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   Entrevista

Slavoj Žižek
  La lógica del simulacro
   
  Por Silvia I.  Ons
   
 
En su nuevo libro de próxima publicación en Argentina ofrece ensayos sobre cine moderno y ciberespacio. Usted establece una relación entre el ciberespacio y la suspensión de la autoridad que signa nuestros tiempos...
La función principal de la autoridad consiste en fijar una orientación al querer del sujeto. Dice Lacan: “Lo dicho primero decreta, legisla, aforiza, es oráculo, confiere al otro real su oscura autoridad.” Esta determinación entra en contraposición con un momento –Lacan habla de “dicho primero”– en el que el sujeto no sabe lo que quiere. Cuando las figuras que encarnan la autoridad entran en crisis, el sujeto se ve bombardeado en todo momento por ofertas continuas para que se pronuncie sobre lo que quiere, no hay autoridad que oriente, el peso de la elección está en nosotros, todo parece ser posible pero si no hay elección forzada que limite el campo de la libre elección, desaparece la propia libertad de elección. Cuando ya no hay nadie que marque lo que queremos, ocurre exactamente lo contrario de lo que cabría esperar, cuando toda la carga de la elección reposa sobre nosotros, es cuando la dominación del Otro es más completa y la capacidad de elección se convierte en un puro simulacro.

Recordaba que Freud también habla de una elección forzada cuando dice que el niño deja el complejo de Edipo a partir de la amenaza de castración proveniente del padre o de un sustituto capaz de portar esa autoridad para la madre. El infante es presa de una elección forzada: debe elegir entre el enlace libidinal con la madre y el interés narcisista por conservar su pene, por la amenaza de castración vence este último poder. En una suerte de disyunción entre la bolsa y la vida, el pequeño aprende que optar por la bolsa –que representa el incesto– implica perder la vida.
Podríamos parafrasear la conocida inversión lacaniana de Dostoievsky (“Si no hubiera Dios, nada estaría permitido”): si no hay ninguna elección forzada que limite el campo de la libre elección desaparece la propia libertad de elección. Esa suspensión de la Autoridad (simbólica) es el rasgo crucial de lo Real que se adivina en el horizonte del universo ciberespacial: el momento de la implosión, cuando la humanidad se encontrará ante el límite imposible de transgredir y se disolverán nuestras coordenadas de nuestro mundo en la vida social. En ese momento desaparecerán las distancias y cualquier información, ya sea texto, música o video será accesible a través de la interfaz. Pero el reverso de tal abolición de la distancia provocará una claustrofobia insoportable, el exceso se hará sentir, la multiplicidad de las elecciones disponibles dará lugar a una imposibilidad cada vez más creciente de elegir. Además la comunidad participativa será cada vez más excluyente con quienes no puedan acceder a ella. Tras la utopía de un ciberespacio que abre el campo de lo ilimitado en sus ofertas, asistimos en verdad a la era de una imposición sin precedentes.

En referencia a la técnica, Heidegger dijo que todas las distancias, en el tiempo y en el espacio se encogen. Pero también agregó que esa apresurada supresión de las distancias no da lugar a ninguna cercanía ya que la cercanía no consiste en la pequeñez de la distancia.
La ausencia de distancia torna demasiado próximo al Otro con su goce que resulta intrusivo, el racismo posmoderno puede pensarse como respuesta a este fenómeno, pese a las ideas vigentes, diría que el ciberespacio no es lo bastante espectral. Contrapongamos, por ejemplo, el ciberespacio a la relación de Kierkegaard con Regina. Alguien podría estar tentado de decir que de la misma manera en que Kierkegaard rechazó la proximidad física de la mujer amada y propuso la soledad como único modo auténtico de relacionarse con el objeto amado, el ciberespacio también implica la supresión del objeto en la vida real y extrae su energía erótica de esa supresión. Sabemos cómo muchos encuentros de las parejas “cibernéticas” en la vida real son un momento de regreso a la “vulgar realidad”. Este paralelismo es falso. Regina era el vacío al que Kierkegaard dirigía sus palabras mientras que la pareja sexual ciberespacial es alguien demasiado presente, que bombardea con imágenes y declaraciones de sus fantasías más íntimas. Regina era un corte en lo real, el obstáculo traumático que perturba una y otra vez el despliegue satisfactorio de la imaginación erótica, mientras que el ciberespacio trae consigo lo contrario, un flujo inmediato de imágenes y mensajes.

A diferencia de muchos pensadores que plantean la era del simulacro como proceso creciente de desmaterialización de la realidad, usted opina que lo que desaparece en la actual “plaga de simulaciones” digitales no es lo real, no simulado, sino la apariencia misma.
Sería importante interrogar qué es la apariencia. Ante la pregunta de un niño que quería saber qué aspecto tenía el rostro de Dios, un sacerdote optó por dar la siguiente respuesta: cada vez que el niño viera un rostro humano que irradiara benevolencia y bondad, lo que vería sería un atisbo del rostro divino. La verdad de este ejemplo es el de indicar que la apariencia tiene la capacidad de transubstanciar un elemento de la realidad en algo que, por un breve instante, irradia la Eternidad suprasensible. Esta dimensión se pierde en la lógica del simulacro ya que cuando el simulacro se vuelve indistinguible de lo real, todo esta presente y no queda entonces dimensión trascendente que pueda “aparecer” en y a través de él. Según la famosa lectura kantiana, el entusiasmo que despertó la Revolución Francesa en los círculos ilustrados europeos, ello se debió a que los eventos revolucionarios funcionaban como signos a partir de los cuales aparecía la dimensión transfenoménica de la Libertad. La “apariencia”, entonces, incluye una dimensión, la nouménica que destella en lo contingente. Allí reside también el problema del ciberespacio y la realidad virtual, no es la realidad disuelta en la multiplicidad de los simulacros, sino, al contrario, la apariencia misma. En términos lacanianos: el simulacro es imaginario mientras que la apariencia es simbólica (ficción), cuando se desintegra la dimensión específica de la apariencia simbólica, lo imaginario y lo real se vuelven cada vez más difíciles de distinguir. Esta distinción se hace presente en el campo de la sexualidad, por ejemplo, en el caso de la distinción entre pornografía y seducción. La pornografía pretende enseñarlo todo y por eso mismo lo que produce es un simulacro mientras que la seducción consiste en un campo de promesas, apariencias e insinuaciones que evocan a la Cosa sublime suprasensible.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
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