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   Creación y Locura

Guerra y paz
  Por Ana María  Gómez
   
 
“... paz entre los hombres y calma en el mar...”
Platón, El banquete

Sí, quizás se nos inculpará de incurrir en banalidades harto conocidas por la comunidad psicoanalítica, pero nunca está demás retornar a los conceptos nutrientes que fundan, desde la teoría, nuestra práctica clínica cotidiana.
Un significante se define por oposición: “El día y la noche, el hombre y la mujer, la paz y la guerra, podría enumerar todavía otras oposiciones que no se desprenden del mundo real, pero le dan su armazón, sus ejes, su estructura, lo organizan, hacen que, efecto, haya para el hombre una realidad y que no se pierda en ella. La noción de realidad tal como la hacemos intervenir en el análisis, supone esa trama, esas nervaduras de significantes”, dice Lacan en el seminario de “Las psicosis”.

Par oposicional significante: guerra y paz. Y nos preguntamos, ¿habrá paz sin atravesar una guerra?
¿Qué responde Freud al respecto?
Freud responde a través de su descubrimiento de la pulsión: la pulsión de muerte, la pulsión de destrucción, la pulsión de dominio.
En 1915, no ha transcurrido mucho tiempo desde que comenzara la Primera Guerra Mundial, Freud escribe “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” o “Sobre guerra y muerte. Trabajos de actualidad”

En este trabajo Freud se expresa conmocionado por el “... torbellino de este tiempo de guerra... sin la suficiente distancia respecto de las grandes transformaciones que ya se han consumado o empiezan a consumarse y sin vislumbrar el futuro... caemos en desorientación sobre el significado de las impresiones que nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos”.
La guerra desorienta, confunde, ofusca, desequilibra, desorganiza. Nada es igual antes que después. El mundo exterior cobra otros valores, se trastorna y trastoca y, obviamente, lo mismo ocurre con quienes viven la guerra. La cuestión es, si en un mundo mediático como es el de hoy, alguien –que no quiera voluntariamente estar ausente– es ajeno a la guerra, tristemente, “de turno”. Porque es evidente: guerras hay siempre, de modo cuasi constante, en diversos lugares del planeta y de diferentes magnitudes. Se preguntará el lector si la magnitud de una guerra se mide por el número de seres humanos muertos y heridos. Es un dato que convoca al horror, pero es así y también por la proyección y el pronóstico posible de cómo ese número puede aumentar y a cuantos otros seres llegar a involucrar.

En esa Primera Gran Guerra que los seres muertos sumaron diez millones. En la Segunda, que comenzaba cuando Freud moría en el exilio, murieron cincuenta y cinco millones de personas.
Y nos preguntamos también, ¿cómo es el duelo por millones de seres? ¿Quién lo lleva a cabo? ¿Es lo mismo el duelo por un soldado que el duelo por un civil? Parecen preguntas locas –cuando en realidad ninguna pregunta sería loca pero sí la eventual respuesta– pero surgen de la constatación de una realidad indubitable. En tiempos de guerra el exterminio se cuenta así: por miles, por cientos de miles, por millones... y cada vez será más en función de lo que hoy ya se llaman “armas de destrucción masiva”.

Y Freud dará cuenta de que la relación con la muerte, en términos de una guerra, se ve trastocada. La muerte ya no es una contingencia, “... la acumulación –expresa– pone fin a la impresión de contingente”. La muerte, durante la guerra, es posible, lo cual hace que algo no cese de no inscribirse, en términos de Real, para pasar a hacer escritura, pero escritura tumbal que, en muchos casos, lleva por todo patronímico un “NN”.
Estamos atravesando el tiempo de una nueva guerra, aunque una guerra no es nunca nueva, en todo caso es renovada. Tan nuevamente renovada como lo es la pulsión de destrucción, decíamos, retoño de la pulsión de muerte, pariente cercana de la pulsión de dominio, fuente de toda agresividad que, como dice Lacan, es la potencia de la agresión que ya constituye acto.

Entonces, ¿es extinguible, controlable, “domeñable”, como diría Freud, esa pulsión que lleva a la confrontación entre esos seres llamados “homo sapiens” que se destruyen en espejo unos a otros? Freud no era pesimista, pero sí, como dice Lacan, estaba atravesado por un realismo trágico. Sin embargo nunca desdeñó la “eficacia simbólica” o el valor apaciguador de la palabra. Y a eso, expresamente, nos dedicamos aquellos que trabajamos como psicoanalistas.
Diríamos un psicoanalista no es, se hace. Se hace cada vez, cada día, en cada sesión con cada analizante, en tanto se dispone a la neutralidad, a la atención libremente flotante, a poner entre paréntesis su humanidad, su historia personal, sus opiniones, juicios, prejuicios, idearios, ideologías, creencias y demás. No hay otro modo de escuchar haciendo semblante de lo que se llama objeto a: un objeto que no es tal y, sobre todo, que no tiene imagen. Si le proveemos imágenes que tienen que ver, obviamente, con nuestras propias historias, que sí las tenemos en tanto no “somos” analistas, sino seres humanos, como el resto común de los mortales, ese semblante de objeto deja de tener relevancia. Y esto se propone en tanto asistimos, con estupor, a como una cantidad de colegas está tomando partido, públicamente, a favor de un bando u otro de la contienda entre Israel y el Líbano, entre el Líbano e Israel.

El velo de Maia se rasga y deja ver, percibir, conocer lo que debe ser, inexcusablemente, de lo privado y nunca hecho público. Sin embargo, está ocurriendo, con respecto a esa guerra renovada, que varios analistas están dejando caer el velo y, precisamente, de-velando lo que debe permanecer silencioso. Y en este punto pensamos en los analizantes cuyas curas esos colegas tienen a su cargo y cómo, en algún caso, se puede desconstruir abruptamente la transferencia porque alguien puede, con toda justicia, expresar: “No pienso como usted”, haciendo referencia a ideas, pensamientos y opiniones que cualquiera de nosotros puede tener pero no manifestar públicamente en medios que son leídos por analizantes y colegas en análisis. Es grave. Y de estas cuestiones se está haciendo letra y recordamos a Lacan cuando expresa que “La letra mata y el espíritu vivifica”.

El psicoanálisis es cuestión de palabras, cuestión de significantes, hasta, obviamente, de actos significantes. Pero ni esas palabras ni esos actos –recordemos que se comienza cediendo en las palabras y se termina cediendo en los actos– pueden justificar la matanza del semejantes.
Las palabras en análisis, que llevamos adelantes quienes trabajamos como analistas, son vehículos, instrumentos, elementos apaciguadores, jamás tendientes a la contienda imaginaria y menos al pasaje al acto de la muerte en lo Real. Propiciar nuevos lazos, nuevos vínculos, nuevos modos pacíficos, nunca beligerantes. O, ¿a qué practicante se le ocurriría sostener una cura en términos de que se rescriba una historia sino fuera, como lo quiso Freud, en términos de su deseo y de su ética, por la vía de la conciliación?

Pro Israel; pro Líbano. Toda persona tiene el mayor de los derechos a tomar partido, a justificar, dar razones, fundamentos, causas, etc. Pero a quien se le ha decidido, en función de su deseo de analista, practicar la teoría freudiana, ¿puede sin más hacerlo público y comprometer las transferencias en cuestiones que tienden a provocar estallidos imaginarios?

Si el objetivo de un análisis es que alguien “sea más feliz por vivir”, ¿alguien podría alcanzar alguna felicidad en la destrucción del semejante, en la aniquilación del otro, en el arrasar monumentos, obras de arte, patrimonios culturales? ¿Alguien, en su sano juicio y no dominado por la pulsión destructiva que pretende dominar al semejante, podría ser más feliz por vivir, matando niños, mujeres, hombres, ancianos, inocentes, o supondrán que no lo son por pertenecer a una nación, un estado, un territorio delimitado por fronteras absolutamente imaginarias, algunas trazadas con regla, producto de la invención de los invasores de turno?
No sólo somos seres de pulsión: también somos seres de pasión. Pero a imitación de aquello que flanqueaba el Liceo de Atenas (“No entre aquí quien no sepa geometría”) diríamos “No entre aquí aquel que no preserve el velo que debe recubrir su propia historia”
La guerra no es una causa, es una consecuencia y quienes trabajamos como analistas tenemos suficientes elementos para dar cuentas de las causas. Entonces: ni pro-Líbano ni pro-Israel. En todos los casos, pro-PAZ.

Y como expresa Lacan en el final de “Poesía y verdad”: “Y es en fin una frase de Goethe, la última, la que para mí constituye la clave y el resorte de nuestra búsqueda, de nuestra experiencia analítica. Son palabras muy conocidas, pronunciadas antes de sumergirse con los ojos abiertos en el negro abismo:
“¡Luz, más luz!”
 
 
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