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   Colaboración

La novela de Lacan (tercera entrega)
  2. Orleáns, los potes y la peste
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
“Ésta es la oportunidad para que se palpe lo que tiene de falsa la oposición entre la dimensión de lo pretendidamente concreto y la de lo pretendidamente figurado. Porque exactamente en el mismo sentido en que la palabra y el discurso pueden ser plenos o vacíos, un vaso puede estar lleno en la medida en que primero está esencialmente vacío.”
J. Lacan, La ética del psicoanálisis, 27/1/1960


Hoy se vuelve engorroso atravesar en automóvil el corazón de Saint Pierre de Puellier viniendo de la catedral de la Sainte-Croix. Las peatonales del casco antiguo de Orleáns demoran y desvían el trayecto. Nada era más fácil, en cambio, en julio de 1906 cuando Jacques Marie Émile Lacan, de cinco años de edad, conoció esa ciudad de la mano de dos nativos, Alfred Marie, su padre, y Émile, su abuelo paterno. Aunque no ocultaré que antes habían debido recorrer los, por aquel entonces, interminables ciento veinte kilómetros de la aburrida meseta del Beauce.

Aún respetando las cinco escalas técnicas, el auto de Alfred descansó recalentado en las puertas de la catedral, adonde los tres viajeros agradecieron haber llegado sanos y salvos. Luego partió veloz hacia la fábrica de la familia. Una vez alcanzado el claustro de Saint Pierre, dobló vertiginosamente por Rue de la Folie, para la ruidosa diversión de Jacques y el empecinado mal humor de Émile. Veamos cómo fulmina con la mirada al niño y pide estacionar en St. Flou y la costa. Quiere a saludar al Loire. Quiere otro respiro antes de enfrentar la maledicencia de la parentela.

A los ojos del viejo, las aguas del río son una ancha banda de acarreo que transporta al resto de Francia y del mundo los vinagres, las mostazas y los pepinillos de Dessaux Fils. Ludovic, hermano menor de su esposa, está a cargo de la fábrica y alardea de producir lo mejor. ¿Pero qué los convirtió realmente en la vinagrera más grande del mundo? La co-mer-cia-li-za-ción, subraya Émile, repasando mentalmente la eterna disputa con su cuñado. Los vinos blancos del valle hacen lo suyo, desde luego, y la técnica de acetificación de Pasteur (suerte de segundo liberador de Orleáns, después de Juana de Arco). Sin embargo, las otras doscientas cincuenta fábricas de la región, como la de Armand Bizouard, cuentan con idénticas ventajas. Si ellos tomaron la delantera, se debió a la ocurrencia de 1870 de no vender más mostaza a granel, sino en unos lindos potes de cerámica impresos con una graciosa etiqueta. Sobre el sello convencional de la firma asomaban una vaca, un cerdo y un cordero con rostros disgustados y, encima de los tres animalitos, escrito el temor que les pesaba: ¡Nos hará suyos! (La buena gente únicamente tendría apetito de sus carnes en la medida en que sirven para untar mostazas Dessaux fils). El resto del éxito, machacaba para sus adentros, respondía a los méritos de una circunstancia, de la que Francia había vuelto a ser un imperio colonial y, particularmente, a la astucia y la perseverancia suyas, el mejor vendedor de la marca. No por casualidad, en la gran foto grupal de 1880 es él quien está sentado a la derecha del suegro; Ludovic figura a la izquierda. Treinta y cinco años de servicio y ahora, tras varias peleas con la cretina de su nuera Émilie Philippine Marie (la madre de Jacques, que era su viva imagen), habían decidido abandonar los bulevares de París y retirarse al falansterio del cuartel general.

La hipnótica monotonía del paisaje acuoso lo sustrae. Imagina, a sus espaldas, el panorama de la infancia: la Torre Nueva, arrasada por la avenida costanera, la Torre Blanca, aún en pie pero ruinosa, seguida por el núcleo primitivo de Desseaux fils, con la larga pared lateral hecha con la muralla de quince siglos de los romanos, que deshonrarían en 1901 adosándole muletas de hormigón. Las seguras fronteras milenarias se han borrado. Montada en las ondas grises, indetenibles del Loire, su vida entera había transcurrido insensiblemente, deslizándose ajena a las subas y bajas del mercado y a las pausas gremiales de la noche. Sécate la lágrima, viejo maricón.

Mientras tanto, Alfred prefiere ceder el volante al chofer y caminar con Jacques la cuadra hasta la fábrica, que por entonces ya había adquirido la división tripartita: en la esquina orientada hacia el río, un invernadero industrial de chapa, acero y vidrio construido por Eiffel servía de hangar para el fraccionamiento, empaquetado y expedición de mercadería; en la calle St. Flou, la otra planta libre, una estructura del novedoso hormigón armado con revestimientos de ladrillo a la vista para la fabricación de los productos, y en la calle de la Tour Neuve, el edificio primitivo, para esta fecha destinado exclusivamente a la administración, el almacén de menudeo y las viviendas de los propietarios. Allí se mudarán abuelo y abuela, explica Alfred, mientras se abre el portón del hangar.

El olor penetrante y el camino previo por el laberinto de los cajones apilados difieren el acceso y predisponen al estremecimiento de Jacques ante la súbita visión de los tres toneles de seis metros de altura dispuestos sobre el estrado blanco del fondo. Una impresión más rotunda que la del altar de la Sainte-Croix. En comparación, la vasta sala de procesamiento le parecería un salón de juegos con cintas de trabajo a destajo en las que operaban silenciosos muñecos mecánicos. “Nuestra firma ha reducido considerablemente los horarios de trabajo, sólo los días hábiles de siete de la mañana a seis de la tarde. Debido a este enérgico acortamiento, se requiere la prisa en el consumo de las viandas. Los propietarios reconocen generosamente las leyes laborales, pero solicitan alto rendimiento para compensar estas condiciones casi utópicas.”1 La verdadera acción comenzaría más tarde, en la cena con los primos.

La piedra del escándalo la arrojó Jacques, al presumir ser el dueño de la fábrica. Repuestos de la perplejidad, los niños Dessaux comenzaron a jugar con las ínfulas del parisino orejón. ¿Tu fábrica, pequeño ladrón? Quise decir nuestra fábrica. Ah, Jacques ha dicho…* Jacques ha dicho nuestra, veamos si es cierto. ¿Sabes qué dice aquí?, pregunta Charles-Marie, señalando la etiqueta del frasco de vidrio de los pepinillos. Dessaux fils, responde Jacques como si supiese leer.

Bien sabes que no te llamas Dessaux, ¿dónde está tu apellido en el frasco? Está la vaca, el cordero, el cerdo ¿Tú eres Jacques Cerdo? ¡No, soy Lacan [Lakα]! No, aquí no veo a la cane [la:kan] (la pata) por ningún lado. La pata le escapa a nuestra mostaza, luego, tú no eres uno de los dueños de la fábrica. ¡Laquais [lakε] (lacayo)!, sentencia Jean-Marie. Como apenas podía deletrear, a nuestro pequeño héroe le resultaba imposible encontrar la carta de triunfo. Se lamentó poco más tarde, cuando descifró que en el cartel de publicidad de los pepinillos rezaba “Los pepinillos Des-saux Fils: firmes, frescos, crujientes, preparados como los hace la abuela”; era incuestionable que se refería a su abuela, Marie Julie Dessaux. ¡La canard (el pato salvaje)!, ¡la cancanier! (la chismosa), ¡l’canari (el canario)!, agregaron entre risotadas los otros. Pálido de rabia, Jacques se arroja sobre el frasco y lo alza para estrellarlo contra el suelo. La tapa roja, mil trozos de vidrio, el contenido flotante en el vinagre empapa las medias de los niños mayores. Todo a punto de suceder. Resuena, entonces, la voz de Émile, que había contemplado discretamente la escena: ¡Jacquot,** retírate a la cama castigado! ¡Debes maldecir como un francés, no como un bárbaro!

Esa traición no la esperaba. ¿No estaba defendiendo bravamente el honor del apellido de su abuelo (le nom du grand-pere)? ¿Acaso los franceses no eran valientes? Émile era ciertamente nacionalista; sin embargo, era ante todo un pequeño burgués de la Tercera República. Se sentía ajeno a los extremistas de la bandera blanca monárquica de las locuras de la duquesa de Berry. Tampoco adhería a la camarilla de los orleaneses trasnochados que aún soñaban con la nobleza de sangre, con la francesidad heredada de la raza vivaz de los francos que un día, desde los bosques de Germania, cruzaron el Rin y sometieron a la servidumbre a los rudos campesinos vernáculos. Dueños de instituciones superiores, conquistadores naturales, la sangre insumisa de los francos tenía brillo y perfume incomparables.2 El nacionalismo de Émile era, en cambio, de bandera tricolor, no el de la bandera blanca, mucho menos el del trapo rojo de los jacobinos. Azul era el color de Francia. El pintor David había sido sabio al disponer la banda azul del lado del asta, el sitio más destacado. Es el azul de la flor de lis. El azul del manto de la Virgen, patrona de la monarquía y de los vinagreros; al menos, azul se había conservado hasta su infancia, antes de que Pío IX la vistiera de blanco al convertir en dogma la Inmaculada Concepción.3 Luego de la anexión de Alsacia-Lorena y el resurgimiento del imperio colonial (de la Martinica a Nueva Celedonia, toda Indochina y un tercio de África eran francesas) se había vuelto inconveniente agitar una francesidad de pura cepa, lo que correspondía era situarla en el dominio de la Lengua. Dejando a un lado el mamarracho de sus idas y venidas políticas, Victor Hugo era el nuevo punto de partida. Así le cantaba Maurice Barrès, nativo de Lorena: “¡Palabras, palabras!, pues ése es tu título, tu fuerza, el ser el amo de las palabras francesas: tu conjunto forma todo el tesoro y toda el alma de la raza.”4

«Booz s’était couché de fatigue accablé». En la sobremesa, la voz aflautada de Jean-Marie recita “Booz dormido”, el poema de Hugo sobre la generosidad del terrateniente. La marcialidad de los versos se confunde a medida que avanza los pasillos y trepa la escalera del falansterio. «Au-dessus de sa tête, un songe en descendit». Jacques se había acostado rendido de fatiga. Con los ojos cerrados, por la ventana entreabierta encima de su cabeza fue bajando un sueño. Jacques vio un pote inmenso salido de su mano. En torno del pote una larga cadena de seres y cosas. La vaca, el cerdo y el cordero, pero también todos los otros animales que conocía, de la gallina a la pata, del tigre al hipopótamo, el monito, la mamá de Jacques y la abuela Marie-Anne y todas las Marie y todos los Marie de la Tierra, y la decena de automóviles que cruzaron en la ruta a Orleáns, y las ancas de rana de la cena, el queso de cabra y los nougatines del postre perdido que luego el padre le trajo a la cama, y Jacques deslizando su miembro por la nuca de la prima Angélique. Sobre el pote, cientos de letritas suyas impresas en remolino, y otras tantas letritas de otros y otros más que, perturbadas, buscan escaparles o, gozosas, dejan que las cautive. ¡Oh, Señor!, ¿cómo podría ser que una mostaza pueda volver apetitoso lo salado y lo dulce, lo vivo que nace y lo fabricado que se vende, cada cosa, cada movimiento, cada voz? Así hablaba Jac-ques en el sueño y el éxtasis, volviendo hacia el Dios de la Sainte-Croix sus ojos anegados por el sueño, su cuerpo desnudo cubierto por un tonel. Escapa avergonzado de la catedral, dobla por una callecita y se sienta a curiosear el pote mágico. Al querer abrirlo, la tetina de cerámica que sirve de tapa se hunde, se invierte, se transforma en garganta irritada, en los amarillos dientes postizos del abuelo Émile. Otro niño hubiese despertado. Pero Jacques insiste entre el asco y el miedo. Cuando consigue arrancarla, ¡el interior del pote está vacío!

Los toneles gigantes de Dessaux fils no sintieron al pequeño sofista que los había admirado por la tarde, tampoco Jacques sentía los tres hombres que lo contemplan al pie de la cama. Alfred recriminaba a Émile el haber sido muy duro con el niño, Émile le contesta que sin una educación severa los hombres pueden llegar a ser ambiciosos pero nunca a tener grandes ambiciones. Alfred replica que no necesita que sus hijos sean grandes hombres sino hombres felices.

Indignado por semejante estupidez, el viejo le hace una doble advertencia: “Quítate del lugar que debe ocupar un padre y ya verás que tu hijo acabará tratándote como un ciudadano cualquiera. Y ahora que no estaré entre ustedes, mejor que disciplines a Marc-Marie, todavía es muy pequeño, si lo confías a la madre no sólo no será un gran hombre, sino ni siquiera un hombrecito, sólo los curas podrán salvarlo.” El tío Ludovic los llama al orden. Mejor vayan a sus dormitorios y aprendan de Jacques. Mírenlo, duerme tan despreocupado como nosotros hasta el día en que descubrimos la peste americana en los campos de Orleáns. Émile, que nunca cede la última palabra, cerró: Nunca te fíes de un Jacques que faire le Jacques (que se hace el tonto). 

___________________
(1) Règlement intérieur de la vinaigrerie Dessaux d’Orléans, année 1880, http://www. echolaliste.com/l1315.htm
(*) Jacques ha dicho = Jacques a dit : “juego infantil (para niños de alrededor de cinco años). Un participante es designado Jacques. Si él da una orden precedida de « Jacques ha dicho », los otros deben realizarla o abstenerse a toda otra acción.”, http://fr.wikipedia.org/wiki/Jacques.
(**) Jacquot: diminutivo de Jacques, también: loro, papagayo.
(2) Detienne, Marcel [2003], Cómo ser autóctono: Del puro ateniense al francés de raigambre, FCE, Buenos Aires, 2005.
(3) Pastoureau, Michel, Les emblèmes de la France, ed. Bonneton, 2001, Paris.
(4) Barrès, Maurice [1897], Los desarraigados, Cátedra, Madrid, 1996.
 
 
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