisión, sociales, culturales y económicos.

Las relaciones de género establecen una jerarquía que le da, generalmente, al varón mayor poder sobre el cuerpo femenino y sobre el cuerpo del niño.
Pero al hablar de violencia rápidamente se tiende a clasificar a padre o madre violentos, hombre o mujer violentos y así un montón de intentos que no pueden leerse desde una generalización pero sí desde la subjetividad.

La agresividad es constitutiva para el ser hablante. En “El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica” J. Lacan manifiesta que el niño pequeño puede anticipar imaginariamente la forma total de su cuerpo por medio de una identificación, estableciendo de esta forma el primer esbozo del yo que posteriormente va a ser tronco de las identificaciones secundarias siendo la madre quién lo sostiene con su mirada. El amor y la mirada materna dirigida al niño fundan el campo de la narcisización. Pero en el instante que reconoce su imagen en el espejo el niño la capta en primer instancia como la de otro “El yo es el otro” frase citada por Lacan tomada de Rimbaud.

De este origen el yo va a conservar la inclinación por las pulsiones sadomasoquistas – entre otras–, destructoras del otro en su naturaleza: “o yo o el otro”. De esta forma el ser hablante deberá alcanzar su lugar por sobre el otro ya que de no ser así puede a su vez ser aniquilado. El semejante puede tornarse peligroso porque atenta a la unidad narcisística, porque se teme a la fragmentación del propio cuerpo.
Si la tensión agresiva es estructural en el ser humano, para vivir es necesario que la agresividad sea tramitada por la palabra para que el sujeto pueda defenderse del otro pero ¿cuál es la diferencia entre esa tramitación que permite soportar la existencia y la materialización de un acto violento?
La relación con la palabra articulada, con la ley (lo que está y no está permitido decir y hacer) pacifica la relación con el semejante. Pero si hay una falla en esa articulación el único recurso que encuentra el sujeto para desalienarse del otro es la agresión.

Una pareja se constituye cuando hay un equilibrio sintomático de ambas partes. Cuando dicha articulación se rompe por algún motivo, puede producir un efecto de desconocimiento, lo que era familiar para una de las partes se transforma en algo siniestro. Eso extraño, no reconocible en el otro, a veces puede desencadenar en un acto violento, cuando la imagen que se esperaba encontrar aparece desfigurada por lo desconocido. Si el partenaire aparece como un semejante, como otro especular que despierta la agresión, puede manifestarse de dos maneras: en un momento de crisis ante una situación puntual y otras veces puede suceder que el único modo de vinculación sea la agresión.

Cuando una pareja tiene incorporada la violencia como parte del lenguaje sexual este tipo de lazo pertenece a una geografía diferente de lo que se reconoce como violencia familiar. Si infligir humillaciones y/o dolor psíquico y/o físico son aceptados por el partenaire habría que ubicarlo dentro del campo de las perversiones sexuales y/o de los juegos eróticos según el monto de violencia alcanzado y consensuado.
Sería importante también preguntarse a quién o a qué se maltrata cuando un niño pasa a ser objeto de la violencia ejercida por uno o ambos progenitores. Sin entrar en generalizaciones, una de las respuestas posible es que se agrede a lo insoportable de sí mismo, aquello que el sujeto que ejerce la violencia quisiera destruir en sí mismo y retorna desde el otro encarnado en el niño.

Un niño puede ser objeto de diversos tipos de maltratos: por excesos (golpes), por déficit (desamparo), por degradación (se desconoce su potencial acompañado de frases como “sos un desastre”, “sos tonto, te cuesta entender”), o por exceso de exigencias que dejan marcas de dolor.
Cualquier tipo de violencia provoca un estado de indefensión no solamente en el yo sino también sobre la subjetividad provocando un empobrecimiento simbólico.
El sentimiento de desamparo, la sensación de estar en peligro permanentemente y el sentirse diferente de los demás son provocados por el dolor psíquico y la impotencia a la que es sujeto un niño víctima de la violencia.
La violencia física o verbal que hicieron marca en los primeros años de vida de un niño en plena estructuración psíquica incrementando el estado de desamparo impide el procesamiento y metabolización de lo padecido. Lo que no pudo ser ligado pasará en forma violenta a su vez a los hijos como repetición ante la imposibilidad de tramitación existiendo de esta forma, en muchas ocasiones, una transmisión de violencia a través de generaciones: existió un abuelo violento, un padre violento y un niño que en la vida adulta es muy probable que sea violento. Se repite entonces lo acaecido en su forma activa o pasiva, el sujeto se identifica al agresor o elige a alguien para que se haga cargo de la repetición buscando de esta forma otro agresor.

Cuando en una familia un hijo es objeto de violencia no solamente denuncia el desamor y el lugar sobrante que tiene –primariamente– en el deseo materno sino que también sale a la luz el incesto.
Que un sujeto pueda advenir a la cultura va a depender de dos prohibiciones: la del incesto y la del asesinato, en muchas familias estas prohibiciones no han funcionado.

Las familias violentas son familias endogámicas, dependientes entre sí, los vínculos muestran la adherencia y la desconexión afectiva, cada uno está aislado, en soledad, pero con marcadas dificultades para separarse de los otros. Lo exogámico es vivido como algo amenazante a la integridad yoica de lo cuál se toma distancia.
Si se entiende por violencia el uso de la fuerza en donde el otro es tomado como objeto y que ejercerla en el núcleo familiar significa quebrantar una ley, la de prohibición del incesto, toda violencia ya sea psíquica o la que opera contra un cuerpo es el resultado de una situación crítica en la cual la relación con la palabra articulada a la ley está abolida o si opera lo hace en forma deficitaria, la palabra entonces es sustituída por el acto violento.

Sería oportuno que dentro de un marco terapéutico familiar circule la palabra, pero ¿qué hacer cuando la renegación y los pactos de silencio entre sus miembros son lo suficientemente consistentes acompañados de episodios violentos más sostenidos en el tiempo, y peligrosos a punto tal que pueden amenazar la vida de alguno de sus miembros? ¿qué hacer cuando no hay quiebre del pacto de silencio, cuando no hay pasaje de lo privado a lo público?, ¿qué hacer cuando las intervenciones del analista no pueden producir un acotamiento de ese goce incestuoso porque su palabra es descalificada? El abordaje multidisciplinario es una salida posible siendo pertinente trabajar con otras disciplinas: organismos judiciales, asistentes sociales, abogados, etc.

A partir de la sanción de la ley 24417 de protección contra la violencia familiar este tipo de intervención es posible. Esta ley dice: “Toda persona que sufriese lesiones o maltrato físico o psíquico por parte de alguno de los integrantes del grupo familiar podrá denunciar estos hechos en forma verbal o escrita ante el juez con competencia en asuntos de familia y solicitar medidas cautelares conexas. A los efectos de esta ley se entiende por grupo familiar el originado en el matrimonio o en las uniones de hecho.
”Cuando los damnificados fuesen menores o incapaces, ancianos o discapacitados, los hechos deberán ser denunciados por sus representantes legales y/o el Ministerio Público. También estarán obligados a efectuar la denuncia los servicios asistenciales sociales o educativos, públicos o privados, los profesionales de la salud y todo funcionario público en razón de su labor. El menor o incapaz puede directamente poner en conocimiento de los hechos al Ministerio Público.

”El juez requerirá un diagnóstico de interacción familiar efectuado por los peritos de diversas disciplinas para determinar los daños físicos y psíquicos sufridos por la víctima, la situación de peligro y el medio social y ambiental de la familia. Las partes podrán solicitar otros informes técnicos”. “... El juez podrá adoptar, al tomar conocimiento de los hechos motivo de la denuncia, las siguientes medidas cautelares: a) ordenar la exclusión del autor de la vivienda donde habita el grupo familiar; b) prohibir el acceso del autor al domicilio del damnificado como a los lugares de trabajo o estudio; c) ordenar el reintegro al domicilio a petición de quien ha debido salir del mismo por razones de seguridad personal, excluyendo al autor; d) decretar provisionalmente alimentos, tenencia y derecho de comunicación con los hijos. El juez establecerá la duración de las medidas dispuestas de acuerdo a los antecedentes de la causa. El juez, dentro de las 48 horas de adoptadas las medidas precautorias, convocará a las partes y al Ministerio Público a una audiencia de mediación instando a las mismas y su grupo familiar a asistir a programas educativos o terapéuticos”.

En esos casos en que se requiere de este tipo de abordaje, el trabajo interdisciplinario es fundamental y es un modo de responder a la complejidad del conflicto, para que la ley de los códigos establezca un orden allí dónde la ley del padre en el ejercicio de su función ha fracaso dando origen a la violencia.
 
 
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