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   Los inanalizables

Intervenciones posibles en la clínica de bebés
  Por Héctor Yankelevich
   
 

La cuestión planteada por el título implica primeramente qué es analizabilidad. Sabemos que antes de Lacan eran los pacientes los que eran susceptibles de ser analizados si respondían a los criterios de una neurosis de transferencia. Los que no eran susceptibles de analizarse, es decir aquellos a los que se creía no responder al estatuto de la neurosis de transferencia se los consideraba no analizables. Sabemos que esto cambió con Lacan, que no es que haya que buscar que el paciente deba adaptarse al encuadre analítico, sino que es más bien el analista quien debe adaptarse y adaptar los parámetros de su intervención a la estructura que supone ser la de la persona que solicita su intervención. Esto no implica que hayan desaparecido o que desaparezcan las diferencias entre las neurosis de transferencia, neurosis narcisistas, perversiones o psicosis; muy por el contrario. Esto nos impulsa a pensar –cosa que es habitual en la corriente lacaniana– cómo hacer posible una intervención.

La cuestión de la inanalizabilidad va más allá, entonces, de este primer estrato de sentido del término. A nuestro parecer se trata más bien de aquellos sujetos que aún habiendo tenido un análisis, o varios, siguen transitando por los consultorios con una demanda imposible de satisfacer. No siempre se trata de psicosis.

En primer lugar la analizabilidad del sujeto o del paciente depende de la posibilidad de ser no sólo sujeto de la palabra, sino lisa y llanamente de tener palabra, de hablar, con lo cual se nos presenta el problema de los bebés y de los niños que no hablan todavía a un tercero. Sabemos que para Ana Freud sólo podía haber transferencia como repetición y que Melanie Klein no se sentía obligada a la repetición puesto que para ella la transferencia era originaria. Si nosotros tomamos la definición de Lacan, que la transferencia implica una suposición de saber, esa suposición de saber –si se trata de bebés y niños que no hablan todavía– tiene que dirigirse hacia el Otro del niño, en este caso hacia la madre. Los bébes para poder humanizarse dependen de la posición en que el Otro los coloca, sobre todo y antes que nada si la madre es capaz de colocarse en el lugar del Otro, es decir de no tomar al bebé como un puro real.

En este caso la intervención temprana del analista, por ejemplo cuando trabaja en pediatría o trabaja con pediatras, es interesante e importante ya que no se trata de pensar que a un bebe de seis meses, o de nueve o de doce, pueda ni interpretársele ni hablarle directamente haciéndole preguntas o diciéndole lo que le pasa. De lo que se trata es de poder suscitar una transferencia en la madre para resolver síntomas que tienen un sesgo pediátrico pero para los cuales los pediatras se declaran con justicia inaptos, porque aunque el síntoma presenta caracteres de perturbación orgánica, esas perturbaciones no son de origen puramente orgánico sino que se expresan en el cuerpo. Esto ocurre más que por exceso de libido, o no solamente por exceso de libido, por: o bien falta de libido de la madre (es decir porque la madre no puede poner en la posición de ser su falta al bebé), o bien mucho más complejamente porque el bebe está puesto en una posición de real y la madre carece de recursos, por lo menos con ese hijo, para ubicarlo en el lugar de ser objeto de su deseo y por lo tanto de colocarse como Otro de la demanda.

Nuestra experiencia en pediatría es extensa y difícil. Teníamos únicamente la posibilidad de ver a las madres con los bebés que presentaban síntomas de carácter orgánico pero donde el resorte era funcional una o dos veces, entonces se trataba de poder dar la posibilidad –a las madres–, de que pudieran expresar que les pasaba, no tanto con el hijo si no a ellas mismas; evitando que supusieran que la intervención realmente analítica, las ubicaría como causantes o que se sintiesen juzgadas por lo que le pasaba al hijo. Intentando sacar al hijo o a la hija del lugar de ser el soporte de lo que le pasaba a la madre, de su fantasma o de su ausencia de fantasma. A veces luego de intervenciones enérgicas por parte del analista había algo que al ser escuchado por la madre tenía efectos inmediatos en el cuerpo del niño, es decir el inconsciente estaba trabado en el niño en su posibilidad de seguir haciéndose, formándose. Si pensamos en la identificación primordial, ésta no tiene fecha de comienzo, no se inicia con el nacimiento del bebé. Comienza en un tiempo X de la vida de los padres, sobre todo de la madre; comienza con su primer deseo de tener un niño, cómo y dónde se ubica la salida de su Edipo como deseo resultante del efecto de la metáfora paterna, luego su reproducción en la vida adulta, en qué condiciones ello ocurre y con qué trabas inconscientes.

El funcionamiento del cuerpo, del cuerpo biológico, del organismo del bebe depende de la formación del inconsciente. Es el investimiento fálico de la madre lo que le va a dar vida a ese cuerpo por el efecto de significante, y porque introduce en el cuerpo del niño un objeto de goce. Cuerpo que será a partir de esa introducción cortado por la pulsión si el corte significante ejerce su efecto. O sea, determina si los labios van a tener su función de musculatura estriada voluntaria, es decir de esfínter, es decir una musculatura hecha para cortar, para hacer explotar el aire que pasa por ellos, para hacer vibrar en la cavidad bucal el aire que pasa, para hacer resonar, para hacer resonar la glotis o para hacerlo pasar por la nariz para modificar su dirección por medio de la punta de la lengua o del velo del paladar. Todas las funciones que se dan, se imprimen en la cavidad bucofaríngea tienen que ver con la inscripción significante y con el corte, para ello es necesario que en principio la boca haya sido llenada por el seno y que el seno luego se haya perdido haciendo que la boca pueda seguir gozando pero con la satisfacción de la palabra. Si esto no funciona tampoco el recto se va a vaciar sin el pedido del Otro, sin la demanda del Otro y en este sentido el mero hecho respirar puede sentirse como la incorporación de un elemento extraño. Si el aire conserva un carácter de extrañeza pueden producirse no solo enfermedades respiratorias sino también enfermedades de la piel. En este sentido la intervención del analista no pienso que haya que considerarla como padeciendo de una ideología de higiene o de Salud Mental, ya que si la posición que el Otro le dará al niño lo lleva hacia otras estructuras y no a la neurosis, el analista no podrá en principio detenerlo, pero si podrá hacer al menos que ese bebé continúe viviendo y que tenga más chances para que su deseo pueda separarse del deseo del Otro.

Quisiéramos referirnos a otro tipo de inanalizabes que no tiene prácticamente nada que ver con los bebés y los niños que no hablan. Nosotros siguiendo una tradición francesa, pero que no tiene título de nobleza en psicoanálisis y del cual tampoco se habla en psiquiatría de manera escrita, pero que si se habla y mucho en grupos clínicos o en control. Son ciertos pacientes que largo tiempo después de haber comenzado su análisis permiten detectar que padecen una cierta tendencia a considerar a alguien como una persona perjudicial de su entorno y contra la cual tienen excelentes razones para su encono, esas razones de encono que hacen que el paciente utilice todos los medios de la inteligencia para oponerse a ellas y considerar que sus pretensiones son excesivas, para lo cual encuentran multitud de razones y multitud de alianzas. En realidad a lo largo de un largo análisis esas personas molestas, muy molestas que el paciente considera como siendo psicóticos son un objeto que más bien constituiría un Otro de un delirio de persecución en donde el carácter de la persecución no versa en que el paciente se sienta perseguido, sino que con muy buenos argumentos es él el perseguidor. Es un delirio que no afecta su capacidad intelectual, no afecta su relación con la sociedad, más bien son personas de alto nivel intelectual, sea universitario, sea científico, sea político, ocupan altos puestos y están llamados por su funcionamiento a ser líderes en cualquier sector que esté construido como una masa artificial: Ejército, Universidad, Estado, Iglesia, –y por qué no sociedades psicoanalíticas–. Tienen innúmeros amigos y saben federarlos en contra de tal o cual persona dañina en la institución; esas personas dañinas pueden ir cambiando o haber una en particular que es la más dañina de todas. Así van forjando alianzas y teniendo como principio aquello que decía Freud de que hay que tener un enemigo en la vida. Sucede que cuando Freud lo decía hablaba de un adversario del cual había que deshacerse intelectualmente y en donde era el adversario el que deliraba. Estos pacientes pueden analizarse y muy bien, se consideran a sí mismos, en general, como obsesivos, es cierto que han sido fóbicos y que esa fobia ha sido trabajada, pero más que convertirse en los rasgos de carácter representa un tiempo yoico, un tipo de sujeto de prevención que lo hace extremadamente atento a su entorno. El sujeto es un hombre de acción aunque no accione por sí mismo –son los otros los que accionan por él– es decir tiene capacidad inmensa para construir dentro de una sociedad en la medida en la cual tiene que operar contra un enemigo. (O de construir una sociedad ad hoc para combatir ese enemigo.) No pasarán nunca a la historia como siendo lo que son, es decir teniendo características psicóticas sin ninguna duda pero teniendo un manejo de la paranoia, un manejo perverso, el tipo de goce es perverso aunque no haya en su panoplia ningún fetiche. Si Lacan distinguía el fetichismo y el masoquismo como características singulares de la perversión, en este caso nos encontramos fundamentalmente con personas cuyo goce es sádico, no sádico de golpear a alguien para arrancarle su objeto especular del cuerpo, sino sádico que actúa por interpósita persona y por medios intermediarios. Es una psicosis adecuada a toda civilización y es prácticamente alguien más adecuado a toda civilización que un neurótico. Este tipo de psicosis perversa, de paranoia perversa es el modelo de adaptación lograda y en general de ascenso social. Se trata de sujetos que muy probablemente quedan –por lo menos para una parte de la sociedad– como benefactores de la humanidad siendo seguramente odiados por la otra parte. Toda su vida persiguen un solo fin y los escalones para ellos son aquellos a quienes consideran sin razón válida como sus enemigos. Pensamos que ésta es realmente una psicosis adaptada a la civilización que facilita identificar en su estructura subjetiva la perversión del lazo social; este sujeto es isomorfo a la perversión del lazo social, lo sabe, no necesariamente con categoría psicoanalíticas, y actúa como tal. En ese sentido, y aunque ciertos acontecimientos en la vida puedan ponerlos en situación de derrota parcial o momentánea, su fuerza es la de ser isomorfos con el lazo social. 
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Texto establecido por Emilia Cueto a partir de una grabación del autor.

 
 
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