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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Del culto del cuerpo perfecto a los tecnocuerpos
  Por Joana de Vilhena Novaes
   
 
La moda del cuerpo se apoderó de Río de Janeiro a partir de los años ‘80. Las incontables prácticas de trabajo corporal nos llevan a creer que el cuerpo pasó a ocupar un nuevo lugar en nuestra sociedad y, por lo tanto, en nuestra estructura psíquica.
Cultivar la belleza, la buena forma y la salud, determinan una nueva ideología que se impone como un verdadero estilo de buen vivir. Percibido de esta forma, el cuerpo pasa a ser un pasaporte para la felicidad, el bienestar y la realización personal. ¡O no! Para la industria cultural, cuidar del cuerpo en sí es indispensable. Esto puede ser observado con especial intensidad en Río de Janeiro, donde las mujeres con sobrepeso no van a la playa o tienen que adelgazar antes de poder frecuentar un gimnasio.

Es necesario indagar lo que significa convivir con esta obligación. Creemos que al imponer un valor de mercado al cuerpo, éste adquiere realeza, transformándose apenas en un espejo de un sujeto-objeto cuya representación psíquica será la de un gran vacío. Lejos de dominar su cuerpo, la mujer es cada vez más dominada por éste y, a medida que intenta aproximarse a su imagen, ésta se vuelve cada vez más difícil de aprehender.
Sabemos que cuando el sujeto no encaja en los patrones establecidos, se impone a menudo la sensación de fracaso. Y quien no consigue administrar ni su propio cuerpo, no sabrá ciertamente administrar su vida.
El cuerpo se transformó en uno de los más “bellos objetos” de consumo en el capitalismo actual. Esto significa que el sujeto sirve hoy al cuerpo en vez de servirse de él. La belleza moderna, lejos de prometer una compensación narcisista a la mujer, agudiza su frustración y su impotencia ante el poder indomable de su imagen. La mujer pasa a ser verdugo de sí misma en relación con la belleza, desarrollando una relación de persecución de su ego, donde cada arruga o cada kilito de más la llevan a la desesperación.

Es interesante notar cómo los discursos que normalizan el cuerpo, sean científicos, tecnológicos, publicitarios, médicos o estéticos van, poco a poco, dominando la vida simbólica/subjetiva del sujeto. La lógica de las prácticas corporales que asocia el placer a la salud, la vitalidad y la belleza, promete eliminar la inquietud que provoca la mirada del otro, a través del esfuerzo, la determinación y la disciplina, señalando todo el tiempo la responsabilidad del sujeto. El reconocimiento de la propia imagen a través de la proyección del otro pasa a tener un papel fundamental en la vida del sujeto, su imagen se inmiscuye con la de los otros, en una intrincada cadena que define y explica su preocupación.
Como sabemos, la regulación social de los modelos estéticos sufrió variaciones históricas en torno a los ideales de belleza de algunas décadas atrás, hasta la actualidad en la que su imperativo exige la perfección de las formas, conseguida a través de innumerables intervenciones corporales, dietéticas, gimnásticas o quirúrgicas. De acuerdo con Gilman1, una nueva subjetividad se va delineando y, a través de ella, se torna necesario formularse la pregunta: ¿Convivir con el defecto o cambiarlo? La práctica de la cirugía plástica deviene, así, el medio a través del cual es posible disfrazar un rasgo estigmatizante, de modo que el sujeto se sienta aceptado socialmente.

Las técnicas de reversión del proceso de envejecimiento nos remiten al tan soñado proyecto evolucionista del cuerpo. Una vez que alcanza su madurez, el cuerpo estaría libre de todas las enfermedades e intemperies, el cuerpo ansía no fenecer jamás. El intento posmoderno parece ser la subversión de la condición humana de mortalidad. Si la contemporaneidad puede ser definida exactamente por su liquidez o por su evanescencia –todo lo que es sólido se deshace en el aire– el culto al cuerpo demanda del sujeto exactamente lo inverso, permanencia e inmutabilidad.

Sibília2 sugiere que estamos desarrollando un horror a la materia, en lo que denomina como el culto al cuerpo descarnado, el cuerpo adelgazado de las pasarelas, el cuerpo de la pureza digital o, incluso, el cuerpo “fat free”, como lo denomina Ortega3, al hablar de las prácticas bio-ascéticas y la tecnobiomedicina. Todas estas referencias tienen como base común el discurso de la obsolescencia de lo humano, vale decir, un conocimiento científico que está siendo desarrollado en el sentido de pensar la superación de la muerte y, con ella, la superación de la condición humana.

El modelo ideal del cuerpo fat-free aspira a ser liberado de cualquier enfermedad, aliviado de toda deficiencia, desembarazado de su peso y, en un último análisis, de la misma muerte. Sibília destaca en la estética contemporánea el deseo de trascender la materialidad orgánica, un cuerpo que aspira adquirir el status de alma, donde al mismo tiempo estaría libre de la degradación de la carne y asumiría la condición de sagrado, una vez que se vea libre de sus cargas impuras e indeseables.

De la misma forma, el cuerpo virtual, proyectado con la ayuda de programas de edición gráfica como el photoshop o, inclusive, el cuerpo high tech construido con la ayuda del bisturí, poseen la asepsia y la pureza características del cuerpo descarnado. El cuerpo del cual hablamos es bidimensional, achatado, hueco y sin contenido, pero también sin olor, sin falla y con la textura lisa de la página de una revista o la temperatura helada de la pantalla del ordenador, quedando su uso limitado al registro de la mirada. Un cuerpo apenas para ser visto. 

1. Gilman, S. Making the body beautiful: a cultural history of aesthetic surgery. Princeton, New Jersey, Princeton University Press. 1999.
2. Sibília, P. (2006) “Os corpos descarnados das passarelas”, en Folha de São Paulo. SP
3. Ortega, F. (2006) “Corporeidade e biotecnologías: uma crítica fenomenológica da construção do corpo pelo construtivismo e pela tecnobiomedicina”, en Ciencia e Saúde Coletiva, RJ.
 
 
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