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BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Botox
  Por Mario Pujó  y Oscar Cesarotto
   
 
Cuando estas líneas sean publicadas, la elección presidencial del 1 de octubre en Brasil ya habrá quedado atrás. Probablemente muy atrás, si se considera la onírica velocidad que adoptan los eventos mediáticos en la era cibernética.

El presidente Luiz Ignácio “Lula” Da Silva habrá logrado así ganar al menos en la primera vuelta electoral, en lo que descontamos se celebrará como un notable récord de previsibilidad político-institucional. Ningún imponderable, ninguna sorpresa, ningún imprevisto, pero tampoco, lamentablemente, ninguna expectativa en el horizonte inmediato de las inmensas masas de desposeídos que habitan el vecino país.

¿Es la necesidad de una verdadera gesta educativa para erradicar el semianalfabetismo generalizado lo que ha orientado la discusión electoral, el debate sobre la distribución de la riqueza en esta potencia a la que algunos economistas nombran “Belindia”, por compartir índices de desarrollo similares a los de Bélgica y pautas de distribución propios de la India? ¿Se habrá polemizado sobre los recientes contratos de privatización de la extensísima cuenca del Amazonas que podría poner en riesgo la oxigenación del subcontinente? ¿Se habrá ponderado la imprescindible preservación del medio ambiente ante la inminencia del efecto invernadero y el recalentamiento global? ¿Se habrán elegido distintas propuestas de desarrollo industrial? ¿Diferentes alternativas de promoción agrícola y reparto de la tierra? ¿Diversas configuraciones de integración tendientes a la creación de una gran federación latinoamericana? ¿Consensuado una política exterior regional, frente al conflicto que se eufemiza como una “guerra entre civilizaciones”, cuya reciente manifestación libanesa exhibe un despiadado ensañamiento con la población civil? En fin, y la enumeración sería interminable... ¿se habrán recensado los medios adecuados para el logro de la última gran promesa electoral convocada bajo la auspiciosa consigna de “hambre cero”?

Y bien, como el lector lo imagina, la respuesta resulta tan previsible como el resultado de la elección. A falta de algún suspenso, cuando las estadísticas demostraban que el actual mandatario cabalgaba solitario en la carrera presidencial (con el 47 % de intención de voto asegurado, a más de 26 por ciento de distancia de su principal oponente) las columnas periodísticas y las tapas de revista de todo el país se concentraron en una increíblemente superflua discusión sobre el aspecto físico de los contendientes. Así, el semanario opositor Veja, el más influyente de Brasil, titulaba: “Lula adhirió al partido del Botox”.

Ocurre que cuando el por entonces rústico Lula da Silva fundó en 1980 el Partido de los Trabajadores, su figura transmitía la imagen corpulentamente viril del operario metalúrgico. Pero las sucesivas derrotas electorales, lejos de lacerar su figura con las huellas del fracaso, parecerían mágicamente haberla remozado. Así, en 1989 abandonó el mameluco obrero en favor del urbano traje pequeño-burgués. Pero su simpática figura de sindicalista-cowboy nada pudo contra la refinada silueta de Collor de Mello, quien logró aristocráticamente derrotarlo sin siquiera despeinarse. En 2002 fueron los trajes Armani Collezioni, las corbatas de seda, el emparejamiento y el blanqueo de los dientes, lo que, según sus asesores de imagen, aseguró el éxito.

Por ello, la reciente confrontación de octubre fue cuidadosamente preparada desde varios meses antes. Luego de haber adelgazado ocho kilos y entallar elegantemente los trajes, Marisa, la mujer de Lula, le recomendó el empleo de la bacteria Clostridium botulinum para camuflar sus arrugas. Con ese propósito, la Dra. Steiner viajó tres veces desde su clínica en Sao Paulo hasta el Planalto para restaurar la lozanía de su frente y el contorno de sus ojos, logrando disimular el ceño fruncido y las patas de gallo que lo evidenciaban agobiado por el estrés, rellenando los poros e imperfecciones de sus pómulos. El ácido retinoico de un peeling se llevó también las manchas de la cara, fruto del maltrato cutáneo de su época de tornero al sol. Como aquella tristemente célebre picadura de avispa de nuestro ex presidente innombrable, que supo aggiornar su patilludo disfraz de caudillo del siglo XIX para transformarse en un exitoso leader neoliberal modelo siglo XXI, lo que le valió ser consagrado por alguna revista como el presidente mejor vestido a nivel internacional.

En la imagen actual del presidente Lula, poco queda de ese heroico lustrabotas, cadete de tintorería, estibador, operario metalúrgico, líder sindical, que ilusionó a las masas marginadas cuando se propuso alcanzar el poder. De tanto pretender recuperar su aspecto juvenil, de tanto querer volver a parecerse a sí mismo, el reelecto presidente Lula, receptor indiscutido de la esperanza de millones de desposeídos, termina asemejándose cada vez más a esa penosa estirpe gerencial de administradores que no se proponen ya cambiar el mundo sino, a lo sumo, maquillar su imagen, aplicando una política nunca más apropiadamente calificable de cosmética.

En 1938, en su texto sobre “La época de la imagen del mundo”, Martin Heidegger entreveía el devenir del mundo como imagen, advirtiendo que en la Modernidad inaugurada por el cogito cartesiano, en la Modernidad de la metafísica sujeto-objeto en la que la ex-sistencia se vuelve sujeto y el objeto se vuelve enteramente calculable, en esa Modernidad entificante en la que todo viene a presencia, ya no tendríamos una imagen del mundo porque el mundo mismo se habría vuelto imagen. No habría más mundo, habría imagen, el pensamiento se tornaría estadística, cálculo, representación, todo sería ganado para el intercambio de información, y la política se construiría inevitablemente sobre lo visible... Lo visible de una sociedad espectacular.
 
 
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